Cultura Transversal

Jardiel Poncela

Posted in Autores, Historia, Jardiel Poncela, Juan V. Oltra, Literatura, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 12 noviembre, 2012

por Juan V. Oltra – Jardiel fue un genio. Sin paliativos. Personalmente no sólo lo sitúo entre lo mejor de las letras hispanas del siglo XX, sino de toda su historia. Esta genialidad, discutida por unos y por otros ha llegado a la actualidad de manera diversa: mientras algunos pretenden ignorarlo, otros, conscientes de que su ingenio no se puede amagar, le inventan biografías paralelas y lo hacen pasar por un personaje casi más que de izquierdas, resistente y acosado por la dictadura de Franco. Siempre hay quien no deja que la realidad le estropee una buena teoría.

Jardiel no fue, efectivamente, un ser procedente de la carcundia que, atisbando desde su caverna, se enraizase con los poderes fácticos tradicionales… pero menos aún era un sindicalista de clase. Jardiel fue, creo que mejor que nadie, el representante de la tercera España. Un ejemplo está en su por muchos (me incluyo) considerada obra maestra: “La Tournée de Dios“: escrita durante la república, se prohibió por unos por considerarla “propaganda beata” y por otros por “atacar a la religión”. El que tenga oídos para oír, que oiga.

Jardiel, fue un presunto madrileño (nació y murió en Madrid, 1901-1952). Pero como buen madrileño, en realidad venía de otro lugar. El mismo nos lo cuenta con unos alejandrinos:

Nací armando el jaleo propio de esas escenas,
me bautizó la Iglesia con el nombre de Enrique
y Aragón y Castilla circulan por mis venas
sin que haya aún encontrado a nadie que me explique
a quién debo mis risas y a quién debos mis penas:
pues, realmente, no es fácil resolver el misterio
de cuál de esas regiones pesa en mi corazón;
tal vez pesa Castilla cuando me pongo serio,
y, cuando estoy alegre, tal vez pesa Aragón.

Fue hijo de Enrique Jardiel Agustín, a quien su padre, Juez de paz de la aragonesa Quinto de Ebro le había mandado de joven a Madrid a estudiar. Enrique Jardiel padre llegó a ser un periodista de cierto renombre, cubriendo crónicas parlamentarias (Jardiel añadía a su firma su apellido Poncela para evitar que le confundiesen con él). Fue miembro fundador del PSOE, lo que unido a los viajes al hemiciclo que hacía el pequeño Jardiel acompañando a su padre, permitió que éste se formase pronto una opinión no demasiado favorable de la clase política. Su madre, Marcelina Poncela y Ontoria, una mujer avanzadísima para la época (parece ser que fue la primera mujer en cursar Bellas Artes, mediante una intercesión del propio Alfonso XII) fue la que imbuyó al joven Jardiel el sentido artístico. Falleció cuando éste frisaba los dieciséis años, marcando su vida. Treinta y un años más tarde la recordaba así:

FANTASMAS DEL PASADO
AGONÍA

«Se muere», dijo el médico al traspasar la puerta.
Pero ella estaba ya muerta
desde hacía ya tiempo: por lo menos un mes.
Calor de fin de julio. Venía de la huerta
un perfume de fruta y el rumor de la mies.
Mil novecientos diecisiete, en un pueblito aragonés.
¡Qué lejana la fecha! ¡Treinta y un años ya!
¡Cuántas cosas
pasando
se han ido amontonando
sobre la noche en que … ! ¡Ah, la pobre mamá!
El pueblo por el pueblo va en puntillas andando
detrás de aquel tañir de aquella campanilla.
Y las gentes de casa les esperan hincando
en el zaguán de piedra la cansada rodilla.
Y por fin, el tañir juvenil y simpático
que es el adelanto de un misterio fecundo,
suena en el zaguán, y por allí entra el Viático,
y sólo yo lo veo pasar, pues todo el mundo
inclina ahora el semblante humillado y contrito
sin ver más que las filas de losas de granito.

