Cultura Transversal

“Duquende”: dulce veneno

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Literatura by paginatransversal on 30 mayo, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – En la novela policíaca, está de moda el recurso a la imagen de una mujer negra tocando desnuda el saxo. Lo usa Charlotte Carter en El dulce veneno del jazz (Siruela). Y creo recordar haber leído también una escena similar, hace poco, en una novela de Padura, aunque, si me paro a pensarlo, no sé si la negra cubana –la otra es de Nueva York- era un chelo lo que tocaba… Además de en su casa y para estímulo de sus amantes, la protagonista de la intriga de Charlotte Carter toca también el saxo en la calle –vestida- y lo hace por afición, como el amigo Malik Yaqub, recientemente partido al Paraíso, que amenizaba con su música el paso de los transeúntes por la Plaza de Callao, si bien no por gusto, como la chica de la novela, sino –como suele ocurrir a los genios- a fin de poder pagar la pensión de esa noche a la casera.

Para llegar a la Plaza de Santa Ana y, claro, a Casa Patas o Cardamomo, resultaba inevitable pasar ante Malik. La música soplada en su saxo por el antiguo músico de la Corte de Haile Selassié de Etiopía y viejo camarada de Malcolm X era como el peaje a franquear no para encontrarte a solas con una beldad de ébano melómana y sin ropa, pero sí para acceder a la degustación auditiva de los sonidos negros del arte de Manuel Torre. No al santuario donde se bebe el veneno del jazz, sino al suministrador del dulce curare del flamenco, por más que Populart o el Café Central queden a tiro de flecha de Casa Patas.

Ya Malik convertido en leyenda urbana y acabada con placer la lectura de la novela de Charlotte Carter, tomamos asiento en el Patas a escuchar a Duquende, cuyos melismas enganchan como engancha la prosa de la narradora de la Gran Manzana y cuyo enorme carisma y talento cantaores se nos revelaran por primera vez, hace ya años, una noche en el San Juan Evangelista en que actuó como componente de la banda de Tomatito. Ha vuelto Duquende a Madrid, donde siempre se le espera, con el carcaj bien cargado. Duquende, cuya voz aguardentosa no solapa que posee una de las gargantas en verdad privilegiadas del escalafón flamenco (una rara avis como Juan Antonio Salazar no se recata en afirmar que es uno de los poquísimos cantaores dotados para cantar sus composiciones sin traicionarlas)… Duquende, les decía, pegó unos cuantos flechazos por siguiriyas, Levante y tangos que los heridos por ellos tardaremos en olvidar, por no decir que nos dejaron convalecientes para los restos.

Acompañado por la guitarra cómplice de José Andrés Cortés, fue el suyo un recital con enjundia, sembrado de momentos rajados de emoción y, ante todo, el retrato melódico y al carboncillo de una indiscutible figura del cante bendecida con el don de la afinación. Es en verdad un lujo para el aficionado la posibilidad brindada por Casa Patas de disfrutar en petit comité del duende de artistas de este renombre, y más si, como en Duquende es norma, arriesgan, exponen y se juegan el todo por el todo en cada intuición y quejido.

Dulce veneno, el del flamenco. Crea adicción, como la crea Nanette, la chica del saxo que en la novela de Carter sueña con volver a ver París. Nosotros no hemos estado nunca en París, pero volveremos a escuchar a Duquende siempre que podamos, porque con cada sueño especiado que le brota del paladar está escribiendo una página de oro del cante gitano de nuestro tiempo… Lo que no es poca cosa.

Foto: José Luis Chaín

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