Cultura Transversal

Tomislav Sunic contra el liberalismo y el igualitarismo. La Nueva Derecha Europea, 40 años después

Posted in Alain de Benoist, Autores, Libros, Publicaciones, Tomislav Sunic by paginatransversal on 17 julio, 2014

SUNIC TOMISLAV CONTRA LA DEMOCRACIA Y LA IGUALDAD LA NUEVA DERECHA EUROPEA FIDESpor Alain de BenoistCon motivo de la publicación en español del libro de Tomislav Sunic “Contra la democracia y la igualdad. La Nueva Derecha Europea” (Editorial Fides), ofrecemos a los lectores de El Manifiesto el prefacio escrito por Alain de Benoist para la edición inglesa de 2009. Interesante recorrido por los principales temas de debate de la escuela de pensamiento europea conocida como “Nouvelle Droite”, escrita precisamente por su líder intelectual e ideológico.

En el año 1990, mientras la corriente de pensamiento conocida como la Nueva Derecha Europea (NDE) celebraba su vigésimo primer aniversario, un amigo croata, Tomislav Sunic, publicaba la primera edición de su libro sobre la Nueva Derecha. El libro fue escrito originalmente como tesis doctoral, defendida en 1988 en la Universidad de California, Santa Bárbara. Después de haber adquirido un buen conocimiento de la lengua francesa durante sus estudios en la Universidad de Zagreb, Sunic se dispuso a investigar los principios de la NDE. Además, Sunic tuvo la oportunidad de leer los trabajos de la NDE en el francés original. A diferencia de otros muchos comentaristas, que hablaron de la NDE basándose en rumores y juicios formados a partir de fuentes de segunda mano, él demostró su capacidad para ir recto al núcleo de la cuestión. Sunic mostró su simpatía por la NDE, lo cual le distinguía de los comentaristas mencionados anteriormente.

Obviamente, el libro no era sólo interesante porque era simpático. La importancia de su libro se debe a su carácter pionero, Ciertamente, a finales de la década de 1980, varios libros –y también una serie de artículos académicos- se habían publicado sobre la NDE, pero estaban casi todos escritos en francés. El libro de Sunic fue uno de los primeros en aparecer en el extranjero, un privilegio que compartió con algunos autores italianos. Presentando la historia y las ideas principales de la NDE a un público que nunca había oído hablar antes de ellas, lo cual no era una tarea fácil. Gracias a sus conocimientos, su talento para la síntesis, así como su conocimiento de la audiencia, Sunic lo logró fácilmente.

El libro fue escrito en inglés, ya que el autor residía entonces en los Estados Unidos –país que conocía desde fuera y desde dentro y que miraba de una manera bastante crítica (como lo demuestra su libro Homo Americanus). Al abordar el mundo de habla inglesa, Sunic se enfrentó a dificultades que un autor italiano, español o alemán nunca habría encontrado.

La primera de estas dificultades fue la falta general de interés por el debate intelectual en el mundo anglosajón. Los ingleses, y más aún los estadounidenses, pretenden ser “pragmáticos”. En filosofía, se adhieren mayoritariamente al empirismo y al positivismo, cuando no a una filosofía puramente analítica. En su ansia por los “hechos” se olvidan de que estos hechos no pueden disociarse de la hermenéutica, esto es, de un marco de interpretación. La famosa distinción de David Hume entre juicios de hecho y juicios de valor (el indicativo y el imperativo, lo que es y lo que debería ser) sólo puede tener un valor relativo. En cuanto a la teoría política, con algunas notables excepciones, a menudo se reduce a consideraciones prácticas que definen la agenda de la clase dominante. Esto explica por qué los estadounidenses consideran indignos a los intelectuales, y por qué los intelectuales no han ocupado nunca el papel de árbitros morales, como sucede en otros países, especialmente en Francia.

La expresión “nueva derecha” presenta además otras dificultades. Ya había “nuevas derechas” inglesa y americana pero, lejos de estar relacionadas con la NDE, representaban justo lo contrario. Combinando el fundamentalismo religioso, el atlantismo occidental, la defensa del capitalismo y el apoyo a la ideología de mercado, estas “nuevas derechas” representaban, de hecho, todo lo que la NDE había criticado radicalmente. Simpatizantes de estas “nuevas derechas”, que podían haberse sentido intrigados por el libro de Sunic, sin duda deben haber sido decepcionados.

En general, y a pesar de todos los malentendidos que pueden haber sido causados por una etiqueta, debe haber sido muy difícil encontrar un equivalente a la NDE al otro lado del Atlántico. En Estados Unidos, la “derecha” en realidad se compone de dos grandes corrientes: una corriente principal, moderada y de clase media, que corresponde a los círculos “conservadores” (ellos mismos divididos en numerosas camarillas), cuya causa principal es el apoyo al capitalismo, un sistema económico cuyo fundamental es la destrucción de todo lo que los conservadores deberían conservar.

