Cultura Transversal

Secretos de familia

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 22 enero, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Los dueños de un objeto imprimen sobre éste una huella de consecuencias más que dactilares y que, si no indeleble de necesidad, puede muchos años después seguir siendo apreciable por medios sutiles. A ello se refirió Eliade en un ensayo hoy olvidado sobre la criptestesia. La merma experimentada por el hombre en sus facultades de percepción metapsíquica, explicaba, ha convertido hoy en inocuos para él los efectos de esas huellas sutiles.

Y ¡menos mal! Imaginen qué sería adquirir una flauta de segunda mano en Cash Converters y, a ratos, visualizar situaciones vividas por sus antiguos poseedores. La gente como Sol Nazerman, el protagonista de la novela El prestamista, de Edward Lewis Wallent (Libros del Asteroide), viviría con el alma en vilo. Y qué sustos de patatús no se llevarían en los mostradores de Compro Oro al ir a pesar la cadenita en la balanza y verse asaltados por la súbita visión del galán que se la regaló a la abuela cuando era moza. El país se colapsaría por completo, pues trueque, usura y chamarileo son, con la bonoloto, las únicas industrias que en él registran, a día de hoy, apreciables índices de actividad real.

En la novela, el usurero se compara a sí mismo con el cura a quien los fieles acuden a obtener el perdón por sus faltas. Ellos le llevan sus pecados en forma de trastos, joyas y electrodomésticos, y él les da la absolución en efectivo contante y sonante. No les garantiza el Paraíso, pero les libra por el momento del pequeño infierno a que se asoma uno al abrir el frigorífico o el paquete de tabaco y encontrar en ellos demasiado espacio libre. Resulta innegable lo ilustrativo de la apreciación de Nazerman no sólo acerca del plano de banalidad a que, a grandes rasgos, ha quedado reducida la religión en Occidente, sino sobre la rapidez con que, por ocho perras, se desprende uno de los que creía sus más preciados recuerdos, olvidándose de ellos para siempre nada más traspasar, con los cuartos en el bolsillo, la puerta de la casa de pignoración.

En realidad, pocos acontecimientos no responden en esta vida, a la postre, a la satisfacción al menos parcial de una deuda. Mark C. Taylor, filósofo de las religiones y catedrático en Columbia, reconoce en su descubrimiento a sus diez años, al examinar el libro de familia, de que había tenido dos hermanos, fallecidos al poco del alumbramiento y de los que jamás nadie le había hablado, el verdadero punto de arranque de un libro escrito por él ya en su senectud: Reflexiones sobre morir y vivir. Si en verdad es la infancia la puerta tras cuyo cruce queda atrás la benéfica sombra del Árbol del Paraíso, era, desde luego, su destino natural la colección de este nombre, que tantas alegrías ha deparado a Siruela desde los tiempos del fundador y prosigue hoy su exitosa andadura bajo la guía de Ofelia Grande de Andrés.

Y ello pese a que el libro marque, la verdad, distancias en relación con otros títulos de la misma, pues Taylor no es una vaca sagrada de la Tradición (como Coomaraswamy o Scholem) ni su libro se corresponde tampoco con el despliegue erudito de corte académico. Más bien, anuda en formato-trenza pensamientos sobre el ultramundo destilados por una mente escéptica que no da un duro por la existencia del mismo.

Mas no por no creer se libra nadie de nada. Son, en rigor, secretos de familia como el activador de su futuro libro los que constituyen la materia prima de la transgenealogía. A ojos de esta disciplina, el secreto familiar condiciona nuestra conducta justo por nuestro desconocimiento de su existencia. De ahí los episodios de “subrogación” en la persona y deberes del ancestro, las obsesiones –a menudo, inconscientes- por llevar a buen término la tarea iniciada por tal o cual antepasado con quien ni siquiera se mantuvo el menor roce…

Cuando se ha expulsado y estigmatizado a un miembro de la familia y luego –como en un anatema egipcio- hasta ha sido recudido a polvo su recuerdo, siempre hay quien, más tarde, se sentirá inconscientemente implicado en el destino de esa persona excluida y retomará su “destierro” como si fuera propio, sostiene Bert Helliger y, con él, la luenga línea de estudiosos del mundo de sorpresas que es el bosque de las “constelaciones familiares”. Mis antepasados me duelen, Cómo pagamos los errores de nuestros antepasados y Psicogenealogía. Cómo transformar la herencia psicológica son algunos de los títulos surtidos por el catálogo de Obelisco, que ha apostado fuerte por los textos fundamentales de una disciplina joven sólo en teoría, pues, en puridad, se limita a extraer las conclusiones pertinentes de cuanto atañe al complejo psíquico conocido por el budismo como karma familiar. Pero ya se sabe: hoy, parece casi necesario despojar a todo conocimiento de sus connotaciones de orden religioso, so pena de que sea desechado como mercancía averiada y destinada al empeño en el Monte de Piedad.

No en vano vivimos… en eso: en un mundo sin otra piedad que la de los usureros

Foto: José Luís Chaín/Soria Taurina

 

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