Cultura Transversal

La convergencia hacia la basura

Posted in Autores, Eduardo Arroyo, Música, Richard Wagner, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 21 agosto, 2013

EDUARDO ARROYO

por Eduardo ArroyoLa noticia ha sido cubierta con esta llamativa neutralidad por “ABC”: “(Frank) Castorf ha vuelto por sus fueros. Y a su afición preferida: la provocación descarada con ironía y sarcasmo”.

Habla, para el que no esté al tanto, de las representaciones en Bayreuth por el bicentenario del nacimiento del compositor alemán Richard Wagner. El diario digital La información nos sitúa en el contexto de lo que ha acontecido allí: “El Anillo arrancó en una gasolinera-motel estadounidense, para el Oro, luego se trasladó a una rústica torre petrolera de Azerbaiyán, en La Valkiri´, de ahí a las Mount Rushmore con las cabezas de Marx, Lenin, Stalin y Mao suplantando a los presidentes de EEUU, además de la Alexanderplatz de Berlín, en Sigfrido“.

No hace falta ser muy entendido en el “opus” wagneriano para conocer que escenografía, música y drama son una única cosa para el músico de Leipzig. Pero a la banda de Bayreuth le gusta más recrearse en la “aportación” de un escenógrafo enfermo que en el legado de Richard Wagner a la posteridad. Castorf es, como siempre quiso posiblemente desde que en su infancia otros niños se burlaran de él, más importante que Wagner.

Por supuesto, la cosa no es de ahora y tampoco se limita a la obra de Wagner. Por eso este tipo de actuaciones de los escenógrafos constituyen de por sí un buen contexto en el que teorizar sobre la “convergencia de todas las basuras”.

¿Qué de qué se trata? Pues sencillamente, es una especie de “principio de Arquímedes” pero extrapolado a la ética de nuestro tiempo. Vendría a decir más o menos, que toda persona abandonada a la ética contemporánea experimenta un proceso de “chusmificación” –rebajamiento moral- inversamente proporcional al grado de comodidad con el que se siente instalado en dicha época. En otras palabras, a más conformismo, a más “corrección política”, más miseria moral.

En el caso de Bayreuth, tres clases de basura interior convergen aquí: en primer lugar la del escenógrafo. Plenamente satisfecho con la idea de que la “provocación descarada” es un logro, se ahorra así poner en tela de juicio su propia valía profesional y humana. Mientras que Wagner subraya a lo largo de toda su obra cuestiones como el heroísmo, el amor más allá de la muerte, la fidelidad o la redención por amor, para Castorf lo importante es “provocar” y hacer que todo aquello que Wagner quiso destacar aparezca ininteligible. En esta tarea se revela el primer tipo de basura humana: la de Castorf.

Luego aparece el segundo tipo de basura: la de todos aquellos que, supuestos “entendidos” de la obra wagneriana, acuden a burdeles como el Bayreuth actual. Según los periódicos Castorf resultó “abucheado”. Pero nos tememos que no es suficiente. ¿Con cuantos “Castorf” han transigido durante los últimos, digamos, treinta años, la plebe que acude a Bayreuth año tras año? En aquél vertedero se han visto escenas de sexo explícito o escenarios y situaciones que buscaban más la burla de la acción dramática, que dar voz al mensaje del músico sajón. Por eso, desde luego, a los asistentes no les redime aparecer como simplemente “divididos” ante semejante estafa. Si realmente lo que Wagner dice les importara ni siquiera asomarían la nariz por tan pestilente lugar. Amparados en la masa y adulados por una prensa de la que ha desaparecido su a menudo mordaz faceta crítica, año tras año el público de Bayreuth valida con su presencia y con una sorprendente tolerancia lo que en una sociedad sana sería objeto de repulsa general. Es el segundo tipo de basura.

El tercer tipo lo aporta, como no, la prensa. Decimos que ante ciertas cosas esa prensa cáustica, “sin dios ni amo”, siempre dispuesta a servir a una libertad de expresión claramente selectiva y aduciendo un supuesto “derecho a saber”, enfunda los dientes y “neutralmente” informa con una tibieza que valida el excremento. Su distancia y gravedad, pretendidamente fría y analítica, confiere a las peores simas de lo humano una importancia totalmente subversiva de cualquier orden no enfermizo. Esta prensa, claro está, cuenta con la aquiescencia de uno de los gobiernos más absurdos que vieran los siglos, dispuesto a clausurar un Tannhäuser por la escenografía “nazi” pero a extasiarse si la locura se adorna con un Monte Rushmore marxista.

Así las cosas, el sistema, personificado en Castorf, la masa borreguil encarnada en los “wagnerianos” de Bayreuth, y la prensa policial y “amarilla”, siempre dispuesta a decirte lo que tienes que pensar, se aseguran que no salga de Wagner ni un solo átomo de excelencia. De ese modo, todos seguiremos inmersos en la asquerosa mediocridad y bajeza que el poder del presente necesita para seguir siendo tal.

Sin duda, nada mejor que un artículo como este para inflar la psicosis egomaníaca de Castorf. A mayor dureza en las críticas, objetivo más logrado. No es eso lo que pretendemos, desde luego. Castorf importa poco o nada. En el fondo no es más que un signo más de la escoria de los tiempos; algo que pasará a medida que esta época se descomponga. Su ego asistirá, para su desgracia, al espectáculo de un ninguneo pleno y absoluto, ese que no pudo imaginar en sus perores pesadillas.

El objeto de este artículo es más bien señalar que Bayreuth no existe. Hace mucho tiempo que dejó de existir, como no existen tampoco la biblioteca de Alejandría o el coloso de Rodas. A lo sumo existen recreaciones, o mejor, puros remedos. Tampoco es este un artículo sobre Wagner, porque los Castorf de la época parasitan todo lo egregio y excelente que hace que el alma humana se eleve. No soportan algo que les supere, que les recuerde que ellos no pueden subir hasta ahí. Por eso hoy es Wagner y mañana serán Verdi, Cervantes o Shakespeare. Da igual.

Lo que pretendemos es pertrechar a la buena gente con la saludable cualidad del desprecio, para lo cual hay que saber primero qué es lo que vale y qué no. Hay que saber cómo los diferentes tipos de basura convergen y se alían para que nada importante permanezca. Tras el desprecio, la estrategia de la Belleza es la mejor arma. En el limitado mundo Wagneriano, el mítico “Bayreuth” es hoy la localidad austriaca de Wels. Un lugar cercado por la fealdad de la época, que resiste virilmente a las embestidas de la nada.

Fuente: ESD

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