Por otro lado, hay una minoría radical, representada por pequeños grupos extremistas que se hacen llamar “racistas”, cuya ideología se reduce a una mezcla de nacionalismo y xenofobia. No sólo la NDE no se identificó nunca con ninguna de estas camarillas derechistas anglosajonas, sino que ha luchado constantemente contra sus principios y presupuestos.

Otras ambigüedades están relacionadas con el vocabulario. Voy a dar sólo un ejemplo. En el ámbito de las ideas de la NDE se ha señalado consistentemente al liberalismo como uno de sus principales adversarios. Sin embargo, la palabra “liberal” tiene significados radicalmente diferentes en Europa Occidental y en los Estados Unidos.

En Estados Unidos un “liberal” es un hombre inclinado al centro-izquierda que aboga por un Estado redistributivo. También es tolerante en cuanto a las costumbres sociales y tiende a ser un gran defensor de la ideología de los derechos humanos. En Francia lo llamamos “progresista”.

Por el contrario, en Europa, un “liberal” es, ante todo, un defensor del individualismo y el libre comercio, un opositor al Estado y también un partidario de América. Si se pregunta a un francés que nombre a un político liberal conocido, Reagan y Thatcher les vienen a la mente de inmediato. En otras palabras, lo que llamamos “liberal” se corresponde en gran medida a lo que los americanos llaman “conservador” y, por tanto, lo contrario de un “liberal”.

Esta diferencia tiene orígenes históricos: los estadounidenses han conservado el significado original de la palabra “liberalismo” que, cuando apareció por primera vez en el siglo XVIII, era realmente una corriente “izquierdista” de pensamiento, siendo el principal heredero de la filosofía de la Ilustración. En Europa, por el contrario, los liberales fueron empujados gradualmente hacia la derecha por el ascenso del socialismo y del comunismo, hasta el punto de que, a finales del siglo XIX, comenzó a identificarse con la burguesía conservadora (a veces llamados “orleanistas” en Francia). Uno puede ver inmediatamente los desprecios –y los falsos amigos- que un libro que representa una corriente “anti-liberal” podía tener en América.

Finalmente, la crítica de los Estados Unidos y la americanización global, que resulta de la afirmación progresiva de la hegemonía estadounidense, ha sido un tema estándar en la NDE. Esto difícilmente podría atraer a los estadounidenses, que conciben a su país como la “Tierra Prometida”, la encarnación de la mejor sociedad posible y –por esa misma razón- como un modelo que merece ser exportado a todo el mundo. Es muy significativo que muy pocos textos de autores de la NDE hayan sido traducidos al inglés, a pesar de hayan sido traducidos a otros quince idiomas. La NDE, como una emanación de la “Vieja Europa” (o del “resto del mundo” que los estadounidenses no alcanzan a comprender a menos que esté totalmente americanizado), sigue siendo una “terra incógnita” para la gran mayoría de los americanos.

[Vamos a mencionar el número especial de la revista Telos (“Nueva Derecha-Nueva Izquierda-Nuevo Paradigma”, números 98-99, otoño-invierno de 1993), así como el libro e Michael O’Meara (“Nueva cultura, Nueva derecha: anti-liberalismo en la Europa posmoderna”, Bloomington, 2004). Yo añadiría que la crítica de los Estados Unidos por parte de la NDE nunca ha derivado en “americanofobia”. Todo lo contrario. La NDE ha acogido a una serie de escritores y pensadores de los países de habla inglesa. Son pocos en número, pero no sin importancia, como los teóricos del comunitarismo, como Michael Sandel, el canadiense Charles Taylor, el inglés Alasdair McIntyre y, especialmente, Cristopher Lasch, un teórico del “socialismo populista”, una expresión que nos trae a la memoria al gran George Orwell, cuyas ideas también se han popularizado por Paul Piccone en Telos.]

La edición del libro en ingles de Sunic lleva por título “Contra la Democracia y la Igualdad: la Nueva Derecha Europea”, un título que siempre he considerado inadecuado. Sospecho que el autor eligió este título por pura provocación. Hay que destacar, sin embargo, que la NDE nunca ha sido hostil a la democracia y la igualdad. Por supuesto, ha sido crítica con el igualitarismo y ha puesto de relieve los límites del liberalismo y de la democracia, pero eso es un asunto muy diferente.

Entre la igualdad y el igualitarismo existe más o menos la misma diferencia que entre la libertad y el liberalismo, o lo universal y el universalismo, o el bien común y el comunismo. El igualitarismo tiene como objetivo introducir la igualdad donde no tiene lugar y no se corresponde con la realidad, como la idea de que todas las personas tienen las mismas habilidades y dones. Pero, sobre todo, el igualitarismo entiende la igualdad como “igualdad total”, es decir, lo contrario de la diversidad. Sin embargo, lo contrario de la igualdad es la desigualdad, no la diversidad. La igualdad de hombres y mujeres, por ejemplo, no borra la realidad de la diferencia entre los dos sexos. Del mismo modo, la igualdad de derechos políticos en la democracia no debe presuponer que todos los ciudadanos son iguales, ni tienen los mismos talentos, sino que todos deben disfrutar de los mismos derechos políticos, ya que, en sus relaciones políticas, se considera a todos los ciudadanos por igual, en virtud de la pertenencia al mismo sistema de gobierno.

