Cultura Transversal

Philippe Muray y la demolición del progresismo (y II)

Posted in Autores, Literatura, Philippe Muray, Rodrigo Agulló by paginatransversal on 20/02/2012
por Rodrigo Agulló

Cuando los castradores pasan por liberadores

Las sociedades post-históricas se caracterizan por un odio –rayano en lo patológico– por el Patriarcado como configuración arquetípica de los tiempos históricos, que se identifica además con el orden arcaico de diferenciación entre los sexos. Una diferenciación que se ve asimilada a los vestigios de la soberanía masculina y del antiguo régimen machista. La supresión de todo principio de contradicción exige eliminar ese antagonismo básico, esa vieja distinción sexual que era “demasiado ofensiva, demasiado constatable, demasiado cargada de sentido”. Homo Festivus cultiva un ideal unisex. Y en los tiempos hiperfestivos la figura del Paterfamilias no tiene otra asignación que la de convertirse en residuo naftalinoso o clown irrisorio, abocado a su reeducación por las Madres y por los Niños –dos figuras dominantes en el orden simbólico de los tiempos post-históricos.

Las formas hegemónicas de producción de lo social concurren a realizar un ideal andrógino conforme a la idea de que todo sujeto porta en sí una “bisexualidad variable”, y de que en cualquier caso el ser “hombre” o “mujer” son roles socialmente inducidos, susceptibles de ser re-fijados en cualquier estadio de la vida. La invención estadounidense de la ideología de género acude al rescate para decir que la vieja humanidad estaba equivocada al creer que sus miembros podían definirse en función del sexo. Lo que procede es definirse en función del género, masculino o femenino a gusto del consumidor. ¡Basta ya de ese insoportable escándalo de naturaleza que consiste en no poder elegir el sexo! Los transexuales son portadores de un mensaje de esperanza para la humanidad. La liquidación de los viejos roles sexuales no puede reducirse al ámbito de lo social –maternalización de los padres, virilización de las mujeres–, sino que debe extenderse al plano psicosomático: la nueva moral impele a los hombres a “dejar hablar al lado femenino”, el mercado les anima a repulir su aspecto, y el sacrosanto principio de transparencia les exhorta a “reconocer la bisexualidad latente” cuando no a “salir del armario”. La “bisexualidad psíquica infantil” será cuidada como delicada planta por una pedagogía que se apresurará a erradicar cualquier brote considerado “homófobo”, y los juguetes considerados “sexistas” serán prohibidos. Tal vez, al cabo de una o varias generaciones, se habrá conseguido olvidar de una vez por todas la antigua y maldita división de sexos.

Esta abolición de la distinción sexual –en realidad una des-sexualización en toda regla– se acompaña de dos fenómenos a los que Muray reserva sus críticas más acerbas: la feminización y la infantilización del cuerpo social. El niño es el Rey de los tiempos post-históricos. Desde el momento en que el pasado se condena en su conjunto, la ventaja del adulto sobre el niño desaparece, y es el niño, la inocencia, el que pasa al primer plano. En la publicidad y en el cine es el niño el que siempre sabe lo que hay que hacer, el adulto –sobre todo el padre– aparece como “un imbécil inadaptado al que sólo se tolera si se pliega a las reglas de los niños que evolucionan bajo el ojo tierno de las mamás-todo amor.”[1] Toda la post-historia es una regresión a la infancia, y Homo Festivus es un niño consentido al que hay que organizar distracciones para que no se aburra. Los niños viven en un eterno presente, son los mejores consumidores y tienen todos los derechos. La maternidad-mundo –señala Muray– se encarga de convencernos de que somos niños irresponsables rodeados de programas higienistas, caritativos, humanitarios, protectores, y de que no tenemos otra cosa que hacer que flotar como fetos andróginos en la música del hiperfestivismo como en el baño matricial de los orígenes.

 Lo más curioso es que, para algunos cerebros hibernados en la mitología sesentayochista, esta des-sexualización inducida todavía se considera una sublevación heroica, una batalla a muerte contra el puritanismo y la reacción. Cuando se trata precisamente de lo contrario: de la destrucción de la antigua libido –considerada como negativa, jerarquizante y conflictiva– y de su sustitución por un sistema de asepsia absoluta. Llegamos al mundo del “Progenitor A, Progenitor B”, al mundo donde para evitar “traumas” se reclama la supresión de la mención “sexo” de los papeles de identidad, a un mundo en que el auto-engendramiento y la clonación son perspectivas reales. Y en el que el sexo entendido como actividad higiénica y cuasi-deportiva marca el fin del erotismo. El sexo es omnipresente, pero los sexos desaparecen. Un solo sexo, el mismo para todos. El sexo como consumo, el placer como obligación. No ocultar nada, mostrarlo todo. Es el reino de la Transparencia total, el fin de la porosidad de la vida. ¿Qué queda del antiguo libertinaje –de aquella parte maldita hecha de claroscuros y de penumbras? El Imperio del Bien alcanza cotas que ni el viejo puritanismo religioso llegó a soñar. [2]

El escritor Philippe Muray es un sujeto histórico extraviado en la post-historia, es un sujeto sexual que describe la desaparición de la sexualidad. Y esa descripción es una llamada implícita a recuperar “ese punto fundamental del equilibrio humano: la relación humana franca, y tradicional porque histórica, es decir real, entre el hombre y la mujer –sabiendo que la mujer desea al hombre que desea a la mujer que a su vez desea al hombre como un hombre, y no como una mujer.”[3] Restaurar la sexualidad sería una forma de reconquistar lo real, de restaurar la Historia.

El progresismo y sus cipayos
 
Muray está muy lejos de ser un polemista. No aspira a emprender un diálogo, a intercambiar ideas, a debatir. Mucho menos a convencer. Para él la actividad literaria es sólo un medio de restaurar su distancia frente al mundo moderno. Porque la catástrofe no tiene remedio, la liquidación de la vieja humanidad y las viejas condiciones de vida es irreversible. Y si hay un enfrentamiento, no es entre conservadores y progresistas, sino entre las diversas facciones que, dentro de la modernidad, mantienen la ficción de que la Historia continúa. Moderno contra Moderno, esa es la realidad. Su tarea hercúlea consiste en elaborar una recensión minuciosa – a través de la sátira, la literatura y la sociología – de los dogmas y aberraciones de un mundo que pretende extirpar toda negatividad e instaurar una visión arcangélica de lo real. Entresacamos algunos retratos de los diferentes rostros de Homo Festivus.

  • El rebelde
Para Muray es muy fácil reconocer a un “rebelde”: es el que siempre dice ¡sí! a todo lo que, de un modo u otro, se le propone como “nuevo”. Eso es lo poco que Homo Festivus ha retenido del marxismo: la creencia enternecedora en que “lo nuevo es invencible”, que el futuro es para él y que el viento de la Historia sopla en sus velas.

En los tiempos hiperfestivos la transgresión, lo subversivo y lo “políticamente incorrecto” están en el puente de mando. Y así se impone “la Cultura como consenso anticonsensual, la transgresión como rutina artística, la subversión como subvención y la provocación como paquete-regalo en todas las buenas causas mediáticas que son presentadas como conquistas radiantes, pero también peligrosas, del espíritu”.[4] La transgresión como nuevo academicismo aspira a mantener la ilusión de “ruptura”, de continuidad de los tiempos históricos: “la ficción de lo negativo se manifiesta por un elogio continuo de todo lo que antes se manifestaba como negatividad, como combate contra el Orden moral. Pero desde el momento que todo el mundo se pretende subversivo, ya no hay subversión. Si todo el mundo se aparta de la norma, esa norma es puramente ilusoria. La ruptura reemplaza a la norma, y el conformismo toma la máscara de la subversión”[5].

Para Muray el fin del mundo consiste en el fin de la dialéctica real y en su sustitución por parodias más o menos conseguidas. Los rebelócratas son los grandes figurantes de esa parodia. Pero es una parodia en la que ya nadie cree. En un mundo sin alteridad, sin enfrentamientos, sin posibilidades múltiples, es decir, sin negatividad, las palabras subversivo, transgresor, iconoclasta o provocador son vocablos que han conservado tanto poder de mordiente como las encías podridas de un nonagenario.

