Cultura Transversal

¿Es “trendy” el tradicionalismo católico?

Posted in Autores, Eduardo Arroyo, Sabiduría Universal by paginatransversal on 25 diciembre, 2012

EDUARDO ARROYO

por Eduardo Arroyo – El Semanal Digital – Al menos esto es lo que acaba de decir “The Economist”, en un reciente artículo del pasado 15 de diciembre que ha puesto sobre la pista de una cuestión esencial sobre la Iglesia.

El texto termina preguntándose reflexivamente: “¿Se trata de un brote de excentricidad o un signo de que la Iglesia tomó un camino equivocado hace cincuenta años?”, en clara alusión a los aires de aggiornamento del Concilio Vaticano II. La pregunta no es estúpida y el artículo, aunque escrito casi exclusivamente desde una perspectiva anglosajona, aporta datos significativos que, sin demasiado esfuerzo, pueden extrapolarse a otros países.

Primero, The Economist constata la caída espectacular de la práctica católica más básica desde el final del citado concilio en 1962: la asistencia a la misa dominical. Según el semanario, en Inglaterra y Gales, entre 1962 y 1980, los fieles católicos que asistían a la misa del domingo habían caído a la mitad, mientras que su edad media había ascendido desde 37 a 52 años. En los EEUU, la asistencia se ha reducido en un tercio durante el mismo período mientras que, hoy, solo un 5% de los fieles católicos franceses y un 15% de los italianos asisten con regularidad a misa.

¿Y qué sucede entre los “tradicionalistas”? Justo lo contrario: la Latin Mass Society of England and Wales (Sociedad por la Misa en Latín de Inglaterra y Gales), posee a fecha de hoy 5.000 miembros y los servicios han pasado de 26 a 157. En los EEUU se ha pasado de 60 a 420 misas semanales en latín en todo el país y, siempre según The Economist, en el Oratorio de Brompton, uno de los lugares más emblemáticos del “modo extraordinario” –es decir, de la misa en latín- asiste un promedio de 440 personas, el doble que la media en toda Inglaterra. Lo llamativo para el semanario británico es que, al revés de lo que sucede con la misa ordinaria, la misa “tradicional” atrae cada vez más gente que ni siquiera había nacido cuando el Concilio Vaticano II se celebró. Las asociaciones tradis –así se las conoce, por ejemplo, en Francia- están presentes en más de 34 países, incluyendo lugares tan pintorescos como Bielorusia, Hong-Kong o Sudáfrica y Juventutem, una organización juvenil afín a este rito, maneja centenares de blogs y medios de comunicación social de los más modernos.

Según The Economist, el impulsor principal de éste movimiento transnacional es el propio Papa Benedicto XVI, que ha respaldado públicamente la misa en latín y los ritos multiseculares de la Iglesia Católica. En el caso concreto de Inglaterra, el “tradicionalismo” ha recibido fuerza del Ordinariato anglicano.

Sea esta todo la verdad o no, el hecho es que estamos hablando de una religión que, al revés de lo que cree el progresismo, no es una religión más en Occidente, sino el fundamento de su matriz cultural y espiritual. Guste o no, Europa y buena parte de los valores en los que apoyamos nuestra vida diaria se hacen en la matriz del cristianismo, de un cristianismo, por cierto, que rezaba y celebraba en latín. Por este motivo el asunto posee una importancia especial para conocer la evolución de la espiritualidad de los europeos en general, y del mundo en particular.

Por eso, para tomar el pulso de nuestra época, es importante preguntarse: ¿Cómo es posible que la práctica de la religión ancestral, la de nuestros padres y la de los padres de nuestros padres, haya disminuido de una forma tan dramática? Es muy dudoso que lo que ha venido a sustituirlo constituya una respuesta a los problemas que afronta todo ser humano en la vida: se trata de una mezcla de hedonismo, materialismo y narcisismo, tal y como exige el modo de vida que reclama el capitalismo global. Pero la pregunta que se plantea es: la proximidad al mundo, al “pueblo de Dios”, que se decía en el lenguaje de la progresía clerical de los años 70 en España, ¿no ha producido precisamente el efecto contrario? ¿No está en la raíz misma de la defección religiosa de Occidente? Para algunos, esa cercanía que llevó a prescindir de ritos y vestimentas, pero también de música, pintura, arquitectura -especialmente-, y en general de todo el Arte Sacro, más que aproximar la Iglesia al pueblo la ha hecho similar a éste.