La NDE siempre ha denunciado lo que yo llamo la “ideología de la igualdad”, es decir, la ideología universalista que, en sus formas religiosas o profanas, busca reducir la diversidad del mundo -es decir, la diversidad de las culturas, los sistemas de valores y las formas arraigadas de la vida- a un modelo uniforme. La implementación de la ideología de la “mismidad” conduce a la reducción y erradicación de las diferencias. Siendo básicamente etnocéntrica, a pesar de sus pretensiones universalistas, legitima sin cesar todas las formas de imperialismo. En el pasado, fue exportada por los misioneros que querían convertir al planeta entero al único Dios -a continuación, en el mismo sentido, por los colonizadores que, en nombre del “sentido de la historia” y el culto del “progreso”, quisieron imponer su forma de vida a los “pueblos indígenas”. Hoy, en el nombre del sistema capitalista, la ideología de “lo mismo” reduce todo a los precios del mercado y transforma el mundo en un vasto y homogéneo mercado-lugar donde todos los hombres, reducidos al papel de productores y consumidores -para luego convertirse ellos mismos en productos básicos- deben adoptar la mentalidad del homo economicus. En la medida en que trata de reducir la diversidad, que es la única verdadera riqueza de la humanidad, la ideología de la “mismidad” es en sí misma una caricatura de la igualdad. De hecho, se crean desigualdades del tipo más insoportable. Por el contrario, la igualdad, que debe ser defendida siempre que sea necesario, es harina de otro costal.

En cuanto a la democracia: a la NDE nunca le gustó el despotismo o la dictadura, y mucho menos el totalitarismo. La democracia, cuyo principio fundamental es la igualdad de los derechos políticos, no puede ser el mejor régimen posible, pero es el que mejor satisface las necesidades de nuestros tiempos. Pero primero debemos entender su significado exacto.

La democracia es el régimen en el que la soberanía reside en el pueblo. Pero para ser verdaderamente soberano, el pueblo debe ser capaz de expresarse libremente, y aquellos a los que designa como sus representantes deben actuar de acuerdo con sus deseos. Es por ello que la verdadera democracia es la democracia participativa, es decir, la democracia que permite a las personas ejercer su soberanía lo antes posible y de forma permanente, y no sólo durante las elecciones. En este sentido, el sufragio universal es sólo un medio técnico para evaluar el grado de acuerdo o consentimiento entre gobernantes y gobernados. Tal como se entendía por los antiguos griegos, la democracia, en su análisis definitivo, es un sistema que permite a todos los ciudadanos participar activamente en los asuntos públicos. Esto significa que la libertad en la democracia se define principalmente como la posibilidad de no participar activamente en la esfera pública, sin duda como la libertad para convertirse en algo ajeno a la esfera pública o de retirarse a la esfera privada.

Una democracia puramente representativa es, como mucho, una democracia imperfecta. En última instancia, el poder político debe ejercerse en todos los niveles, y no sólo en la parte superior, gracias al principio de subsidiariedad (o de competencia suficiente), lo que significa que las propias personas puedan tomar decisiones sobre lo que se relaciona con ellos tanto como sea posible, delegando sólo aquellas decisiones que interesan a las comunidades más grandes para que se adopten en un nivel superior. En momentos en que los representantes están cada vez más aislados de la gente, cuando los funcionarios no electos tienen cada vez más poder que los elegidos, cuando los políticos se ven ellos mismos desposeídos de sus prerrogativas por un sistema burocrático de “expertos” técnicos, que los sueños del gobierno sobre los hombres adoptan los modelos de gestión de la empresa o de una administración de las cosas, la prioridad esencial es la renovación de la democracia participativa -la democracia de base, la democracia directa – y el renacimiento de una esfera pública activa, que es el único capaz de mantener el vínculo social y garantizar el ejercicio de los valores compartidos.

