Cultura Transversal

Marineros en tierra

Posted in Arte Taurino, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 15 junio, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Mientras una millonaria caía asesinada a tiros en Mónaco y un general thailandés los ponía sobre la mesa en Thailandia, yo estaba en Casa Patas, en la presentación de las nuevas producciones discográficas flamencas de Universal Music, nada menos que descubriendo a un cantaor al tiempo que, en las Ventas, a más de uno se le revelaba un torero en el Talavante que estaba formándola en la arena con un toro de Montalvo. Es decir, que no me falta coartada. No tuve nada que ver ni con el crimen del Principado ni con el golpe de Bangkok. Lo más estruendoso a que en tan intensa semana asistí fue a la toma de medidas por Michael Wade a Morante de la Puebla, que pronto se incorporará a la galería de figuras del Museo de Cera de la Plaza de Colón. El photocall se montó al lado de la sala dedicada a la II Guerra Mundial y, al tiempo que los fotógrafos disparaban sus cámaras para captar la imagen del matador, sonaban como música de fondo Lilli Marlene, fragmentos de un discurso de Hitler y el fragor de las bombas lanzadas por las escuadrillas nazis sobre Londres.

Mas volvamos al Patas. Israel Fernández fue presentado por su discográfica como un joven “cantaor camaronero”. Joven, desde luego. Pero lo de camaronero, no me lo pareció. Más allá del hecho de que cualquiera que, de mi edad para abajo, quiera ser cantaor forzosamente lucirá un cierto barniz derivado de haber crecido escuchando el cante de José Monge, Israel Fernández –acompañado por Johnny Jiménez, una de las guitarras con más personales destellos de la nueva hornada- me recordó sobre todo, en su magno e impactante cante por soleá, a Caracol, a Mojama e incluso a Porrina. Y en la bulería, le percibí acentos más de la casa de los Rubios que de Camarón propiamente dichos… Cosechó Israel Fernández a puñados los olés en esta velada donde ofrecieron también pinceladas de sus nuevos discos una cantaora ya cuajada y de peso (Montse Cortés), otra para quien este álbum supone el paso adelante hacia la primera fila (Mari Ángeles Fernández) y un tocaor solista de dinastía en cuyo pulsar armonizan la elegancia y musicalidad de su casta: Juan Habichuela Nieto. Y, junto a las dos cantaoras, la guitarra de solera de Paco Heredia.

De ahí, tras los pinchitos, cañas y felicitaciones, pasamos al piso de arriba, donde en la Sala García Lorca protagonizó un completo y rotundo recital un Paco del Pozo a quien secundó la guitarra de un tañedor cuyas yemas gustan –y lo agradecemos- de evocar las formas y querencias de Melchor de Marchena: Antonio Carrión. Hacía tiempo que no escuchábamos en directo a Paco, que se expresó como el cantaor valiente, conocedor y de gusto que siempre ha sido y denotó haber ganado mucho en dominio escénico. Ortodoxo, entregado, devoto de los grandes maestros del cante, la afición siguió embebida el trazo de su muleta durante toda su enjundiosa actuación y sin, al término de la misma, poder expresarle su devoción de mejor modo que despidiéndole en pie y entregada en cerrada ovación.

Luego, tan lejos de los polvorines de Bangkok como de los tapetes de Montecarlo, en el templo del cante ya cerrado hasta el próximo oficio cultual, la noche se prolonga entre amigos. Aparece Pepe Luis Carmona, a quien no veía desde que se fue a Granada. Aparece Enrique Jiménez Furu. Aparece Lisardo. Aparecen Juan Antonio Salazar y Bandolero… Transcurren las horas y llega la del regreso a casa. Me encamino hacia la Gran Vía tarareando mentalmente Flamencos de ayer, el viejo Rumberos de ayer de Beny Moré adaptado por Turuta para recordar a los bustos del flamenco desaparecidos: Caracol, Camarón, Sabicas, Morente, Ray, Chano Lobato… y pensando en el libro ya empezado que, si las pestañas no se me cierran antes de tiempo, me aguarda en el lecho: Relatos del mar, una antología de vivencias en el océano publicada por Alba Editorial, pasajes debidos a Poe, Conrad, Baroja, Hawthorne, Dickens, Galdós, Kafka y hasta Winston Churchill.

Incluye las memorias de un esclavo huido y las de un negrero, Hugh Crow, que evoca los rituales que su piloto africano llevaba a cabo para propiciar el éxito de la empresa antes de levar anclas: arrojaba brandy, carne de vacuno y pan al mar, a modo de ofrenda a los tiburones, considerados animales sagrados que debían proteger en su viaje a los tratantes de hombres. Nos preguntamos si, como la localidad de Fairfield en el cuento de Middleton, uno de los dos dedicados en el libro a buques fantasma, no será Madrid una ciudad donde los espíritus encarnados convivimos con los desencarnados con toda naturalidad y si será por babor o por estribor por donde habrá que verter el brandy a fin de que los escualos concentren los bocados de sus temibles mandíbulas lo más lejos posible de uno. Preguntas, en fin, de cinco de la mañana y de quien -sabedor de que los antiguos egipcios no lo consideraban parte de la Creación, sino su sobrante- teme al mar. ¿Cómo conjurar sus sordos peligros? ¿Con los chotis castizos clavados por tangos por Paco del Pozo? ¿Con la soleá de Cádiz vibrante en la garganta de Israel Fernández? ¿Con los aires de Las Grecas grabados por Montse Cortés?

¡Ya llega el vehículo de la EMT a cargo de la tarea –tan digna de encomio- de recoger a los noctámbulos! Mano al bolsillo interior de la chaqueta. Bonobús que te crió. Y la pregunta queda en el aire, que, pese a ser madrileño y urbano, sabe extrañamente a sal.

Foto: José Luis Chaín

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