Cultura Transversal

Flamenco en Crónicas: Manolo Caracol y Arturo Pavón en el recuerdo… y a merced de los políticos

Posted in Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 3 julio, 2009

por Joaquín Albaicín

ABC, 10 de marzo de 2009

Entre las veladas flamencas importantes que, bajo los auspicios de la Agencia Andaluza de Flamenco, van a celebrarse este año en Sevilla, se cuentan la de recuerdo y homenaje a Arturo Pavón (1930-2005) y la conmemorativa del centenario del nacimiento de Manolo Caracol (1909-1973). Dos grandes. Dos cometas de los que han dejado estela. ¿Se están haciendo bien las cosas?

No sé qué decir. Hijo de gitano fragüero, sobrino carnal de la Niña de los Peines y Tomás Pavón, yerno de Caracol y primero que llevó a la partitura el cante flamenco, Arturo Pavón ha de sentirse feliz, sin duda, por que la velada incluya una colaboración especial de Luisa Ortega, que fuera la pasión de su vida como mujer y artista y sin cuya insistencia y esfuerzo es muy probable que el proyecto ni se hubiera pasado jamás por la cabeza a sus impulsores (conviene no obnubilarse por esta súbita “admiración” de los funcionarios andalucistas por la música y la personalidad artística de Arturo Pavón: no se sabe, en efecto, que éste fuera contratado para actuar en la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla salvo en una sola ocasión, y hace de aquello cosa de treinta años). Menos contento debe andar, sin embargo, el añorado músico por razón de que su hija, Salomé Pavón Ortega, única cantaora en activo de su dinastía y uno de los tres únicos artistas a quienes acompañó largas temporadas al piano en el curso de toda su carrera, ni siquiera haya sido contactada para participar en la gala dedicada a su memoria. Y ello, pese a que la ilusión de acompañarla al piano prolongara fehacientemente su salud y su vida. Igual que Caracol diera el espaldarazo a Luisa Ortega en aquella recordada y ya histórica noche en el Teatro Calderón de Madrid, su hija Salomé fue la obra cantaora moldeada a fuego lento, la segunda Suite Flamenca de Arturo Pavón. Algo así, en fin, como si se montara una corrida con seis matadores, conmemorativa del cincuenta aniversario de la alternativa de Pepe Luis, y a Pepe Luis hijo ni le llamaran.

También debe Caracol, allá en la celeste morada, estar como unas Pascuas, ya que su nieta, aparte de –por el momento- último baluarte cantaor de los Pavón, es también la única cantaora de la estirpe de los Ortega en los escenarios de hoy… y tampoco se detectan indicios de que los organizadores de la gala de homenaje contemplen la inclusión de su nombre en el cartel, diseñado por “flamencos” de aniversario o, parafraseando a Raimundo Amador, “de temporá”. Su aspiración de llevar a las tablas teatrales un gran musical evocador de su figura y con una estructura totalmente inédita en la historia del flamenco, proyecto bien conocido en los ambientes de este arte y del que se hizo eco la pluma de Andrés González Barba en la edición hispalense de este diario, no ha recibido otra respuesta institucional que los oídos sordos. Acaso portar abolengo hondo, cantar puro, disfrutar de cartel y pensar en artista –y no en funcionario- resulte contraproducente en el mundo del flamenco oficial, enganchado a Factor X y demás maratones televisivos.

No importa. Si no en 2009, será en 2010, o en 2012, o en 2020… Los políticos pasan, y rápido. Los genios, su obra y aura, son de hoja perenne. Le pese a quien le pese, nunca sucumben ni se marchitan. Por eso este año la Hermandad de los Gitanos, que en 2006 homenajeó con una levantá en su honor a Arturo Pavón, este año, decíamos, por iniciativa de su nieta Salomé, portará a hombros al Cristo mientras, por primera vez, suena a ritmo de marcha La Salvaora inmortalizada por aquel gitano que se rompía por siguiriyas para rezar al Nazareno cuando, como una barca osiríaca abandonando el mundo, el paso salía de La Campana por la esquina de Sierpes.

Salomé Pavón define muy bien a su abuelo en Manolo Caracol. Cante y pasión, la reciente biografía escrita por Catalina León Benítez:
-Siempre ha existido, aunque ahora más que nunca, un tipo de cantaor… Un poco como el que memoriza un papel. Una persona que no nace en una familia con raíces gitanas, que nace en una familia sin tradición flamenca y, a fuerza de afición y paciencia y de un modo metódico, va aprendiendo la siguiriya de este, los tangos de aquel, hasta adquirir unos conocimientos que le permiten dedicarse profesionalmente al flamenco. En el fondo, sea mejor o peor artista, no deja de estar representando un papel. El caso de mi abuelo no tenía nada que ver con eso. Él no aprendió el “papel” de “flamenco”. Nació en una familia gitana, es decir, de entrada, el flamenco era parte integral de la tradición familiar. Y, además, en una familia a la que habían pertenecido la mayoría de los cimientos y referencias del cante. Desde niño sabía reconocer el cante de El Fillo o El Planeta porque, sencillamente, eran sus antepasados y esos cantes eran cantes de la familia. ¿Por qué conocía los estilos de Manuel Torre? Porque desde muy niño le había escuchado cantar muchas veces en su casa con su padre y otros familiares y amigos. Entonces, mi abuelo era flamenco cantando, como era flamenco durmiendo, duchándose, paseando, yendo a los toros o tosiendo. Y, precisamente porque en su cante estaba todo el cante anterior, nunca imitó a nadie. Ni lo sentía, ni lo necesitaba. Él ha sido, en cambio, uno de los cantaores a quienes más han tratado otros de parecerse.