  • El artista
Ejemplo más nítido de la subversión de cartón piedra, el artista “reclama no sólo el derecho a la transgresión sin sanción, sino a la institucionalización de la transgresión –y sólo un espíritu de los de antes podría ver la contradicción que ello implica”. La Cultura es uno de esos sustantivos que sobreviven a la transformación de su contenido. Lo que hoy se llama “cultura” es uno de los agentes más eficaces del Bien radical. Y los “artistas” –alegremente asimilados a los “intelectuales”– son los mejor situados para diseminar el imaginario del Bien entre el cuerpo social. Como señala el filósofo Jean Claude Michéa, “el reciclaje de la mitología romántica del artista rebelde permite a todos los artistas oficiales del showbusiness encontrarse en la escena de todos los combates en los que está en juego la defensa del orden económico y cultural que asegure su rentable celebridad”[6]. La “rebelión” es una operación de blanqueo por la cual el capitalismo se rehace una virginidad, lo que a su vez permite reconciliar el nivel de vida burgués con el estilo de vida del artista: el artista se beneficia de las ventajas materiales y morales del conformista, además del prestigio del disidente. “En su boca, la “cultura” y el “arte” sólo sirven para instrumentalizar la historia secular de la conciencia inmaculada de la izquierda – que sólo ahora comienza a verse que no es más que una historia de tartuferías.” El artista es “progre” por definición.

“Nunca antes los artistas habrían pretendido ser los médicos de la humanidad sufriente, los líderes, los comprometidos, los solidarios, los liberadores y los redentores del mundo. Nunca antes se les hubiera ocurrido auto-designarse como conciencia moral perpetua, poco menos que por derecho divino. Nunca antes habrían exigido que los poderes públicos les subvencionen su libertad privada, y que esa subvención tenga que defenderse con uñas y dientes como si fuera una conquista social inalienable. Élite autodesignada, aristocracia ilustrada, su buena conciencia –tan astuta como ingenua – les mantiene en la ilusión de creerse la guía y la conciencia del pueblo”. Muray tiene un nombre para ellos: artistócratas.[7] 

  • El turista
Alguien dijo que el turismo es la industria que consiste en transportar a gente que estaría mejor en su casa a sitios que estarían mejor sin ellos. Para Muray el turista –auténtico Quinto jinete del Apocalipsis de la modernidad– es sin duda alguna el rostro más verídico de Homo Festivus. ¡Buscad al turista y encontraréis la fealdad! “El turismo produce en el espacio lo que la modernidad produce en el tiempo: hacer feo todo lo que fue hermoso, hacer accesible todo lo que era inaccesible, hacer moderno o tourist-friendly todo lo que no lo era”.[8]

El turista es la criatura moderna y festivista por excelencia, porque es el mejor agente de aquello que Braudillard denominaba “el asesinato de la realidad”. Al paso del turista, todo se convierte en simulacro. Todo lo que no es susceptible de ser visitado turísticamente, es decir, todo lo que no se pliega de forma beata a la modernidad inocente e hipersensible, debe ser más pronto que tarde normalizado, aseado y aseptizado para su consumo por Homo Festivus. El turista es el gran museificador de la humanidad. “¿Cómo transformar a los seres parlantes en excursionistas? La gloria de Walt Disney consiste en haber sido el primero que presintió que la Historia terminaba, y que el globo, explorado por entero y visitable por cualquiera, estaba a punto de perder sus últimos atractivos. Ya no hay planeta. Ya no hay Historia. Ya no hay Tiempo. Sólo queda el pasatiempo.”[9]

  • El gay
Desde el momento en que la homosexualidad se funda en la valoración de lo mismo –o en la devaluación de la diferencia– ello debería ya asegurarle un lugar de privilegio dentro de la mitología festivócrata. De entrada, se presupone que un homosexual piensa –o debería pensar– bien. Pero cuando Muray describe el festivismo gay no trata en modo alguno de denigrar a la homosexualidad en sí –una orientación o preferencia particular merecedora, a lo más, de una perfecta indiferencia–, sino de preguntarse por qué la homosexualidad como militancia necesita poco menos que obtener la ovación admirada de una humanidad agradecida. Lo que nos lleva a eso que denomina la gaytitud, y que consiste en asimilar una orientación sexual particular a una cosmovisión, a una categoría socio-política y a una forma de redención del género humano.   

Señala Muray que los gays militantes han sido los más eficaces portavoces en Europa de la ideología correctista norteamericana. Es la cruzada por excelencia de los tiempos hiperfestivos, que –conducida con la buena conciencia a prueba de bomba de todas las víctimas profesionales– para conseguir sus objetivos ha utilizado la provocación, la exigencia de protección, la culpabilización, la persecución, el chantaje y las reivindicaciones particulares camufladas bajo la retórica de la igualdad y de la libertad. Según una lógica binaria –“quien no está con nosotros está en contra”– que ha conducido a una situación inversa a la de hace décadas: la “homofobia” es hoy susceptible de sanción penal, y “homófobo” será todo aquel que presente alguna objeción o que no muestre una aprobación genuflexa ante tan buena causa.

Así resulta extraordinario “verles combatir contra enemigos a los que se oye tan poco, verles denunciar de forma rutinaria los tabúes sobre temas de los que no se cesa de hablar, verles partir en cruzada contra censuras que nadie ha visto, verles universalmente aplaudidos por derribar ‘prejuicios sociales’ que no son más que lejanos recuerdos, verles ocupar todo el escenario para denunciar que son ‘rechazados’, verles mantener el fuego sagrado de un combate que encuentra tan pocos opositores.”[10] Y por eso la gaytitud  se aferra como a un clavo ardiendo cuando, por ventura, encuentra a un puñado de creyentes en la antigua religión, o a un puñado de sostenedores del viejo mundo que quieran prestarse a jugar el papel de fantoche reaccionario, intolerante y homófobo, y a darle así un semblante de heroísmo a la causa ganada de antemano.

Al gay homofestivo se le debe el impagable invento de la Pride, punto de arranque de la Fiesta moderna, indisociable del movimiento homosexual. Es al gay a quien Occidente le debe el icono insuperable de la Fiesta, con los confetis, los pompones, las panderetas y las mil y una maravillas del festivismo moderno.

  • El progre
Síntesis, quintaesencia o denominador común de todas las encarnaciones festivócratas, el “progre” –lo que hoy es tanto como decir la “izquierda”– es “el dealer universal de esta humanidad en secesión de humanidad”. En su alucinante convicción de encarnar la guerra contra el Mal, la izquierda es hoy el partido meapilas contemporáneo. En su sedicente búsqueda de un mañana radiante, a la izquierda le es preciso incriminar constantemente al mundo, al tiempo que acelera el proceso de festivización. Con una fe ferviente en la idea –en el fondo consoladora– de la (des)alienación, la izquierda es congénitamente incapaz de comprender la post-historia, y es por tanto un factor de mistificación, es decir, un lastre para comprender el mundo en el que se vive.[11] 

¿Hay salida?
 
¿Philippe Muray, reaccionario? No en el sentido más habitual del término –el de alguien que quiere volver al pasado–, porque el escritor francés carece del optimismo de los que piensan que eso sería posible. El fin de la Historia es como el fin de la virginidad: no hay vuelta atrás. Pero son los directores de escena de la festivocracia los primeros interesados en negarlo. Y pretenden que “la Historia continúa” cada vez que cualquier sobresalto les amarga el desayuno. Pero no son más que accidentes. En el futuro habrá sin duda conflictos, rupturas y convulsiones –los espasmos agonizantes del viejo mundo. Pero es preciso no engañarse: éstos no harán más que reforzar el proceso, porque, ante el horror que generan, siempre se preferirá la placidez y la sedación hiperfestivas. 
 