No demasiado buen estudiante, más por lo díscolo que por falta de recursos, fue visitando sucesivamente la Institución Libre de Enseñanza, los Escolapios en San Antonio Abad, el instituto de San Isidro y al fin, la carrera de Filosofía y Letras, que abandonó. De todas formas, con quince años ya empieza a escribir, a dúo con su amigo Serafín Adame, a quien termina regalando la autoría de sus obras conjuntas, de la que éste sacó en algún momento rendimiento. Nada de momento hacía esperar algo peculiar de este buen chico formal, con novia —Amparito, con quien anduvo siete años— y opositor de hacienda. Tan solo una pista: el premio del concurso de novelas cortas del Círculo de Bellas Artes en 1922 por su “El plano astral“.

Pronto empezó a colaborar en “Buen Humor“, donde coincide con José López Rubio, viejo conocido del instituto, y se deslumbra con RAMÓN Gómez de la Serna, que es el que trajo las gallinas. Así, queda inaugurada “la otra” del 27: Tono, Neville, Mihura, López Rubio y, por supuesto, Jardiel. Con Ramón participa en su programa de radio (Unión Radio). Es verdaderamente Buen Humor un trozo del paraíso en la tierra: Camba, Fernandez-Flórez, Mihura, Neville, Tono… y de ahí, a “Gutiérrez”, con K-Hito, donde además de muchos de los anteriores estaba Samuel Ros. Las reuniones en la cafetería, a modo de consejo de redacción, pero que en realidad era una manera como otra de cenar a bajo coste, las cuenta K-Hito en sus memorias. No sería la última vez que veremos a Jardiel como inquilino de esos lugares tan entrañables.

Con todo, hay quien ha querido ver influencia de lecturas de los genios italianos Mosca, Guareschi, Pitigrilli… el mismo sin embargo, se inscribe en la tradición de Cervantes, Quevedo y Gracián (el autor actual que más me gusta).

Jardiel, llamado a revolucionar el teatro (pese a que muchos ignorantes vean a Ionesco, más tardío que Jardiel, como un precursor) con “Una noche de primavera sin sueño“, pero su primera fama le viene de sus cuatro novelas mayores: “Amor se escribe sin hache“, (1929, dedicado a la mujer que lo acaba de abandonar, iniciando así su misoginia que le haría ser padre en ausencia de su hija Evangelina), “Esperame en Siberia, vida mía” (1929), ” Pero… ¿hubo alguna vez once mil vírgenes?” (1931), “La tournée de Dios” (1932). Toda auténticas obras de arte de las que mucho se ha escrito, a pesar de lo cual no puedo evitar dedicarles un par de frases.

En la época en que Jardiel se hace famoso como escritor (ayudado por la joven editorial “Biblioteca Nueva”, que siempre apostó y sigue haciéndolo por él) la moda son las novelas galantes. Jardiel rompe como siglos atrás lo hiciera Cervantes con el Quijote escribiendo “anticaballerías”, sacando por su pluma “novelas casi cosmopolitas”. Atención extra requiere la “Tournée“, joya entre joyas que debería ser leída por cada español que desee leer algo con calidad cierta. Allí, Jardiel nos presenta entre otras cosas su idea de Dios, algo alejada de la que da la Iglesia Católica, pero ciertamente tampoco coincidente con el anticlericalismo de que hacía gala parte de la población española en esas fechas. Dios pesaba mucho en su vida interior, pero “a su manera”.

“Aterra pasar lo que hubiera sido del cristianismo si en lugar de Cristo hubiera estado un cristiano”.

Y empieza su aventura americana. Sin descuidar el teatro, donde Tirso Escudero, empresario del teatro de La Comedia seguía espoleándole, se encuentra con una oportunidad dada por su amigo Pepe López Rubio desde Hollywood. Gastó ocho de los diez duros que le quedaban para mandar el telegrama siguiente: “CON VIAJES PAGADOS, DESDE LUEGO; SIN VIAJES, IMPOSIBLE“. Pagados los pasajes, empieza su aventura americana. La empieza nada más llegar, pues los oficiales del barco se enteran de que es escritor y eso basta para que se le niegue la entrada a los EE.UU. y se le encierre en la cárcel de Ellis Island, justo bajo la Estatua de la Libertad. Bendito país.

Jardiel, que no sabe ni sabrá nunca hablar en inglés, les espeta como mejor puede para que le entiendan: ¡Vengo de Europa!. En Europa, en todas las agencias de turismo, hay unos carteles aconsejando que se visiten las cataratas del Niágara. ¿Cómo voy a visitar las cataratas del Niágara si ustedes no me dejan desembarcar?”. Eso, y una visita de un delegado de la compañía cinematográfica que lo había contratado, logran el milagro. Jardiel pisa la gran manzana.

