Cultura Transversal

Grossman y su Rusia a hurtadillas

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Vasili Grossman by paginatransversal on 11 febrero, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Cada cual se arrima al Imperio Ruso a su manera. Quien suscribe, por ejemplo, ha dedicado una veintena de años a remover e investigar el enigma de la Gran Duquesa Anastasia y la fabulosa vida del Barón Ungern-Sternberg, cuya galopada fue la postrera de la Rusia Blanca contra la Roja. La mía ha sido, pues, una aproximación mediatizada por el transcurso de décadas de flujo temporal entre los hechos objeto de mi interés y mi propio nacimiento (no digamos ya entre aquellos y mi decisión consciente de implicarme en tales pesquisas).

No debe, sin embargo, darse por sentado que ser testigo ocular de unos sucesos o situaciones, o incluso el vivirlos en calidad de protagonista, facilita siempre las cosas a la hora de plasmar o juzgar pluma en mano esas circunstancias. Muchos fueron aquellos a quienes, pese a haber nacido entre sus nieves y a la sombra de sus abedules y en medio del populoso runrún de sus ulitsas, y, además, haber sido contemporáneos de aquello que deseaban narrar, no quedó otro remedio que acercarse a Rusia a escondidas, porque la aproximación –a Rusia, a sí mismos- a cara descubierta y con una estilográfica entre los dedos, bien les podía costar la vida. Así –a hurtadillas- se acercó Vasili Grossman, el corresponsal de Pravda en Stalingrado, cuyos relatos inéditos, de los que en su momento se apropió la policía secreta soviética y que él creyó hasta el día de su muerte perdidos para siempre, han sido rescatados del olvido por Galaxia Gütenberg bajo el título Eterno reposo y otras narraciones.

¿Por qué le fueron confiscadas aquellas páginas, críticas fundamentalmente con la Alemania nazi, archienemiga recién derrotada del comunismo? Atendiendo a la lógica propia de los regímenes totalitarios, seguramente porque, para el eventual lector, resultaba demasiado sencillo detectar en ellos harto llamativos paralelismos entre los procederes de los vencidos y los de los vencedores. A los profesionales de la censura no les agradan los malentendidos ni creen conveniente la molesta existencia de más de un “nivel” de lectura.

Cuando Grossman escribe su relato tan grave y severo acerca de la tripulación americana que lanzó el ingenio atómico sobre Hiroshima, ¿reprende también a la URSS, inmersa entonces en la carrera por conseguir la bomba y donde sus artículos sobre el destino de los judíos en los campos nazis son prohibidos y archivados en la carpeta del olvido? ¿A qué responde esa minuciosidad suya en la descripción de la impersonal amalgama entre el hombre y la técnica que convertiría al primero en una especie de autómata al servicio de la hecatombe? ¿Está denunciando la insensibilidad del capitalismo ante el sufrimiento de los pueblos, o poniendo en cuestión las directrices de pensamiento y la línea de trabajo marcadas por la Academia de Ciencias de la URSS?

Al retratar a los escasos visitantes del zoo de Berlín que, en vísperas de la entrada de los tanques del Ejército Rojo, observan con envidia a los animales encerrados en las jaulas… ¿pretende reflejar a los alemanes contemplándose en el espejo soviético, intentando vislumbrar en la pupila de las fieras el paraíso proletario que les aguarda? Y esos animales anhelantes –incluso los que nunca la conocieron- de la libertad… ¿no simbolizarán a los rusos nacidos bajo el poder soviético? ¿Qué es, insistiría el censor, eso de que los animales sueñen con tamaña insistencia con la desaparición de las rejas? Preguntas muy juiciosas y nada reprensibles, desde luego, en quien ejerce el oficio de censor y verdugo del artista de las Letras. Por descontado que, si saltamos a otro de los relatos, el del fin de la pareja de “aristócratas” o triunfadores soviéticos conminada por los nazis a tomar parte en la eliminación masiva de individuos “sobrantes”, difícil nos resultará dar con más atinada metáfora del carácter clónico de todas las revoluciones y utopías y del idéntico fin que éstas reservan a los más entusiastas de sus hijos.

En el zoo vive un águila que lleva allí cincuenta y dos años y vigila, desde la jaula, el planear de los cazas sobrevolando Berlín. Quien mordisqueara el hígado de Prometeo, se ve ahora como titán encadenado.

Se impone liberar al águila y devolver a los titanes a la roca.

…O eso –leyendo a Grossman- se me ocurre

Foto: José Luís Chaín
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