Un ejemplo: es habitual pretender que las manifestaciones históricas violentas –terrorismo, integrismo islámico– son prueba irrefutable de la continuidad de los tiempos históricos. Pero incluso si tales violencias durasen cientos de años, para Muray no son más que pervivencias transitorias que sólo tratan de negar una realidad: el deseo profundo y tal vez inconsciente de todos los pueblos –digan lo que digan y hagan lo que hagan– de alinearse con la agonía occidental, entendida ya como el único modelo viable para la humanidad del futuro. Y la locura sanguinaria de los fanatismos probablemente sólo encubre una cosa: la frustración de no haber llegado todavía a ese estadio. Además, el combate entre el terrorista islámico y Homo Festivus es un combate desigual, que sólo puede saldarse con la victoria del segundo. “Venceremos […] porque somos los más muertos”, afirma Homo Festivus –por boca de Muray. El Último hombre prevalece sobre el guerrero de la Dhijad. Nadie puede matar a un muerto.[12]

Es también habitual señalar a los movimientos altermundialistas y antiglobalización como otros tantos rechazos a la uniformización festivócrata. Nada más lejos de la realidad. De nada sirve protestar contra la globalización a través de grandes algaradas festivas si no se empieza por abandonar “el ideal angélico de un mundo sin fronteras, que es precisamente la nueva frontera de la globalización, su ilusión lírica específica. Los que defienden furiosamente la libre circulación de capitales y los que defienden con furia la libre circulación de personas –de los sacrosantos inmigrantes– están del mismo lado. Todos ellos son partidarios de la des-territorialización, de un mundo confuso-onírico donde las antiguas soberanías, producto de la humanización, se vean abolidas para siempre.” Los activistas antiglobalización “están tan sometidos a la modernidad matriarcal y planetaria como los Amos transnacionales a los que dicen combatir. Y sus furibundas guerrillas callejeras no son más que teatro callejero, una forma como cualquier otra –‘artística’, luego doblemente culpable – de la sumisión”.[13]

Otros hablan de un supuesto revival religioso –del auge de los integrismos, de nuevas formas de espiritualidad– y quieren ver un retorno de lo sagrado. No hay tal, dice Muray. No hay ningún “retorno de la religión”. Ninguna re-espiritualización. Lo que sí hay es una “puesta en escena” de residuos religiosos –bajo las formas más delirantes– por el Espectáculo mismo y en beneficio del Espectáculo. Se trata de “reavivar el núcleo duro de lo irracional, de retomar una ficción mística consistente sin la cual ninguna comunidad, ningún colectivismo puede aguantar el tirón”.[14] Todo cabe ahí: las bufonadas New Age, las extravagancias ocultistas, la moda budista o las Jornadas católico-espectaculares en las que la Iglesia trata de adaptarse al lenguaje del día. Festivópolis encuentra así el suplemento de Trascendencia necesario para poder afirmar que la perfección se encuentra en ella. Show must go on.  

Pero es el “populismo” –esa bestia negra” favorita de la festivocracia– el que aporta el plus de negatividad necesario. Es ese populismo que asoma cuando en algún referéndum se produce el resultado equivocado, o cuando el pueblo dice ¡mierda! y vota a algún partido de sulfurosas ideas y de groseros modales. En ese caso se impone una labor de paciente pedagogía, para que los obtusos que no acaban de enterarse de en qué mundo viven dejen de fastidiar y no tengan otras ideas y deseos que los que para ellos deciden las élites transnacionales. El término “populismo” encubre, en este sentido, un profundo desprecio por el pequeño pueblo –por ese conjunto de paletos, xenófobos, cerriles, sexistas, residuos del pasado. Evidentemente –señala Muray– quedan todavía brotes del viejo mundo, vestigios aislados aquí y allá que aún pueden dar algún que otro susto. Pero se encuentran de tal modo rodeados y de tal modo trabajados por el Imperio del Bien que es difícil pensar que puedan hacer gran cosa. Y si bien es cierto que entre mucha gente tal vez perviva “algún terror oscuro y profundo sobre la marcha del mundo, ese terror se ve también combatido, en el interior de cada uno, por una tendencia a la sumisión igualmente oscura y profunda, por el deseo de adaptarse a las nuevas condiciones, por la sensación de que no hay elección.” Muray no alberga esperanza alguna sobre hipotéticas capacidades de “resistencia” de pueblos que hubiesen permanecido “sanos”.

Si Muray es reaccionario no lo es en sentido pesimista, sino en un sentido trágico, de aceptación de lo real. Tampoco es un nihilista, porque cuenta con sólidos asideros. Uno de ellos es su creencia en el potencial liberador de la literatura. Otro estriba en su creencia en las virtudes guerreras y estéticas de la risa. Hay un tercero, sorprendente por inesperado: ¡su adhesión confesada a la fe católica y a la Iglesia de Roma!

Es éste un punto desconcertante, sobre el que los comentadores de Muray no acaban de ponerse de acuerdo. Lo cierto es que no hay en su obra apologética alguna. Se ha llegado a señalar que, más que un catolicismo ontológico, de lo que se trata en su caso es de un uso instrumental del catolicismo: éste le proporcionaría un punto de vista exterior sobre las cosas, al servicio de su visión del mundo. Porque en esa visión, como hemos visto, la idea de negatividad es esencial. Y el catolicismo –es decir, la antimodernidad por excelencia– sería para él un instrumento de la Historia para mantener la contradicción en el seno de lo real. De aceptar esta idea, el suyo sería un catolicismo dialéctico, un peculiar “catolicismo hegeliano” condicionado además por su ideología literaria, en la que el interés por el pecado y por la culpa como presupuestos para la descripción de los fallos humanos son elementos destacados.[15] Es Muray en cualquier caso un extraño tipo de católico, desprovisto de la esperanza que se les supone a los seguidores de Cristo.       

¿Un Muray sin esperanza? Todo lo más, tal vez sobre ciertas posibilidades de que la modernidad se autodestruya. Moderno contra Moderno…[16]  

 
¿Muray Superstar?
 
Varios años tras su muerte Muray se ha convertido en referencia intelectual de moda en el país vecino. En previsible ironía festivócrata, el “inconformista” Muray ha sido lanzado como producto al mercado cultural. Sus textos se leen en el teatro y las tiradas de sus libros se multiplican. Una paradoja que se explica en la medida en que su obra responde a una demanda latente: la de convertir la edad de vacío en material literario y además reírse con ello. Muray –ese aguafiestas vocacional– transforma el idioma francés en una fiesta, lo retuerce en juegos de palabras y en neologismos de comicidad nunca vista, y forja un nuevo vocabulario para describir una época privada de toda forma, de toda razón y de toda belleza. La época de Homo Festivus. Muray es, en ese sentido, muy dependiente de la lengua francesa. Su eficacia retórica y estética siempre quedará mermada por muy buena que sea la traducción.

Muray es un escritor, no un ideólogo o un filósofo. No trabaja sobre las causas de lo que describe. No busca soluciones o recetas. No es objetivo. No se oculta tras la solidez de los argumentos – como se supone lo haría un intelectual. Él es demasiado brillante, demasiado protagonista. La exageración –la reducción al absurdo– es una de sus armas. Y con ella retoma la gran tradición volteriana que aúna elegancia formal y ferocidad en la caricatura, para ridiculizar así los nuevos dogmas, moralismos e hipocresías. Su obra es una Comedia Humana de los inicios de la post-historia. Una creación filosófica y política, pero ante todo artística y literaria.

Y es ahí donde los fariseos intentan embalsamarlo. Llegados el reconocimiento y la fama, es preciso desactivarlo, normalizarlo. Una vieja historia. Ya los sesentayochistas se aliñaron un Nietzsche libertario y juguetón a su medida, y evacuaron su lado incómodo –su aristocratismo, su antidemocratismo. De Philippe Muray se pretende ahora hacer un antimoderno a la moda, un dandy reaccionario en el fondo encantador; un enfant terrible ocurrente a quien se toleran los desbarres –¡qué cosas tiene Muray!–, un esteta provocador a colocar en las estanterías de la cultura-espectáculo.

