Cultura Transversal

El hotel de Robert De Niro

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Literatura by paginatransversal on 14 mayo, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín Mi admirado Robert De Niro acaba de inaugurar en su edificio de Tribeca un apartamento de lujo concebido, en sus propias palabras, “como una obra de arte”. Me entero de ello por un artículo de Toni García en El País, donde leo que del diseño de interiores se han ocupado “el Axel Vervoordt y Tatsuro Miki, con especial incidencia de la estética wabi japonesa”. Ni idea de quiénes son “el Axel Vervoordt y Tatsuro Miki”, pero deduzco que gente que percibe altos emolumentos por su trabajo, pues pernoctar en tan pijo y exclusivo penthouse cuesta doce mil euros por noche. No se aceptan reservas por menos de tres fechas y, según leo, ya han cerrado alguna que otra.

Por nada del mundo gastaría, lo admito, esa cantidad en ocupar un lugar sólo para dormir, ducharme, tirar de la cadena del inodoro y ver un rato la tele. No niego que entre sus paredes pueda pasarlo uno muy bien, pero por experiencia sé que la diversión es algo que a menudo sale barato, cuando no gratis. Por lo demás, la simple cuenta de la vieja arroja la evidencia de que, por treinta y seis mil euros, te puedes llevar más de una obra de arte a tu casa y para siempre, sin conformarte nada más que con reclinarte, hacer tus impertinencias o leer cerca de ella –o en ella- durante sólo tres días.

Quizá el protagonista de Érase una vez en América crea que su oferta (“una atmósfera agradable donde la gente se sienta a gusto”) vale lo que por ella pide. Como me siento muy a gusto y en una agradabilísima atmósfera tomando una cerveza en una terraza de la Plaza de Santa Ana, donde nadie me cobra treinta y seis mil euros, yo, claro, discrepo. Pero reconozco que haría lo mismo en caso de hallarme en la piel de Robert De Niro, pues es un hecho que el mundo está repleto de tolilis, exhibicionistas y fetichistas, y el éxito de la nueva iniciativa de Robert prueba que éstos no precisamente escasean entre la gente bien provista de dinero para gastar a espuertas.

No sé, voy a ver si con los mimbres a mi alcance puedo montar algo parecido, aunque no sea tan wabi. La verdad es que me encantaría. Mismamente, el protagonista de La historia de mis dientes< (Sexto Piso), la nueva novela de Valeria Luiselli, la forma gorda con muy escasos medios. No he hecho, como él, un curso intensivo de iniciación al arte de la subasta con el maestro Oklahoma de la Zona Rosa del D. F., pero sé contar hasta diez en mongol (como él en japonés). Algo, pues, tenemos relativamente en común. Tampoco he comprado ni me he hecho implantar, como él, la dentadura de Marilyn. Me he conformado con un par de piezas sin –por el momento– valor histórico proporcionadas por los laboratorios Prótesis de Madrid e implantadas luego en mis encías en Zaragoza, la Ciudad del Pilar, por el doctor José Chamorro, maestro en las técnicas cabalístico-odontológicas de su antepasado Abraham Abulafia. Pero, si el personaje de la novela puede hacerse con una buena colección de dentaduras famosas –de Platón, de San Agustín, de Rousseau…- y, luego, venderlas a buen precio en pública subasta, ¿por qué no Robert De Niro o yo mismo?

Sopeso lo antedicho mientras camino por la narración de Luiselli, escrita con esa soltura natural de quien desenrolla sobre la mesa una novela como un charlatán vende mantas en la feria de Talavera, pero intercalando, además, frases brillantes (o, por lo menos, con brillo: de poder ser permanentemente mordaz durante ciento treinta y cuatro páginas, no cualquiera puede presumir). El oficio de subastador requiere ese don, pero también el escritor, para meterse en su piel, ha de tenerlo… Además, claro, de voz propia. No basta con la potencia y carrerilla que distinguen a la del subastero.

Lo peor que puede suceder a un novelista es perder de repente (o poco a poco, da igual; ya puestos, mejor del tirón) ese eco propio, cosa que ni deseo ni parece que vaya a pasar a Valeria Luiselli, pero es lo que, precisamente, ocurre al protagonista de La voz, de Arnaldur Indridason, publicada en su Serie Negra por RBA. Cuando a un niño prodigio se le desvanecen las maravillosas dotes canoras de que hace gala en el coro de la iglesia y justo cuando va a iniciar una exitosa gira por Noruega (lo que, para un islandés, es la bomba), lo normal es que la vida se le venga abajo y acaben entremetiéndose en ella de modo inopinado rijosos coleccionistas de vinilos, secretos de familia, pederastas que no comprenden que el efebín ya ha crecido, prostitutas enganchadas, un Papá Noel asesinado y hasta un niño muerto años atrás y cuya ayuda será vital para resolver el caso… de la próxima novela (Pasaje de las sombras). Al final, como siempre, todas las pistas conducen hacia la enfermedad más venenosa y con más víctimas en su haber de toda la Historia: la envidia.

Me han gustado las dos novelas, pese a no haberlas leído en el penthouse de Robert, cosa que en absoluto me hubiera desagradado, pues, como decía, considero la envidia una lacra cuyas embestidas sortear y nunca un sano ejercicio. De hecho no me importaría nada asociarme con él en el hotel de Tribeca o proyectos de similar índole. Tengo Facebook. Así que Robert, si lees estas líneas, mándame si quieres una solicitud de amistad. Te agrego con mucho gusto. Más adelante, todo se andará.

Foto: José Luis Chaín

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: