Cultura Transversal

Gómez Dávila. Crónica del gran Congreso

Posted in Autores, Nicolás Gómez Dávila by paginatransversal on 22 junio, 2013

NICOLAS GOMEZ DAVILA

por Marcela Duque – Suma cultural – La Universidad de La Sabana ha celebrado un congreso internacional sobre Nicolás Gómez Dávila, en el centenario –redondo, pues se han cuidado bien de coincidir con la fecha exacta– de su nacimiento.

La celebración de un congreso sobre un reaccionario es paradójica por donde se la mire, empezando por que el mismo Gómez Dávila decía no comprender por qué sus escolios habrían de interesar a nadie y nunca buscó más que un contadísimo número de lectores. Por esto, la minoritaria asistencia resolvió favorablemente algunas de esas paradojas y puede considerarse un éxito a su memoria y a su espíritu.

El rector de La Sabana, consciente de las peculiaridades del encuentro, dio comienzo al congreso con una necesaria dosis de buen humor al citar una de las tantas invectivas de nuestro reaccionario contra la universidad y decir que por lo menos aún nos queda reírnos de nosotros mismos. La sonrisa, recordemos, es una de las “categorías filosóficas” más queridas por Gómez Dávila. No había mejor modo de empezar la conmemoración de su nacimiento. Con una sonrisa, pues, quedaba inaugurado el congreso.

La primera intervención, breve pero valiosísima, estuvo a cargo de Diego Pizano, “el más joven de los contertulios de don Nicolás”, quien contó algunos recuerdos personales de su relación con el escoliasta, especialmente entre 1968 y 1994.

Don Diego había escuchado hablar de Gómez Dávila desde temprana edad. Su padre, Francisco Pizano, se había unido en 1948 al matemático Mario Laserna para la creación de la Universidad de los Andes. Ambos tenían menos de 25 años, pero recibieron el decisivo impulso de Nicolás Gómez Dávila, con quien mantenían una estrecha amistad.

Veinte años después, Diego Pizano comenzó allí sus estudios universitarios. Era 1968 y los ecos revolucionarios también se hicieron sentir en Colombia. Había marchas constantemente y era fuerte la presencia de las juventudes comunistas. De modo que un grupo de jóvenes, que no estaban muy convencidos del cauce que estaban tomando los acontecimientos, decidieron pedir audiencia a don Nicolás. Pizano cuenta cómo los escuchó durante más de 40 minutos, se interesó por las motivaciones de las manifestaciones y les hizo unas reflexiones sobre la libertad, en la que firmemente creía, dentro del contexto de una sociedad jerarquizada. A partir de entonces, las conversaciones entre Diego y don Colacho, como lo llamaban sus amigos, fueron más frecuentes. Son muchas las anécdotas que encierra una amistad, de modo que el solo (y breve) relato de Pizano sería suficiente para llenar varias páginas: el retrato de la personalidad del maestro, el contenido de algunas de sus entrevistas, los visitantes ilustres que pasaron por su biblioteca, las tertulias con sus amigos, etc. Respecto a esto último, hay que mencionar que Francisco Pizano, su padre, guarda entre sus archivos unos extractos de esas conversaciones que preparó después de cada reunión, entre 1964 y 1966, y que ahora están en proceso de edición. Don Diego nos leyó una muestra de lo que será, sin duda, un valioso testimonio de la lucidez de Nicolás Gómez Dávila y su eximia capacidad de diálogo.

