Cultura Transversal

Wagner-Verdi: un doble bicentenario en la España posconstitucional

Posted in Autores, Eduardo Arroyo, Giuseppe Verdi, Música, Richard Wagner, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 17 enero, 2013

EDUARDO ARROYO

por Eduardo Arroyo – En la España del “Sálvame deluxe” y de la politiquería de la peor calaña, tipo Artur Mas, los ejemplos de Wolfram, Parsifal o Rigoletto son poco menos que extraterrestres. Se inicia uno de los años más cargados de conmemoraciones de las últimas décadas.

Richard Wagner y Giuseppe Verdi, dos colosos de la música y del arte occidental en general, dos maneras diferentes de aproximarse a lo que el Arte representa para los humanos –para los humanos occidentales, claro- nacieron ambos allá por 1813. Este año los medios de comunicación se aprestan a recordárnoslo más o menos reiteradamente, al tiempo que se preparan refritos de ediciones musicales y de conciertos dirigidos por figuras destacadas. Todo esto a lo largo y ancho del mundo, claro. Especialmente, y sin temor a reiterarnos, del mundo occidental porque no creemos que en Teherán o que en Ouagadugu se conmemore mucho a Verdi, por ejemplo. Pero, ¿qué significa realmente la efeméride en los países de Occidente? ¿Se trata acaso de una celebración consciente de un público claramente entregado a la obra de sendos maestros o es más bien un público que poco a poco va siendo manipulado, en el sentido de que, sin apenas percibirlo, cada vez se le aleja más de lo que ambos monstruos del arte pretendían?

Lo primero que cabe señalar es que el Occidente mercantilista todo lo comercializa. Mañana se representa “la Tetralogía” y al día siguiente será un documental de Elvis Presley. ¿Qué importa si lo relevante es hacer caja? Por otro lado, en segundo lugar, es importante entender que el nivel de comprensión profunda de nuestros coetáneos se ha reducido ostensiblemente. De hecho, el sistema educativo de nuestros países es quizás el menos adecuado para entender y conectar con las obras de Verdi y Wagner. El caso de Wagner es especialmente extraño al hombre Occidental moderno: autor de sus propios libretos, escenografía y música, sus obras debían resultar en un compendio del Arte total. Música, poesía y artes visuales –lo que hoy se denomina “escenografía”- se entrelazan para producir una elevación del ser humano hacia lo trascendente. Wagner, además, prepara este Arte con mayúsculas de manera plenamente consciente, algo que, y que me perdonen los admiradores del maestro de Busseto, no existe en Verdi como esfuerzo teórico pleno, un esfuerzo por justificar un Arte que, por entonces, era nuevo y antiguo a la vez.

¿Qué pinta en todo esto la España posconstitucional? Pues mucho en calidad de reflejo de lo que Occidente es hoy. Decía Joseph Sobran hace ya algún tiempo, que uno de los grandes objetivos de la educación era iniciar a los jóvenes en el diálogo con las generaciones pasadas, darles a conocer el lenguaje común, y que luego, con el tiempo y la madurez, pudieran añadir algo propio de su cosecha al bagaje común. En la España posconstitucional –esa España en la que la Constitución del 78 ha perdido definitivamente sus pies de barro y en la que ninguna certeza parece ser respetada – sucede lo mismo que en el resto de Occidente. La formidable crisis del hombre occidental nos iguala a todos, desde los réprobos griegos hasta los arrogantes alemanes. Nuestro moderno sistema educativo ya no sirve a ese citado gran objetivo sino más bien a agrandar la brecha entre las generaciones vivas y las que ya se han ido. De hecho, casi todo lo que se enseña en nombre de la sociedad, las costumbres y la historia no es sino una hábil propaganda ideológica.

VERDI WAGNER

Muchas veces esta intención es deliberada pero lo peor es que otras muchas no lo es. De ahí que a las actuales generaciones les sea imposible entender la redención por amor de “El Holandés Errante” o de “Tannhäuser” o la muerte de amor de “Aida”. Pero lo peor es que incluso el público más especializado, más supuestamente formado, está siendo derivado al mismo abismo de polución ideológica –algo mucho peor y con más consecuencias que el cacareado “abismo fiscal” norteamericano- que los menores de veinte años. Como muestra, véase las puestas en escena que perpetran ciertos parásitos sociales metidos a escenógrafos, los cuales, por si fuera poco, en multitud de ocasiones no se paran en barras y deciden adornar la obra con “interpretaciones” marxistas o psicoanalíticas que no son más que el signo de su enfermedad mental y espiritual.

Pero lo grave –y lo significativo- es que el público supuestamente más afín y convencido transige con la suplantación y con la tergiversación de las obras originales. Este hecho evidencia cómo el veneno ha penetrado hasta el alma de nuestros contemporáneos y cómo gracias a ello, por ejemplo, los supervivientes de la familia Wagner han consolidado un Teatro de Bayreuth que no es sino una auténtica estafa y una burla de la obra del maestro de Sajonia. Y encima con el aplauso general. Esta podredumbre en lo que se suponía que debía ser el lugar de referencia del wagnerismo tiene por consecuencia la proliferación de basura diversa en otros célebres teatros europeos y mundiales. En esencia, esto podemos verlo en todos los países del mundo occidental y nuestra España posconstitucional no es una excepción. El Liceo barcelonés o el Teatro Real de Madrid constituyen buenos ejemplos de lo que digo. Gracias a un sistema educativo que trasciende lo académico e invade los medios de comunicación, nuestros compatriotas son los menos indicados para comprender la relevancia que un bicentenario como el que acabamos de iniciar tiene para nuestra cultura y para los tipos humanos en los que queremos reflejarnos. En la España del “Sálvame deluxe” y de la politiquería de la peor calaña, tipo Artur Mas, los ejemplos de Wolfram, Parsifal o Rigoletto son poco menos que extraterrestres cuyo comportamiento es cada vez más incomprensible.

No nos dejemos pues engañar por las apariencias de los medios y aprendamos que quizás sea mejor encerrarnos en la soledad de nuestra casa para, tras el estudio esforzado de toda una época y de toda una mentalidad, podamos entender en su esencia ese Gran Arte, capaz de sacarnos de la grandiosa pocilga en la que quieren que vivamos.

Fuente: Semanal Digital

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