Cultura Transversal

Vintila Horia: encuentro con los esotéricos (sic*) II

Posted in Autores, Frithjof Schuon, Libros, Sabiduría Universal, Vintila Horia by paginatransversal on 9 diciembre, 2012

FRITHJOF SCHUON

por Vintila Horia –  No es todavía la hora, y me doy un paseo entre los chalets y viñedos, bajo el sol suizo. A lo lejos, desde todas las perspectivas, se ve el Lago Leman, entre los árboles, los tejados, la neblina y el vaho del estío, como una masa gris azulada. Esto parece un rincón del Edén. Todo es orde­nado (hay un rincón rodeado de un muro bajo, con arena dentro y un tronco seco pegado al muro, y un letrero que dice: «Para perros»), pulcro, silencioso; los árboles están llenos de frutas; algún tren rapidísimo pasa de vez en cuando, cortando el silencio en rajas sabrosas, como untadas con buena mantequilla. El sitio se llama Pully y está a pocos kilómetros de Lausana. Y en aquella casita, con vistas hacia el espejo oscuro del lago, vive uno de los pensadores más agudos de nuestro tiempo, autor de un famoso ensayo titulado Sobre la unidad trascendental de las reli­giones y otros que he leído hace tiempo, en un momento de mi vida en que la clave esotérica me parecía la más valedera y profunda, la única verdaderamente satisfactoria. El contacto con René Guénon ha sido esen­cial para mí. Luego, el de Evola y Schuon.

Pero han pasado los años, yo me he dejado deslizar por la pendiente de la Ciencia, sobre todo de la física y de la filosofía de las Ciencias, y, cada vez más, me fui alejando de la fuente, para volver hoy, no sin emo­ción, a aquellas aguas clarísimas y a uno de sus mejores guardianes. Recuerdo, en mi paseo, frases y fragmentos de los libros de Frithjof Schuon, sus juicios cortantes sobre el mundo moderno, conquistado irre­mediablemente por la máquina. Sobre el pensar occidental, pecando por exceso cuantitativo también. Todas las civilizaciones, escribía en algún sitio, son decaídas, en el sentido de que todas ellas viven el fin de un ciclo, pero cada una de manera diferente: el crepúsculo oriental es pasivo, el occidental es activo. Y el mayor pecado de Oriente es que ha dejado de pensar, mientras el Occidente caído peca por pensar demasia­do, y mal. Oriente está dormido sobre sus verdades; Occidente vive, o sea, está despierto, encima de sus errores.

Luego recuerdo, mientras paseo (faltan pocos minutos ya para la hora), sus pensamientos sobre la masa y la máquina. No lejos de Ortega, Schuon cree que la masa es capaz de servir de vehículo al espíritu, pero sólo en lo que éste tiene de inesencial y sencillo. La masa se vuelve alta­voz de lo infrahumano, es como la representante de nuestra naturaleza cuantitativa y ciega, inocente en el fondo. Sin embargo, el mal social y político de que padece el Occidente actual es el maquinismo, y es la máquina la que engendra los grandes males que padece el mundo. En líneas generales, la máquina se caracteriza por el hecho de utilizar el hierro, el fuego y las fuerzas invisibles e incontrolables de la Naturaleza. Y es absurdo sostener que es el hombre quien, al fin y al cabo, controla la máquina, porque está inscrito en la misma naturaleza de las máquinas esclavizar al hombre, vaciarlo de lo humano, hundirlo en lo colectivo. Esto es característico de la época del hierro: el hombre, creador de la máquina, acaba por transformarse en instrumento de ella. ¿En qué con­siste, en el fondo, la grandeza del hombre? ¿En qué sus características? En su actitud ante lo absoluto. Una civilización es grande en la medida en que ha logrado producir una serie importante de santos, es decir, de representantes directos de lo absoluto.