La conferencia inaugural estuvo a cargo de Francia Elena Goenaga, de la ya mencionada Universidad de los Andes, con el título “Grandeza y miseria de la poesía. Nicolás Gómez Dávila, lector de Baudelaire, Mallarmé, Valéry”. “Lector” bien podría ser el nombre propio de don Nicolás, aunque “contemplativo” también le sentaría bastante bien. Y es precisamente en esa contemplación, por oposición a la acción, donde encuentra la filiación reaccionaria de los poetas modernos. La poesía, por su capacidad de diálogo con la tradición, reacciona más fácilmente a los ideales de la razón abstracta, que tanto critica Gómez Dávila. Los poetas franceses vuelven hacia el misterio, el terror, el silencio, el problema del mal. A pesar de las contradicciones en la literatura moderna, estos son los temas que tiene en mente en sus escolios sobre la poesía, en la que encuentra un alivio frente a los desconsuelos del progreso. “La poesía es el último lugar de lo sagrado”, decía. Y, también, “la poesía es la huella dactilar de Dios en la arcilla humana”.

La siguiente conferencia fue un recordatorio de cómo Gómez Dávila no puede ser leído a la ligera, pues detrás de cada escolio está la vastísima cultura de su autor. Francisco Cuena explicó algunas nociones del Derecho Romano que son necesarias para comprender sus textos más políticos. Auctoritas-potestas, plebs-populus, ordo senatorial, iluminan el sentido de escolios como los que siguen: “En la teoría democrática, pueblo significa populus; en la práctica democrática, pueblo significa plebs”, o “la condición suficiente y necesaria del despotismo es la desaparición de toda especie de autoridad social no conferida por el Estado”, e incluso “más que cristiano, quizá soy un pagano que cree en Cristo”.

Mientras los no iniciados en Derecho seguíamos con cierta dificultad los latinismos, empezó una misa solemne en otro lugar del edificio, que logró sacar más de una sonrisa cómplice entre el auditorio cuando se escuchó el Aleluya de Händel como música de fondo de una cita del De Iure de don Nicolás.

Después de la detallada exposición del profesor Cuena, Krzysztof Urbanek, el traductor polaco de la obra  del “solitario de Bogotá”, habló de la recepción de Nicolás Gómez Dávila en su país. La editorial Furta Sacra ha publicado ya tres tomos de los escolios y las memorias de los tres congresos internacionales, más de los que ha habido en Colombia, que se han organizado desde el 2008. Tan sólo a partir de esto podría deducirse que ha sido grande la acogida, pero Urbanek precisó que no ha sido tanta como lo merece su obra, pues el tomismo y el personalismo miran con recelo al “reaccionario de Colombia” –otro título que le dan–, a causa de su fideísmo. Urbanek ahondó en este punto y terminó con la ya clásica comparación entre el pensador colombiano y Nietzsche. A lo largo del congreso, sin embargo, Emil Cioran se fue imponiendo sobre Nietzsche a la hora de establecer contrastes y semejanzas.

Las comparaciones suelen ser peligrosas. Si bien la de Cioran fue recibida con gran aceptación general, hubo otras lecturas más controvertidas. Tomás Molina y Enver Torregroza terminaron la jornada con un lectura heideggeriana del texto en el que Gómez Dávila explica la democracia como un sistema religioso y que, según nos dijo Diego Pizano en su semblanza, era lo que su autor consideraba “el texto implícito” de sus escolios.

Efrén Giraldo, por su parte, pronunció una conferencia sobre el ensayo literario en general en Colombia, y la singular y difícil recepción de Gómez Dávila como ensayista, quien prefería hablar de sus textos en términos de “puntillismo”, “esbozo”, “aguijón de luz”, “frágil arabesco de belleza”, “unas pocas estrellas fugitivas”, “ruido tenue del lápiz”, “punta de diamante”, “archipiélagos que afloran en un mar desconocido”, “unidad dispersa”; un género menor, cercano al silencio, en definitiva.