Debido a que el libro de Sunic apareció en 1990, es evidente que no tiene en cuenta lo que ha sucedido desde entonces. Sin embargo, en los últimos años, la NDE ha ampliado sus objetivos de manera espectacular y publicado, sobre todo, en el campo de la crítica social. Yo, obviamente, no voy a tratar de resumirlos, siquiera brevemente, ya que éste es el propósito del libro de Sunic. Pero me alegro de que la edición croata de su libro contenga como anexo una traducción completa del “Manifiesto por un renacimiento de Europa”, publicado en 2000, que propone una síntesis de los objetivos de la NDE en los albores del siglo XXI y que, hasta la fecha, ha sido traducido al español, italiano, inglés, alemán, húngaro y holandés. El lector puede, por tanto, revisar todo lo que la NDE ha escrito en los últimos dos decenios acerca de la ciencia social, Europa, la posmodernidad, el federalismo, el contraste entre el Estado nacional y el imperio, la crítica de la ideología del trabajo, el sistema capitalista, la “gobernanza”, la decadencia de la política, la crisis de la democracia, la cuestión de la identidad, las amenazas ambientales, la crítica del “desarrollismo”, así como las nuevas perspectivas abiertas por los críticos del crecimiento ilimitado, y así sucesivamente.

Sin embargo, quisiera centrarme en algunas cuestiones importantes. En primer lugar, me gustaría hablar de la continuidad del proyecto de la NDE desde 1968. La NDE cumple ahora exactamente cuarenta años. Sus principales publicaciones han demostrado su longevidad: Nouvelle Ecole fue lanzada en 1968, Éléments en 1973, y Krisis en 1988. Aunque la duración y la continuidad no es lo único que importa, debe señalarse que pocas escuelas de pensamiento han estado activas durante este largo tiempo. Pero la NDE tiene algo más que una historia, tiene una agenda, un proyecto. Durante los últimos cuarenta años, la NDE ha publicado un número considerable de libros y artículos; ha organizado un sinnúmero de conferencias, simposios, reuniones, cursos de verano, etc. De este modo, se han abandonado algunos caminos sobre los que erróneamente se pensó que podían aportar algo, mientras se exploran continuamente otros nuevos. Así, se ha mantenido fiel a su inspiración “enciclopédica” desde el principio.

También debo señalar que, desde el principio, la NDE se veía a sí misma como una escuela de pensamiento, no como un movimiento político. Esta escuela de pensamiento ha superado ampliamente el marco organizativo de la asociación conocida primero como GRECE (Groupement de Recherche et d’Etudes pour la Europeenne Civilización / Grupo de Investigación y Estudios para la Civilización Europea), fundada en 1968. A través de sus publicaciones, la NDE se ha dedicado a “metapolítica.” ¿Qué significa “metapolítica”? Ciertamente no es una forma diferente de hacer política. La Metapolítica nació de la conciencia sobre el papel de las ideas en la historia y la convicción de que el trabajo intelectual, cultural, doctrinal e ideológico es el requisito previo de cualquier tipo de acción (política). Esto es algo en que los activistas -que constantemente insisten en la “urgencia” (aunque sólo sea para protegerse a sí mismos de cualquier tipo de reflexión en profundidad), o que simplemente prefieren ser reactivos a ser reflexivos-, tienen dificultades para comprender. Resumiendo, con una fórmula simple: la Ilustración llegó antes de la Revolución Francesa y la Revolución Francesa no habría sido posible sin la Ilustración. Antes de cada Lenin tiene que haber un Marx. Antonio Gramsci entendió esto muy bien, al referirse a los intelectuales “orgánicos”. Hizo hincapié en que la transformación de las estructuras políticas y socio-históricas de una época determinada presupone una inmensa transformación de los valores que ya ha debido tener lugar con anterioridad.

La NDE fue fundada a finales de la década de 1960 por jóvenes que en su mayor parte tuvieron algunas experiencias adolescentes con la política militante y, por lo tanto, tenían conocimiento de sus defectos y limitaciones. Ansiosos por sentar las bases de una filosofía política y una concepción de un nuevo mundo, deseaban en cierta medida partir de cero y romper con las ilusiones de la acción política inmediata.

Para entonces, sin embargo, se habían dado cuenta de la división simplista y obsoleta entre izquierda y derecha. Ellos sabían que toda sociedad está en la necesidad de la conservación y del cambio. Ellos estaban dispuestos a examinar críticamente la tradición con el fin de identificar lo más básico y significativo de la vida, mientras luchaban contra los grandes problemas de la época desde una perspectiva verdaderamente revolucionaria. Sin lugar a dudas, esto, entre otras cosas, explica su interés en la “Revolución Conservadora” de la Alemania de Weimar. En general, rechazaron falsas alternativas. Ellos siguieron la lógica de “ambos” y “en lugar de” o “esto o”. Ellos no decían: “no estamos ni a la derecha ni a la izquierda”, – que no significan nada. Más bien, ellos decidieron estar tanto “a la derecha como a la izquierda.” Dejaron claro que estaban decididos a examinar las ideas que consideraran mejores, independientemente de las etiquetas que esas ideas habían adquirido. En lo que a ellos respecta, no hubo “ideas derechistas” frente a “ideas de izquierda”, sólo ideas falsas versus ideas verdaderas.

