Cultura Transversal

Jan Karski y las armas químicas caseras

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Literatura by paginatransversal on 8 mayo, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – El abuso del eufemismo por políticos y profesionales de la información no es algo sólo por mí denunciado. Anda desde hace años en ello, por ejemplo, mi corresponsal de guerra favorito, Robert Fisk: les remito a su recomendable selección de crónicas La era del guerrero (Destino), donde pone acento en cómo en los conflictos militares, dependiendo de quién mate, el asesinato es eso -un asesinato- o… una “muerte selectiva”. Muy pertinente, por cierto, su subrayado de cómo la eliminación de un niño por un pederasta nunca recibe dicha calificación, pese a haber sido la víctima más que cuidadosamente seleccionada por el brutal ejecutor de turno.

En este clima semántico, leemos también con fastidiosa frecuencia –remito otra vez a Fisk- avisos sobre las “armas de destrucción masiva” en riesgo de acabar en manos de “terroristas suicidas”. Nadie parece reparar en que ningún suicida ha empleado ni empleará “armas de destrucción masiva”, pues, de usarlas, su suicidio carecería de justificación. Si el kamikaze se inmola es, evidentemente, por la limitada potencia de los explosivos por él portados en la guantera o el pecho. Curioso, también, cuanto huele a gas sarín. Sobre todo, porque son ya varios los investigadores y periodistas prematuramente fallecidos en violentas -no sé si “selectivas”- circunstancias justo tras publicar informaciones muy incómodas para los guardianes de la libertad sobre la procedencia y los remitentes de ese gas, siempre de tan oportuna aparición cada vez que toca defenestrar regímenes tercermundistas.

Aparte de que luego, y pese a que tanta gente afirme y asuma su detección, esas “armas de destrucción masiva” raramente salen a la luz. La ira suscitada por su a menudo dudosísimo “hallazgo” resulta, por lo demás, insólita si se recuerda cómo Estados Unidos y otras naciones de Occidente –incluida España- se frotaron las manos de alegría al vender, en el pasado, buenas partidas de esos mismos mortíferos ingenios a Saddam Hussein. O cómo Jan Karski, mensajero de la resistencia polaca contra los alemanes, se desgañitó durante meses presentando a las autoridades aliadas pruebas de lo que estaba sucediendo en los campos de exterminio nazis sin que nadie se molestara en tomar al respecto medida alguna. Y es que muchas y muy letales armas de destrucción masiva no salen de laboratorio alguno. Son de fabricación casera.

Pocas escenas he leído tan estremecedoras, por su descripción de las cotas de vileza que la brutalidad humana puede alcanzar, como la del “traslado” de confinados judíos desde el campo de Izbica-Lubelska, en la Polonia ocupada por el III Reich, hasta… ninguna parte, relatado por él en su Historia de un Estado clandestino, clásico del género inédito hasta ahora en castellano. Los infortunados eran introducidos a culatazos y literalmente a presión, hasta formar una masa crujiente, inmovilizada y desvalida, en vagones de ganado cuyo suelo había sido previamente alfombrado con una capa de cal viva. La idea era que las gotas de sudor de los desdichados la hicieran reaccionar, provocando así la abrasión de sus cuerpos. Tras permanecer el tren estacionado en tierra de nadie durante un par de días, los SS abrían las puertas de los vagones y procedían a enterrar en una fosa la macabra carga. Todo, muy higiénico. ¡Nada de contaminar la Naturaleza! Ya podían volver a recoger otro envío.

La existencia de estas armas de destrucción masiva (el tren y la cal) empleadas a conciencia contra los judíos y gitanos de Europa no ha sido descubierta ahora, con la publicación por Acantilado de las memorias de Karski, el centenario de cuyo nacimiento acaba de cumplirse. Mucho antes del fin de la guerra, en noviembre de 1942, Karski explicó en persona a la prensa inglesa y americana, a Eden, a Roosevelt, a Naciones Unidas y a diputados británicos lo visto por él en el gueto de Varsovia y en Izbica-Lubelska. “En Londres”, escribió después, “todo esto tenía poco peso”. Espantado, Szmul Zygielbjorn, dirigente socialista judío de Polonia, se suicidó en enero del 43 en Londres para protestar por la indiferencia y pasividad de los prebostes aliados ante la suerte de los conducidos a los campos nazis. Cuando, tras la guerra, muchos supervivientes del Holocausto preguntaron a sus líderes en Occidente, que no habían padecido en sus carnes el desastre y ejercían influencia sobre los gobiernos aliados, por qué –por ejemplo- no habían sido bombardeadas las vías férreas que conducían hasta los campos, la evasiva respuesta fue, casi siempre, que esa munición era más útil en el frente.

¿Por qué razón Londres y Washington no movieron un dedo para acabar con aquellas armas de exterminio a granel, de cuya existencia –no como de las de Iraq y otros lugares- no les cabía duda? Un misterio. Lo mismo que debería serlo el hecho de que, como en su momento ha señalado Thorjorn Jagland, Presidente del Comité Noruego del Nobel, los países más insistentes en la eliminación de armas químicas… ¡sean los que mayor número de ellas fabrican y guardan en sus arsenales! Lo dicho: un misterio.

Foto: José Luis Chaín

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