Es un intento que traduce una creciente desazón. Porque lo cierto es que, hoy por hoy, la intelectualidad francesa más brillante ya no se encuentra donde se supone debería estar –en la militancia bienpensante de la izquierda divina– sino en otra historia. El discurso de Philippe Muray no es un fenómeno aislado. Encuentra sus ecos filosóficos y literarios en autores como Jean Braudillard, Marcel Gauchet, Michel Houellebecq, Alain Filkienkraut, Jean Clair, Jean Claude Michéa, Gilles Lipovetski, Renaud Camus, Richard Millet… Lo que no es extraño. Es en Francia donde los procesos de ingeniería social más se han acelerado, hasta hacerla casi irreconocible. Es en Francia donde la dictadura del pensamiento único se ha hecho más agobiante, precisamente allí donde el pensamiento crítico y la libertad de espíritu son tradiciones seculares. No es extraño que sea también en Francia donde se alzan las primeras disidencias importantes –también las resistencias más ruidosas– frente al nuevo mundo que se alza sobre las ruinas de la vieja civilización europea y de sus valores. [17]

Toda disidencia auténtica consiste en una lección sobre cómo estar en el mundo sin pertenecer a él. Mal que les pese a sus “recuperadores”, el mensaje de Muray –para quien quiera escucharlo– es radical: no se puede transigir con el mundo contemporáneo, hay que rechazarlo en bloque. Lo cuál no significa predicar el desánimo. Todo lo contrario. Gracias a Muray sabemos que el rechazo de la Fiesta es también una invocación a la alegría. A la alegría de la lucidez, y al júbilo de la inteligencia. Ambas hacen libres, y son escasamente progresistas.

NOTA:

El único texto de Philippe Muray hasta el momento publicado en español es: Queridos yihadistas, Editorial Nuevo Inicio, Granada 2010.
En Internet, el texto: Retrato del Vanguardista, en:http://refinerialiteraria.wordpress.com/2011/12/19/muray-el-inedito-3/
También puede encontrarse una entrevista en: http://poesiaargentina.4t.com/deriva/deriva2/sigloceline.htm

Artículo anterior:Philippe Muray y la demolición del progresismo (I)


[1] Cyril de Pins, La barbe altière et riante de Philippe Muray. En Les Cahiers d’Histoire de la Philosophie. Philippe Muray. Cerf 2011, p. 495.
[2] Michel Houellebecq –en su novela Plataforma– describe cómo, a la hora de encontrar pareja, un número creciente de occidentales de ambos sexos se dirigen a países menos “modernos” donde el proceso de indiferenciación sexual está menos avanzado. Un polémico retrato del turismo y de la miseria sexual de los europeos de la post-historia.
[3] Alexandre de Vitry, L’invention de Phillipe Muray, Carnetsnord, 2011, p. 256. Maxence Caron, Muray au sens insu de son œuvre, en Cahiers d’Histoire de la Philosophie: Philippe Muray, Cerf 2011, p. 658.
[4] Philippe Muray, Désaccord Parfait. Gallimard, 2000, p. 17.
[5] Alexandre de Vitry, L´invention de Phillipe Muray, Carnetsnord 2011, pag 22.
[6] Jean Claude Michéa, Impasse Adam Smith, Champs, Flammarion, 2002, p. 60.
[7] Concluye: Les artistocrates a la lanterne! (¡los artistócratas a colgarlos de las farolas!), juego de palabras con la conocida canción revolucionaria francesa: “Ah! Ça ira! ça ira! ça ira! les aristocrates à la lanterne!”…. Philippe Muray, Chère Madame, en Moderne contre Moderne. Exorcismes spirituelles IV. Les belles lettres, 2006, pp. 145-147.
[8] Cyril de Pins, La barbe altière et riante de Philippe Muray. En Les Cahiers d’Histoire de la Philosophie. Philippe Muray. Cerf 2011, p. 488.
[9] Philippe Muray, La colonie distractionnaire. En Désaccord parfait. Gallimard 200, p. 149.
[10] Philippe Muray, Après l’Histoire, Gallimard, 2000, p. 244.
[11] Philippe Muray, Festivus Festivus, Fayard, 2005, p. 168. Cabría matizar que antaño hubo una izquierda no progre, y por lo tanto histórica, y por lo tanto real.
[12] Philippe Muray, Chers djihadistes… Mille et une nuits, 2001, p. 118.
[13] Philippe Muray, Festivus Festivus. Conversations avec Elisabeth Lévy. Fayard, 2005, p. 106.
[14] Philippe Muray, L´Empire du Bien. Les Belles Lettres, 2006, p. 155.
[15] Maxence Caron, Philippe Muray, la femme et Dieu. Artège, 2011, pp. 24-30.
[16] Philippe Muray, Festivus Festivus. Conversations avec Elisabeth Lévy. Fayard, 2005, pp. 86-88. Al final de este libro –el último de Muray– el escritor francés proclama su fe católica y su respeto por la figura del Papa.
[17] Un don Nadie llamado Lindenberg intentó estigmatizar a varios de estos autores en un panfleto llamado Los nuevos reaccionarios, publicado en 2003. Un tiro por la culata que despertó las alarmas sobre la nueva “policía del pensamiento” y sus hábitos intimidatorios, y otorgó a los inculpados una considerable repercusión mediática. Mas información en: Disidencia perfecta, Rodrigo Agulló, Áltera, 2011 (Los Nuevos reaccionarios, pp. 465-479).

Extraído de: El Manifiesto

Arthur Moeller van den Bruck: “El hombre político”

Posted in Autores, Libros, Literatura, Moeller van den Bruck, Publicaciones by paginatransversal on 19/02/2012

«El hombre político», de Arthur Moeller van den Bruck
[Prólogo de Ángel Fernández Fernández]
Colección «Europa Rebelde» / 24
Barcelona, 2012
20×13 cms., 136 págs.

“El libro que el lector tiene entre sus manos constituye una nove­dad editorial de primer orden en nuestro país. Se trata de un con­junto de artículos y escritos de variada temática donde se prefigu­ran muchos de los elementos que caracterizarían al movimiento intelectual, florecido durante la decadente república de Weimar, conocido como la “Konservative Revolution”. Si tuviésemos que personalizar los inicios de este movimiento en un autor, éste se­ría, sin duda, Moeller van den Bruck. El compendio de escritos que ofrecemos en esta obra abarcan un periodo que va desde 1916 hasta 1925, fecha en la cual, el autor alemán decidió quitar­se la vida ante el aislamiento ideológico en que se hallaba. Existe otra obra, más conocida y celebrada, titulada Das dritte Reich y publicada en 1923. No obstante, la edición original de la obra que nos ocupa, recogiendo el conjunto de escritos que la componen, no sería publicado hasta el año 1933, fecha en que tiene lugar el acceso de Hitler a la cancillería del Reich. De hecho la secuencia de artículos, y el orden con el que son presentados obedece a la lógica impuesta por Hans Schwarz, el editor, quien trató de estruc­turar de forma secuencial y unitaria el conjunto de textos siguien­do una coherencia en el desarrollo ideológico del autor.”
[del prólogo de Ángel Fernández]

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Samples corazonescos 9. Celiniana

por Fernando Márquez “El Zurdo”

[la última publicación de la saga corazonesca fue el cuadernillo titulado EL CORAZON DE LA REVUELTA: POR UNA PEDAGOGIA DE LA INSURRECCION, que se regalaba con el nº 18/19, donde recogí textos aparecidos paralelamente a ECDB en otras revistas y boletines, mayormente PROXIMO MILENIO; creo que esa antología incluye los mejores textos de reflexión zurdesca de la época y fue un oportuno corolario a una aventura con bastantes altibajos en el terreno, quizás no de la opinión, pero sí de la elección de las gentes que pudiesen encarnar esas expectativas; ahora que ando releyendo al amigo Destouches, me ha parecido oportuno como muestra del cuadernillo este texto, aparecido originalmente en PROXIMO MILENIO]

CELINIANA

Céline, la basura. Pacifista usurófobo, como Pound (pero sin un Ginsberg que lo redimiese -ni un Eliot que lo avalase-). El frenético. El angustiado. El Dennis Hopper que aúlla compulsivo junto a Kurtz en «Apocalypse now». El taxista Céline que Scorsese y Schrader vistieron con el insomnio lacónico de Travis. Céline, en cambio, no es lacónico: no se calla nada. Vomita sus múltiples tormentos y sus breves instantes de placer (placer de ver a dos mujeres devorarse con pasión, placer de ayudar a un pequeño que morirá pronto, placer de la escritura, placer del panfleto, placer de los muy contados reconocimientos, placer de asistir al comienzo de una expectativa que acabará por defraudar, placer del gato con nombre de niño ya muerto, placer de Lucette, placer de incomodar a las buenas gentes con su mera mención, placeres inefables -pero sí narrables en cascada de exabruptos, de puntos suspensivos para recobrar el aliento, de nuevas blasfemias contra el dios establecido por la Era Ford-, placeres únicos de la mierda bípeda a quien nadie amparará…).