Estas convicciones pronto encontraron su justificación en los cambios de las últimas décadas. La división entre izquierda y derecha, que había nacido con la modernidad, se encontraban ahora en el proceso del fin de la modernidad. Esto no quiere decir que en el pasado, las etiquetas de “derecha” e “izquierda” no significaban nada. Pero estas nociones fueron siempre equívocas, ya que no hay un “absoluto” de la izquierda o de la derecha, sino una gran variedad de diferentes “izquierdas” y “derechas”. El espectro es tan amplio que, sin duda, algunas de estas izquierdas y derechas están más cerca entre sí que con otras izquierdas o de otros derechas, respectivamente. Esto también explica que ciertas cuestiones -como el regionalismo, la ecología, el federalismo, la ideología del progreso, y así sucesivamente-, se han sido, con el transcurso del tiempo, alejando de la derecha a la izquierda, o viceversa.

La ideología del progreso, por mencionar sólo un problema, se ha movido bien en el campo “derechista”, hasta el punto de que ahora es a los liberales al estilo europeo y los conservadores de estilo americano, los que se han convertido sus ávidos seguidores, mientras que una parte significativa de la “izquierda” sigue siendo radicalmente crítica de la misma, como parte de su lucha contra el industrialismo y su defensa de los ecosistemas naturales.

Nociones como derecha e izquierda han perdido su sentido en la actualidad. Ellas sólo sobreviven en el mundo de la política parlamentaria, después de haber quedado obsoletas en el mundo de las ideas. Vamos a mencionar un hecho importante: todos los eventos importantes en las últimas décadas, lejos de resucitar la división izquierda-derecha, han revelado, por el contrario, nuevas líneas divisorias que nos permiten contemplar la reconfiguración completa del panorama político e ideológico. Por ejemplo, las dos guerras del Golfo, la Unión Europea, los conflictos de los Balcanes, han echado por tierra la tradicional dicotomía izquierda-derecha y demostrado que tal división es anacrónica.

Esto explica por qué me resisto a utilizar la denominación de “nueva derecha”. Hay que recordar que, en un principio, esta expresión no se utilizó como una auto-designación. De hecho, esta etiqueta fue inventada por los medios de comunicación en 1979 para describir una corriente de pensamiento y una corriente intelectual y cultural nacida hacía once años y que, hasta entonces, nunca había se calificado a sí misma con esta etiqueta. Sin embargo, como esta expresión se extendió considerablemente, más o menos, fue necesario adoptarla. Pero nunca fue sin aprensión, por varias razones. En primer lugar, esta etiqueta es reductiva en dos maneras: (a) se sugirió que la NDE era esencialmente una organización política, lo que nunca había sido el caso, y (b) se situó a nuestra escuela de pensamiento en una denominación (“derecho”) que siempre hemos considerado con cierta distancia. En segundo lugar, sugiere o crea vínculos injustificados a varias “Nuevas Derechas” en otros países, tales como las mencionadas anteriormente “nuevas derechas” angloamericanas. También se pueden citar otros ejemplos igualmente significativos, procedentes de otros países. En Italia, por ejemplo, nuestros amigos de la “Nuova Destra” renunciaron a esta expresión hace mucho tiempo. Hicimos lo mismo en Francia. Da la casualidad que se puede definirme como un “hombre de izquierda-derecha”, como un derechista desde la izquierda y como un izquierdista desde la derecha, es decir, como un intelectual que al mismo tiempo se refiere a las ideas de la izquierda y a los valores de la derecha.

Lo que es igualmente importante es el hecho de que la NDE nunca ha se ha vinculado con ningún predecesor. Nunca ha afirmado estar siguiendo un camino allanado por otros. Es el fruto de una gran cantidad de lecturas, pero nunca se ha vinculado en exclusiva a un solo autor, o a un solo movimiento teórico. El eclecticismo de sus referencias a veces ha sido criticado, erróneamente en mi opinión. En base a la lectura apresurada y parcial, algunos se precipitaron para concluir que la NDE carecía de coherencia. Sus múltiples facetas llevaron tanto a los lectores comprensivos como a los hostiles a conclusiones erróneas. Pero el enfoque de la NDE ha sido siempre estrictamente coherente, aunque esto no se puede entender a menos que uno comprenda que las principales figuras de la NDE siempre utilizan una perspectiva dinámica. Ellos no hacen consignas populistas, panaceas ideológicas, o catecismos simplistas de dogmas fijos. En su lugar, siempre se han esforzado para seguir adelante, para poner sus ideas en acción y abrir nuevas perspectivas de análisis.

Esto es exactamente por qué, en los albores del siglo XXI, las ideas de la NDE son más actuales que nunca. ¿Por qué? Porque el mundo que ha prevalecido desde el fin de la Segunda Guerra Mundial ha terminado. Con la caída del muro de Berlín, la desintegración del sistema soviético y el surgimiento de la globalización, estamos asistiendo no sólo al final del siglo XX, sino el fin de un gran ciclo histórico de la modernidad. Hemos entrado en la era de la postmodernidad, la edad de los flujos y contra-flujos, comunidades y redes, grandes conjuntos de civilización y lógicas continentales.

