Cultura Transversal

Posadas y fantasmas

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 10 abril, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Hay una posada en Gales, a decir del viajero de un cuento de Charles Dickens, con una habitación en la que se suicidó con veneno un huésped. Desde entonces, quien duerme en ella –o dormía, pues hablamos del siglo XIX- despierta oliendo a láudano. El viajero es tímido y no lo dice al posadero, pero no hacía falta: el dueño del alojamiento anda al tanto desde hace años, como más que habituado está a escuchar a sus clientes sentarse junto al fuego a narrar historias, preferentemente de fantasmas, mientras fuera cae la nieve y el frío hace parpadear el gas de las farolas. Y es que eran mucho más entretenidas las posadas antaño, con anterioridad a su cambio de nombre por el de moteles y su muda en lugares donde el viajero, tras estacionar el coche en su aparcamiento y registrarse en recepción, se encierra en su cuarto a dormir, ver la tele o enredar con el Facebook. Daban más juego, no hay duda, cuando los viajeros iniciaban una ronda de cuentos en torno a una botella de ron y unas salchichas asadas, costumbre y gusto que inspiraron a Dickens y Wilkie Collins muchos relatos, algunos de los cuales hemos disfrutado con la lectura de Cuentos de viajeros y posadas (Navona).

Yo también creí sentir la presencia de un fantasma una noche que me alojé en el Hotel La Perla, y quise imaginar que sería el de mi abuelo, que siempre dormía allí cuando toreaba en los Sanfermines. De hecho, desde niño escuché en mi familia, de los más mayores, historias de un tiempo no lejano en el que los muertos se aparecían a los vivos. También, sin salir del mismo ambiente, he conocido casos de bilocación, de personas que han sido vistas, al mismo tiempo, en distintos lugares.

En realidad, estas son creencias propias de toda sociedad normal y que sólo pueden resultar chocantes en medios completamente cenutrizados por el racionalismo, así que no me ha pillado de sorpresa el hecho de que, en los relatos sobre espectros debidos a la pluma de Okamoto Kido (1872-1939), éstos sean “analizados” y tomados en cuenta en calidad de entidades cuya existencia objetiva no discute nadie. Ninguno de estos relatos había sido publicado más que en lengua japonesa antes de su inclusión en Fantasmas y samuráis. Cuentos modernos del viejo Japón, lanzado por Quaterni. El autor -narrador, dramaturgo y articulista, hijo del secretario de la legación nipona en Londres y nieto de un samurái- se familiarizó desde la infancia con la literatura inglesa y fue muy influido por Conan Doyle, si bien sus historias denotan, ante todo, genio propio y buen conocimiento de su cultura tradicional, ya en decadencia.

Sus kaidanes o historias de fantasmas, aparte de fascinar con ayuda de sólo un puñado de líneas con la figura de Yomoshiro, el samurái errante, versan sobre almas atrapadas en espejos, guerreros sabios en la predicción del futuro a partir de la fisiognomía, muertos que suplantan a vivos, comensales que vaticinan la muerte próxima de un invitado y cangrejos obedientes a oscuras fuerzas del intermundo.

El de las dos doncellas que siguen cada noche el rastro a dos mariposas lo leí coincidiendo con la cotidiana invasión nocturna de mi alcoba por dos polillas integrantes de la migración que, camino de Escandinavia, nos visitó a primeros de verano. Me hubiese encantado partir con ellas, a Escandinavia o a donde fuese, porque me siento atrapado en un país aburrido y sin expectativas y, desde hace años, muy mediocre y nada interesante. Sí, es cierto que a menudo les recuerdo que peor se pasaba en el gulag o huyendo de la Gestapo o en la guerra civil o en las hambrunas que devastaron China, pero lo digo más que nada por animarles un poco. Lo cierto es que, fuera de los márgenes de lo gastronómico, este país ha perdido hace tiempo todo atractivo.

¿Cómo se puede vivir en un lugar en cuyos pozos y espejos no hay fantasmas? La otra tarde, en La Bodeguita de San Juan, Juan Maya describió a la perfección el estado de cosas reinante: “Te encuentras con gente, les hablas en un idioma inventado y… ¡No te entienden!” Este tan negro cariz, en efecto, están tomando las cosas. Gente sin aura puebla las calles, plebe tan apesadumbrada y abotargada que no más que indiferencia puede sentir en caso de verte blandir ante sus ojos la katana. Los pájaros no hablan, los humanos babean ante los televisores, las casas acusan falta de fantasma, todas las mujeres tienen hijos de otros y, para hacerte una idea por vía literaria de lo que es la vida, has de leer a un autor de cuentos nipón ya fallecido. Iba a decir aquello de que paren el tren, que yo me bajo. No hace falta. ¡Yo salto!

Fotografía: José Luís Chaín.

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