NUEVA YORK
Una ciudad con dos ríos.
Chinos, negros y judíos
con idénticos anhelos.
y millones de habitantes,
pequeños como guisantes,
vistos desde un rascacielos.
En el invierno, un cruel frío
que hace llorar. En estío,
un calor abrasador
que mata al gobernador
que es siempre un señor con lentes
y a los doce o trece agentes
que lleva a su alrededor.
Soledad entre las gentes.
Comerciantes y clientes.
Un templo junto a un teatro.
Veintitrés o veinticuatro
religiones diferentes.
Agitación. Disparate.
Un anuncio en cada esquina.
“Jazz-band”. Jugo de tomate.
Chicle. “Whisky”. Gasolina.
Circuncisión. Periodismo:
diez ediciones diarias,
que anuncian noticias varias
y todas dicen lo mismo.
Parques con una caterva
de amantes sobre la hierba
entre mil ardillas vivas.
Masas con fama de activas,
pero indolentes y apáticas.
“Estrellas”, actrices, “divas”
y máquinas automáticas.
Oficinas sin tinteros:
con “Kalamazoos”, ficheros,
con nueve timbres por mesa
y con patronos groseros
de cara de aves de presa.
Espectáculos por horas.
“Sandwichs” de pollo y pepino.
Ruido de remachadoras.
Magos y adivinadoras
de la suerte y del destino.
Hombres de un solo perfil,
con la nariz infantil
y los corazones viejos;
el cielo pilla tan lejos,
que nadie mira a lo alto.
Radio. Brigadas de Asalto.
Sed. “Coca-Cola”. Sudor.
Limpiabotas de color.
Cemento. Acero. Basalto.
“Garages” con ascensor.
Prisa. Bolsa. Sobresalto.
Y dólares. Y dolor:
un infinito dolor
corriendo por el asfalto
entre un “Chevrolet” y un “Ford”.

En Hollywood

Desde septiembre de 1932 hasta marzo del 33, Jardiel trabaja incansablemente. Hace los diálogos en castellano para algunas películas, adapta y crea el guión técnico para otras, conoce y se hace amigo de Chaplin… y sufrió una serie de terremotos que le hizo reflexionar que, dado que el suelo de Estados Unidos incumplía la primera condición que debía tener el suelo de un país, que era la de estarse quieto, mejor regresar a España. Y regresó, con una maleta llena de películas por revelar. Y sobre todo con ideas nuevas, que le llevaron a sus “Celuloides Rancios”, hechos en los estudios Villancourt en París, y con un éxito solo comparable en la época a los dibujos animados de Walt Disney. A mediados de junio del 34 le llegó de nuevo la llamada de Holywood, a donde volvió embarcado en el “Compte di Sovoia” con Gregorio Martínez Sierra y Catalina Bárcena (autores, nominal y real, respectivamente, de obras de gran éxito como “Canción de Cuna”). Nuevamente a adaptar diálogos, aunque en esta ocasión también de alguna obra propia, como su “Angelina o el honor de un brigadier”, algo que le supuso 2.500 dólares de la época y tres meses de vacaciones en España, aclamado por New York Herald, quien menciona la más valiente de las novelas jóvenes de España, “The Tour of God”).

De nuevo, en España

Vuelto a España, se dedicó a escribir, no novela, que al ver cómo era censurada implacablemente por la república y que, andado el tiempo, también censuraría el franquismo, le hizo decir que aunque le gustaba mucho escribirlas, no lo haría más pues “¿Para qué, si me las prohíben? No sé escribir pensando en la censura.” El teatro, su pasión, le permitió comprarse un Ford V8, auténtica pasión que duró hasta que un día unos milicianos se lo requisaran para convertirlo en un coche de las milicias populares. Su vida, por otra parte, seguía una distribución un tanto peculiar:

“Suelo emplear tres horas en comidas, abrir cartas y decir que no estoy en casa a las visitas; dos en charlar con los amigos; una en leer diarios y revistas; tres en leer libros; una en jugar con el perro y en compras femeninas; ocho o nueve o diez en dormir; dos en visitas y una en contestar correspondencia. De suerte que calculando que permanezco en el café escribiendo ocho o nueve o horas diarias el día tiene para mí treinta y una horas, lo que no me explico cómo puede suceder. Pero he vuelto a sumar y la cuenta es exacta”.

