Cultura Transversal

Boxeadores, pajaritos, castillos

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 3 marzo, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – No anda uno muy puesto que se diga en literatura centroamericana. De Rubén Darío acá y sin olvidar, claro, a Ernesto Cardenal, creo que sólo portaba en mi bagaje lector la novela de una escritora nicaragüense: El infinito en la palma de la mano, a la que Gimferrer, Caballero Bonald, Luis Mateo Díez, Rosa Montero y Elena Ramírez otorgaron en 2008 el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. Es una recreación novelesca de las peripecias de Adán y Eva, muy naturalista para mi gusto pero también muy entretenida, y que me recomendó y regaló Manolete Loreto, quien, aparte de abastecer del mejor pescado a las más ilustres mesas de Sevilla, anda siempre al día en lo que a arte (literatura, toreo, cante, pintura) atañe. Él, por tanto, me descubrió la novela y la pluma de Gioconda Belli. Y se lo agradecí, pues desde que Edén Pastora dejó las armas y se consagró a filosofar con tanto empeño que acabó teniendo que vender su león y hasta haciendo las paces con Daniel Ortega, la verdad es que tenía uno bastante fuera de foco a Nicaragua.

El hálito centroamericano me lo ha refrescado ahora un libro de cuentos del guatemalteco Eduardo Halfon: El boxeador polaco (Pre-Textos). No está inspirado, avisamos, en la vida de Johann Trollman, el boxeador gitano que fuera una de las estrellas del cuadrilátero en la Alemania nazi y a quien, como era de prever, se hizo pagar con extrema dureza sus éxitos, y cuyo nombre ha salido últimamente en los papeles a cuento de las anuales conmemoraciones del Holocausto. La verdad es que el púgil de estos cuentos, misterioso personaje que “soplaba” a los recién llegados a Auschwitz qué responder en los interrogatorios para evitar pasar a engrosar las filas de los seleccionados para el matadero… El púgil que da titulo al libro, decíamos, apenas hace acto de presencia en él, un poco como Rajoy en la esfera pública que supuestamente le incumbe. De esto último, acaso conozca la razón el canario que, en uno de los cuentos, adivina el porvenir escogiendo con el pico, de entre un montón de papelitos doblados, aquel que contiene el destino del consultante.

No es mal sistema. Al menos, se parece bastante al empleado para atrapar asesinos por los detectives de las novelas de Arnaldur Indridasun. El protagonista de La mujer de verde (RBA) es un repulsivo personaje al estilo del reverendo de La noche del cazador, de Charles Laughton. Tanto en esta como en otra más reciente, Pasaje de las sombras (RBA), el espiritismo juega un papel importante en la resolución de los casos. Quizá, porque Islandia está muy poco poblada y hay que reclutar personal en el Más Allá para completar la nómina de personajes. En ambas se recurre, además, a interrogatorios a enfermos terminales y muy ancianos en un asilo. Una modalidad, en el fondo, de espiritismo suave, por cuanto los testigos tienen ya pie y medio en el otro barrio. Un poco, como preguntar al pajarito del cuento de Halfon.

Pajaritos de más alegre trino anidan, sin duda, en las inmediaciones del castillo de Saint-Chartier. No sé si queda relativamente cerca de Mont-de-Marsan, Arles, Nimes, Dax u otros enclaves taurinos de Francia, lo que, de cara a tomarlo en consideración como lugar de residencia, sería para mí un gran aliciente, pero hemos visto una foto del mismo ilustrando una entrevista a su propietario y, después, leído la novela por él escrita, ambientada en su propia casa, llegando a la conclusión de que se trata de un excelente enclave para escribir y vivir.

Nunca se me ha ocurrido ponerme a hilar una historia de ficción que transcurra donde en ese momento vivo, y la verdad es que debe ahorrar mucho en cavilaciones atmosféricas (sobre todo, si la casa tiene hasta pasadizos secretos). Lo de Ivo Fornesa no puede, sin embargo, ser tachado de pereza de inventiva, porque para escribir El Castillo de Saint-Chartier (RBA) se precisa, como él, haber viajado bastante y haber consagrado tiempo y considerables energías tanto a la vida amorosa como al coleccionismo y a la cata y puntuación de buenos caldos y de manjares sazonados al uso de diversas latitudes culinarias. Además de, en su caso, haber formado filas en la Orden franciscana y el Tercio de Extranjeros, aunque estas dos últimas dedicaciones suyas no dejen demasiada huella en la novela.

No sé decir cuánto tiene El Castillo de Saint-Chartier de película de Berlanga con cameo de Isabel Preysler incluido y cuánto de novela estrictamente policíaca. Peculiar mixtura de Muerte en el Nilo y La escopeta nacional, es toro que toma con nobleza la muleta y regala al ex legionario las embestidas que exige una faena orejeada. Rara avis es Fornesa en la novela negra, pero ave distinta, claro de los pajaritos casi fritos y con apenas un pío de los asilos finlandeses de Indridasun, y aún más distinta y distante en tono del canario de Halfon. Porque, en la novela negra, no valen quiromancias ni presciencias de canario. Hay que tenerlo todo previsto con longividencia de azor. Y Fornesa, como debe ser, con esa convicción desciende, planeando, desde las almenas de Saint-Chartier.

Dos novelas y unos cuentos, en fin, con vuelo y con pegada.

Foto: José Luis Chaín
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