Cultura Transversal

Una cuestión de “photoshop”

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 29 junio, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – No es raro que los pensamientos se me encaminen de cuando en cuando hacia Pakistán, mas por no otro motivo que el lugar de preeminencia ocupado en mi cuadro de gustos musicales por el ghazal, estilo en que fueran geniales maestros Ghulam Ali o Nusrat Fateh Ali Khan, y el pop de la tierra, difícilmente desgajable de dicho género tradicional y representado hoy por bellezas como Hadiqa Kiani. Porque, hablar sobre –o pensar en- Pakistán desde otros ángulos es sencillamente, a no ser que se sea muy aficionado al cricket, meterse en camisa de once varas. Baste recordar que, cuando este artículo vea la luz, hará poco tiempo del lanzamiento de dos ataques –con lanzagranadas y en menos de cuarenta y ocho horas, se dice pronto- contra el aeropuerto internacional de Karachi.

Una de las voces con eco que en verdad pueden reflexionar y argumentar con autoridad y conocimiento del paño acerca de la realidad pakistaní más allá de lo musical y lo deportivo es, sin duda, la de Ahmed Rashid. Su nueva serie de ensayos ha sido publicada -lo mismo que la previa (Los talibanes)- por Península y lleva por título Pakistán ante el abismo. El futuro de Estados Unidos, Pakistán y Afghanistán. Ahmed Rashid es un crítico incisivo y duro de la sociedad a que pertenece. Y la suya es una pluma con argumentos, cargada de sensatez y ánimo regeneracionista. Mas no olvidemos que vive allí, en Pakistán, y, por tanto, ciertas omisiones y compromisos semánticos, así como el constante recurso al eufemismo, constituyen prácticas deontológicas de obligado cumplimiento si se desea conservar la cabeza sobre los hombros.

O quizá, no. Quizá, a fuerza de recurrir al eufemismo, esa variante occidental de la autocensura que tan imprescindible fuera en su día a los escritores soviéticos, Rashid haya terminado por convencerse a sí mismo de que en realidad funciona por ahí una organización llamada Al Qaeda, de cuya existencia, si somos honestos, reconoceremos que nadie nos ha proporcionado todavía la menor prueba. Pasa igual que con el vocablo talibán. ¿No tiene usted, lector, la punzante sensación de que es empleado un tanto indiscriminadamente, como si se calificara con él a grupos e individuos tal vez muy distintos y distantes entre sí en muchos respectos? Qué extraña es -¿no?- esa organización “carente de jerarquías”, pero cuyo “número uno” es abatido en no sé dónde, cuyo “número dos” ha sido “localizado” en… o cuyo “número tres” acaba de aparecer en un vídeo encontrado en… ¿Y el hecho de que la principal cantera de reclutamiento de esa fantasmal mesnada parezcan integrarla confidentes y soplones (siempre se pone un piadoso “ex” por delante) de las más prestigiosas policías y agencias de inteligencia occidentales, movidos por extrañas obsesiones sobrevenidas?

Volviendo al libro de Rashid, su lectura esclarece a las mil maravillas que todas las ayudas económicas concedidas a lo largo de los años por Estados Unidos o el FMI para el desarrollo de Pakistán no han sido ni son más que puros sobornos empleados para pagar la lealtad y la vida luxuaria de la fuerza cipaya que Occidente busca tener garantizada en el gobierno, el ejército y los servicios secretos pakistaníes. Ante esto, me pregunto también si en realidad cree Rashid eso de que en Pakistán se tenía la esperanza de que Obama fuese a atender de otro modo los asuntos de este país. ¿Es otro compromiso semántico? Porque… ¿cuándo Occidente ha obrado de otro modo a como lo ha hecho allá, antes de y con Obama?

En mi opinión, Pakistán no sería, como advierte Rashid, una nación en riesgo de convertirse por su caótica administración en un Estado fallido. Aunque, en unión de otros factores antedichos, el patriotismo impida a Rashid admitirlo a las claras, sus ensayos dejan bien patente que, en realidad, Pakistán es un Estado-basura puro y duro desde el mismo día de su nacimiento, un guirigay bajo control de los servicios secretos –a su vez, sucursal de la CIA- y cuya única función a ejercer es la de –sangrienta- mosca cojonera perturbadora de las agendas políticas y económicas de ciertos países. ¿Por qué, si no, nadie en Occidente amenaza con sanciones a Pakistán por fabricar la bomba atómica, dar asilo a comandos terroristas o favorecer poco menos que una anexión “blanda” de Afghanistán? Pues porque todo eso hace la puñeta a India, a Rusia, a Irán… que son los rivales geopolíticos de Estados Unidos en la zona. ¿Que a veces ciertas secciones de tales servicios juegan a cobrar vida propia y orinan fuera de tiesto y la bala o la bomba impactan donde no se esperaba? Bueno: paños calientes fáciles de enfriar y secar con un detallito en dólares.

Del libro de Rashid, que recomendamos vivamente por su lucidez a todo aquel que sepa leer entre líneas, se sacan dos conclusiones importantes. La primera es la de que los talibán han sido, desde su nacimiento, más un fenómeno pakistaní que propiamente afghano (de hecho, en Pakistán nacieron). La segunda… reviste tintes bastante tenebrosos. Imaginen a la clase política, militar y financiera occidental despojada de hipocresía, de fachada de respetabilidad, de cuidado por respetar las formas y la imagen… y obtendrán el vivo retrato –en rostro pálido, claro- de Musharraf, de Bhutto, de Kayani, de Shariff… Llegarán, pienso yo, a la conclusión de que las únicas diferencias entre –de un lado- un Blair o un Le Pen y –del otro- un Shariff o un Bhutto… son mera cuestión de photoshop.

Yo, al menos, así lo veo.

Foto: José Luis Chaín

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