Céline, vindicado. Pero con prudencia. Aún no hay cursillo en El Escorial para él. Aún ninguna editorial ha publicado en castellano sus panfletos, pese a estar tales textos, en su rabia justísima (rabia fibrosa de perro malnutrido), más cerca de lo semita árabe (incluso de lo semita judío -pienso en el Chomski prologuista de Faurisson o en los historiadores respondones como David Cole-) que de los botiguers bávaros de estómago boteriano: porque Céline no es un europeísta con veleidades plutocráticas (llámense éstas Krupp o Thyssen o CEE o Maastricht o Eurodisney), porque Céline es, como yo y como los demás habitantes del corazón del bosque, un indígena europeo, un papúa gótico inasequible a la transculturación y a los Bilderberger. Nada más opuesto a la demagogia hitleriana para tenderos con ínfulas de Sigfrido que el aullido celiniano, pacifista y antijudío de clase (compartía con Ghandi ambos rasgos -mirad por dónde, alevines pannellianos amigos de repartir envenenadas limosnas neoliberales y sionistas-). Aún los guripas del pensamiento lo tienen fácil con Céline (ya que no -cada vez menos- con Heidegger, Schmitt o Jünger).

Céline, humano, demasiado humano. Céline, pura llaga que anda, que nos ayuda a andar. En los momentos de mayor depresión, cuando Jünger se nos antoja demasiado frío en su distancia sobrehumana (y lo llegamos a maldecir -desde la ceguera que da la distancia-), cuando somos tratados por el Sistema como apestados, cuando nuestro dolor todavía no se ha curtido, cuando todavía nuestro espíritu no se ha metamorfoseado de reptante y maltrecha oruga en egregia y segura mariposa de acero, cuando el eastwoodiano hombre sin nombre que todos llevamos dentro todavía no cicatrizó sus heridas, cuando así van las cosas resulta terapéutico releer «Muerte a crédito» o «De un castillo a otro» o «Viaje al fin de la noche». Así la fiebre baja y las sirenas nihilistas cogen laringitis por un rato.

Con el tiempo, algunos superamos el bajón y, ya curtidos, asumimos la bendita distancia del anarca, del emboscado. Pero no olvidamos la angustia (tan cercana, ya para siempre) y no escupimos sobre los angustiados (de ahí que -como Travis, como el chacal loco Dennis Hopper, como las siluetas munchianas que deambulan por las calles gritando a solas entre la multitud contra el Gobierno, como el asesino de John Lennon, como los humillados y ofendidos sin nombre de Gaza o Argelia o Chechenia o los Balcanes, como…- Céline vele en mi cabecera junto a las diosas con sombra de pantera y los superhombres con sonrisa lupina).

Acabaré, porque en ella se resume todo el sentido de este artículo, con la cita celiniana con que ilustré el lp «1984» (sí, el que contenía «La cólera» -canción cuyo texto, de seguro, habría encantado al doctor Destouches-): «Todo lo que se leía, tragaba, chupaba, admiraba, proclamaba, refutaba, defendía, todo eso no eran sino fantasmas odiosos, falsificaciones y mascaradas. Hasta los traidores eran falsos».

Extraído de: Piel de Lobo

Louis Ferdinand Céline, una vez más, de nuevo

Posted in Autores, Censura y Libertad, Literatura, Louis Ferdinand Céline by paginatransversal on 10/02/2011

por Juan Ángel Juristo (*)

Céline es un escritor tan incómodo que de vez en cuando su nombre retumba en los salones del escándalo mediático. Pasó el calvario de su llegada a Francia desde el exilio y su lenta rehabilitación en una operación mu inteligente de Gallimard, eran otros tipos, luego nos desayunamos con la polémica tonta con los Diarios de Ernst Jünger en que el escritor aparece bajo la descripción de los rasgos morales un tanto bajos de Merline, más tarde, surge la eterna cuestión de volver a publicar sus libelos antisemitas y la bomba Céline estalla de nuevo… Un recurso que no falla cuando no hay nada más que vender.

Aquellas polémicas, sin embargo, mantenían un transfondo real, doloroso, acuciante.

La última no posee nada de ello. Es, sencillamente, censura blanda en una sociedad a la que, parece, le han trepanado la memoria. Parece ser que el escritor estaba incluido en una lista de conmemoraciones culturales para este año organizada por el Ministerio de Cultura Francés ya que se cumplía el cincuentenario de su muerte.

Todo iba sobre aceitadas ruedas administrativas hasta que un tal Serge Klansfeld, que es Presidente de la Asociación de hijos de deportados judíos en Francia, y cuyo hijo salió un tiempo con Carla Bruni, debo esta información a Juan Pedro Quiñonero y su blog, Una temporada en el Infierno, ha presionado protestando sobre el evento, a lo que el Ministro, Fredéric Mitterrand, reaccionó tachando al único escritor que se puede medir con Proust en el pasado siglo en Francia de su lista de conmemoraciones republicanas, cosa que hubiera hecho partir de la risa y del sarcasmo al escritor.

El Ministro, que fue objeto de un acoso mediático por parte del Partido Socialista Francés bastante mediocre donde se le implicaba en abuso de menores hace unos meses, defendió gallardamente a Roman Polansky cuando se le encarceló en Suiza. En aquel entonces Bernard Henri Lévy escribió un artículo muy bello defendiendo al cineasta;ahora,con Céline, ha hecho lo mismo, al igual que Phillippe Sollers. No ha habido muchos casos más que sean sonados.

¿Es necesario comentar algo? Todos los días nos levantamos con informaciones similares donde ha primado el miedo sobre ciertos valores. No sé que pensará en la intimidad Fredéric Mitterrand, le supongo menos pacato de lo que ha demostrado porque sé que no lo es, pero en realidad todo esto da igual. Lo terrible es ese “por si acaso”, ese adelantarse a las consecuencias posibles y actuar como siempre se actúa en estos casos.

Los que han atisbado y sufrido las medias tintas, la ambigüedad moral inherente a las dictaduras, se muestran muy sensibles a la cosa. Saben de qué hablan.

(*) Juan Ángel Juristo es crítico literario y escritor.

Extraído de: “Juan Ángel Juristo”

La locura de Céline

Posted in Autores, Censura y Libertad, José Luis Ontiveros, Literatura, Louis Ferdinand Céline by paginatransversal on 10/02/2011

Por José Luis Ontiveros

¡Nadie puede tolerarlo más!…¡es Usted lo peor del mundo!…¡No le ha bastado con destruir el estilo literario de los salones!…¡Ese que nos permitía entregar premios y hacer reconocimientos!…¿Por qué ha huido del nido de amor que le ofrecían en Dinamarca!…¡Ya había deshonrado todas las banderas!…¡Ni en el anarquismo tiene ya cabida!… ¡Canalla Céline puede irse a bailar polka con los esquimales!…¿Acaso es Usted un escritor o un malviviente? Considerando todo lo cuidadoso que son los escritores para consumar infamias. ¡Qué acaba Usted de hacer! ¡Explíquese!

En realidad soy un proscrito. He sido marcado en todas las listas, los comunistas me pusieron en lugar privilegiado pero regresé de la URSS y no pude más que escribir Mea Culpa y ello me trajo su condena, fui juzgado y fichado, no importa que Trotsky se muriera por mi estilo, los pioletazos terminan con alterar el sentido crítico. Resulta muy reconfortante que Trotsky que fue un asesino con mayúscula, ahora sea agasajado como filántropo, las ruindades del Ejército Rojo, dónde quedaron, ¿y sus meticulosas masacres? ¡Y esa forma de aniquilar a los Romanoff! Todo ello es basura. Y el único criminal soy yo, está bien, ¡lo admito! Y hasta puedo cantar. Mas los fascistas creyeron que iba andar a paso romano y con la Giovinneza, es más pensaron que pronto haría una lírica para Horst Wessel, que mi arte enloquecido iba a rendir cuentas… que ya me iba a portar bien… Y nada… Volví a las andadas…Me zafé de swásticas y critiqué al propio Führer, eso lo hice de gratis, nadie me lo pidió…¡no lo hice comprado por los masones ni por los católicos…En pleno juicio, un poco de fiebre y mire Usted las páginas de Rigodón.

