Cultura Transversal

La investigación

Posted in Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 25 febrero, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – La parpadeante iluminación soñada por Coppola en Corazonada y la atmósfera onírica y cifrada del Twin Peaks de Lynch fueron anticipadas, en la Polonia de 1958, por Stanislaw Lem en una novela que sólo podía ser escrita en un país donde arreciaba el biruji y la lectura de la prensa resultaba tan soporífera que, por bemoles, debía propagar entre los inquilinos de los bloques de apartamentos comunales la sensación de que había de ser uno mismo quien se pusiera a escribir.

En aquellos años de oro de la Guerra Fría y de proliferación de la especulación ufológica, Lem se convirtió pronto en una referencia de la literatura de ciencia-ficción. Miembro de honor de la Asociación Americana de Escritores del género, sería “irradiado” de la misma tras unas declaraciones demasiado sinceras sobre la calidad de los autores yanquis dedicados al mismo. Hoy, el déficit de calidad se siente uno inclinado a percibirlo más bien entre los lectores. De entrada, asomarse a una novela como La investigación (Impedimenta) plantea todo un reto al lector de la era de internet, para quien dos folios suponen un tocho para leer el cual habrá de encontrar –otro reto- tiempo y concentración durante el fin de semana.

La persecución por un teniente de Scotland Yard de las razones por las que varios cadáveres se habrían esfumado tras reincorporarse –trabajosamente, pero sin ayuda de nadie- de sus camillas en el depósito plantea a Lem una osada perspectiva. Tan insólito suceso, se pregunta, ¿no responderá a una simple cuestión de estadística, cuyo estudio incumbiría a los científicos del futuro, y en absoluto a la policía? Eso de que unos cuantos muertos se levanten, ¿no obedecerá a idénticas causas que la ley de la gravedad, sólo que la ley que rige el fenómeno, por ser raro, aún no ha sido percibida ni estudiada? ¿Fue la resurrección de Lázaro un fenómeno estadístico –eso sí: de escasas probabilidades de cumplimiento- que habría que tratar de comprender en sincronía con los índices de polinización, la pluviosidad o el número medio de bajas en combate en el Oriente Medio de la época?

¿Por qué no? Al fin y al cabo, no hace la especulación de Lem sino recordar al lector algo que no debería nunca dejar de tenerse presente: la existencia de agujeros negros en prácticamente cualquier esquina de la vida, de tremedales invisibles y sin contextura propiamente física en los que podemos plantar –y cada día plantamos- el pie.

De hecho, tras la lectura de esta singular novela, prototipo de los excelentes frutos que podía regalar un adecuado uso del aburrimiento reinante tras el Telón de Acero, me he preguntado si muchos de los más intrigantes enigmas criminales nunca resueltos no permanecerán en ese limbo debido, precisamente, a su condición de mero hecho estadístico raro. ¿Tocaba que sucediera y, simplemente, sucedió? Quizá la historia del asesinato en los Montes Sibilinos de la ex Baronesa de Rothschild, hace más de treinta años, fuese sólo eso, una rutina estadística de insoslayable cumplimiento. Como la circunstancia de que, sólo tres días después de su desaparición, alguien abriera -y vaciara- la caja de caudales de la casa de subastas Christie´s de Roma, cuya combinación ella era una de las pocas personas en conocer. Tal vez esto fuese también un puro, preciso y necesario ajuste de orden estadístico.

Acaso lo fuese, igualmente, la exitosa huida de la RDA de un disidente que, vestido de sargento soviético, logró cruzar la frontera entre los dos Berlín haciéndose acompañar, en el coche que conducía, por tres maniquíes disfrazados de oficiales del Ejército Rojo. Quién sabe si, de haber tenido el tránsfuga, Heinz Braun, cuarenta y siete años en vez de cuarenta y ocho, una desconocida e implacable ley del cálculo de probabilidades no hubiera hecho fracasar su evasión. Y, ¿por qué rechazar de antemano la reducción a mero hecho demoscópico del episodio en que el otro día, hace nada, en un asilo, un anciano la emprendió a bastonazos con su durmiente compañero de cuarto, con quien mantenía un trato cordialísimo?

Cabe aventurar que a ello pudiera dar respuesta, mejor que un autor de ciencia ficción como Lem, uno de novela negra (no sé, Fred Vargas u Olen Steinhauer). Pero no estoy descubriendo nada. Ya la policía francesa convocó en su día a Simenon, pidiéndole poner sus células grises en concurso a fin de esclarecer el asesinato, justamente, de otra Baronesa: Sylvaine de Country, a quien la policía halló en su casa atada, amordazada y con un puñal japonés hundido en la espalda. Y el padre de Maigret no fue de ninguna ayuda.

Quizá, por eso: porque, frente a los fenómenos estadísticos, la lógica detectivesca desembocaría, por norma, en un callejón sin salida. O, ¿qué es, hablando en plata, la propia ciencia demoscópica sino un delirio socialmente aceptado?

¡Gracias, Stanislaw Lem!

Foto: José Luis Chaín
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