Cultura Transversal

La rusa y la suerte

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 14 enero, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín –  La rusa, de Gib Mihaescu, ha sido publicada por Pre-Textos, lo que implica que viene servida al lector tocada por solapas suaves al tacto como la piel de una mujer fatal, que es una de las cosas que me gustan de los libros lanzados por la editorial de Manuel Borrás. Y es, por si fuera poco, una de las novelas recientemente leídas por mí más desmarcada de valores hogaño tan en boga como la ramplonería, la simpleza barata y el halago al gusto del lector carente de la menor exigencia de orden artístico. Una novela que es literatura, vamos (o, lo que es lo mismo, arte). Como debe ser.

En realidad, pese a su nacencia y árbol genealógico rumanos, su autor es un autor ruso… o consiguió serlo tras escribir La rusa. Y no sólo porque la acción transcurra en la Besarabia limítrofe entre Rumanía y la Rusia ya raptada por el bolchevismo, sino porque en todos los encajes de bolillos en que se mete para construir la trama subyace un cabal reemplazo de la personalidad de Dostoievsky por la de este novelista de lectura prohibida a sus paisanos durante casi cinco décadas. Es puro Dostoievsky, esa idealización suya de la mujer crispada a todas horas por un frenético erotismo, así como su persecución de ese ideal erigido sobre especímenes del bello sexo a quienes ni siquiera conoce y que, ya puestos, ni siquiera son rusas. Una de ellas, mismamente, ¡es un violín! Se dice pronto… Un poco lo de Don Quijote queriendo sacar de donde no hay y esperando, por bemoles, dar con una gran dama sirviendo gachas en una taberna mientras los arrieros tiran pellizcos a su grupa entrada en carnes.

Pero no es que Mihaescu fuese un imitador. Más procede hablar de un caso de palingenesia, de subrogación a base de lecturas y cortejos -seguro que sin mala intención alguna- en el mundo de ficciones, la personalidad literaria y la psique de Don Juan sufridor del autor de El doble. Como éste, nada de ponerlo fácil. Para disfrutar de la novela, el lector ha de internarse con todos sus sentidos alerta en un tupidísimo bosque, donde hallará premios a su arrojo de tanta entidad como verse sumido en la ignorancia de si los ojos que por doquier le observan son los de las estrellas o los de los lobos, o como la magnifica escena del perecimiento de un oficial, bajo los colmillos de éstos, tras la Misa del Gallo.

Todo ocurre en la ribera de un Dniester que a su debido tiempo se hiela y oficia a modo como de Estigia que ha de ser cruzada por la Rusa con mayúsculas y, en cuyas orillas, el descanso del guerrero se torna, para los interesados, una auténtica prioridad. De hecho, los guerreros descansan sólo cuando se hallan cumpliendo con sus deberes militares como guardias de frontera o cazadores de espías y refugiados ilegales. Su verdadera tarea, en la que vuelcan todos sus afanes, es la otra.

Procede una aclaración sobre qué se quiere decir aquí con eso de la mujer “de Dostoievsky”. Me refiero al arquetipo de mujer inmortalizado por éste en sus obras, no a su costilla ante la Iglesia y el mundo, Anya Sergeievna, sobre quien escribiera en Barcelona, en las páginas de Destino, una lúcida y encendida semblanza Carmen Laforet. Hombre, algún punto de coincidencia es detectable. La mujer de sus novelas hace sufrir hasta la obsesión y por razones eróticas sumamente exasperantes al hombre, toda vez que, en esas novelas, el marido ruso suele ser un consentidor. Y Anya Sergeievna también hacía padecer a Dostoievsky, pero por su bien. A juicio de Laforet, la señora de Dostoievsky sabía que éste necesitaba sentirse hecho polvo, fracasado y hundido por haber perdido hasta la camisa en la ruleta, pues ese era el estado de ánimo que le hacía ponerse a escribir y le tornaba en artista digno de ser visitado por las musas.

Cuando estaba en dinero y sin deudas, Dostoievsky no escribía una línea ni se diferenciaba en nada, en cuanto a talento artístico, del boticario de la esquina. Es muy de agradecer la existencia de esa casta de mujeres capaces de captar esos sutiles intríngulis enquistados en las psicologías geniales. El día en que se extingan, dados vamos los varones dependientes, para nuestro equilibrio interior, de la Providencia Divina y, en particular, de uno de sus más activos apéndices: la Suerte con mayúsculas. En el bingo, al cartón capicúa se le llama “el gitano”, porque se dice que es el bendecido por la Suerte para aquel a quien corresponda en el reparto. Vamos a ver si, aparte de un par de cartones con arte, nos toca en gracia una rusa, aunque sea de las de ahora y no de las de Dostoievsky… En realidad, de dar crédito a las grandilocuentes frases prodigadas desde antiguo sobre lo inmarchitable de la melancolía del alma eslava, no deben haber cambiado tanto desde los tiempos del Zar acá. El mismo Luis Roldán se ha enamorado de una. Así que se lo daremos, el crédito, a ver si cantamos aunque sea línea.

Foto: José Luís Chaín/Soria Taurina
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