Por supuesto, esta transformación aún no es completa. Estamos en un período de transición, y como todos esos momentos, es especialmente rico en incertidumbres y contornos de nuevas síntesis. Se podría caracterizar como un Zwischenzeit, un interregno. En una época como la actual es indispensable, más que nunca, ser consciente del momento histórico en que vivimos, pero no podemos analizar este momento histórico y todo lo nuevo que acarrea (y los futuros desarrollos que presagia), refiriéndonos a las imágenes del pasado y, sobre todo, mediante el uso de puntos de referencia y de herramientas conceptuales demasiado obsoletos. Es precisamente debido a ello que la NDE nunca ha dudado en cambiar y renovarse para ser capaz de proporcionar las herramientas necesarias para un pensamiento crítico adaptado a las realidades de nuestro tiempo.

Cuando el comunismo soviético se derrumbó, un estadounidense, Francis Fukuyama, se atrevió a proclamar el “fin de la historia.” Él quiso decir que después de la caída del comunismo, el capitalismo y la democracia liberal habían perdido a su principal competidor y que en lo sucesivo todos los pueblos de la Tierra estaban destinados, tarde o temprano, a adoptar, sí o no, el modelo americano “occidental”. Esta tesis fue posteriormente criticada por Samuel Huntington, el teórico del “choque de civilizaciones”. Ambos estaban equivocados.

En lugar del fin de la historia, hemos sido testigos, en los últimos años, de su retorno. Además, ¿cómo puede la historia “acabarse”? La historia humana está siempre abierta a un abanico de posibilidades, y este rango no se puede definir de antemano con certeza. La historia es imprevisible, ya que el rasgo distintivo del ser humano -precisamente en la medida en que es un ser fundamentalmente histórico- es ser impredecible. Si la historia se convirtiese en predecible, ya no sería la historia humana. No sería la historia en absoluto. Llama la atención que ninguno de los eventos más importantes de las últimas décadas haya sido predicho por los especialistas en la futurología.

Huntington, por su parte, tenía razón en sus argumentos contra Fukuyama, señalando que la humanidad no es una unidad homogénea. Pero su error fue creer que las “civilizaciones” pueden convertirse en actores de pleno derecho en la política internacional, porque nunca ha sido el caso. La tesis de Huntington fue obviamente diseñada para legitimar la islamofobia conducente a los objetivos hegemónicos de Estados Unidos (los Estados Unidos necesitan un “diablo de reemplazo”, después de la desaparición de la Unión Soviética, “imperio del mal”). También es revelador que, a fin de perpetuar o consolidar la mentalidad “atlántica”, Huntington no dude en cortar a Europa en dos, situando su parte occidental en el campo estadounidense, mientras coloca su parte oriental del lado de Rusia y del mundo ortodoxo.

La NDE, sin embargo, nunca ha perdido de vista su principal referencia: Europa, concebida tanto histórica como geopolíticamente. Históricamente, las naciones de Europa, aparte de lo que las distingue o las separa (lo cual no es despreciable), son herederas de una matriz cultural común que tiene, al menos, 5.000 años de antigüedad. Desde el punto de vista geopolítico, estamos entrando en la era de lo que Carl Schmitt llamaba “grandes espacios”, cuando grandes bloques culturales y de civilización serán los poderes decisivos dentro de un mundo globalizado. Entender la globalización en un momento en que los Estados-nación son demasiado grandes como para satisfacer las expectativas de sus ciudadanos y demasiado pequeños para afrontar los retos globales de nuestro tiempo, requiere, en primer lugar, pensar en términos de continentes.

La NDE siempre ha apostado por una Europa federal, porque el federalismo en toda regla es la única manera de conciliar la necesaria unidad de la parte superior con el debido respeto a la diversidad y la autonomía de la base. Sin lugar a dudas, el federalismo es parte de la tradición del Imperio en lugar de la del Estado-nación. De hecho, una Europa unida no tendría sentido si se basa en el falso modelo de centralización inherente al jacobinismo, que Francia ha sufrido durante mucho tiempo. De ahí la necesidad del principio de subsidiariedad mencionado anteriormente.

Por desgracia, la Unión Europea ha sido y está siendo construida siguiendo un modelo contrario a este principio. Desde el principio, la UE desafió el buen sentido. Se dio prioridad al comercio y a la economía, en lugar de a la política y la cultura. Fue construida a partir de la parte superior -comenzando por la Comisión Europea, que pronto reclamó omnipotencia pero que carece de legitimidad democrática-, en lugar de ser construido poco a poco desde la base. Se expandió apresuradamente a los países que se incorporaron con la única finalidad de recibir ayuda financiera y acercarse a Estados Unidos y la OTAN, en lugar de profundizar en sus estructuras políticas. Por lo tanto, se ha condenado a sí misma a la impotencia y la parálisis. Se ha construido sin la voluntad del pueblo y trató de imponer el proyecto de una constitución sin plantear la cuestión soberana de quién es el poder constituyente.

