Cultura Transversal

Vintila Horia: encuentro con los esotéricos (sic*) I

Posted in Autores, Frithjof Schuon, Julius Evola, René Guénon, Titus Burckhardt, Vintila Horia by paginatransversal on 7 diciembre, 2012

VINTILA HORIA

por Vintila Horia – Lo que hemos enfocado hasta ahora, a lo largo de las páginas pre­cedentes, todo este enorme material relacionado con PSI, puede ser dividido en dos partes distintas: una fenomenología perfectamente a nuestro alcance razonador y a los instrumentos o prótesis de nuestras técnicas de laboratorio, como la telepatía, la clarividencia, el aura al­rededor de los cuerpos, visibles a través de la cámara Kirlian, la sofrolo­gía, los fenómenos relacionados con la sinestesia o posibilidad de relacio­nar estímulos sensoriales distintos (los del oído con los visuales), et­cétera, y que pueden perfectamente formar parte del objeto de estudio de la parapsicología, o sea, de algo colocado al lado de la psicología, en situación de paralelismo epistemológico. Y otra fenomenología, mucho más sutil, a la que habría que conservar el nombre de metapsíquica, situada más allá de la posibilidad de aprehensión de los sentidos hu­manos y de los aparatos de laboratorio e incluso de la pura razón, y dentro de la que se encontraría la psicofonía, el espiritismo, la levita­ción y cualquier fenómeno relacionado con la telergia o influjo directo del espíritu sobre la materia, etc.

Vuelvo sobre esta necesaria disquisición no sólo porque la con­fusión metodológica creada últimamente dentro de la parapsicología, al mezclarse unos terrenos con otros, ha sido contraproducente en lo que al mismo prestigio de esta nueva ciencia se refiere, sino porque la di­ferenciación que hemos establecido nos permitirá comprender mejor la actitud enemistosa de los esotéricos ante cualquier manifestación meta­psíquica. El mismo acercamiento que aquí realizamos, el hecho de haber situado a los esotéricos dentro de un fenómeno general llamado PSI, es considerado herético por cualquiera de los practicantes de esta antigua disciplina. Sin embargo, ninguno de ellos se ha ocupado jamás de para­psicología, en el sentido que nosotros otorgamos a esta palabra, consi­derando todo fenómeno de este tipo como puro engaño de los sentidos. Es así como René Guénon, Julius Evola, Frithjof Schuon o Titus Burckhardt los más conocidos esotéricos de nuestro siglo, rechazan cualquier manifestación espiritista o la consideran de manera completamente dis­tinta a la de los parapsicólogos. Guénon ha dedicado todo un capítulo de su libro El error espiritista a la explicación del fenómeno, y sus con­sideraciones y conclusiones son más que severas. Se trata de un «error».

El mismo punto de vista inicial de las dos disciplinas es diame­tralmente opuesto. Mientras para los parapsicólogos en general, según la vaga designación moderna de dicha ciencia, el ser humano es materia y alma, soma y psique, según la misma formulación cartesiana de la psicología contemporánea, considerando a veces la psique como algo indestructible y dotado de posibilidades de manifestación, incluso des­pués del fin de la materia de lo que estamos compuestos, es decir, después de la muerte, los esotéricos, según una enseñanza tradicional que les viene de la India, de Pitágoras, de Platón y los neoplatónicos, nos consideran como una formación tripartita: cuerpo, psique y espíritu. Lo que muere es el cuerpo y la psique; lo eterno es el espíritu. Veremos luego la importancia de esta triple diferenciación con respecto al tema que nos interesa.

Ahora bien, si psique no desaparece después de la muerte física, constituye objeto de interés y comunicación por parte de los espiritistas. El alma emigra a otro sitio, pero a través de un médium o a través de un magnetófono, se puede poner en contacto con nosotros. La psicofonía actual no es más que un espiritismo tecnicizado. Las sorprendentes reve­laciones de Constantino Ráudive y del doctor Giuseppe Crosa, basadas en la conclusión de que las voces llamadas del espacio, no son más que algo así como unos mass media del más allá, tratando desesperadamente de decirnos algo, de dar cuenta de su existencia y, dentro de lo permi­tido, comunicarnos ciertos detalles sobre el mundo donde viven las almas una vez desprendidas del cuerpo. Como hemos visto en anteriores consi­deraciones, el profesor Hans Bender sostiene el punto de vista mate­rialista de este tipo de comunicación, afirmando que dichas voces son la expresión incontrolada de nuestro propio inconsciente.

