Cultura Transversal

Jacqueline Picasso y las cuatro esquinitas

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 30 abril, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – En el prólogo a La verdad sobre Jacqueline y Pablo Picasso (Elba), de la reportera de Paris-Match Pepita Dupont, Clara Pastor cita a Jacqueline: “A la gente no le gustan las personas que se quieren”, la escuchó comentar. Y es verdad. Por lo común, en el orden profesional y crematístico, suelen rodar peor las cosas a aquel que vive y duerme con la persona por él amada que a quien soporta en la cama y a la mesa la presencia de un bulto indeseado. Y es que el amor tiene eso, que ipso facto levanta polvaredas de envidia. Y por eso mismo cotiza poco en bolsa y, por lo general, es derrotado.

Yo no sé cuánto amaría Jacqueline a Picasso, pues eso de que él era “el joven más guapo del mundo” y “la vieja era yo” suscita al momento la media sonrisa irónica y la -por diplomática- manida frase de que Fulana se enamoró de Mengano “por su talento”, “por su inteligencia”… Pero no me queda sino conceder a Jacqueline Picasso el beneficio de la duda si me viene a la mente una sentencia de mi abuela:
-Tú nunca serás viejo –me dijo una vez-, porque tienes ilusión. Y, quien tiene ilusión, nunca envejece.

Espero que tuviera razón. Creo que sí.

Jacqueline Picasso se suicidó con una pistola. ¿Porque sentía ser ella la vieja? ¿Por haberse quedado atrás tras el paso de su esposo al Otro Lado? En aquella época arrastraba problemas con el alcohol y acababa de sostener una fortísima disputa con su hija. Nunca es fácil y resulta siempre delicado apuntar –mucho más, juzgar- las razones del suicida. Ya de jovencita, leemos, se le saltaban las lágrimas a Jacqueline leyendo caligramas de Apollinaire, un poco como si te sobreviniera la llorera extática ante la contemplación de un tenedor (trance sólo conmovedor y comprensible en el caso de que el contemplativo arrastre quince días de ayuno). Y se nos cuenta también en el libro que, ya el día de su primera boda, el frío congeló en la pila de la iglesia el agua bendita, habiendo el cura de romper con un martillo la capa de hielo, lo que no parece un buen presagio, ciertamente.

Añádase que, después de muerto, Picasso se le aparecía a Jacqueline no sólo en los sueños, cosa bastante normal, sino también en los cócteles, y que al parecer era asimismo visto por otros. Tampoco puede extrañar esa omnipresencia póstuma, si se repara en que Pepita Dupont retrata una atmósfera absolutamente “invadida” por la figura ausente del pintor: si te llevas a la nariz un cleenex y lleva la firma de Picasso, si vas a limpiarte con la servilleta y luce bordado un toro de Picasso, si coges un cenicero y allí sigue el pitillo que dejó a medio fumar Picasso, si pasa por tu lado el gato y te aclaran que es el que pintó Picasso en tal lienzo… raro sería hundir la cuchara en la sopa y no ver, en el fondo del plato hondo, la cara de Picasso.

El libro de Pepita Dupont, escrito desde la tan respetable como desmedida admiración de su autora por la persona de Jacqueline, transcurre sembrado de anécdotas a retener: Picasso luciendo el tocado piel roja regalo de Gary Cooper, Picasso negándose hasta el último momento a asistir al estreno en Cannes del documental sobre él rodado por Clouzot… Si en otros libros el pintor es presentado como un tirano ególatra, este, como para equilibrar la balanza, nos lo retrata como poco menos que un santo varón. Seguramente, en el justo medio resida lo más parecido a la verdad.

Ajustes de cuentas y controversias aparte, me ha alegrado saber que Picasso bendecía cada noche el lecho salmodiando el Cuatro esquinitas tiene mi cama … A mí, hace años, don Antonio Bellón, dibujante y cronista de toros en Dígame , destetado como aficionado en los días de José y Juan, me regaló precisamente una pintura con ese motivo, sólo que en ella, contraviniendo las enseñanzas de Roma, los angelitos ocupantes de cada esquina son Cagancho, Gitanillo de Triana, Rafael de Paula y Curro Romero. Bellón se permitió, incluso, la transgresión de añadir, en el centro del lecho, un quinto angelito tocado con montera blanca: Rafael Albaicín. No es un Picasso, ya lo sé. Es un Bellón. Pero su valor sentimental tiene para mí. Además, por lo menos estoy seguro de que nadie va a apuñalarme por hacerse con él ni voy yo a suicidarme mirándolo.

Y menos, tras haber leído el libro de Pepita Dupont, que es de los que dejan a uno con buen sabor de boca.

Foto: José Luis Chaín

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