Cultura Transversal

Basura contra los niños

Posted in Autores, Cine, Eduardo Arroyo, Televisión by paginatransversal on 13 mayo, 2013

EDUARDO ARROYO

por Eduardo ArroyoLibrémonos pues de la basura interior que nos quieren imponer en nombre de “la libertad”, “los derechos” y no se qué otros sofismas de tanto cretino ilustrado.

Amigos y conocidos con niños pequeños andan todos preocupados acerca de lo que ven sus hijos en la televisión. No es extraño: un simple “zapping” puede demostrar que hay muy poco de interesante. De ahí que muchos hayamos prescindido de la televisión para constatar que la Tierra sigue girando y que uno no sufre por ello de convulsiones u otras patologías.

Sin embargo, los niños suelen ser una víctima fácil de padres que, buscando la paz de unos minutos, dejan que sus niños se ensimismen con algún programa de “dibujos animados”. Obviamos comentar el grado de confusión mental que puede producir en un niño escuchar a Mercedes Milá, las docenas de concursos que atiborran las cadenas o la intoxicación ideológico-propagandística de las series “españolas”. No digamos ya del celebrado –por algunos, no por mi, desde luego- “cine español”, verdadera arma de intoxicación y de estulticia masiva donde las haya. Dejemos todo eso y vayamos a los “dibujos animados” y otros programas “infantiles”. Se pretende que el hecho de ser personajes animados mediante técnicas de ordenador o de moverse en el mundo de la fantasía es suficiente para poder ser vistos por niños. En realidad hay mucho más que eso: en primer lugar destaca la fealdad. La extravagancia de los personajes y de las situaciones prima sobre cualquier consideración sobre la belleza.

Con frecuencia, la belleza del mundo natural queda enmascarada por el supuesto interés científico y didáctico de los niños. Reciben clases de paleontología o de botánica pero la serena y sencilla belleza del mundo natural parece que se escamotea cada dos por tres. Por ejemplo, nada comparable a la sobriedad y recogimiento de los bosques de Bambi parece existir en los “dibujos” para niños de hoy.

Otra nota destacable es que prima el humor –a veces estúpido, a veces basado en la violencia- sobre la ternura y la pedagogía tradicional. En el pasado, fábulas y cuentos tradicionales combinaban la fantasía con una labor pedagógica de la infancia. El caso más paradigmático puede verse en el Disney de los años treinta y el Disney actual, cuyo “Canal Disney” es una verdadera máquina de entontecer. Así, en los “cortos” del Disney de hace ya ochenta años –la mayoría premiados con el Oscar- podíamos aprender la fidelidad a la palabra dada con “el flautista de Hamelin”, la inutilidad del orgullo en “la liebre y la tortuga”, el provecho del trabajo en “los tres cerditos”, etc. Hoy, tenemos a Bob Esponja que, aparte de su fealdad extravagante, carece del necesario contenido pedagógico de los cuentos de siempre: solo pretende hacer reir.

Otra nota característica es la ausencia de identidades: en este universo de superhéroes ultratecnificados, de personajes imaginarios que viven en un mundo igualmente de fantasía, el niño es aislado de su cultura de referencia. En este sentido, muchas fábulas y cuentos constituían de por sí una tradición viva que pasaba de padres a hijos: llenos de fantasía, todas las generaciones que convivían en un determinado momento se estaban criando escuchando esos relatos o bien se habían criado ya.

En otro sentido, el mundo técnico vincula el relato a un tiempo en el que las culturas y las diferencias han sido borradas y excluye del relato la Historia como dinámica de la cultura, la cual es necesariamente, identitaria. La consecuencia principal es que fábulas, cuentos y relatos, que constituían el acervo con el que los niños se iniciaban en la cultura a la que pertenecían, dejan de ser servir para eso y pasan a ser una mercancía más, vendible en cualquier lugar del planeta, de manera que los niños de lugares muy diversos acaban admirando los mismos modelos.

El resultado es que los niños actuales se parecen más entre sí de lo que se parecen sus padres, aún perteneciendo a culturas completamente diferentes. Como esto viene sucediendo de generación en generación y de manera cada vez más acelerada, no es difícil detectar una progresiva convergencia en los gustos y en los modos de vida. El objetivo es especialmente fácil de alcanzar en los niños, cuyas referencias no están aun formadas y dado, además, que la escasa formación de los padres hace que éstos piensen que todos los “dibujos” y programas calificados de “infantiles” son efectivamente para niños. Naturalmente, nada es casual.

Recientemente, en el medio tradiciondigital.com ha aparecido una transcripción de la entrevista realizada en Intereconomía a Monseñor Reig Plà, obispo de la diócesis de Alcalá de Henares, acerca de lo que se ha dado en llamar “la cultura de la muerte”. El obispo se percata de que la coordinación y el sentido que se aprecia en las legislaciones que amparan esta “cultura de la muerte” hace necesaria la existencia de un “estado mayor” (sic).

Es fácil criticar al obispo con el consabido sambenito de “conspiranoico” pero si se usa la más simple racionalidad, queda claro que, si tal coordinación existe, es muy difícil admitirla sin un coordinador. Por eso, a la pregunta de “¿Se ha puesto la política al servicio de esta ingeniería social?”, Reig Plà responde “Evidentemente”.

Por desgracia, no es solo eso lo que se ha puesto al servicio de la ingeniería social, sino la cultura entera, y el ataque comienza ya desde la infancia. Muchos, rendidos a la inercia de hacer lo que hacen todos, se mostrarán escépticos como medio de excusar su inacción. Pero el tiempo va pasando y el cambio se va operando poco a poco en el interior de las almas. Los tiempos que vivimos, de pura descomposición social, no tienen mucho que ver con los que se vivían escasamente quince años atrás. En breve, todo irá sin duda a peor… si no se hace nada.

De momento, desenchufe su televisor y guárdelo en una caja. No haga caso si le dice lo que van a sufrir sus hijos si no pueden compartir la estupidez generalizada de sus televidentes compañeros. No es verdad. No les pasará nada. Hay vida más allá de la televisión y de la última película de un director “comprometido”. Vea antes lo que ellos van a ver después y, a ser posible, véalo con ellos. Salga al campo, mire el amanecer, lléveles a sentir el silencio de una Iglesia de pueblo, nunca un engendro de esos que hacen los arquitectos y, después, comprobará que el mundo aún se sostiene y que usted y sus hijos son mucho más felices.

Librémonos pues de la basura interior que nos quieren imponer en nombre de “la libertad”, “los derechos” y no se qué otros sofismas de tanto cretino ilustrado.

Fuente: El Semanal Digital

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