Me acerco y toco el timbre. Viene a abrirme una señora alta, vestida como una mujer hindú, u oriental, todavía joven, que me acompaña a través de una casa pequeña y bien cuidada, al despacho de Schuon. Éste me recibe como enmarcado por su ventana, que da sobre el lago. Es muy alto, lleva el pelo largo, con una barba oriental cubriéndole la cara, vesti­do como un gurú o, recordando correctamente las cosas, como un sacer­dote musulmán. Schuon, igual que Guénon, se convirtió hace años a la religión de Mahoma. Su despacho tiene algo de capilla oriental. Hablamos de la situación actual, de los jóvenes, del deseo tan poderosamente ma­nifestado por la juventud actual de buscar una salida hacia lo absoluto. Me dice:

—Hay como unos crujidos en el edificio del mundo moderno y, por contraste, esto provoca, sobre todo entre los jóvenes, una intensa sed de espiritualidad.

—Pero, ¿es esto algo característico del mundo actual? ¿O bien esto se inició con las primeras victorias del materialismo, hace tiempo ya? Y si hubo reacción, ¿cuáles serian los nombres de este renacimiento espi­ritual?

—Ya en los albores del siglo XIX hubo gente así como Fabre d’Olivet y Hans von Baader; luego hubo toda clase de ocultistas, a los que hay que tomar en serio; hubo cosas buenas y malas a la vez. Luego, en fin, vino Guénon. Yo no estoy de acuerdo con todas las tesis de René Guénon, ni con las de muchos de sus discípulos. Hubo luego Julius Evola y otros. Y varios orientales como Hussein Nassr, de Teherán, y toda una serie de gente que son hoy mis discípulos.

—¿Cuáles serían, en el fondo, las diferencias que le separan de Gué­non? Porque la base, en esencia, es la misma.

—Para Guénon, todas las tradiciones religiosas del mundo se fundan en una verdad primordial, de la que se han desprendido luego varias ramas y adaptaciones. Para mí, en cambio, hay discontinuidad. El judaísmo, el cristianismo y el islamismo no tienen, para mí, ninguna relación con la revelación primordial, porque descienden del cielo, son revelaciones actuales, directas. Para Guénon, ésta sería otra diferencia: el cristianismo era una religión iniciática en sus comienzos y constituía una organización iniciática. Y en esto estoy de acuerdo con él. Sin embargo, yo sostengo que el cristianismo fue, en sus albores, algo que los hindúes llaman «Bakti», una organización basada en el amor y que siempre ha sido fiel a esta característica inicial. No se trató de escoger, pues, la vía de la gnosis o de la intelectualidad1 religiosa, sino una vía de amor. La diferencia es importante. No se trata de una característica intelectual, repito, pero si de una iniciación. Con el paso del tiempo, se ha operado un cambio dentro del cristianismo, que se ha transformado en una religión, y para Gué­non una religión no puede ser iniciática porque pierde su peso esotérico, se vuelve exotérica. Los mismos sacramentos han cambiado, y el mismo cristianismo, vuelto religión, ha perdido todo carácter iniciático o esoté­rico. Yo digo: sí, el cristianismo es exotérico, se dirige a todo el mundo; sin embargo, sus sacramentos se han quedado como eran, son iniciáticos, y si un cristiano, católico u ortodoxo, posee los sacramentos y las posi­bilidades intelectuales para poder interpretar dichos sacramentos de ma­nera esotérica, tiene todo lo que necesita. Mientras que para Guénon, esta persona inquieta, deseosa de esoterismo, tiene que buscarlo en otros sitios, en otras religiones que han conservado su carga iniciática. Para mi, en cambio, el cristianismo no ha perdido su carácter iniciático; sin embargo, la mayoría de los cristianos no lo tienen en cuenta. Y hay otra diferencia: yo soy un esteta; aprecio, pues, la belleza de las cosas y del alma; soy, pues, moralista, por ser esteta, ¿me comprende? No hablo de moral social, sino de moral en sí, de la belleza del alma, es decir, la sere­nidad, la generosidad, y odio lo mezquino. Guénon no habla nunca de la belleza de las formas.

—Lo que es usted, en el fondo, es un platónico, un continuador de los conceptos de Platón sobre la belleza, con todo lo que esto supone en relación con el alma.

—Sí, soy un platónico fuertemente influido por el esoterismo árabe.

—¿Y qué es lo que piensa de Shrî Aurobindo?

