Cultura Transversal

El fuego de los filósofos

Posted in Arte Taurino, Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 17 febrero, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurinapor Joaquín Albaicín – El literalismo es uno de los más enervantes virus –si no el principalísimo- de cuantos inficionan y confieren su actual forma a la civilización occidental. Productos suyos, del apego pedestre a la letra, son el cientifismo, el ateísmo, el mecanicismo y la lectura e interpretación rancia de los Libros Sagrados, lacra –esta última- de la que han nacido el wahabismo en el mundo islámico o, en el cristianismo, la concepción de la religión como una especie de apéndice o competidor de la Seguridad Social. Un integrante de un pueblo “primitivo” puede, en efecto, afirmar –refiriéndose al animal totémico de su clan- que desciende de un halcón o un lobo. Pero sólo los occidentales modernos son capaces de aseverar su descendencia del mono y… creer literalmente en ello. Como me decía el otro día José Chamorro, lo único hasta ahora probado es que el mono desciende… del árbol. ¿Lo demás? Pura especulación.

Es una de las verdades como puños lanzadas por Patrick Harpur en El fuego secreto de los filósofos. “Es una peculiaridad estrictamente occidental”, nos recuerda, “confundir lo físico con lo que es literalmente real”. De hecho, y precisamente debido a su literalismo, la sustentadora de la evocación de “espíritus” desde la mesa de tres patas es –también nos lo subraya- una pseudodoctrina de trasfondos esencialmente materialistas.

La obra va ya por su cuarta edición, lo que ha permitido a Atalanta probar lo falaz de ese sobreentendido de que un libro sólo puede resultar amortizable y rentable cuando lo escribe un ama de casa aburrida. Este, además, es -por su estructura- un título idóneo para convertirse en lectura de cabecera, pues el orden en que sus fragmentos sean leídos no altera en absoluto el producto final ni resta un ápice de placer lector. De hecho, un libro que comienza evocando la historia del reverendo Joseph Kirk, quien según la tradición desapareció para siempre cuando fue raptado por la “gente pequeña”, es decir, por las hadas y los gnomos, por fuerza ha de enganchar. Más aún si nos informa, entre otras cosas, de la existencia en tiempos tan descreídos como estos de países todavía serios, como Haití, cuyo Código Penal castiga el robo del alma por un brujo, así como de conocimientos tan instructivos como que la tumba del reverendo Kirk estaba llena de piedras, lo mismo que las de los zombies, o sobre el disgusto experimentado por gnomos y “gente pequeña” en general ante la sal (élfica prevención en la que reside, sospecho, el origen de la superstición que recela del derrame de la misma sobre la mesa).

El libro –una especie de antología comentada de Joseph Campbell, Frances E. Yates o Ioan Culianu enfocada pensado en quienes jamás comprarían un libro de éstos y escrito con la justa dosis de arte para no ser una obra simplemente “divulgativa”- es, fundamentalmente, una historia del alma y del mundo sutil o intermedio, ese “territorio” donde acontecen los sueños, viven los protagonistas de las grandes sagas religiosas, corretean los genios malignos o benignos, ven colmados sus anhelos los alquimistas y agitan sus élitros los ángeles portadores de mensajes. Muy pertinente es su reflexión sobre cómo la adicción de las masas a la pequeña pantalla reside en su carácter de sustituto adulterado de los mundos paralelos que, precisamente por su carencia de autenticidad y su carácter de caricatura o mera máscara del universo sutil, nunca es capaz de saciar.

Desprendido de su ganga junguiana, el libro es, decíamos, una excelente introducción preparatoria a la lectura de obras de mayor peso y envergadura, como las de Elémire Zolla, Culianu, Raimon Panikkar o René Guénon. Mas también es una invitación a escanear la realidad circundante con pupila animada por un sistema nervioso ajeno al racionalismo. Hay otros mundos, en efecto, pero no dejan de estar en este.

A mí me parece, por ejemplo, que Harpur debiera haber estado semanas atrás en la finca de Luis Francisco Esplá, en cuya plaza de tienta este torero tan singular se midió mano a mano con otro artista de no menos intensos acentos, ídolo en México y a quien aquí –la razón, no se sabe- las empresas no nos dejan ver: Rodolfo Rodríguez El Pana, cuya figura ha inspirado a Pla Ventura su nueva novela: ¡Va por ti! Mientras transcurrían las faenas, sonaba de fondo música de jazz en una tarde en que el molinete –que dicen suerte menor o cante chico- brotó con la máxima enjundia. Y digo que Harpur debiera haber asistido a tan magno evento porque, al menos a mí, cuando veo una vez y otra la película rodada ese día, reconozco en los naturales, molinetes y trincherillas del Pana y Esplá la acción del azufre tratando de fijar la embestida del mercurio. La momia del buey Apis, cuya búsqueda obsesionara y a la que tantísimas horas consagrara Mariette, se le habría aparecido al egiptólogo sólo con abonarse a alguna plaza de su época, que fue la de soberanía de Lagartijo y Frascuelo. Pues lo mismo digo de Harpur. No se me ocurre mejor fuente de inspiración para su próximo libro que un garbeo por las plazas de México, en pos de El Pana, como me lo di yo por estos pagos –y volvería a dármelo- en pos del Sol de Rafael de Paula (todo un filósofo, por cierto, a la alquímica usanza).

Aunque a lo mejor ya es tarde, pues ahora caigo en la cuenta de que El Pana se ha despedido de la afición hace no mucho en Insurgentes. Pero bueno, como ni mucho menos esa despedida ha sido la primera, quién sabe si no podrá Harpur aún sacar entrada de barrera para el ruedo hermético.

Harpur y yo también, claro.

Foto: José Luis Chaín

 

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