El 12 de mayo de 1936 estrenó una de sus obras de más éxito: “Morirse es un error”, que por respeto a los muertos de las trincheras de la recién nacida guerra civil, cambió de nombre por “Cuatro corazones con freno y marcha atrás”. Poco después, inmerso en su proceso creativo, como siempre que se atascaba, subió a su automóvil y se fue a rezar ante la tumba de su madre, en Quinto de Ebro. Desafiando los tumultos callejeros que en abril del 36 poblaban España, llegó y rezó ante su madre por última vez, pues durante el mes de agosto los milicianos hollaron el cementerio, destrozaron la tumba de doña Marcelina y esparcieron sus restos y las letras de su nombre por el suelo. Nada más volver a Madrid, con la idea feliz para su problema teatral en mente, se encontró con su amigo Federico García Lorca, quien se equivocó al decirle “De todo esto, sólo quedaremos tu y yo”. Federico murió tras fracasar el intento de salvarle de sus amigos los falangistas Rosales y Jardiel estuvo a punto de morir asesinado en una cheka, acusado de ocultar en su domicilio a un falangista.

¿Enrique Jardiel Poncela? Tiene que acompañarnos para que le tomemos declaración.
¿De qué se me causa?
De ocultar a Rafael Salazar Alonso. (…) Se le acusa de fascista. Tenemos muchas denuncias que lo confirman. Y ya sabrá lo que eso significa. (…) ¿Cómo justifica, entonces, esas acusaciones?
Porque soy una persona que tiene éxito profesional y, consecuentemente, muchos enemigos (…)
¿Sospecha de alguien?
Han sido Fulano, Mengano y Zutano.
¿
Qué nombres ha dicho?
Fulano, Mengano y Zutano.
Vamos a dejarle volver a casa… por ahora.

Jardiel había hablado con colegas y amigos de diversas ideas políticas sobre su amistad con José Antonio Primo de Rivera, había tenido amistad con falangistas conocidos de su profesión, como Pedro Mourlane, Rafael Sánchez Mazas, Samuel Ros, José María Alfaro, Julio Fuertes o los hermanos Sáenz de Heredia. Y en tiempos revueltos siempre hay quien tiene especial morbosidad en recopilar lo que otro amigo dice, así que esa simple amistad se convirtió en una espada de Damocles que pendía sobre su cabeza, y la de su familia.

Tras el susto, volvió a casa y tranquilizó a su familia. Al día siguiente, mientras escribía en el café Europeo, vio como unos milicianos le observaban a través de los cristales. Jardiel se puso a escribir como un desaforado… sesenta veces la frase “Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid”.

Mi actitud había alejado para siempre a los milicianos. (Un hombre que escribía tranquilamente en un café era en el verano de 1936, en Madridun hombre que no tenía miedo. Y un hombre que no tenía miedo en el verano de 1936, en Madrid era un simpatizante del marxismo).

Pero sí tenía miedo, mucho, hasta que en marzo de 1937, haciéndose pasar por maestro de escuela para llegar a Barcelona y allí, con un contrato falso, pudo escapar rumbo a Buenos Aires. En 1938 entró por Irún a la zona nacional.

Y con la vuelta, los éxitos. El día en que cayó Gijón, liberado como entonces se decía, por las tropas de Franco, Luis Sagi Vela aporrearía la habitación de Jardiel, que residía en su mismo hotel para celebrar con él el fin de la campaña del norte…y para pedirle una opereta. Sería “Carlo Monte en Monte Carlo”.

Del fin de la guerra al fin de sus días

Éxitos y plagios. El trasunto de Un marido de ida y vuelta, (plagiada por Noel Coward, en “Un espíritu burlón”, como “The Treasure Home” de Farell y Perry ya era una copia de su Eloisa está debajo de un almendro” y “Los peces rojos” de Anouilh estaba “fuertemente inspirada” en su “Madre (el drama padre)”) supuso una indignada réplica de Jaciento Miquelarena, corresponsal de ABC que cubrió el estreno de la obra de Coward. Jardiel hace tiempo que lo tomaba con humor, pudiendo leerse advertencias de copyright como

© ES PROPIEDAD DEL AUTOR. Derechos reservados. La traducción, la adaptación, el robo y el plagio se perseguirán a tiros sobre motocicleta blindada, único procedimiento eficaz ya en el mundo.