—No cuenta para mí; es una desviación, en el marco de la tradición hindú. Lo que yo defiendo es la pureza de la tradición y de la ortodo­xia, que es una tradición de amor y se la puede encontrar en cualquier doctrina tradicional, en el sufismo islámico, en el Zen, en el hinduismo ortodoxo, en cualquier tradición no alterada por las desviaciones mo­dernas. En todas ellas, lo que domina es la obligación de la forma, y es después de esta rigidez, por así decir, cuando brota siempre la libertad interior, imposible de concebir sin lo que la precede, es decir, la obligatoriedad del límite, de la forma.

—¿Qué es lo que piensa acerca de la Iglesia católica en cuanto guardián de la tradición cristiana?

—Si usted se refiere a Pío XII, sí, la Iglesia, en cuanto conservadora de los antiguos límites, es continuadora de la tradición. No la otra Iglesia, la que quiere modernizarse, desviarse de la tradición. Las transfor­maciones a que la Iglesia ha sido sometida en estos últimos tiempos, son anticanónicas. Pero la gente ha dejado de pensar, en todo el mundo, y no comprende nada o muy poco, de manera que esto ha podido ser po­sible. Es apocalíptico. Como usted sabe, la gente perdió la costumbre de pensar ya a mediados del siglo pasado, con el naturalismo, el socialismo, el marxismo, que han destruido la inteligencia, ya que todo ha sido reducido a lo práctico, a lo pragmático. Pero fueron también el existen­cialismo, y sobre todo el psicoanálisis, los que representaron perfecta­mente esta destrucción de la inteligencia.

—¿Yqué le parece el movimiento de Taizé?

—Es un error fundamental. Es, en el fondo, un error de tipo pro­testante; los de Taizé son protestantes.

Sí, el padre Roger es protestante, pero ellos no quieren aparecer como tales. Yo estuve hace unos días en Taizé y hablé con el padre Roger, que me parece una persona admirable, pero conquistada por los errores del siglo. Dijo a los jóvenes allí reunidos —asistí a su plática— que ponía en el mismo plano el cuerpo y el alma, lo que es un error psicoanalítico. Se lo dije, durante la entrevista que me concedió. Lo curioso es que la Iglesia aprueba estos movimientos, tratando de esta manera de participar en los prejuicios del siglo XX, «restos anímicos» del XIX, lo que me parece muy grave.

—La Iglesia va a ser siempre lo que siempre ha sido —me dice Schuon—. Sólo que en lugar de buscar soluciones modernas del lado de las ideologías modernas, de las filosofías modernas, lo que la lleva por una pendiente cada vez más descendente, tendría que buscar del lado Vedanta hindú o del lado de Platón, es decir, fortalecerse desde el pun­to de vista tradicional. Lo que se quiere es ser tolerante. Hasta con los mormones se es tolerante, y con los marxistas; sólo con los tradiciona­listas no. Se es tolerante con los pederastas, salvo con estos infelices tra­dicionalistas católicos, que no gozan de ninguna simpatía dentro de la Iglesia actual. ¿Quién habla hoy de la Gracia? ¿Se da usted cuenta?

—¿A qué cree usted que se debe todo esto? Yo soy cristiano, trato desesperadamente de permanecer cristiano, a pesar de todo; es decir, de perfeccionarme, con cada gesto, con cada libro, en medio de un mundo que se aleja cada día más de los valores cristianos. Lo que quisiera comprender, en medio de estas dificultades, es el porqué de la actual actitud de la Iglesia.