Por otra parte, la UE nunca ha manifestado claramente los objetivos de toda su empresa. Si primero debía ser la construcción de una vasta zona de libre comercio con fronteras difusas que serviría como un apéndice de los Estados Unidos, o más bien debería sentar las bases de una auténtica potencia europea, con las fronteras demarcadas por la geopolítica, y que podría servir al mismo tiempo como una original cuna de la civilización y un polo para la regulación del proceso de globalización. Estos dos proyectos son incompatibles. Si optamos por la primera, vamos a vivir en un mundo unipolar con sujeción a la potencia estadounidense. Si optamos por la segunda, viviremos en un mundo multipolar que puede preservar su diversidad. Tal es la encrucijada a la que los europeos alternativos nos enfrentamos hoy: ser los arquitectos de nuestro propio destino o estar sujetos a la suerte de los demás.

Cuando Tomislav Sunic escribió su tesis sobre la NDE no podía predecir los trágicos acontecimientos que acompañaron la desintegración de Yugoslavia: la horrible guerra y el derramamiento de sangre en su propia Croacia y en los países vecinos. Yo mismo presencié esos hechos con el corazón roto. Tengo amigos desde hace mucho tiempo que son croata y serbio, esloveno y bosnio, cristiano y musulmán. Viví estos conflictos como un fracaso de Europa y, sobre todo, como un signo de su empobrecimiento. Cada vez que los pueblos europeos luchan entre sí, siempre es en beneficio de los sistemas políticos e ideológicos que anhelan ver la desaparición de todos los pueblos. Para colmo de males, era humillante ver al ejército de los Estados Unidos lanzando bombas en una capital europea, Belgrado, por primera vez desde 1945.

Por supuesto que conozco las raíces históricas de todas estas disputas que a menudo conducen a las guerras y las masacres en Europa Central y Oriental. Existen razones por todos los lados. Estas disputas todavía alimentan el nacionalismo étnico, la intolerancia religiosa y el irredentismo de todo tipo. Como no quería tomar partido por uno u otro lado -ya que, obviamente, no estoy en condiciones de erigirme en un árbitro-, sin embargo, creo que estos conflictos deben ser superados. Muchos de ellos nos evocan tiempos que están definitivamente enterrados. El irredentismo, en particular, no tiene sentido hoy en día. Hubo una vez en que las fronteras jugaban un papel importante: se garantizaba la continuación de las identidades colectivas. Hoy en día, las fronteras ya no garantizan nada. Los flujos de todo tipo son el sello distintivo de nuestro tiempo, por lo que las fronteras son prescindibles. Serbios y croatas, húngaros y rumanos, ucranianos y rusos, ven las mismas películas, escuchan las mismas canciones, consumen la misma información, utilizan la misma tecnología, y están sujetos a las mismas influencias -y se encuentran como sujetos mismos de la misma americanización-. Entiendo que los antagonismos del pasado son difíciles de superar. Pero mi más profunda convicción es que la identidad de un pueblo siempre estará menos amenazada por la identidad de otros pueblos vecinos que por la ideología de la igualdad, es decir, por la fuerza devastadora de homogeneización de la globalización, por el sistema global para el que cualquier identidad colectiva es un obstáculo que debe ser borrado.

Una vez que la presión se afloja, los países que alguna vez fueron parte del glacis soviético y comunista pensaron que encontrarían en Occidente el paraíso que soñaron durante tiempo. En realidad, ellos intercambiaron un sistema de coerción por otro -sin duda diferente, pero igual de temible-. Incluso se puede decir, con un poco de experiencia, que el capitalismo global ha demostrado ser mucho más eficaz que el comunismo en la disolución de las identidades colectivas. También resultó ser mucho más materialista. En pocos años logró imponer a escala casi mundial el modelo de homo economicus, es decir, una criatura cuyo único propósito en la vida es la producción y el consumo. De acuerdo con la antropología liberal, este ser es egoísta y se dedica exclusivamente a la búsqueda del interés propio.

Sería deprimente ver en los países de Europa Central y Oriental sólo dos tipos de personas: los liberales occidentales y los nacionalistas chovinistas. También es fascinante ver antiguos apparatchiks fingiendo haber recuperado su virginidad perdida luego de ofrecerse a los Estados Unidos con el mismo afán que se ofrecieron al comunismo. Los antiguos satélites de Moscú parecen demasiado ansiosos por convertirse en vasallos de Washington. De cualquier manera, Europa pierde.