Sin preocupación excesiva, en veinticinco días escribió “Los ladrones somos gente honrada”, éxito para el que escribió un papel a la medida de un hasta entonces meritorio Fernando Fernán Gómez. El actor nunca lo olvidará y será quien, cuando Jardiel se vea enfermo y abandonado por todos, pagará sus gastos, cosa que de momento queda muy lejos, recibiendo encargos del mismísimo Cantinflas, que vuela a Barcelona solo para hacerle el pedido por el que le pagará 20.000 pesetas de las de entonces.

En 1941 estrena Madre (el drama padre), obra que le fue plagiada, como vimos, muy del gusto del público pero atacada por la Iglesia por ser considerada inmoral. La censura de nuevo se cebaba con Jardiel. Hay que decir que para buena parte de las esferas de poder que habían resultado de la guerra, Jardiel era un tipo ateo y con tendencias izquierdistas, tanto que a su muerte en 1952 el obispo prohibió que se le enterrase en sagrado (algo afortunadamente pronto revocado).

Como usted ve, no acierto mucho al escribir con los gustos y criterios de los que bajo dos regímenes diametralmente opuestos ejercen y han ejercido la fiscalización artística. Claro que lo natural sería que la fiscalización artística no se ejerciera bajo ningún régimen.

Pero Jardiel aún tiene fuerzas. Después de una gira exitosa por España vendrá su otra gira, la que le supuso el principio del fin: la gira por Hispanoamérica. Era 1944 y vemos cargada a la compañía de Jardiel en el “Monte Amboto”, destino Buenos Aires. No sabía lo que allí le esperaba.

Tras unos primeros días de indiferencia, se descubre algo de lo que la prensa de la época no pudo o no quiso hacerse eco: grupos de personas que violentamente entran en la sala, causando daños con bombas de alquitrán al teatro y amenazado. El “exilio” español no le perdonó a Jardiel el no “escapar de la España franquista”, acusándolo se ser “falangista, fascista, franquista y unos cuantos istas más”. En prensa aparecían crónicas como la titulada “Bufón y falangista” nada laudatorias. Los teatros no se atrevían a representarlo y Jardiel tuvo que seguir pagando a tocateja los sueldos de la compañía, lo que le llevó a una ruina tal que, para volver a España, tuvo que pedir un adelanto a la Sociedad de Autores. Mientras tanto en España su padre fallecía.

A su regreso a España, empantanado económicamente y hundido moralmente, todavía estrenó Tu y yo somos tres, El pañuelo de la dama errante y El amor del perro y el gato. En 1946, Agua, aceite y gasolina, El sexo débil ha hecho gimnasia (Premio Nacional de Teatro), Como mejor están las rubias es con patatas y Los tigres escondidos en la alcoba. Cada vez su salud se quebrantaba más y le era más difícil escribir. Jardiel vive recluido en su casa, con sus hijas, su compañera y su ya reducido grupo de amigos (Gustavo Pérez Puig, González Ruano, Alfonso Sastre, Miguel Marín, Fernando Fernán Gómez…). Debe dinero de adelantos a la Sociedad de Autores, a La Codorniz… y sobrevive gracias a la ayuda de sus amigos Fernán Gómez, José López Rubio y a lo que cobra por sus artículos semanales en “El Alcázar”. El 18 de febrero de 1952 fallecía en su casa de Madrid.

Para saber más de Enrique Jardiel Poncela

· El hombre que mató a Jardiel Poncela, Miguel Martín, Planeta, 1997
· El negociado de incobrables. Ed. de la Torre, Madrid, 1990
· Enrique Jardiel Poncela, Enrique Gallud Jardiel, Espasa, 2001

· Enrique Jardiel Poncela, Fernando Valls y Savid Roas, Envida, 2001
· Enrique Jardiel Poncela: mi padre, Evangelina Jardiel Poncela, Biblioteca Nueva, 1999.
· Jardiel Poncela, Rafael Florez, EPESA, 1969.
· Los humoristas del 27 (ed. Patricia Molins) Sins entido, Madrid, 2002.
· Mio Jardiel, Rafael Florez, Biblioteca Nueva, 1966