—Porque la Iglesia vive hoy un complejo de inferioridad. Al final de la Edad Media, época admirable de equilibrio y belleza, surgió el Renacimiento, que constituye un tajo, una ruptura dramática con el pa­sado. Todo se vuelve, de repente, mundano. Los mismos papas son mundanos, tienen una cultura mundana, pierden con los Borgia y demás, la perfección moral, se insertan como pueden en un movimiento que, por primera vez en la historia del hombre cristiano, representa, en lo ético igual que en lo artístico, un movimiento luciférico. El intelectual del Renacimiento es una entidad individual situada al lado y dentro de la Iglesia, pero esta entidad domina aquella época y la transforma, con todos los cambios y progresos que esto supone, sobre todo desde el pun­to de vista técnico. Es el momento en que la Iglesia, influida por el Renacimiento, en cuanto movimiento filosófico, moral y artístico, separado de lo cristiano, vacila en sus fundamentos, porque mira hacia aquel movimiento desde el punto de vista de un complejo de inferioridad. La Iglesia, según mi opinión, hubiera tenido que separarse de todo aquello, maldecir aquella mundanidad. Nosotros, los cristianos, hubiera tenido iue decir, estamos en contra del mundo, según el Evangelio. Los inte­lectuales de aquel tiempo, como los de más tarde, se han dirigido desde entonces a la Iglesia acusándola de oscurantismo, de reaccionarismo. En lugar de contestar: «sí, soy reaccionaria y oscurantista, en el sentido que ustedes otorgan a estas palabras, sin sentido ante la esencia de cualquier religión revelada, la Iglesia se ha empeñado siempre en sos­tener lo contrario, es decir, que siempre ha apoyado a las artes, a la ciencia, a la filosofía, al progreso, etc.» En lugar de decir: «Einstein, sí, es un gran hombre, pero me importa un comino, porque nosotros lo que buscamos no es la tierra, la materia, sino el cielo.» Mire el caso de Teil­hard de Chardin: la Iglesia no lo ha condenado jamás. ¿Por qué? Porque es un jesuita admirado por el mundo. La Iglesia no quiere perder el apoyo del mundo, y ahí es donde reside su debilidad. Lo mismo sucede con el marxismo. En un tiempo como éste, dominado por las máquinas, es lógico que el marxismo goce de cierto éxito. En lugar de condenarlo y tomarse así el riesgo de volverse impopular, la Iglesia —y silo hiciese sería mucho más fuerte, porque son las cosas pegadas a lo absoluto las que más atraen—, la Iglesia ha tomado una actitud no muy decidida, y lo ha perdido todo. Gustar al mundo, presentarse como aliada del mundo y de todo lo que es mundano, es una actitud que proviene directamente del Renacimiento, como le decía antes. Esto explica muchas cosas.

—En este sentido se podría afirmar que los tradicionalistas y eso­téricos se han encargado de continuar la línea más auténtica de la Igle­sia.

—En parte, por lo menos; porque hay tradicionalistas que no valen nada, y no digo esto porque yo crea en mi superioridad con respecto a los demás, sino porque hay una verdad que defender. Éste es el sen­tido de la escuela que he fundado, sobre la base de esta verdad. Y tam­poco escribo libros para publicarlos o presumir, sino para decir cosas que hay que decir.

—¿Cuáles serían sus libros más representativos, en los que mejor defiende esta verdad?

—Uno sería Miradas hacia los mundos antiguos; otro, Lógica y tras­cendencia. También un libro más antiguo: Perspectivas espirituales y hechos humanos.

Durante un rato hablamos de la conversión de Schuon al sufismo, es decir, a uno de los matices más místicos y profundos del Islam. Lo curioso es que mientras Guénon realiza su conversión en El Cairo, donde se encontraba para dirigir una institución de tipo iniciático y donde luego se quedó para siempre, también en el marco del sufismo, Schuon encuentra un santo sufista en el norte de Africa y se convierte de la misma manera, sin saber nada de lo que le había sucedido a Guénon. ¿Por qué estas conversiones? ¿Cuál puede ser su sentido? Schuon cree que, mientras en el mahometanismo** lo iniciático puede ser encontrado y reconocido sin dificultad, puesto que se trata de una religión iniciáti­ca en sí, en el cristianismo hay que poseer una verdadera ciencia de la interpretación para descubrir esta fuente escondida. A mí, personal­mente, replico, esto me parece más digno de conocer, es decir, me re­sulta más interesante buscar que encontrar o, mejor dicho, buscar para  encontrar dificultades, sobrepasarlas, vencerlas o ser vencido para que, al final, la luz de la verdad aparezca como algo digno de ser merecido. En fin, los caminos del Señor, como suele decirse, son infinitos. Luego abordamos el tema de los Templarios, orden fundada en 1118, en Tierra Santa, por Hugo de Paganis, y apoyada por san Bernardo, con el fin de intensificar la guerra contra el Islam, pero también para intentar un acercamiento entre las élites católicas y las islámicas. Cuento a Schuon algunos detalles sobre este acercamiento, cuyo símbolo más representati­vo es quizás el claustro de San Juan de Duero, iglesia edificada por los templarios, en Soria, donde las ojivas tienen la mitad del arco de estilo gótico y la otra mitad típicamente árabe, como una intencionada fraternización arquitectónica entre la catedral y la mezquita. Símbolo, en el fondo, del esoterismo más palpable de las dos religiones. La opinión de Schuon es que la orden de los Templarios fue fundada para parti­cipar en la destrucción del Islam, sólo que, al tomar contacto en Tierra Santa con las élites islámicas, los templarios comprendieron que allí tam­bién había fe, santidad, altos valores religiosos, continuadores de unas antiguas tradiciones.