La NDE se esfuerza por identificar al enemigo real. El enemigo principal es, en el plano económico, el capitalismo y la sociedad de mercado; en el plano filosófico, el individualismo; en el frente político, el universalismo; en el ámbito social, la burguesía; y en el frente geopolítico, Estados Unidos. ¿Por qué el capitalismo? Porque, al contrario de lo que predica el comunismo, el capitalismo no es sólo un sistema económico. Es, ante todo, un sistema antropológico, basado en los valores que colonizan la imaginación simbólica y que la transforman radicalmente. Es un sistema que reduce todo valor al valor de mercado, al valor de cambio. Se trata de un sistema que considera como algo secundario, transitorio, o no existente, todo lo que no puede ser reducido a cálculo cuantitativo, es decir, a dinero. Por último, se trata de un sistema dinámico cuya estructura obliga a correr siempre hacia adelante. Karl Marx no se equivocó cuando escribió que el capital considera cualquier limitación como un obstáculo. El sistema capitalista consiste en la lógica de “siempre más” -más comercio, más mercados, más bienes, más beneficios-, en la creencia de que “más” significa automáticamente “mejor”. Es la imposición universal del axioma del interés propio, es decir, la idea de que el crecimiento material infinito es posible en un mundo finito. Es el Gestall de Heidegger: el embeleso de toda la Tierra por los valores de la eficacia, el rendimiento y la rentabilidad. Significa transformar el planeta en un supermercado gigante, una civilización comercial gigante.

Conocí a Tomislav Sunic en Washington en junio de 1991, en compañía de Paul Gottfried. A finales de marzo de 1993, participamos juntos en un simposio organizado por la revista Telos, a la que asistieron Paul Piccone, Thomas Molnar, Gary Ulmen, Tom Fleming, Anthony Sullivan y otros. Desde entonces, nos hemos visto con frecuencia: en París (en junio de 1993, enero de 2002, octubre de 2003, marzo de 2006, etc), en Flandes, y en otros lugares. Este libro nos permite vernos de nuevo, pero esta vez en su tierra natal.

© Traducción del inglés para El Manifiesto a cargo de nuestro colaborador Jesús J. Sebastián.

Fuente: El Manifiesto

Contra la democracia y la igualdad. La Nueva Derecha Europea, de Tomislav Sunic.

Índice

Prólogo del traductor 9

Primera parte: Presentación de la Nueva Derecha 13

Introducción 15

Capítulo I: Entrando en la Nueva Derecha 23

Capítulo II: El “Gramcianismo” de la Derecha 45

Capítulo III: ¿La izquierda conservadora o la derecha revolucionaria? 53

Capítulo IV: Carl Schmitt y la política de destino 63

Capítulo V: Oswald Spengler y la historia como destino 73

Capítulo VI: Vilfredo Pareto y la patología política 83

Capítulo VII: La Derecha pagana 93

Segunda parte: La mística igualitaria. Las raíces de la crisis moderna 111

Introducción 113

Capítulo I: La metafísica de la igualdad 121

Capítulo II: La Nueva Derecha y la igualdad inalcanzable 133

Capítulo III: Homo Economicus: La Batalla de Todos Contra Todos 153

Capitulo IV: Totalitarismo e igualitarismo 165

Capítulo V: Homo Sovieticus: El Comunismo como entropía igualitaria 187

Conclusión 199

Orientaciones

Éste es el primer libro que se publicó en lengua inglesa sobre la Nueva De­recha Europea, y a día de hoy sigue siendo una introducción imprescindi­ble a esta escuela de pensamiento fundamental para la comprensión de la política europea. Tomislav Sunic examina las cuestiones principales que han preocupado a los pensadores de la Nueva Derecha desde su fundación por Alain de Benoist en 1968, así como la naturaleza problemática de la etiqueta “Nueva Derecha” para una corriente que se ve a si misma más allá de los conceptos tradicionales de izquierda y derecha: su revolucionaria filosofía política; su concepción cíclica de la historia; su actitud hacia la democracia, el capitalismo y el socialismo; y su defensa de la espirituali­dad “pagana”. El autor también analiza el papel de algunos autores ante­riores que han sido especialmente influyentes en el desarrollo del movi­miento, como es el caso de Oswald Spengler, Carl Schmitt y Vilfredo Pareto.

Tomislav Sunic nació en Zagreb (Croacia) en 1953. Es doctor en Ciencias Políticas por la University of California at Santa Barbara. El doctor Sunic da conferencias por todo el mundo y dirigía su propio programa de radio, The Sunic Journal, emitido a través de Voice of Reason Network, una emisora de radio online. Es autor de varios libros, incluyendo Homo Americanus: Hijo de la Era Postmoderna (publicado en español por Ediciones Nueva Re­pública), y Postmortem Report: Cultural Examinations from Postmodernity (Collected Essays), los cuales profundizan en cuestiones planteadas en este libro. Recientemente ha publicado en lengua francesa Chroniques des Temps Postmodernes (marzo, 2014), una obra que ha generado gran expec­tación en Francia.

Pedidos:
edicionesfides@yahoo.es
Tlf: 682 65 33 56

Fuente: Ediciones Fides

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