Cultura Transversal

Lecturas de Reyes

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 31 diciembre, 2013

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – La editorial Pepitas de Calabaza luce con orgullo el lema de tener “menos proyección que un Cine Exín”, por lo que –dejémonos de tópicos- es de augurarle un notable éxito. Al menos, el Cine Exín que yo conservo, regalo de los Reyes cuando marcaba goles Amancio, funciona aún a la perfección. He leído recientemente dos novelas de autores egipcios: una, por mediación de este sello y, la otra, la del más joven y todavía vivo, tiene mucho de película de Super 8 corta, muda y en blanco y negro, como las de Johhny Weissmuller con las que, fundamentalmente, nutríamos en la infancia nuestra filmoteca los usuarios del Exín. Así que Herencias de El Cairo, de Yasser Abdel-Latif, retablo de estampas costumbristas, hilador de la historia de una familia de emigrados nubios, galardonada con el Premio Sawiris y cuyo real protagonista es la ciudad, bien podría haber sido también lanzada por Pepitas de Calabaza en vez de por Icaria. La escena en que el manifestante contra la primera Guerra del Golfo es impactado en el rostro por un bote lacrimógeno y trata de eliminar el ardor lavándoselo con Schweppes, es muy de Mack Sennett.

La publicada por Pepitas es Una ambición en el desierto, de Albert Cossery, quien en la treintena de su vida se instalara para siempre en un hotel parisino y cuyo centenario se cumple este año. Pero es una novela ya sonora. Comparte con la de Abdel-Latif el sorprendente interés que por la política parecen sentir los egipcios (o los árabes en general, pues la trama de Cossery discurre en un emirato del Golfo). Vaya por delante que no pretendo extraer de sólo dos novelas una panorámica general del presente estado emocional de los pueblos árabes. Pero me ha sorprendido algo esa constatación en ambas de cómo la oposición al colonialismo –ya desde posiciones izquierdistas, ya islamistas- ha sido vehiculado, curiosamente, mediante la apropiación de la verborrea maximalista y los doctrinarismos radicales de Occidente.

Frente a la política en general debería adoptarse ese desdén aristocrático del protagonista de la de Cosseiry, que yo encuentro muy egipcio, no sé si porque Egipto es –según los Evangelios de la Infancia– el solar de origen de uno de los Reyes Magos o porque mi egipcio de cabecera ha sido siempre Omar Shariff. De hecho, si mi vida no transcurre como la suya, entre lujosos hoteles y grandes casinos, es sólo por el detalle de no haber yo protagonizado Doctor Zhivago y Lawrence de Arabia. Como no ha sido el caso, mis días van más en la línea de leer novelas policíacas, que son una tentación muy navideña. Puesto que en el imaginario de muchos la Navidad ha sido ya reemplazada por Halloween, no es de descartar que pronto la Noche de Reyes empiece a ser celebrada como la Noche de los Asesinos en Serie. En todo caso, la mayoría de los escritores de intriga hoy de más tirón son de países donde la nieve y el hielo –tan navideños- reinan, por lo que apetece en estas fechas tomar asiento junto a la chimenea o abrigarse bajo las sábanas sosteniendo entre las manos -por ejemplo- El beso del diablo (Siruela), de Unni Lindell, o Pasaje de las Sombras (RBA), de Arnaldur Indridason.

Hay gente que se muere como llegan los Reyes Magos: muy educadamente. Sin hacer ruido, sin los zapatos, sin revolver la cama. Es el caso del protagonista de la intriga de Indridason –merecidísimo VII Premio de Novela Negra de RBA y lectura de las que dejan huella- donde los sospechosos de los asesinatos son nada menos que los elfos, pajes de Papá Noel y habitantes de muchos bosques de Islandia. En este caso, más para Paracelso o el Reverendo Kirk que para un policía, los fiambres vivían -cuando no lo eran- rodeados de gente entregada a la afición de las evocaciones espiritistas, si bien los espectros comparecientes en ellas no eran tan educados como los de Espíritu festivo (Libros del Asteroide), la contribución en esta Navidad de Robertson Davies a la causa de probar que también en el Más Allá se puede ser políticamente correcto. Uno de ellos es tan, tan educado que, atormentado por haber suspendido su examen de doctorado, pide ser examinado de todas las carreras, a fin de poder descansar en paz.

Lo del relax eterno –al menos así, a corto plazo- más arduo que estos espíritus de campus lo tienen los caídos a manos del killer de la novela de Lindell. Los hielos noruegos conservan durante demasiado tiempo los traumatismos psíquicos debidos a los óbitos violentos. Y debe ser duro para un alma desencarnada asumir la resaca de una muerte tan atrozmente descrita como la que inaugura esta narración. ¡Eso es ensañamiento! Yo no sería nunca capaz de escribir una escena de tal calibre. Y tomen nota de la hechura de familia protagonista de la novela. Pero qué le vamos a hacer. Son cosas de las Navidades de nuevo cuño. Disfrútenlas, y que Melchor, Gaspar y Baltasar les sean propicios.

Foto: José Luís Chaín-Soria Taurina
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