¿Cuál es, en cambio, el punto de vista de los esotéricos acerca de estos fenómenos? Pero, en primer lugar, ¿quiénes son los esotéricos?

Su enseñanza es muy antigua. Gnósticos, neoplatónicos, astrólogos a veces, rosacruces más tarde y, en parte, los templarios, han afirmado que todas las religiones poseen una base común y que enseñan la misma verdad bajo aspectos, lenguajes y rituales distintos. Pero su fondo y esencia son los mismos. Hay unas verdades que no cambian a lo largo de los milenios y que encontramos en todas las religiones reveladas, en la voz y los escritos de todos los profetas: Dios como creador del mundo, la eternidad del alma (o del espíritu); la posibilidad de crearse desde el pedestal efímero de esta vida el estilo de la propia eternidad; el pecado como ofensa a la esencia divina del mundo que todos llevamos dentro; la necesidad de la purificación a través de ritos y plegarias; la necesidad, también, de la comunicación entre el alma y su origen y hogar eternos; la convicción, a veces, de que seres divinos bajan entre nosotros y fundan civilizaciones o nos empujan hacia delante, etc. Todos los libros sagra­dos, desde los principios, enseñan lo mismo, nos plantean las mismas verdades, teniendo en cuenta el ser histórico, racial y geográfico de cada pueblo o continente en particular.

Sin embargo, dichas verdades no pueden estar al alcance de todos. Las religiones tienen, pues, un aspecto esotérico, más o menos secreto, destinado a ser revelado sólo a los que puedan entenderlo como es de­bido, a través de unos procesos de iniciación. Hemos visto en qué consis­tían dichas iniciaciones en la Grecia antigua, en Creta y en Delfos. Platón fue a Heliópolis, en Egipto, para acceder a Otro tipo de iniciación, más alta y secreta aún. El cristianismo, según René Guénon, ha perdido este carácter esotérico, transformándose, sobre todo después de la Edad Media, en una religión exotérica, es decir divulgada, accesible para todos. Y el mismo Guénon, fiel a esta afirmación, se convirtió al mahometanis­mo, en la segunda parte de su vida, y se fue a El Cairo, donde falleció años más tarde (en 1951) en la secreta paz del Islam. Muchos otros eso­téricos contemporáneos, como Michel Valsan o Frithjof Schuon, han abandonado su Iglesia para convertirse a la enseñanza de Mahoma, según este criterio, que combatió, sin embargo, el fundador del antroposofismo, Rudolf Steiner, así como también otros iniciados contemporáneos, entre ellos Raymond Abellio, el cual sostiene, por ejemplo, que el cristianismo, en la medida en que representa a Occidente, tiene suficiente capacidad esotérica como para fundar una nueva esperanza en relación con el futuro. La misma ciencia, típica del mundo occidental, no fue posible, en su fantástico desarrollo, sino debido a la fecundación espiritual que implicó el cristianismo. El hombre fáustico es un hombre eminentemente cristiano. Y dicho espíritu, caracterizado por las matemáticas, se fundirá en el futuro con el misticismo oriental o hindú, para procrear un tipo humano nuevo. Pero ésta sería la rama menos importante del esoterismo actual. La más conocida es la representada durante muchos años por el espíritu de Guénon y la revista Études Traditionnelles.