Hay que tener cuidado

Pare ya, ¡deténgase!… provoca en todos nosotros asco moral y estamos en mayoría, nadie lo apoya, se le ve con desconfianza, es usted un facho de closet. Fascista y más que fascista un verdadero monstruo. Vamos a revisar todo lo que ha escrito y lo que imaginó también ¡todo! No podrá escapar de sí mismo. Céline se alzó de pronto, no tenía ganas de escapar, recogió con cuidado su pluma Sheaffer e hizo una mueca al respetable. Sí un gesto obsceno e hiriente. Parecía hablar para sí mismo. Idiotas y pequeñas bestiezuelas. Nada podrán contra mi obra inmortal. Sobrevivirá a Notre Dame y al Arco, a las reliquias de Juana, a las tristezas de las hojas muertas. Céline siguió hablando, disparates y maldiciones. De seguir así morirá en nuestro manicomio dijo el loco mayor. Y los demás locos con sus sombreros de Napoleón y sus gorros frigios, babeantes y alegres, ensimismados en su triunfo, literatos consumados y moralistas con un trompetillero, cantaron de pronto La Marsellesa. Era una cacería extraordinaria, al fin se habían hecho de un canalla en plenitud, tan sólo habían capturado viejitos que se perdían de sus casas, al fin, sus locuras habían alcanzado la pompa y nada mejor que haber logrado aprehender a Céline. Vamos a jugar al trenecito dijo uno de los locos más cuerdo y se escuchó el ruido de la máquina con fú fú fú y un puro a manera de penacho humeante. En realidad, Céline había escapado a los controles de la policía del pensamiento y se había sumado a los locos, Pound había sido metido en el manicomio y se veía difícil que lo soltaran al fin lo hicieron, lo tuvieron con su camisa de fuerza y con reflectores para que no pudiese dormir. Céline había adelantado la parodia y así logró escapar del manicomio democrático que es el mayor centro de reclusión mundial de locos pasteurizados. Mas no hay que olvidar la lección: hay que tener cuidado al hablar en público.

Extraído de: Tribuna de Europa

Censurado en Francia el 50º aniversario de la muerte de Céline

Posted in Autores, Censura y Libertad, Juan Pablo Vitali, Literatura, Louis Ferdinand Céline by paginatransversal on 10/02/2011

por Juan Pablo Vitali

En uno de los más importantes diarios de Buenos Aires, podía leerse hace unos días en una de sus páginas culturales: “Francia retira al escritor Louis Ferdinand Céline de la sección de celebraciones nacionales”, “Se canceló el homenaje que se iba a hacer al novelista con motivo del 50 aniversario de su muerte”.

Cabe recordar que el ministro de cultura francés lleva el célebre apellido progresista Miterrand. La decisión política es previsible y ya nada nos debe resultar sorprendente. Pero ¿qué se condena aquí, la obra o el autor? Si la obra mereció ser incluida entre las “celebraciones nacionales”, será que algún mérito tiene para ello. ¿Cuál es el motivo entonces para retirarla después de haber sido elegida? Si es un castigo post mortem a Céline, a este poco le importará, sea cual fuere el lugar donde se encuentre. Si por el contrario el castigo es a la obra, es ridículo castigar aquello que hasta ayer queríamos celebrar.

Decididamente no entiendo al progresismo. Me parece que el castigo es en realidad a los lectores y a la cultura, que cada vez que la arbitrariedad lo decide, pierde a uno de los suyos.

No se dice qué parte de la obra de Céline merece castigo. Tampoco si como obra en sí, ha dejado de pronto de tener la altura suficiente para estar entre las “celebraciones nacionales” de la cultura francesa. Nada de eso se aclara.

Al parecer fueron ciertas opiniones de Céline que alguno se apuró a recordar, las que fueron tomadas en cuenta para inhabilitar toda su obra, contradiciendo lo anteriormente considerado. Si Céline se ha equivocado (cualquiera tiene el derecho de pensar así), ¿qué puede aportar a la cultura castigar lo mejor de Céline que es su obra? ¿No es Francia la campeona de las libertades? En todo caso: ¿puede el arte dejar de serlo, por las opiniones equivocadas de un autor? ¿Tiene entonces el arte que llenar algunos requisitos ideológicos para ser considerado como tal? Esta última y estrecha opinión parece prevalecer, ya que pesan más las opiniones de Céline que los cien millones de muertos que nos dejó el comunismo (nada más que en la URSS), porque ser o haber sido comunista (la mayoría de ellos ya se ha reciclado) ha sido y es la mejor carta de presentación y de “éxito” en los ambientes culturales.

En fin, así es el totalitarismo. Por mi parte seguiré leyendo a Céline y si son buenos, también autores comunistas. Sus obras no me llevarán al error ideológico, que en todo caso sería responsabilidad mía. Prefiero asumir la propia libertad de análisis y de pensamiento, a dejar de reconocer el genio artístico de alguien.

Extraído de:  “El Manifiesto”

Rosales y Lorca, frente a la Política

ABC, Aurora Florez 29/10/2010

El centenario del nacimiento del poeta granadino Luis Rosales con el matiz clave de su amistad con Federico García Lorca, que le marcó profundamente, centró ayer la sesión de homenaje al poeta y ensayista organizada por las asociaciones culturales Fernando III y Ademán, celebrada en el Club Antares, y cuyo fin último era desentrañar en el marco de aquella relación, fructificada en tiempos de la preguerra civil, entre dos escritores de ideologías contrapuestas, la realidad de una convivencia en paz y armonía. Volver a ese espíritu, en medio de la diversificación social y política, es la idea que quedaba sobre la mesa de la mano de la literatura y de los recuerdos.

Así lo explicó a ABC Javier Compás Montero de Espinosa, presidente de la Asociación Ademán, que como se recordará saltó a las páginas de los periódicos junto a la Fernando III, por la prohibición de la delegada de Participación Ciudadana, Josefa Medrano, de celebrar un homenaje en octubre de 2009 al escritor Agustín de Foxá en el centro cívico Tejar del Mellizo. Un caso por el que la política de IU está procesada y por el que ambas entidades piden hasta dos años de prisión y once de inhabilitación.

Posturas intolerantes

Javier Compás, en este sentido, indicó que el homenaje a Luis Rosales se incardina precisamente en una actitud contrapuesta a la Josefa Medrano, «un caso que sigue su camino en el Juzgado», exponiendo que se trataba de «un acto contrario a la postura intolerante por motivos políticos»de la delegada de IU.

En esta ocasión, las citadas asociaciones tampoco han podido acceder al citado centro cívico ni al de la Buhaira, pues, según la respuesta municipal, estaban ocupados para esta fecha.

El homenaje, concretamente, en el que estuvo presente Luis Rosales López de Carrizosa, nieto del poeta, contó con las intervenciones del escritor, periodista y colaborador de ABC, Francisco Robles, y el escritor y periodista, José Antonio Martín Otín, «Petón», autor del libro «La desesperación del te. 27 veces Pepín Bello». Respectivamente se ocuparon de las correspondencias literarias entre ambos poetas, los puntos en común de sus obras, y el ambiente de preguerra y amistad en los que vivieron Rosales y Lorca, en el que precisamente Pepín Bello jugó el papel fundamental de aglutinar a la generación del 27. «Petón» denunció las calumnias que soportó Rosales durante toda su vida en relación con la muerte de Lorca.

Quedó también un testimonio filmado una de las tardes en las que José Antonio Martín acudió a la cita semanal con Álvaro Sáez de Heredia, y que fue proyectado ayer en el transcurso del homenaje literario.

Hablando a la cámara

A la cámara, Pepín Bello habló de Lorca y de su comprensión del tiempo en que vivían, de la amistad de ambos, que junto a la literatura lo superan todo, porque para «Petón» «más que a las dos Españas Lorca y Rosales pertenecían a la tercera España, aquella que superaba a las dos». Pero, la grabación, una joya en cuanto a documentación, también recoge el testimonio de la amistad del poeta granadino asesinado y José Antonio Primo de Rivera, fundador de Falange Española.

Por su parte, Francisco Robles, rompiendo el tópico del enfrentamiento de escritores de ideologías políticas enfrentadas, trazó los paréntesis entre Lorca y Rosales, su brillantez y su capacidad de seducción, su coincidencia en Gustavo Adolfo Bécquer en el tratamiento del amor, la utilización del surrealismo al modo español, integrado en la razón, y, habló de la relación que se estableció entre el poeta muerto y el poeta vivo, que dejó a Rosales siempre a la sombra de Lorca.