El proceso de secularización ha sido vertiginoso. Si a esto añadimos la polución intelectual de la propaganda y una formación intelectual demasiado complaciente con el mundo actual, el resultado es que muchos de los “ministros de Dios” confunden la institución sobrenatural de la Iglesia con una organización terrenal cuya fuerza deriva de su capacidad filantrópica. Pero en este terreno, mucha gente prefiere las instituciones filantrópicas sin más –al fin y al cabo, éstas no te dicen como tienes que vivir ni lo que está bien y mal- antes que a unos advenedizos recién llegados a este terreno. La ideología dominante sabe además muy bien que el sentimentalismo filantrópico y la ausencia de todo lo sobrenatural es mucho más fácil de manipular que una fe auténtica, cimentada sobre una antropología que echa raíces en lo divino. De ahí que se promueva el “estilo ONG” y la nueva virtud de la época gire en torno a acciones “humanitarias” diversas, simplemente porque a lo peor del ser humano le resulta más cómodo prescindir de un Dios que juzga nuestros motivos más íntimos.

Y es que esa carrera vertiginosa por ponerse de acuerdo con los tiempos ha sido en realidad una debacle de los sobrenatural y una secularización progresiva. Esta secularización ha alcanzado incluso a las figuras más destacadas de la jerarquía católica: recuerdo que fui invitado a una misa oficiada por una de las principales figuras de la Conferencia Episcopal española y, en el momento de cantar el himno de la gloria de Dios –”…cantamos sin cesar el himno de Tú gloria”-, fieles y oficiantes prorrumpieron con los acordes de Help!, la célebre cancioncilla compuesta por John Lennon. Lennon no pensó en Dios ni en nada semejante para componer su famosa canción. ¿Es posible entonces que en dos milenios la Iglesia no haya sido capaz de componer otro himno al Altísimo, más que la melodía facilota de una comedia de los años sesenta?

Miles de cosas como esta han desposeído a la Iglesia y a la espiritualidad de lo que antes se llamaba “Cristiandad”, de una conexión palpable con el mundo sobrenatural. Algo así sucede con las construcciones horribles de esa colección de psicópatas egomaníacos denominados “arquitectos”, con las que se obliga a orar a los fieles en templos que concibieron personas que no conocen otro Dios que ellos mismos.

Por todo ello, no es de extrañar que el simbolismo de la liturgia tradicional, esa Ciencia escrita en vestiduras, oraciones, cantos, piedras, textos, pinturas y belleza en suma, resulte atrayente a ese corazón humano cuya esencia dice el cristianismo que es contemplar a Dios en alabanza. El hombre siente, antes o después a lo largo de su vida, la llamada de lo sobrenatural y la pregunta por lo que hace en el mundo y a quién se lo debe. Esta sed de Absoluto se manifiesta también, aunque casi siempre de forma aberrante, distorsionada y tergiversada por el caos de los tiempos, en la proliferación de sectas y en lo que se ha dado en llamar “el supermercado de las religiones”. La liturgia del “modo extraordinario” reconecta al hombre, especialmente al hombre cristiano y específicamente católico, con un depósito de siglos de fe y le devuelve una dimensión que la secularización actual, de corte sentimental y filantrópica, ha perdido.

Pero resulta que esa “puesta al día” que inició la Iglesia Católica a principios de los sesenta, a muchos se nos antoja que tenía en buena parte una dimensión ideológica; esto es, la idea de que las formas bajo las que se comunicaban las verdades eternas eran meramente humanas y, por tanto, estaban vinculadas al cambio histórico. En esto hay, primeramente, una secularización y, después, una formulación más de la ideología del progreso, esencialmente laica. El proceso sintoniza con los tiempos pero chirría con una institución teóricamente sobrenatural y eterna, de ahí que los impulsores entonces de aquél gran cambio sean hoy los vigilantes de una “nueva ortodoxia” en la Iglesia.

A este respecto, Benedicto XVI ha visto muy bien que la crisis de la Iglesia Católica está estrechamente unida a la crisis de la liturgia y su fragmentación en mil formas caprichosas. Pero esa claridad de Benedicto XVI contrasta con una disciplina eclesial vacilante, resquebrajada por el individualismo de la época, que pone trabas a la mera existencia del “modo extraordinario”, incluso cuando se invoca la pluralidad y la convivencia de los modos “ordinario” y “extraordinario”.

En España, la bellísima liturgia, cantada y “extraordinaria”, subsiste con dificultad en el Tercer Monasterio de la Visitación en Madrid y en una docena de lugares más en toda España. Pese a cierta hostilidad institucional, el auge que cuenta el articulista de The Economist se da también en estas celebraciones. Quizás la tan necesaria recuperación espiritual de la antigua y denostada “Cristiandad” pase por el retorno de ritos, no antiguos sino eternos y que, en palabras de Baltasar Gracián, tienen la ventaja de que si este no es su siglo otros muchos lo serán. Feliz Navidad a todos.

Fuente: El Semanal Digital

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