Cultura Transversal

La república de los cielos

Posted in C.S. Lewis, Eduardo Arroyo, Libros, Literatura by paginatransversal on 3 julio, 2014

EDUARDO ARROYO

por Eduardo Arroyo – Hay debates intemporales. Contraposiciones irreductibles a uno solo de sus términos. Es el caso de C. S. Lewis y Philip Pullman. La diferencia es que, mientras el primero escribía por amor a sus personajes y a la eterna tríada del bien, las justicia y la belleza, el segundo escribe acongojado en el espíritu que siempre niega, anhelante de sustraer a los niños de la gigantesca proyección del genial norirlandés, entre otros.

Lewis, devoto cristiano, es el autor de “Las crónicas de Narnia”; Pullman es el autor de la trilogía “La materia oscura”, la historia de la lucha una niña –Lyra Belacqua- contra “el Magisterio”; es decir, una alegoría de lo que Pullman cree que es la religión (cristiana): opresiva, cruel y tiránica. El problema es que, mientras Lewis siempre fue abiertamente cristiano, Pullman sostuvo siempre intenciones secretas. Su entrevistadora Alona Wartofsky (“The Washington Post”, 19.2.2001) pone en su boca palabras de claridad: “intento minar los fundamentos de la fe cristina”.

De ahí que Pullman fuera en su momento alentado y aupado por todos aquellos que quieren gozar de las ventajas de vivir en una cultura cristiana pero que no se sienten obligados por la pesada carga de adorar a un Dios. Entre otros galardones, Pulman ganó en 2005 el premio más importante de la literatura infantil, el “Astrid Lindgren Memorial Award”, concedido por el Consejo de las Artes de Suecia. ¿La razón? En palabras de la citada institución nórdica, la contribución del Pullman a “la literatura para niños y adultos en el más amplio sentido”.

Al parecer, “Pullman inyecta de manera radical vida nueva en la fantasía, al introducir una variedad de mundos alternativos y al permitir que el bien y el mal resulten ambiguos”. En nuestra opinión, Pullman no hace otra cosa que socavar los fundamentos de la propia civilización. De ahí que sea el odio el núcleo de su creación, un odio que se personifica en todo aquello que remite a la niñez como etapa de inocencia.

Sus dos bestias negras, claro está, C. S. Lewis y el también genial creador de “Winnie-the-Pooh”, Alan A. Milne. De ellos dice Pullman: “odio los libros de Narnia y los odio con una pasión amarga y profunda, con toda su visión de la niñez como edad dorada en la que la sexualidad y la edad adulta quedan excluidas. Estaba viendo números antiguos de ´Punch´ cuando todo se llenó de la influencia de A. A. Milne, todos esos dibujos tan hermosos de niños monos que nunca crecerán, mostrándose tan encantadores para sus papás y mamás”.

Pullman siempre supo que sus relatos eran, en buena parte, propaganda. A John Snow, el presentador del “Channel 4 News”, le dijo: “Todas las historias enseñan algo, tanto si el que las cuenta quiere como si no. Enseñan el mundo que creamos. Enseñan la moralidad en la que vivimos. Lo enseñan de manera mucho más efectiva que los preceptos y la enseñanza… No necesitamos listas de cosas buenas y malas, tablas de lo que debe hacerse y lo que no, necesitamos libros, tiempo y silencio”.

El objeto de enseñanza es, para Pullman, el remedo de lo que él critica en el cristianismo. Durante una conferencia literaria en Oxford, en agosto de 2000, dijo: “Es el momento de pensar en una república de los cielos y no en el Reino de los Cielos. El rey ha muerto. Esto quiere decir que creo que el rey ha muerto. Soy ateo. Pero sin embargo necesitamos el cielo, necesitamos todas las cosas que el cielo significa, necesitamos la alegría, el sentido del significado y el propósito en nuestras vidas, necesitamos una conexión con el universo, necesitamos todas las cosas que el Reino de los Cielos solía prometer pero que no os trajo”. Pullman cae en una paradoja similar a la filosofía “als ob” de Hans Vaihinger; algo que la psicología moderna califica como “doble vínculo”. En efecto, si no hay Dios, ¿quién va a ordenar ese mundo sobrenatural que el intuye en su “república de los cielos”? Diremos, ¿no nos conectaron con el universo dos mil años de cristianismo y sí va a hacerlo Philip Pullman?

Toda la obra de Pullman está movida por esa forma sutil de odio, poetizado e idealizado si se quiere, pero concretado también en forma de una negativa gigantesca. Por este motivo, en sus declaraciones, en sus momentos de sinceridad desnuda ante la prensa o ante otros colegas, siempre aflora una execración perpetua de todo lo que a él no le gusta. Y sin embargo, Pullman parece ser consciente del gran vacío que se abre ante sí, tan inmenso y tan negro que apela al sucedáneo de la “república de los cielos”.

La pregunta que viene ahora es, ¿y quién será el presidente? Sin Dios, deberemos buscarlo entre nosotros, no hay duda. Por eso apela al “mundo maravilloso” que se contrapone a la alteridad de autores como el propio Lewis o J. R. R. Tolkien: “si pudiera, me gustaría abrir los ojos de la gente, y también sus mentes y sus corazones al hecho extraordinario de que estamos vivos en este mundo que, aunque esté lleno de lluvia y de lodo, es sin embargo extraordinario y maravilloso. Y cuando más lo exploras y descubres sobre él –científicamente, imaginativamente, artísticamente- más maravilloso y extraordinario se hace”. Naturalmente, esta pobre apelación a lo positivo del mundo es de una estulticia panglossiana y no explica el por qué de cosas tan evidentes como el mal, el amor o el sentido de la vida. Nada nuevo bajo el sol, como se ve. Pero la reflexión de estos asuntos nos lleva a pensar en la honda conexión que existe entre la estupidez y el declive de nuestra civilización.

Fuente: ESD

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