Robles se refirió también al exilio interior de Luis Rosales y a su rebeldía contra el franquismo, leyendo tres poemas de la Guerra Civil, en el que el poeta descubre lo peor de la contienda y vaticina lo que después sucedió en España.

Extraído de:ABC

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Los libros y la noche

Posted in Juan Pablo Vitali, Literatura by paginatransversal on 30/07/2010

por Juan Pablo Vitali


Nadie rebaje a lágrima o reproche

Esta declaración de la maestría

De Dios, que con magnífica ironía

Me dio a la vez los libros y la noche.

Jorge Luis Borges


Finalmente un día, los lectores seremos miembros de una secta olvidada.

El infinito mundo mágico de los libros, será invadido por la pulsión final de la imagen arbitraria y fugaz, y se disolverá en el agua insípida de un tiempo oscuro.

Alguien extrañará los libros al principio. Algunos sentirán un vacío justo en el pecho, una estrecha desazón en la garganta, pero nada más que eso. El mundo seguirá  girando para las multitudes y para los pocos que manejan a las multitudes.

Seguirán soñando los avaros con su dinero, los ambiciosos con su poder, los lascivos con su descarrilada sexualidad.

Cada uno continuará su juego en un mundo definitivamente oscurecido.

La secta de los lectores parecerá extinguida, pero se fortalecerán sus lazos interiores con el tráfico arriesgado y clandestino de los libros.

Por eso es mejor empezar cuanto antes. Atesorar papeles, imprimir ciertos ejemplares y darles tapas resistentes.

Después de todo el futuro no será tan distinto del pasado. Unos pocos alquimistas buscarán una obra que se niega y que se esconde.

Casi es mejor que nos olviden. Quizá hasta nos dejen tranquilos. Sí, que se olviden de nosotros, los que pasamos por el mundo descifrando lo que a casi nadie le interesa. Realmente merecemos el olvido.

La gente reemplaza rápido las cosas que no le son materialmente necesarias. Y un libro nunca fue una necesidad primaria para mucha gente, sino para unos pocos. Sólo espero que a raíz del desinterés de las masas, y de la comprobada imposibilidad que los libros tienen de detener esta edad oscura, su posesión y lectura se convierta sólo en un delito menor, en una trasgresión que no merezca el castigo ni la atención de las autoridades.

Anticipándonos a la furtiva clandestinidad que nos deparará a los lectores el sentido de la historia, en este lejano país del Sur nos adelantamos a los hechos, convirtiendo en encargados de nuestra biblioteca nacional sucesivamente a varios ciegos. El último de ellos se llamó Jorge Luis Borges. Parece una ironía, pero creo que fue en realidad un acto de profética resistencia surrealista, que esos ciegos nuestros sobrevivieran entre libros a su oscuridad, y siguieran dictando en la noche sus textos, en un total contrasentido con el mundo. Quizá sin darse cuenta, estaban restaurando la vieja secta de los libros y la noche, en la nueva clandestinidad de la palabra, la que ya se ha iniciado, la que no tendrá fin.

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Reedición de “Semmelweis” de Louis-Ferdinand Céline

Posted in Autores, Historia, Literatura, Louis Ferdinand Céline by paginatransversal on 28/07/2010

Semmelweis de Louis Ferdinand Céline

Título: Semmelweis
Autor: Louis-Ferdinand Céline
Editorial: Marbot
Traducción: Ramón Vilà Vernis
Colección: Tierra de nadie
ISBN: 9788493641177
Páginas: 128

«Todo lo que hacemos aquí me parece absolutamente inútil, las bajas se suceden como si nada. Sin embargo, seguimos operando sin querer saber en serio por qué tal enfermo muere y el otro no en situaciones idénticas».

Semmelweiss, un joven estudiante de derecho nacido en Budapest, acude a Viena en 1837 para terminar sus estudios. Pero al llegar a la capital del imperio, movido por la curiosidad, sigue un curso en el hospital de la ciudad, luego asiste a una autopsia y acaba descubriendo su vocación verdadera. Al cabo de poco tiempo, el joven médico empieza a ejercer en prácticas en uno de los pabellones del hospital de maternidad de la capital austriaca. Allí descubre con horror que entrar en aquel lugar supone una condena a muerte para la mayoría de parturientas. Perseguido por la idea de que sus colegas son, sin saberlo, verdugos, empieza a investigar y pronto ofrece un método para reducir las calamitosas cifras de mujeres muertas. Pero contra lo que cabría esperar, este descubrimiento choca en un primer momento con la indiferencia de sus colegas y luego con un odio creciente que lo llevará a la marginación profesional y a una profunda crisis personal. Sólo años después de su muerte se le reconocerá como el padre de la antisepsia moderna.

Con el relato de la trágica historia de Semmelweiss el escritor francés no sólo denuncia a la comunidad científica del siglo XIX, sino en general la estupidez y la mezquindad humanas: «Supongamos» escribe Céline en su Prefacio, «que hoy aparece otro inocente que se pone a curar el cáncer. ¡El pobre no puede sospechar el tipo de música que le harían bailar en seguida! ¡Sería fenomenal! ¡Ah, qué redoble su prudencia! ¡Ah, más vale que esté prevenido! ¡Qué se ande con muchísimo cuidado! ¡Ah, más le hubiera valido alistarse de inmediato en la Legión Extranjera! Todo se expía, tanto el bien como el mal se pagan, tarde o temprano. Naturalmente, el bien es mucho más caro ».

Es posible que Céline quisiera ver en Semmelweiss a una figura tan lúcida, marginal, incómoda y denostada como él mismo. (El Boomeran)

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CENSURADO Homenaje literario a Agustín de Foxá.

Posted in Agustín de Foxá, Aquilino Duque, Autores, Censura y Libertad, Convocatorias, Literatura by paginatransversal on 07/10/2009

Izquierda Unida censura homenaje literario

Homenaje literario a Agustín de Foxá

Más información en el diario El mundo

Homenaje a Foxá bajo los luceros
por Aquilino Duque

Al llegar yo sobre las siete y media de la tarde al Centro Cívico de Los Remedios, en el Parque de los Príncipes, para intervenir en unión de Antonio Rivero Taravillo en un homenaje a Agustín de Foxá, de quien se cumple el medio siglo de su fallecimiento, me encontré con las caras de circunstancias de los organizadores a los que por orden superior y anónima se acababa de denegar el acceso al aula en que se iba a celebrar el acto, a pesar de estar el aula concedida desde el día 2 por el negociado municipal competente. Estaba ya un público respetable y algún que otro fotógrafo de prensa. Yo vi literalmente el cielo abierto, y no un cielo cualquiera, nada menos que el de Sevilla en el veranillo de San Miguel, de suerte que el acto se llevó a cabo en un banco bajo un jacarandá y los luceros de rigor. Lo primero que hice fue dar las gracias a las autoridades anónimas que con su acertada decisión hacían que un acto que hubiera transcurrido sin pena ni gloria en un lugar cerrado, se convirtiera en un acontecimiento público en un ambiente delicioso que no dejaron de apoyar los diarios y las televisiones más importantes de la ciudad. Por arte de birlibirloque se llenó aquello de periodistas. Aquí va mi parlamento:

Foxá y los efímeros

Hace años apareció en Barcelona una interesante recopilación de textos titulada Falange y literatura, precedida y acompañada de los correspondientes comentarios críticos. Su autor, José Carlos Mainer, compaginaba cierta admiración literaria por unos textos de calidad innegable con cierto distanciamiento hacia sus autores, incluso hacia aquellos que ya habían iniciado su “adaptación” a los tiempos que se barruntaban, como Torrente Ballester. Yo comenté ese libro con un artículo titulado Reivindicación del conde de Foxá, que me publicó la revista Insula y que posteriormente recogí en mi libro Metapoesía. La publicación de ese artículo mío en Insula tuvo sus más y sus menos, ya que Foxá no estaba bien visto en tal revista, y José Luis Cano me dijo que el título era demasiado reaccionario. El título era “reaccionario” en efecto porque lo había plagiado de Juan Goytisolo, que por aquel entonces había publicado una Reivindicación del conde don Julián, exaltación de la figura del traidor, execración de la España cristiana y alabanza de la morisma y de su “tolerancia sexual”; en fin, los temas con los que hizo carrera este escritor. Tampoco se apresuró Insula a publicar un artículo que en aquellos años escribí sobre La casa encendida de Luis Rosales, que tardó nada menos que todo un año en aparecer. Ni Rosales ni Foxá estaban bien vistos en Insula, y yo quise aprovechar el poquito de caso que se me hacía en esa revista para que a ellos se les hiciera también, al mismo tiempo que le ajustaba las cuentas a Mainer. Naturalmente éste replicó y fui desaconsejado de contrarreplicar, por la sencilla razón de que el director de la revista, don Enrique Canito, detestaba las polémicas.

