Cultura Transversal

La muerte de Arturo

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 4 abril, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín No sé si S. M. Don Juan Carlos y su parentela más directa recurrirán con regularidad a intérpretes de sueños. Tampoco, si frecuenta la consulta de algún oniromante Javier Castro-Villacañas, el elocuente polemista que con más persistencia vislumbra en sus paisajes, mientras duerme, la caída del cuadro de resortes políticos por él bautizado como régimen juancarlista. Lo triste es que los traductores de sueños a la lengua común empezaron a perder ascendente y peso en la corte –también en la de la literatura- ya en el siglo XV, la centuria en que un almirante genovés plantara las primeras semillas de la Era de la Globalización.

Por eso, si leemos desde su primera página hasta la última La muerte de Arturo, la compilación de novelas griálicas aparecidas durante los tres siglos precedentes llevada a cabo entonces por el caballero Sir Thomas Mallory, y con muy buen ojo incorporada a su catálogo por Siruela, apreciaremos al momento su patente valor como fuente y arca. Pero, también, que el texto fue –diríamos hoy- “editado” por Mallory. En las novelas originales, en efecto, la acción no transcurría en el mundo físico de nuestros desvelos, sino en el universo sutil. Ello resulta patente en la principal misión cumplida en aquellos relatos por los ermitaños, no otra que la lectura de los sueños de los caballeros, pues por el mundo del sueño en realidad viajaban, y por él debían ellos guiarlos… En La muerte de Arturo,, la atmósfera onírica y como irreal de las versiones más antiguas, que emplaza claramente al lector en el intermundo o mundo imaginal, ha desaparecido al haber sido eliminados todos los contenidos de religioso orden (no digamos ya los metafísicos, que convertían la historia en un viaje iniciático). Incluso los paisajes de imposible localización son reemplazados por destinos geográficos conocidos: Londres, Winchester, Rochester, Westminster… ¡Hasta el Papa, aparece! Yo, la verdad, puedo perfectamente “visualizar” a Merlín prisionero de Viviana en el Bosque de Brocelandia, pero en absoluto a Ginebra encerrada en la Torre de Londres. Es la razón del éxito, prolongado hasta el día de hoy, de Mallory: su adaptación a los gustos y los empobrecidos esquemas mentales del hombre futuro.

Lo dicho no es óbice, claro, para que las aventuras –mundanizadas cuanto se quiera- de los caballeros de la Tabla Redonda de Mallory despidan resonancias épicas de las que carecen los sangrientos y aniquiladores videojuegos para cobardes en que consisten las guerras del mundo globalizado.

Aunque sin afán de monitorizar los sueños de nadie, voy a permitirme recomendar, tanto a monárquicos como a republicanos y a fin de que no se tomen demasiado a pecho cuestiones en el fondo de tan escasa importancia, una novela con la que relajarse durante los tiempos muertos del partido que libran y que nos es brindada asimismo por Siruela… Y firmada por nuestra admirada Fred Vargas, nada menos: Los que van a morir, te saludan. Dos horas y media de evasión, una lectura para un viaje corto en tren, un AVE Sevilla-Madrid mismamente o, en mi caso, un crepúsculo lluvioso. Lo que tardan, en fin, en caer una monarquía o una república. Es la única novela de Vargas por mí leída no protagonizada por el detective Adamsberg, pese a lo cual no me ha costado ni esto adaptarme, como, la verdad, ningún tirón muscular me ha causado el salto exigido por el paso desde la Demanda del Santo Grial, anónima guía para oniromantes, hasta la precursora de Ivanhoe que es la summa artúrica de Mallory. El detective no es Adamsberg, ya digo, pero sí, como era de esperar, otro tío raro. Y la protagonista, una mujer muy de Hammett y, por supuesto, con mucho pasado. Y no: aunque la intriga transcurra en Roma, no va de gladiadores.

En todas las novelas de Fred Vargas, las cosas pasan un poco como en la vida misma: porque sí. Y los criminales, como en nuestro día a día, son asimismo descubiertos por idéntica razón: sí, porque sí, y ya está. ¡Intuición, bendito tesoro!

Y, para buenas frases, Fred Vargas. Como que no vienen a cuento, pero vienen:
-Tarde o temprano, los mitos tienen que derrumbarse –dice uno.
-¿Y por qué?
-No lo sé.
Y ahí queda la cosa.

Observación que viene que ni pintada, pues ¿no percibe Castro-Villacañas que un mito se derrumba? Y, ¿no se siente convencido de que se resquebraja no sólo porque sí, sino por ser de cartón piedra? Por eso, sí, quiere -honestamente y dando la cara- contribuir a su desplome. No percibe en la Zarzuela las virtudes de Camelot, como tampoco Camelot era la Casa Blanca del breve reinado de Kennedy, tan excelentemente recreado por David Talbot en La conspiración (Crítica), escenario más de puñaladas traperas que de nobles torneos. En esto, está Castro-Villacañas curtido: en casi todos los debates televisivos en que interviene, aparece el sólo contra tres. Pero allá que va, lanza en ristre como Lancelot. Yo le consuelo recordándole que tres contertulios en contra equivalen a tres toros, con lo que las fuerzas se presentan más equilibradas de lo que parece, pues lo que, técnicamente, está toreando es un mano a mano, no una corrida en solitario.

Que tiene, en fin, más posibilidades de las que parece de cortar orejas. Y ello pese a que, en sus visiones, atisbe Castro-Villacañas al paladín de la Zarzuela disponerse a la lid llevando, a modo de prenda, el pañuelo de la Princesa Corinna en la punta de la lanza. ¡Nunca se sabe! ¡Que suenen las trompetas, y que Dios reconozca a los suyos!

Foto: José Luis Chaín

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Una respuesta

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  1. abajolatirania said, on 4 abril, 2014 at 1:34 pm

    Genial, como siempre.


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