Cultura Transversal

“Pansequito”, Eduardo Halfon y eso de la identidad

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín by paginatransversal on 21 junio, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Las reflexiones e ironías acerca de los caminos secundarios, puertas falsas, ventanas cegadas y trampas chacoteras proliferantes en los predios de la atmósfera cultural, étnica y religiosa heredada son uno de los baluartes de la narrativa de Eduardo Halfon, hombre de letras nacido en Guatemala y cuya prosa es de las que de verdad regalan disfrute a uno (o a uno de mi talla de camisa, por lo menos). Libros del Asteroide le ha publicado Monasterio, novela corta y de delicado trazo que de algún modo se superpone a El boxeador polaco (Pre-Textos), pues los lances y personajes de una –como en posesión del don de atravesar las paredes- reaparecen en la otra. Diríamos, además, que refleja una tentativa de taxonomización de los muchos espacios en blanco aún –siempre- pendientes de relleno en el mapa de la experiencia cotidiana que, por conveniencia y convención social, llamamos realidad. Pero es también –lo avisábamos al principio- una reflexión sobre qué significaría realmente ser judío cuya lectura nos depara dos sensaciones: la primera, el placer que nos supone recorrer los escenarios y situaciones concebidos por Halfon; la segunda, lo triste que, en el fondo, ha de ser la vida de quien se ve privado de la normal convivencia con sus ritos ancestrales y, por consiguiente, del espontáneo recurso a los puntos de referencia vitales por ellos propiciados y sumido, como es lógico, en un mar de dudas acerca de eso que llamamos las señas de identidad. La sensación segunda es nuestra, por supuesto, pero no necesariamente de Halfon (y nos parece obvio que en absoluto del protagonista de su historia).

Sin embargo, no todas las vidas son de papel y abundan en los derredores de cualquiera los referentes nada literarios –por el contrario, bien palpables- que, pongo por caso a Pansequito, son fiel exponente y ejemplo en carne viva de lo poquísimo que merece la pena esa aceptación pasiva de la disolución de los propios perfiles. Pansequito es gitano, piensa gitano, siente gitano y vive gitano, sin zarandajas y sin buscar explicaciones políticamente correctas o de corte psicológico a tan sencillo hecho. Por eso, sin necesidad de celebrar el Día del Gitano, ni el Día de la Mujer Gitana ni el Día de la Mascarilla Para el Pelo Gitana, canta gitano. Canta, pues, natural… Y con la virtud de haber sido siempre el mismo artista. El Pansequito que, en la niñez, correteaba con Camarón y Rancapino entre las casetas de la Feria de Sevilla o en la adolescencia hacía con ellos de gancho para el bingo que tenía Curro Romero era el mismo que cantaba en la compañía de Gades, rompía todas las expectativas comerciales encaramándose a las listas de éxitos con un disco flamenco o al reclamo de cuyo nombre se abarrotaban en los 80 y 90 los festivales de Andalucía.

La gran virtud de Pansequito es su sello, su condición de cantaor de acentos bien fraguados. Y su don para la sorpresa: te remata el cante donde menos lo esperas. Así lo hizo en su reciente recital en la Sala García Lorca de Casa Patas, en cuyo escenario le precedió la noche anterior la mujer con quien desde hace tantos años forma pareja sentimental y artística: Aurora Vargas. De hecho, bastantes de los presentes en su velada habían asistido horas antes al triunfo de una Aurora que, si en sus comienzos logró nombradía por el colorido que imprimía a los cantes festeros, hace tiempo que se ha convertido, además, en una cantaora larga y conocedora y de peso en estilos como la siguiriya o los tientos.

Sonó a la izquierda de Pansequito la guitarra de Manuel Valencia, quien meses atrás inspiró, en esta misma sala, el cante de Jesús Méndez. Es lo que pasa con el flamenco: que, como en las novelas de Eduardo Halfon, personajes y situaciones no es raro que se repitan… Para bien en este caso, pues nos encanta ese toque tan refinado como seguro de Valencia. También jerezanos los palmeros: Chicharro de Jerez y Rafael Junquera, orfebres de la patada por bulerías. Y allí, arropado por tan flamante terna, llegó, vio y triunfó, en fin, Panseco, quien brilló por su proverbial sabor en el decir por soleá y en sus retos por siguiriyas, terminando de encender a los aficionados -que sembraron de olés toda su intensa y redondísima actuación- con esas bulerías suyas arenosas, ocres, pringadas en sal y navegantes sobre su personalísimo sentido del compás.

Pansequito, que es uno de los grandes cantaores de nuestra época, expresó nada más tomar asiento su convicción de que el cantaor debe terminar su carrera en los lugares y ante los públicos donde la empezó y que le consagraron: compareciendo, en suma, ante auditorios quizá más reducidos de aforo, pero donde se valoran la pureza y la autenticidad. Eso es algo que me gustaría decir, si es que algún día llego a conocerle, al protagonista de la novela de Halfon: que a cada hombre le está destinada su propia Tierra Prometida, pero esa Tierra Prometida no se encuentra en el futuro, sino en el origen, en el ritmo ancestral que fue génesis de su más remota genealogía. Nunca se lo diré, claro, pues para ello habría de convertirme en un personaje literario y coincidir, además, con él en la misma novela. Lo cual –estoy de acuerdo con ustedes- me parece algo altamente improbable.

Foto: José Luis Chaín

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