Cultura Transversal

De Anagarika Govinda al Dalai Lama

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Sabiduría Universal by paginatransversal on 16 agosto, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Hace ya un puñado de años que, en el Instituto de Tibetología de Gangtok (Sikkim), compré algunos polvorientos números de la revista mensual editada por la venerable institución. Eran ejemplares de la década de 1960, y el artículo Principios del budismo tántrico, del Lama Anagarika Govinda, quien era por entonces uno de los colaboradores habituales de la publicación, abrió mis ojos al verdadero sentido de las palabras crísticas relativas a que se debe renunciar al padre, a la madre… entendidos éstos como la envidia, el egoísmo y toda percepción materialista de las experiencias cotidianas. Ya dijo alguien que nada hay de esencial en el cristianismo que no se encuentre en las demás religiones (y viceversa, apostillaría yo)

La figura del autor de aquel artículo ha pasado hoy a un cierto olvido, pero, en unos tiempos en que la fuente principal a que el occidental medio acudía para saber algo sobre el budismo y Tíbet era el lama espurio Lobsang Rampa, este lama verdadero –nacido en 1898 en Waldheim con el nombre de Ernst Lothar Hoffman- contribuyó no poco con sus escritos, contemporáneos de los de Marco Pallis, a que no todo el mundo se extraviara por los novelescos delirios de Rampa y a arrojar luz sobre el auténtico carácter del camino hacia la Liberación propuesto por el Buddha.

La senda de las nubes blancas, un libro de 1966 ahora recuperado por Atalanta, es un poco una colección de reflexiones, un poco una crónica de su peregrinación e inmersión en el mundo budista y un poco evocación de un paisaje desaparecido… nos tememos que para siempre: el del Tíbet que, antes de la ocupación china, encarnaba un modelo de civilización íntegramente tradicional y a resguardo de los virus del proselitismo progresista. Un mundo cuyos habitantes, como los helenos de los días de la Ilíada, a menudo y a poco que aguzaran bien el oído, escuchaban las conversaciones de las deidades reunidas en conciliábulo. Una tierra abundante en eremitas apostados en bosques y montañas como pilares herméticos cuya misión era charlar con las fieras, bendecir a los caminantes y también, como en el caso de los ermitaños de la saga griálica, interpretar sus sueños. Un reino consagrado al fundido y alzado de doradas estatuas ante las que meditar sobre el adviento de Maitreya, el Buddha por venir.

El Lama Anagarika Govinda se detiene, entre otros puntos de interés, en la vida cotidiana en las lamaserías de la época, en el simbolismo de la Rueda del Dharma, en la existencia constatada por testigos objetivos de lamas cuyo cuerpo permanecía incorrupto semanas y hasta meses después de su deceso, en las escuelas de lung-gom (donde se adiestraba a los lamas para recorrer en poco tiempo enormes distancias), en los peligros derivados de la adquisición de “poderes” mediante la práctica de la meditación, en los oráculos dotados del poderío de provocar fenómenos meteorológicos y cuyo rostro se transforma físicamente en el momento de ser poseídos por la deidad… Y aprovecha para desmentir o matizar algunos comentarios en su día vertidos por autores como Alexandra David-Neel o Sven Hedin acerca de los lamas que se emparedarían de por vida y bajo condiciones extremas en aras de su práctica meditativa.

¿En verdad se encuentra aquel Tíbet, hoy mayormente en el exilio, en fase terminal? Diría uno que sí. Desde luego, si un día esta defenestrada civilización retornara –como a mí me placería- a su solar de origen, no sé hasta qué punto sería gracias al Dalai Lama, quien no sólo ya admitió en su momento no creer en la astrología, aserto bastante llamativo por ser esta una de las ciencias tradicionales en virtud de cuyos designios él mismo fue reconocido en su ternísima niñez como tulku de Avalokitesvara, sino que, además, ha aventado hace poco unas declaraciones casi igual de chocantes instando al gobierno de Italia a mostrarse firme a la hora de frenar el flujo migratorio que presiona sus fronteras. Ante la inmigración, los italianos deben decir: “¡Basta!”, ha recomendado el célebre monje.

Decimos que si, algún día, la civilización tradicional tibetana regresa al Tíbet quizá no será gracias al Dalai Lama porque no parece que S. S. considere incluidas en ese cupo migratorio “sobrante” en Occidente que, a su entender, “debería” volver a sus países de origen ni su persona ni la de los miles y miles de refugiados tibetanos que llevan más de cincuenta años viviendo de la hospitalidad, comprensión y subsidios del gobierno indio. Por lo menos, no recordamos que S. S. haya convocado nunca una rueda de prensa en Delhi para recomendar al ejecutivo indio lo que ha recomendado al italiano. Y eso que en China los están esperando a todos con las puertas abiertas. ¿No podría el Dalai Lama escribir sus libros de autoayuda en Lhasa?

Patetismos aparte, lo más grave de todo es que al Lama Anagarika Govinda parece asistirle la razón al escribir que “lo que está sucediendo hoy [1966] en ese país [Tíbet] simboliza el destino de la humanidad”. Ya en 1937, René Guénon escribió a uno de sus corresponsales: “La Tradición pierde por todas partes terreno exteriormente; se tiene la impresión de algo que se cierra y se repliega sobre sí mismo”… Y sí: ciertamente, esto se percibe hoy con mucha mayor nitidez que entonces. La tradición, y no sólo la budista tibetana, sino la Tradición en general y con mayúsculas, se debilita y semeja entrar en sueños por doquier. Quizá ya no nos reste más que dormirnos con ella. Desde luego, este libro del Lama Anagarika Govinda nos puede venir de perlas para conciliar dulcemente ese sueño tras cuyas puertas resplandece un mundo mejor.

Foto: José Luis Chaín

 

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