Desde el punto de vista filosófico cultural, este esoterismo guenonia­no, fiel a la doctrina que se encuentra en su base, afirma que el hombre actual está destinado a perecer, ya que vivimos, de manera clara y evi­dente, en pleno Kali Yuga, en el último ciclo de un vasto proceso de evolución. Esta edad del hierro que empieza, según algunos, en el año 3100 antes de Jesucristo y acaba en 1900, de una duración de cinco mil años*, se caracteriza por un dramatismo histórico sin precedentes y por la decadencia paulatina de todo valor espiritual. Es «el reino de la canti­dad», como lo define Guénon en un libro famoso. Julius Evola sostiene, en su libro Rebeldía contra el mundo moderno, que la característica de este tipo de civilización decadente y materialista es el elemento temporal; mientras lo sobretemporal da la pauta de toda civilización dispuesta a renacer y a fundar otro ciclo. Los mismos conceptos de «moderno» y «tradicional» definen perfectamente esta dualidad cultural. Durante la entrevista que hice a Evola en Roma, en junio de 1973, le planteé el pro­blema de la importancia del alma en el mundo antiguo, de los griegos y de los romanos, y charlamos durante una hora acerca del problema de la iniciación. Me dijo, resumiendo nuestra conversación, lo siguiente:

—La separación absoluta y enemistosa entre cuerpo y alma es típica de las religiones y culturas semíticas. Los indoeuropeos no conocían di­cha separación, ya que el cuerpo vivía en perfecta armonía con el alma. Los griegos antiguos, homéricos o dóricos, no tenían problemas de este tipo. Los héroes iban a poblar los Campos Elíseos; los demás, después de morir, iban a apagarse sin gloria en las tinieblas del Hades. La misma Iglesia católica, durante la Edad Media, interviene con una especie de corrección y apaga el drama del conflicto entre cuerpo y alma, volviendo de esta manera a la tradición, por lo menos en parte, indoeuropea, con el fin de calmar los ánimos trabajados por el castigo excesivo del cuerpo, considerado como adversario del alma. En cuanto a la iniciación, poco conocemos con respecto a ella. Es curioso, pero como el iniciado estaba obligado a guardar el máximo secreto con respecto a la iniciación, no se ha escrito casi nada en relación con Eleusis o Delfos. El tema es delicado. Porque, como decía alguien no sin razón, si un criminal va a someterse al proceso de la iniciación, acabará en el Paraíso, mientras un hombre bueno, moral y correcto en todas sus manifestaciones, al rechazar la ini­ciación, acabará en el Hades. ¿Cómo explicar tal contradicción? Este tema de la iniciación encuentra una respuesta únicamente en el marco del esoterismo. No se trata de excluir a nadie de la salvación, sino, en la medida de lo posible, de evitar a los que tienen suficiente preparación cultural y religiosa, los sufrimientos de la adaptación en los primeros momentos de la vida eterna.

Pero volviendo al problema que nos hemos planteado aquí desde un principio, y recordando los capítulos de este reportaje dedicados a la psicofonía  y a los viajes en el más allá ¿cuál es el punto de vista de  los esotéricos con respecto a ello?

En su libro El error espiritista, René Guénon traza una breve historia del espiritismo, nacido en 1847, en Hydesville (Estados Unidos), donde ciertas manifestaciones de tipo espiritista empiezan a producirse en la casa de la familia Fox. Pronto se establecen las reglas del juego, el alfabeto circular, los golpes, las mesas de madera, etc.; el movimiento se extiende por toda América y salta luego a Inglaterra y Francia. No era la primera vez que esto sucedía, ya que Plinio el Joven habla en sus libros de manifestaciones parecidas; sin embargo, fue en aquella fecha cuando el espiritismo se transformó en una especie de nueva religión, ligada a una nueva esperanza: la certeza de que el mundo del más allá existía, y de que podíamos tener contactos con él. Según la opinión de Guénon, dicho movimiento no brotó de manera espontánea, sino que fue organi­zado por aquellas fuerzas que pensaban oponerse así al materialismo, que, en aquel momento (un año después estalla la revolución de 1848), estaba inundando el mundo entero. No se trataba de empujar a la gente hacia las religiones tradicionales, cristianismo y otras, sino de aniquilar, de un solo golpe, al materialismo y al espiritualismo tradicional. El mo­vimiento se propagó, con una velocidad asombrosa, por todo Occidente.