José Miguel Serrano hizo una honda reflexión en torno a una sola frase del escoliasta: “Entre el hombre y la nada se atraviesa la sombra de Dios”. Por ese escolio pasa gran parte del pensamiento de Gómez Dávila, especialmente las tensiones a las que se ve sometido su pensamiento: la atracción hacia los nihilistas, pero con esa justa ironía que matiza la desesperación; el pesimismo antropológico (“toda vida es un experimento fracasado”), al que, sin embargo, acompaña la esperanza (“Si Dios fuese conclusión de un raciocinio no sentiría necesidad de adorarlo. Pero Dios no es sólo la substancia de lo que espero, sino la substancia de lo que vivo.“ “Todo fin diferente de Dios nos deshonra”). Así, se hizo un repaso de la sombra de Dios que atraviesa toda la obra de Nicolás Gómez Dávila. No me resisto a traer un escolio mencionado por José Miguel, su favorito. Recuerdo haberlo leído por primera vez con una emoción semejante: “Contra el infortunio quizás basten el humor, el ingenio, el carácter, ¿pero cómo consolar sin Dios de la insuficiencia de nuestras dichas?”.

En la siguiente conferencia, Nicolás Barguil habló de la lectura de Ernesto Volkening sobre los escolios de Gómez Dávila. En la Biblioteca Luis Ángel Arango, depositaria de los más de 30.000 libros que don Nicolás atesoró durante años, también se encuentran los cinco cuadernos de Ernesto Volkening, en los que fue glosando más de 2000 escolios.

Volkening era un inmigrante nacido en Amberes, de padres renanos, que se estableció en Bogotá desde 1934 hasta su muerte, en 1982. Fue traductor, ensayista y crítico de cine. A través de Álvaro Mutis conoció a Gómez Dávila, quien, a pesar del recelo con que guardaba sus escritos, el 23 de mayo de 1973 le entregó siete tomos de un manuscrito con los escolios, en los que Volkening supo reconocer enseguida “un opus magnum”. Al terminar de leer los siete tomos, el 22 de octubre de ese año, escribió una carta en la que asegura que “un libro de tal trascendencia no se volverá a escribir en este siglo, ni aquí ni allende al océano”.

En uno de sus escolios Gómez Dávila dice: “Según el lector, y el libro, se trata de lectura o de aventura”, a lo que Volkening comenta: “Para mí la lectura de los escolios es la más emocionante de las aventuras. Nunca sé qué alado monstruo, qué dragón o esfinge me espera en la próxima vuelta de hoja”.

Muchas de las glosas de Volkening tienen cierta autonomía y en ellas plasma su propia visión del mundo, constituyendo un auténtico diálogo entre dos singulares pensadores de la época.

Hasta ahora no he mencionado nada acerca de la presencia de Rosa Emilia, la hija de don Nicolás, en el congreso. Allí estuvo los tres días, escuchando discretamente, y ocasionalmente asentía. Sólo una vez intervino directamente para añadir algo a lo dicho. Fue al final de la conferencia titulada “Erotismo y escritura”. Antes de comenzar su exposición, el conferenciante, que la conoce desde hace años, la miró con cierta picardía y manifestó que le daba un poco de apuro hablar de ese tema frente a la hija de don Nicolás. Rosa Emilia le respondió que no había problema, pues su papá era una cosa y el escritor otra, así que Juan Fernando prosiguió con su conferencia, trayendo a colación algunos de los tantos fragmentos de Notas en los que se habla del tema. Y como en realidad no había por qué tener tanto apuro, una vez terminada su exposición, Rosa Emilia puso la guindilla y le dijo: “Para tranquilizarte, en Escolios papá escribió: ‘Si amor, erotismo y pasión no convergen en una persona, no son sino vicio, enfermedad, tontería’”. Touché. Y todos, una vez más, sonreímos.

El último día, el del centenario, comenzó Miguel Saralegui, organizador del Congreso, quien confesó haber escogido esa fecha pues pensaba que habría mucha gente, por ser sábado y aniversario redondo…, pero no. Muy gomezdaviliano todo (no podía faltar el adjetivo). El tema de su conferencia podía resultar un poco incómodo, pero aparece innegablemente en toda su obra: la hispanofobia de don Nicolás, que va desde España, la lengua y la literatura española y atraviesa todo lo latinoamericano y, especialmente, lo colombiano. El desprecio por lo criollo no es algo nuevo, mientras que el desdén hacia la tradición española es desconcertante en un reaccionario latinoamericano. Una vez más, y esta observación fue constante en el congreso,Gómez Dávila aparece como una figura que no es fácil de catalogar. ¿Qué tipo de reaccionario es? ¿Puede ser considerado un conservador?