—Después de haber leído varios libros suyos, y otros de Guénon, Evola y demás, uno llega a forjar lo que se podría llamar una filosofía de la Historia, basada en el estudio de los valores tradicionales. ¿Cómo formularía usted esta filosofía tradicional de la Historia?

—Sería la basada en la teoría cíclica de los hindúes, Kali Yuga, precedida por la Edad de Oro que todo lo inaugura, continuada por una bajada cíclica hacia círculos o ciclos cada vez más oscuros. Durante esta caída de cuatro ciclos, es decir, dentro de cada ciclo, hay siempre rena­cimientos, épocas de renovación y de equilibrio, que duran poco, eda­des de oro en miniatura.

—Pero, entonces, ¿cómo explicar la aparición de las grandes religio­nes, cristianismo, mahometismo, dentro de esta caída, en medio, quiero decir, de la decadencia de los ciclos últimos?

—Las religiones ofrecen a los hombres clave para comprender y sal­varse, perspectivas hacia la Edad de Oro. Hay que salvar las almas. Sin la aparición de estos enviados de Dios, millones y millones de almas se perderían. Es, precisamente, en medio de la descomposición espi­ritual de los ciclos más bajos, cuando las grandes religiones tienen más que hacer, por así decir. Imagínese el mundo mediterráneo, con sus mitos y dioses paganos, o el mundo del Medio Oriente, con su maniqueís­mo y sus falsas pequeñas religiones, sin la aparición de Cristo o de Ma­homa.

De cualquier manera, pienso que los signos son claros. Quiero decir que la sensación de vivir el Kali Yuga, o el fin de un ciclo, es a veces tajante y dolorosa. Noto que la gente que me rodea, mis contemporáneos, no quieren verlo. Esto no me impide, sin embargo, pensar que es triste vivir en un tiempo así. Y tener una conciencia clara de esta caída es algo desesperante. La perspectiva de los esotéricos es pesimista, para definirla de algún modo.

—Es verdad, se trata de una perspectiva pesimista. Pero, ¿qué es lo que hay que hacer cuando uno ve que un barco se hunde? No puede decir «el barco no se hunde» y rehuir así el pesimismo. Yo diría: «El barco se hunde, pero yo puedo salvar mi alma. Alabado sea Dios.» ¿Me comprende? Es la única solución lógica y sensata. Afirmar que el barco no se hunde, mientras yo veo la catástrofe, sería pecar por ignorancia, tratar de evitar el peligro imaginando una realidad que no existe. Es la mentira, opuesta a la verdad.

—¿No cree usted, a pesar de todo, que hay una posibilidad de evitar el pesimismo en pleno Kali Yuga, de salvarse por la esperanza? En este sentido, en plena caída, hay gente que prepara ya el renacimiento, la Edad de Oro. Entre nosotros, en plena descomposición de fin de ciclo, hay personas elegidas que dan una forma, moldean la nueva época.

—Esto es evidente. Todos los esotéricos no han hecho más que de­cirlo. Todas las autoridades religiosas auténticas. Los maestros espiri­tuales.

—Cuando estaba escribiendo mi otro libro de encuestas, Viaje a los centros de la Tierra, encontré a Karl Rahner, que me hizo unas decla­raciones bastante sorprendentes. Me dijo que la verdadera meta de la Iglesia, en nuestros tiempos, sería la de aislarse, de transformarse en una isla, lejos del mundo, con el fin de conservar intactos los valores del cristianismo, conservarlos para un tiempo de futuro en el que los hombres serían de nuevo capaces de asimilarlos. Esta perspectiva me parece situada muy cerca de su manera de pensar.