De cualquier manera, teniendo o no en cuenta las consideraciones históricas de Guénon, la doctrina del espiritismo es opuesta a la de los esotéricos. En efecto, mientras los espiritistas sostienen que el ser hu­mano está compuesto de un cuerpo físico, un alma y un periespíritu, y que lo que sobrevive a la muerte son estos dos últimos, los esotéricos creen que los elementos que nos constituyen son tres también, pero que sólo uno sobrevive a la muerte: el espíritu, mientras el cuerpo y el alma acaban poco a poco por desintegrarse. Pero hay más: mientras el espíritu, según la enseñanza tradicional, se va hacia una dimensión o espacio con el que los vivientes no pueden tener ningún contacto, integrándose a un universo esencialmente distinto del nuestro, algo así como un antiuniver­so, el alma y el periespíritu o cuerpo astral, según los espiritistas, se coloca en un espacio cercano y hace todo lo posible para comunicarse con nosotros. Como se ve, el espiritismo, a pesar de su nombre, es como un materialismo más sutil, que poco tiene que ver con la religión. El ser humano, con todas sus características vitales, pierde el aspecto coti­diano y somático de la vida, pero sigue existiendo, sólo que de otra forma y sin abandonar del todo el mundo del más acá, con el que quiere establecer relaciones amistosas o violentas y crueles, según el alma del fallecido. En general, los muertos se manifiestan en lugares donde ellos han padecido como vivientes, en casas embrujadas, donde se ha produ­cido un crimen, donde han experimentado una pasión, un dolor, etc.

Los antiguos conocían la existencia de estos restos anímicos, como los llama Guénon. Son los «manes» de los latinos, los «ob» de la tradi­ción hebraica, que los denomina también habal de garmin, o sea «soplo de los huesos». La ilusión puede ser perfecta y, al mismo tiempo, peli­grosa, porque estos restos anímicos nada tienen que ver con nuestra esencia espiritual y pueden ser utilizados por los brujos, representantes de la magia negra. Según Guénon, estos restos anímicos que conservan partes de nuestra personalidad inconsciente, restos de nuestra memoria incluso, vagabundean durante años por el espacio y se dejan captar tanto por los espiritistas como por los necromantes, que pueden llevar a cabo, manejando dichas fuerzas según las reglas de una práctica muy antigua, operaciones espectaculares y nocivas. Estos restos pueden cobrar incluso formas corpóreas visibles, los «dobles» de los egipcios, las materializa­ciones de los espiritistas. Estas fuerzas existen, pero no son más que restos en descomposición, desechos anímicos errantes que desaparecerán un día igual que los restos físicos, de un ser humano. Pero esto nada tiene que ver con nuestra vida, son fragmentos inconscientes, completa­mente separados del espíritu, cuyo destino se cumple en otras latitudes, fuera del alcance de los vivos.

La diferencia, como ven, es importante, y ha creado un abismo entre las dos tendencias. En realidad, el neoespiritismo, nacido en 1847, es algo que rima con nuestro tiempo, lo que, según Guénon, no lo exime del error. Puesto que vivimos en un tiempo llamado «el reino de la canti­dad», esta tendencia se encuentra en estrecha relación con la ciencia y la técnica. En efecto: si la gente, educada en la mentalidad moderna de lo controlable y experimentable, se niega a aceptar los dogmas de las Iglesias, lo incontrolable de las religiones tradicionales, los espiritistas, en cambio, les ofrecen una ciencia del espíritu, rigurosamente controla­ble. Las materializaciones se pueden fotografiar, podemos ver los ecto­plasmas durante las reuniones espiritistas, podemos conversar con ellos y tener noticias acerca de su nueva existencia o de nuestro propio futuro, lo que constituiría una prueba de la existencia del más allá. Lo que hacen los magnetófonos no es más que brindar un nuevo argumento a la tesis espiritista. Las voces nos vienen del mundo a que han emigrado, como una materia más sutil, el alma y el periespíritu, inmortales, de nuestra personalidad.