La conferencia de Michael Rabier se enfrentó con esta pregunta. Empezó por exponer los orígenes del conservadurismo en Europa hasta llegar a las contradicciones latentes en el partido conservador colombiano, del que Gómez Dávila siempre quiso mantenerse alejado. Siempre gozó de gran libertad intelectual y política, ni deseó publicar para grandes masas ni aceptó los cargos públicos que le ofrecieron. Los orígenes del partido conservador colombiano dejan ver cómo en realidad no hay ninguna diferencia significativa con el partido liberal, pues ambos, en definitiva, se reconocen republicanos, demócratas y progresistas. Las tierras americanas no tienen una tradición, en el sentido feudal, que conservar, ni un Ancien Régime al que volver. Por eso dice Gómez Dávila que la historia de estas naciones no es nada interesante, no vale la pena hablar de revoluciones ni proyectos políticos que pretendan reinstaurar un pasado dorado. Su filosofía no tiene ninguna aspiración práctica. La reacción es entendida como una transformación del ser, una metanoia, una conversión. Es una actitud meramente intelectual o espiritual. Ante ese nuevo milagro que el reaccionario anhela bien hubiera podido resonar otra vez el Aleluya del día primero.

Alfredo Abad, uno de los principales estudiosos de Gómez Dávila, fue el encargado de dar la conferencia final, sobre la muerte del arte. Son duras las críticas del escoliasta al arte contemporáneo, por su estética cerrada sobre sí misma, en la que el artista sólo busca autoafirmarse. “Desconfiemos de quienes primordialmente anhelan expresarse”, decía. Cuando el arte pierde toda prerrogativa de carácter metafísico, se convierte en un elemento más del mercado, de las actividades económicas propias de espíritus serviles, deleznables para Gómez Dávila. En definitiva, su crítica al arte moderno es la ausencia de toda trascendencia. ¿Qué le queda a la experiencia estética si deja de ser “el atisbo de huellas numinosas”?

Al concluir el congreso, uno de los más sentidos agradecimientos estuvo dirigido a la hija de don Nicolás, Rosa Emilia, que durante las tres jornadas se había ocupado de humanizar la figura de su padre. Esta vez sí decidió tomar la palabra para expresar lo perpleja que se encontraba siempre que escuchaba cosas tan grandilocuentes acerca de su padre, en las que le costaba encontrar al hombre sencillo que ella conoció. “Para mí son dos figuras totalmente aisladas donde predomina el papá y la vida familiar, la vida normal”. El Nicolás Gómez Dávila lector y escritor, “el solitario de Bogotá” que decían, podría parecer un hombre alejado de las realidades más cotidianas, un hombre serio y meditabundo, amante del silencio y el aislamiento, cuando en realidad, como decía Pizano en su intervención, era un hombre “amable, respetuoso, generoso, gran conversador”, que “jamás interrumpía a sus interlocutores ni trataba de imponer su punto de vista”. Su hija terminó de hilar las puntadas: “La figura de papá como escritor está un poco apartada de la vida diaria. Aún más cuando nosotros podíamos tomar parte de ello permanentemente y mi casa tenía una habitación que se llamaba biblioteca, donde jugábamos, hacíamos tareas, todo en un mismo sitio, alrededor de él, y el gran castigo era sacarnos de ahí. Esa era la penitencia máxima a las transgresiones. Nunca hubo otro castigo que sacarnos del lado de donde estábamos todos reunidos”. Con esta estampa familiar, para dar por terminado con ella el congreso de Nicolás Gómez Dávila, en su centenario, una vez más nos llegó la sonrisa.

Fuente: Suma cultural

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