—Es justo. Una religión tiene siempre que aislarse, con el fin de permanecer fiel a sí misma. Un italiano me dijo hace algún tiempo:

«Si la Iglesia no se hubiese socializado, hubiese desaparecido.» Le con­testé: «Es mejor desaparecer que socializarse, porque, esto es evidente, la Iglesia no hubiese desaparecido. Al contrario. Volvemos con esto al tema de la fidelidad a uno mismo.»

—Me gustaría, antes de terminar, preguntarle algo acerca del alma. ¿De dónde viene el alma, cuál es su trayectoria en el tiempo? ¿Dónde se va, después de la muerte?

—Es un tema difícil, y necesitarla horas para comentarlo. Yo creo en la transmigración, no en la reencarnación, que es otro problema. Quiero decir que creo en la eternidad del alma. Las religiones semíticas, cristianismo, islamismo, judaísmo, no enfocan el tema del alma sino desde el punto de vista del fenómeno humano. Tratan del alma desde el momento en que ésta aparece bajo la forma de un ser humano, visible. En este sentido, las religiones semitas tienen razón en no ocuparse del asun­to sino después de la encarnación del alma en un cuerpo. Como le decía, yo creo en la transmigración de las almas, pero no en la reencarnación que, en el fondo, no es más que un símbolo. Cuando deja esta vida, el alma va al paraíso o al infierno; sin embargo, este último no es eterno, sino en relación directa y estricta con la condición humana. El alma sale del infierno de la misma manera que ha salido del cuerpo, y va a vivir en otros estadios inferiores y en otros espacios; es ésta la transmigración. Mientras que las almas que van al paraíso se quedan allí eterna­mente, puesto que se encuentran en la proximidad de Dios, que es eterno. No hay simetría entre el infierno y el cielo. El hombre, en defi­nitiva, está hecho para el paraíso.

—¿Qué es lo que quiere decir «otros mundos»?

—Hay miles y miles de otros mundos, fuera de nuestro sistema sensorial, y que no tienen nada que ver con los otros espacios o mun­dos de los planetas. No. Se trata de algo absoluto, fuera de nuestra posi­bilidad de conocimiento.

—Entonces Guénon tiene razón cuando afirma que nosotros, los vivientes, los aquí presentes, no podemos tomar ningún contacto con las almas, con el espíritu eterno que nos sobrevive después de la muerte. Que, por consiguiente, los parapsicólogos, que pretenden tener contac­tos con las almas errantes, que registran sus voces, y todas sus teorías más o menos espiritistas, no tienen ningún fundamento y razón.

—Ninguno. Las entidades que nosotros podemos alcanzar son sen­cillamente unos restos errantes en el espacio, no tienen nada que ver con nuestra esencia espiritual, con la que nunca más podemos comuni­car, porque está situada en unos sitios fuera de nuestro alcance, como le decía antes. Todo es falso, como falso es el nuevo espiritualismo. Hay briznas de verdad hasta en la teosofía y en Krishnamurti, y hasta en el diablo hay briznas de verdad; pero en su totalidad esto es falso, porque todo esto coincide, en el fondo, con un fin de ciclo, es decir, con un tiempo en que los exoterismos están de moda, o los falsos eso­terismos, pero están condenados a lo Inauténtico. Hasta los filósofos, Bergson mismo, poseen fragmentos de la verdad, pero, mire usted, Berg­son no salvará a nadie. ¿Me comprende?

—Esto me parece terrible. Entonces, las mismas Iglesias…

—No, no; dentro de las Iglesias existe la posibilidad de salvarse para los que, como los místicos, creen y se encuentran dentro de la ortodoxia de la fe, los que viven de los sacramentos y de la fe, los que. saben, sobre todo, rezar. La oración es esencial para la salvación. Hay gente que se salva, fuera del ruido, en Andalucía, en Calabria, gente sencilla que aún sabe rezar.

—Pero. ¿cómo se explica usted el hecho de que tanta gente esté hoy fuera de la verdad, que tantas personas responsables de las almas, incluso insistan en el sendero de la mentira, de lo inútilmente superfi­cial, causa de condenación en el mundo del más allá?