Lo que sucede aquí es que los esotéricos no niegan estas manifes­taciones, ni su más estricta realidad. Ellos creen, basados en su sabiduría milenaria, que los restos anímicos están ahí, pueden ser captados e in­cluso utilizados; pero no constituyen más que otra prueba del materia­lismo a que nos obliga el reino de la cantidad, el fin del ciclo; cuando la fuerza del espíritu se diluye, el ser humano pierde el contacto con la calidad, es decir, con la tradición religiosa y esotérica, y se hunde en el materialismo más vulgar y exotérico, que constituye el espectáculo más asombrosamente corrompido del mundo actual. El ser humano quiere huir de toda manifestación positiva, anhela a Dios, anhela una vida más elevada, pero necesita argumentos científicos para esta nueva fe, quiere hundir el dedo en la llaga para creer en ella, y lo que consigue está a la altura de sus posibilidades. El «vudú» del Caribe y del Brasil, las escenas de brujería colectiva, el demonismo, la moda que traslada a la trascen­dencia a la más baja inmanencia, los libros y las películas que describen con detalles este mundo inferior (infierno viene de «infernus», sitio bajo o inferior), son signos clarísimos de la decadencia. De aquí también la pasión casi morbosa para con la parapsicología, a la que la gente se dirige, en general, no por puro afán de conocer, sino por perversa incli­nación terapéutica. Queremos curar el alma, conociendo algo que no está al alcance del conocimiento vulgar. No me refiero al lado científico de la parapsicología, sino a la curiosidad completamente acientífica que esta nueva disciplina despierta. El fin del presente libro, es, entre otros, el de esclarecer ciertas cosas y separar, en la mente de mis lectores, lo blanco de lo negro, por así decir.

La pregunta que es lícito formular, tras este breve contacto con los esotéricos, sería la siguiente: ¿dónde han encontrado ellos la fuente de su sabiduría? ¿Existen textos? ¿Existen todavía centros de iniciación?

Los textos existen. El Libro tibetano de los muertos, igual que el egipcio, los libros de los gnósticos, la misma obra de Guénon, Evola, Schuon, Titus Burckhardt, los textos más antiguos de Paracelso, Sweden­borg, de algunos místicos alemanes como Angelus Silesius o Jacobo Boeh­me, las enseñanzas de Pitágoras y de Plotino, todo lo relacionado con lo que se podría llamar la magia blanca, semejante a una pararreligión, a veces parecida a las mismas religiones, a veces combatida por las Igle­sias como herejía, todo ello constituye la tradición esotérica, a la que los rosacruces trataron de introducir, con nuevos métodos y nuevas esperanzas, en el mundo moderno. Pero su acción, según pude entender, des­pués de mi esfuerzo de investigación peripatética resultó vana y, en cierto sentido, contradictoria. Porque si es verdad que vivimos en pleno Kali Yuga, o fin de ciclo, la acción redentora de los rosacruces tenía forzosa­mente que caer en el agua, ya que, en tiempos así, no hay nada que salvar. El ciclo tiene que cumplir su fin. Sólo después tendrá sentido la acción redentora. Es inútil, pues, agitarse en un mundo así. ¿Para salvar a quién y con qué fin, puesto que, de cualquier manera, nos vamos a hundir en el fin entrópico del tiempo, cuando ninguna comunicación es posible? Es como un terrible fatalismo, descorazonador, que no deja, aparentemente, ninguna ventana abierta a la esperanza.

Sin embargo, no es así. La conclusión en la que dejé caer mi ancla desesperada, después de tantos viajes, lecturas y entrevistas, puede ser la siguiente: si alguien está enterado de todo ello, si hay personas más o menos iniciadas, conscientes de lo que sucede en este mundo condenado, en el que ninguna solución es valedera (puesto que el fin del ciclo está cerca, o se ha producido ya), dichas personas tienen la obligación de preparar la venida del nuevo ciclo. ¿En qué consiste esta preparación? En conservar ciertas verdades amenazadas por la descomposición y la caída. Algunas esencias, alguna isla, como decía Karl Rahner, capaz de dar vida, como una semilla, al mundo venidero. El fatalismo no tiene nada que ver con la postura de los esotéricos. No hay que abandonar la verdad, esto es esencial, porque más allá del desastre se está preparando el nuevo ciclo, vivo ya en el alma de algunos, cuya luz personal y aislada será, mañana, la luz de todos.

* Sic en el original. Nota del T.

Capítulo de: Horia, Vintila, Encuesta detrás de lo visible, Plaza&Janés, Barcelona, 1975.

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