Debido a esa permanente actualidad del aurífero talento, cien años después de su venida al mundo y transcurridos treinta y seis de su fallecimiento, Manolo Caracol sigue hoy sentado en la barrera de Vista Alegre jaleando los capotes de los tres gitanos; imponiendo orden en el cuadro de Los Canasteros; cantando en La Campana al Cristo de los Gitanos, la Macarena o el Gran Poder, Señor de Sevilla; levantando al público de los asientos con Juan de Osuna; encerrado de juerga con Adela Chaqueta, Porrina y La Moreno; y degustando potaje en Don Paco, en la calle de Caballero de Gracia, en el mismo local donde antaño, en los días de Lagartijo y Frascuelo, se despachaban las entradas para las corridas. Su dueño, Paco El Capitán, ochenta y cuatro años más IVA, tiene aún ahí su busto, al lado del de Manolete, y todo un museo de fotografías en las que el genio al que tanto quiso y admiró aparece con Cagancho, Gitanillo de Triana, Antonio Márquez, Lola Flores, Pastora Imperio…

Guste o no a la Agencia Andaluza de Flamenco, lejos de ser una cuestión regional, el arte flamenco es patrimonio de las dinastías flamencas, de las casas cantaoras y bailaoras, de aquellos que –al margen del domicilio natalicio o de residencia, bajo la monarquía, la dictadura o la república, con autonomías y sin ellas- llevamos siglos viviéndolo y transmitiéndolo. El “pueblo” –socorrida abstracción- no canta, ni baila ni toca flamenco. Quienes lo cantan, tocan y bailan tienen nombres y apellidos, que son los mismos desde hace generaciones. Ignorar las dinastías o darlas alegremente por extintas, hacer y deshacer festivales y homenajes a golpe de compadreo como si aquellas no existieran, ejercitar tentativas de acallar las voces de raigambre verdaderamente honda en aras de dar cumplimiento a agendas de corte político, no supone sino faltar al respeto al flamenco. A quienes lo encarnan y a quienes con el alma lo degustan.

Cada vez que le preguntaron qué era lo correcto decir, si “cante hondo” o “cante andaluz”, Manolo Caracol siempre respondió: “Cante gitano”. Esperemos que, ya que no se cuenta para los homenajes a Arturo Pavón y Manolo Caracol con la única cantaora en activo de los Pavón y de los Ortega, hija y nieta respectivamente, repetimos, de los homenajeados, al menos en el caso de Caracol, para lo que aún se está a tiempo, se confeccione un cartel a tono con la personalidad y la concepción del cante sustentada por éste, es decir, que no se elabore un cartel para rendir tributo a Caracolcon el espíritu con que se concebiría uno para celebrar la memoria de Carlos Cano o La Niña de la Puebla. Que sí, que esto último sería lo “políticamente correcto”. Pero los auténticos flamencos nunca han buscado ni aprendido la definición para su arte en los Libros Gordos de Petete de la “corrección política”. Y, en cualquier caso, Manolo Caracol también tenía –digo yo- derecho a pronunciarse… y se pronunció. Le pesara a quien le pesara.

¿Homenajes a los flamencos? Los que se tercien. Pero, por favor, con criterio flamenco.

Artículo publicado en el diario ABC el 10-III-2009

JOAQUÍN ALBAICÍN (Madrid, 1966)
Escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, sus artículos y relatos, así como sus críticas de arte flamenco -que han contribuido positivamente al presente resurgir del género- han aparecido en diarios como ABC, El País y Reforma (de México), y revistas como El Europeo, Vogue, Sur-Exprés, Axis Mundi, Letra y Espíritu, La Clave, Generación XXI, Debats, Amanecer, Web Islam, 6 Toros 6, El Ruedo, MAN, Próximo Milenio, The Ecologist, Más Allá, Omarambo… El esoterismo de las grandes tradiciones espirituales, la geopolítica, la tauromaquia, el espionaje, el Imperio Mongol y el mundo de los últimos Romanov son algunos de los principales focos de interés de este escritor nacido en una familia de artistas de raíces gitanas.
Contertulio habitual del programa de TV El Faro de Alejandría, dirigido y presentado por Fernando Sánchez Dragó, ha publicado en España la novela La serpiente terrenal (Anagrama, Barcelona 1993), el cuaderno de viajes Diario de un paulista (El Europeo, Madrid 1995) y los ensayos Gitanos en el ruedo: el Indostán en el toreo (Espasa Calpe, Madrid 1993), En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco, Barcelona 1997) -única obra escrita sobre la materia desde la perspectiva de la Philosophia Perennis-, El Príncipe que ha de venir (Muchnik Editores, Barcelona 1999) y Monteras de aquí y de allá (Castilnovo, 2006), así como el libro de cuentos La Estrella de Plata (Manuscritos, Madrid 2000). Dos relatos suyos inéditos en castellano han sido recientemente publicados en Suecia en la antología de literatura gitana coordinada por Gunilla Lundgren Svarta rosor/Rosas negras (Tranan, Estocolmo 2003).
En la actualidad está concluyendo una nueva novela, un ensayo sobre la leyenda medieval del Reino del Preste Juan, otro sobre el misterio de la Gran Duquesa Anastasia y un tercero sobre la controvertida figura del Barón Ungern-Sternberg. Su cajón guarda además un libro de cuentos inédito.
En la web http://www.svabhinava.org, creada por Sunthar Visuvalingam y dedicada al modelo indio de aculturación, Joaquín Albaicín coordina la sección Roma, consagrada a la diáspora indo-gitana. Los interesados encontrarán más información tanto en dicha web como en la de International Romani Writers Association (www.romaniwriters.com), de la que este autor es miembro.
Entrevista con Joaquín Albaicín en: “Opinión y Toros”
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