—Uno de los rasgos más característicos del mundo moderno es su falta de discernimiento. El hombre actual es incapaz de distinguir entre lo auténtico y lo falso. Alguien me decía, el otro día, que los héroes de la Edad Media eran el Cid y san Francisco de Asís, y que los héroes del mundo actual son los ciclistas, los que corren en esas carreras de bicicletas. Para decir esto es preciso haber perdido completamente el sentido del discernimiento. El hombre actual es incapaz de distinguir entre la grandeza y la pequeñez. Es como un misterio apocalíptico que nos en­vuelve. Incluso los teólogos han perdido la fe, son unos eruditos y nada más. Hay como un estallido de lo absurdo dentro del orden, diría, cósmico, que no lo acepta. Éste es otro misterio que envuelve al cosmos y al hombre. El demonio, que es un ser casi humano, es el símbolo perfecto de este principio de lo absurdo.

—Entonces, la pregunta que se me ocurre es la siguiente: ¿cuál es el sentido de la presencia del hombre? ¿Por qué Dios ha creado al hombre?

—El bien, como dice san Agustín, tiene tendencia a manifestarse, a comunicarse, y Dios es el bien. Con el fin de comunicarse infinitamente, puesto que Dios es infinito, ha emitido un rayo cosmogónico que ha tenido como consecuencia la creación del hombre, ya que el hombre es una subjetividad más, destinada a alimentarse de la bondad divina.

—A alimentarse de ella, pero no a comprenderla.

—No, no. En la Edad de Oro todo el mundo comprendía a Dios. Esto de la incomprensión es un fenómeno tardío en el ciclo humano, esta incomprensión terrible que caracteriza precisamente a nuestro tiem­po, un fin de ciclo en definitiva. Hay una caída y un renacimiento, un nuevo ciclo en el que el hombre se acercará otra vez al conocimiento esencial. Bajo esta perspectiva, puede decirse que los hombres del nuevo ciclo que se está acercando serán todos santos, puesto que vivirán en el conocimiento absoluto de Dios.

—¿Cuál es, más o menos, la duración de estos ciclos?

—El Kali Yuga es un ciclo corto, cuya duración es de unos seis mil años, mientras el ciclo precedente ha sido mucho más largo, y el que lo ha precedido, muchísimo más. El Kali Yuga es el más corto, porque es el más oscuro. Y esto se ha dado siempre. Hubo, pues, una serie muy grande de ciclos que se repiten sin cesar.

—¿En qué medida pueden ayudarnos los estudios tradicionales en este momento?

—La lectura de los textos, por ejemplo, puede sernos muy útil. Evi­dentemente, para comprenderlos bien hay que tener una doctrina bá­sica; pero decir lo que es una doctrina básica es muy difícil desde el punto de vista público. Si usted viene en privado y me pregunta sobre ello, yo le contesto: usted, en cuanto cristiano, tiene éstas o aquellas posibilidades concretas; también le preguntaría sobre su temperamen­to, su envergadura espiritual, pero pública y oficialmente no puedo hablar de estas cosas.

Aquí, en este punto de nuestra conversación, es cuando interviene el carácter iniciático de mi encuentro con Schuon, lo que no se puede compartir con los demás, la relación entre maestro y discípulo, como en los tiempos de Pitágoras. Pero el lector tiene ya, si quiere, una indicación. La de la lectura. Los textos de Guénon, Evola, Schuon están a su alcance para comprender, si quiere, el camino hacia el aspecto eso­térico de su propia religión. De su propia curación anímica.

1 La palabra intelecto tiene un sentido especial en Schuon, es algo no creado, permanente en el ser humano, algo así como un trozo de divinidad que le permite un contacto inmediato con el Creador y lo creado. Este contacto puede prescindir de la religión, que revela al hombre la verdad sobre Dios. Mientras el que posee la «instrucción Intelectual» participa directa y activa­mente en el Conocimiento. Nota de Vintila Horia.

** Sic en el original. Nota del T.

Capítulo de: Horia, Vintila, Encuesta detrás de lo visible, Plaza&Janés, Barcelona, 1975.

Una respuesta

Subscribe to comments with RSS.

  1. […] característica inicial. No se trató de escoger, pues, la vía de la gnosis o de la intelectualidad1 religiosa, sino una vía de amor. La diferencia es importante. No se trata de una característica […]


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: