Cultura Transversal

Afanjáuer y mi tío Spencer

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 8 agosto, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín AlbaicínAfanjáuer o la prolongación del amor por otros medios es el título de una narración de Gregor von Rezzori hasta ahora inédita, incluida por Sexto Piso en Sobre el acantilado y otros relatos y que contiene una explicación que vale por todo un libro de por qué uno de sus personajes evita contemplarse en los espejos: es que es un individuo de perfil poco definido. Me parece una gran frase, muy definitoria de nuestro tiempo, aunque el del cuento sea la década de los 60, los llamados en Italia Años de Plomo, y me lo parece porque nuestro tiempo es eso, un tramo cíclico en el que la gente tiene cada vez más difuminado el perfil y en la que, cuanto más difuminado lo luce, más se consagra al vicio de autorretratarse con la cámara del móvil.

No sé si lo logrado de la frase haya de ser atribuido al genio austrohúngaro, dado que el progenitor de von Rezzori fue funcionario de aquel extinto Imperio. Es muy emblemático también de esta época nuestra, aunque –lo sé- no estemos en los 60, que la madre del hombre de perfil huidizo, prestigiosa diseñadora de moda, pierda los papeles con tal de aparecer en la televisión en un chabacano programa de entrevistas cuyo objetivo es despedazarla para público escarnio. Y bueno, no vamos a desvelar por qué a la presentadora la llaman Afanjáuer.

Prosiguiendo a buen paso nuestra andadura por el bosque de los cuentos, desembocamos en otro claro donde nos aguarda el tío Spencer. O Mi tío Spencer, una novela corta de Aldous Huxley, servida con seis relatos en un solo volumen por Ediciones del Viento. A cualquier sobrino interesado, con sólo preguntar por Mi tío Spencer, le vale: siete historias por el precio de una. Spencer es ferviente creyente en las enseñanzas de Swedenborg y se muestra convencido de que ciertos árboles que aún crecen en Lombardía fueron plantados por la mano del propio César. Y cree esto sin dificultad alguna, lo mismo que Manolo Caracol poseía un metal de tan flamenca calidad que no necesitaba forzar lo más mínimo la garganta para conmover. Yo diría que el sutil mensaje –claro que es sólo mi lectura- de este relato es el de cómo, en el descarte de la vida, los naipes pueden caer de tal modo que se destapen como ciertas lo mismo la homeopatía que las profecías súbitas, proferidas minutos antes de morir por un zapatero remendón y espurio ex bailarín “tibetano”.

A otro de los cuentos de Huxley se asoma un personaje que me es muy simpático, el Conde Fabio Tirabacci, que quiere cambiar su villa de muros decorados con frescos de Veronés por una fábrica de queso. También yo lo haría, si bien preferiría efectivo –cash– antes que maquinaria. Y más simpático aún me cae su padre, el anciano Conde, que me ha recordado a un gitano entrañable de cuya familiaridad y aristocrática campechanía mucho disfruté.

En Los escándalos de Crome, novela también de Huxley e igualmente lanzada por Ediciones del Viento, aflora más gente simpática. Un escritor que, en las flores de tonalidades oscuras y pétalos amarillentos, ve Reyes de Etiopía coronados con tiara de oro. Una aristocrática dama que, antes de apostar en las carreras o la quiniela, se esmera en la elaboración y cotejo de los horóscopos de todos los caballos y futbolistas participantes. El dueño de una mansión que invita a sus huéspedes a visitar y contemplar las cochiqueras. Y gente que disfruta persiguiendo por los tejados pavos reales en los que reconoce ángeles. Todo esto no sucede en el Imperio Austro-Húngaro que viera nacer a von Rezzori, sino en la campiña inglesa de los días de la I Guerra Mundial, cuando aquel Imperio, por culpa del asesinato del Archiduque Francisco Fernando y su esposa por Gavrilo Princip, se estaba desmoronando, legándonos en su caída a un literato que, escribiendo en alemán, se entendía a la perfección en polaco, yiddish o francés y que nos ha legado, a su vez, unos relatos cuya morbosidad, colocada sobre el platillo de una balanza, no se sabe si pesarían más que la alegre ironía de Huxley (hagan ustedes mismos la comprobación).

Por cierto que mientras escribo estas líneas están descubriendo, entre fastos oficiales y en ciudad tan largamente castigada por la violencia como Sarajevo, una estatua a Gavrilo Princip, como si hubiera sido un cisne –El cisne se titula otro de los relatos de von Rezzori- en vez de un terrorista como esos a los que nos encontramos debatiendo sobre la clase obrera en Afanjáuer. Mejor, la verdad, perseguir pavos reales por los aleros de los tejados que plantar en los canalones nidos de redentorismos homicidas.

Foto: José Luis Chaín
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