Obras de Enrique Jardiel Poncela, sin ánimo exhaustivo

¡Espérame en Siberia, vida mía!
Amor se escribe sin hache
Angelina o un drama en 1880
Blanca por fuera y rosa por dentro
Carlo Monte en Monte Carlo
Cuatro corazones con freno y marcha atrás
El cadáver del señor García
El libro del convaleciente
El naufragio del “Mistingett”
El pañuelo de la dama errante
El plano astral. Revelaciones del mas allá
Eloisa esta debajo de un almendro
Exceso de equipaje
La “tournée” de Dios. Novela casi divina
Las cinco advertencias de Satanás
Los habitantes de la casa deshabitada
Los ladrones somos gente honrada

Madre (el drama padre)
Máximas mínimas y otros aforismos
Para leer mientras sube el ascensor
 Pero… ¿hubo alguna vez 11.000 vírgenes?
Pirulís de la
habana
Tú y yo somos tres
Un adulterio decente
Un marido de ida y vuelta
Una noche de primavera sin sueño
Usted tiene ojos de mujer fatal

Su obra

DOS PROBLEMAS

Del “Libro del convaleciente” (según el prólogo del autor escrito en plena guerra de liberación para procurar a los convalecientes de las trincheras una lectura divertida, ligera y un poco pueril, como debe ser la lectura de todo convaleciente)

DOS PROBLEMAS
(ACOMPAÑADOS DE SUS SOLUCIONES PARA NO TENER QUE MOLESTARSE EN DESCIFRARLOS)

PRIMER PROBLEMA

Los sesenta árboles.— Un labrador tuvo el capricho de plantar en un mismo terreno y en el mayor desorden sesenta árboles frutales de tres clases muy diferentes: manzanos, perales y castaños (tipo general).

A su muerte, no teniendo hijos, dejó el campo a tres sobrinos por parte de hermana, y ahí empezaron las dificultades.

Los tres herederos querían tener el mismo número de árboles de cada clase, y cada cual pretendía aislar su parte por medio de una tapia; pero dado el desorden en que los árboles estaban plantados, la cosa no tenía nada de fácil.

El lector tiene que resolver eso.

Véase la figura primera y supóngase que los círculos blancos son castaños (lo cual, por sí solo, ya es un lío tremendo); los negros, perales, y los círculos triples, manzanos. Ahora se trata de dividir el campo en tres partes y que en cada parte haya el mismo número de círculos de cada color.

Solución.— La solución es que los herederos vendieron el campo a uno del pueblo, se repartieron los cuartos y tomaron el tren para Madrid, para evitarse una meningitis.

SEGUNDO PROBLEMA

El paseo alrededor del lago.La señorita y el caballero que aparecen en la figura segunda son dos cursis. Esto se ve a la primera ojeada.

Ambos han salido a dar un paseo, a caballo, por el campo, y han llegado a orillas de un lago absolutamente circular.

El caballero, a quien llamó mucho la atención esta forma del lago tan poco frecuente, propuso a su linda compañera dar una vuelta al trote alrededor del lago, y no hay que decir que ella aprobó la idea al momento, porque era una imbécil.

El tiempo que invirtieron en este paseo no nos interesa; pero sí haremos constar, en honor a la habilidad de los caba­llistas, que supieron mantener sus corceles al mismo nivel durante toda la vuelta, y siempre con una separación de dos metros entre uno y otro.

Además, la amazona, que iba hacia la parte del agua, se conservó constantemente a cinco metros de ésta. Cualquiera comprenderá que el caballo que trotaba por la parte de afuera, o sea, el del caballero, trazaba en su marcha un círculo mayor que el que describía el corcel de la señorita, y, por consiguiente, tenía que correr más que éste para no quedarse atrás.

En efecto; por cada veintitrés pasos que daba el caballo de la dama, el del caballero daba veinticuatro.

Cómo se está complicando esto, ¿eh?

Cuando dieron la vuelta completa al lago, la amazona preguntó a su acompañante si sabía:

1.° ¿Qué distancia había de una a otra orilla del lago?

Y 2.° ¿Cuántos metros acababa de recorrer cada uno de los caballos?

Vea el lector si él hubiera sido capaz de contestar a esas preguntas.

Solución.— La solución es que el caballero se bajó del caballo, cogió a su gentil amiga de un pie, la desmontó y, haciendo con ella un molinete en el aire, la arrojó al lago de cabeza.

Extraído de: Mi amigo PIC

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