Cuento todo esto, ya que es importante que se sepa cuáles eran los mandarinatos literarios en aquellos años de 1970 a 1973 y qué clases de habas cocían en cada uno de ellos. Posiblemente en Cuadernos Hispano-Americanos, que por entonces dirigía don José Antonio Maravall, destacado intelectual falangista, me habría sido más fácil publicar mis artículos. Eso para mí no tenía mérito; yo lo que quería era enterar de quiénes eran Rosales y Foxá a unos lectores que no sabían o no querían saber nada de ellos.

No voy a reiterar aquí lo dicho tantas veces sobre los auténticos mandarinatos de aquellos años, que son los mismos de ahora, con el agravante por parte de éstos que además ocupan los resortes del Estado y los medios de difusión tanto oficiales como oficiosos. Entonces, si no me querían en Insula me podía ir a Cuadernos Hispano-Americanos. Ahora sería como ir de Herodes a Pilatos. Eran los tiempos de la poesía de Celaya y de Otero, del teatro de Buero y de Sastre, de la novela de Goytisolo y Hortelano; y estaba muy mal visto hablar de Sánchez Mazas, de Eugenio Montes, de Rosales, de Panero o de Foxá.

A Foxá yo lo conocía y lo admiraba por sus maravillosas crónicas de ABC, donde a veces aparecía también algún que otro poema suyo ilustrado por Sáenz de Tejada, y cuando entré en contacto con el grupo gaditano de la revista Platero, la poesía del conde tenía entre nosotros entusiastas y epígonos como Julio Mariscal, el poeta de Arcos. Fue entonces cuando tuve acceso a El almendro y la espada, y en ese libro a unos versos que era fácil aprender de memoria, cosa que entonces hacíamos mucho los jóvenes poetas.

Pero Foxá era poeta no sólo en sus versos y en sus crónicas, sino en su teatro, en sus relatos y en el nutrido anecdotario de su vida de diplomático bohemio. En el teatro tuvo éxito con Cui-Ping-Sing, fábula dramática entre la pantomima oriental y la fiaba del también conde Carlo Gozzi, y con Baile en Capitanía, drama romántico en verso con el fondo de las guerras carlistas. En la narrativa publicó en ABC un largo cuento de ciencia-ficción: Hans y los insectos. También publicó otros, alguno trufado en exceso de tópicos taurinos, pero Hans y los insectos raya a muchos codos sobre todos los demás. Dejó a medio hacer una novela de la guerra mundial ambientada en los Balcanes, y hecha del todo Madrid, de corte a checa, que yo llamé una vez “espléndido esperpento frustrado”. En realidad debí decir “espléndido esperpento truncado”, porque las primeras páginas (“Zambra y revuelo en la Cacharrería del Ateneo. Llegaba don Ramón con sus barbas de Padre Tajo, sucio, traslúcido y mordaz. Hablaba a voces contra el general Primo de Rivera…”) no tienen continuidad estilística, y a mí como lector entonces no me bastaba con el homenaje liminar a aquella caricatura literaria, sino que quería seguir por el mismo camino deformante, como si el lenguaje y la sintaxis de Valle-Inclán sonaran bien en otro que no fuera él. A partir de ese momento, Foxá se sale de la literatura y se mete en la realidad, es decir, en lugar de pasarse el resto de la novela entre el Ateneo y los espejos deformantes del callejón del Gato, sale a Puerta Cerrada, a la plazuela de los Carros, a las calles del Conde y del Cordón, a un Madrid castizo próximo al Palacio de Santa Cruz, sede del Ministerio de Estado, en cuyo Gabinete de Cifra estaba destinado el protagonista, trasunto del autor. El realismo de Foxá en esta novela es un realismo concreto, a diferencia del realismo abstracto de cierta novelística que asoló España a partir de los años 50. Tan concreto es, que al reeditarse el libro más de medio siglo después, lo releía yo en Madrid y me daba un vuelco el corazón al llegar a este párrafo: “Fue a verla; la había refugiado en una portería de la calle de Cervantes, vecina a la casa reconstruída de Lope de Vega. Su ventanuco daba al muro cerrado de las Trinitarias, donde rezumaba el sol triste de la tarde”. Esa casa no es otra que el número 9 de la calle de Cervantes, única de toda esa calle desde cuyo portal se puede ver, al cabo de la calle transversal de Quevedo, el muro de ladrillo de las Trinitarias, que está en la calle paralela de Lope de Vega. Era justamente la casa en que me encontraba yo cuando releía esa descripción tan escueta.

Otro de los relatos de Foxá se titulaba Viaje a los Efímeros, y era una alegoría de la relatividad del tiempo situada entre el cuento filosófico y la ciencia-ficción. En ese país de los Efímeros, el tiempo se acelera vertiginosamente y lo que en nuestro mundo tarda siglos enteros en pasar, pasa allí en unos segundos. A los Efímeros les preocupaba el Tiempo y la Muerte, pero más les preocupaba la operación de reescribir la Historia, de suerte que el efímero Gobierno de turno pudiera desacreditar a todos los Gobiernos que lo habían precedido, tan efímeros como él. ¿Era consciente Foxá de adelantarse a la realidad? ¿O era que en su vagabundaje por las cancillerías había visto lo suficiente para deducir por qué leyes se rigen los regímenes políticos?

No hay hombre de Estado, por grande que sea, cuya obra no deshagan sus herederos. Toda construcción política es perecedera; tiene una duración limitada. Por eso resulta por lo menos grotesco el culto de tal o cual Constitución o Ley Fundamental, cuya letra ponen sus autores por encima del espíritu de la Nación, es decir, algo que es efímero por principio por encima de algo que es permanente por naturaleza.

Estos efímeros de la política nunca están solos, sino que van acompañados por los efímeros de la cultura, y en unos y otros causa enorme desazón el retorno de un eterno, vale decir, de un clásico. Todos los que reaccionaron con rabia o con embarazo ante la reimpresión de Madrid, de corte a checa, son efímeros temerosos del tiempo y de la muerte que además no están muy seguros de que su fama vaya a sobrevivir al ocaso de sus ideologías.

Uno de los efímeros de Foxá, cuyo nombre no diré pues fue muy amigo mío, me comentaba indignado los funerales del conde diciendo que parecía que se hubiera muerto Lope de Vega. Este efímero, que poco antes de morir cosechó importantes laureles, es harto improbable que tenga un retorno como el que tiene Foxá, y es que Foxá nunca se fue, como creo haber demostrado más arriba. El retorno espectacular de Foxá obedece a un cálculo mercantil. El editor contó con cierto reflujo hacia la verdad histórica y el gusto literario después de algunos años de mal gusto y de mentiras políticas, y resulta que acertó y el libro de Foxá figuraría entre los libros más vendidos. Agustín de Foxá es el único autor duradero que figura en una lista formada exclusivamente por escritores efímeros. Hasta ahora, yo concebía el Infierno como una biblioteca formada por los libros más vendidos actualmente en los diversos idiomas que conozco.

Más de una vez he dicho que el humor es uno de los grandes conservantes de la literatura, un conservante que, por definición, no está al alcance de los efímeros. Estos en cambio usan un producto que les da mucho resultado a corto plazo, que es el lubricante; el lubricante es para los efímeros lo que el conservante para los duraderos. No hay efímero que no pase lo que yo llamo la prueba de la baba: de la baba política y de la baba lúbrica, y a esa doble prueba ha de someterse hoy por hoy todo el que aspire a figurar en la lista de autores más vendidos, es decir, más jaleados y promocionados.

El artículo de Aquilino Duque ha sido extraído del Blog VIÑAMARINA

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