Cultura Transversal

Detectives

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 1 septiembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – El buen lector de novelas detectivescas y de espionaje sufre un poco en sus propias espinillas las zancadillas interpuestas en el camino por los malvados a sus investigadores favoritos. No voy a decir que con las fatigas encajadas por Bernie Gunther, el Caballero de Volnay o Emmanuel Cooper experimento yo congojas de intensidad pareja a las padecidas en su momento con las tardes de debacle de Paula, Curro o Aparicio. Tampoco es eso. Pero lo mío sufro, la verdad.

Hombre, por el Caballero de Volnay –nombrado Comisario de las Muertes Extrañas por Luis XV- mi historial de desvelos es aún corto, pues apenas acaba de salir la primera novela de que es protagonista: Casanova y la mujer sin rostro (Siruela), de Olivier Barde-Cabuçon. Pero ya se harán cargo de lo difícil que debe ser resolver un caso de asesinato cuando se desconoce la identidad del finado y aún no ha sido descubierta la existencia de las huellas dactilares.

Al Caballero de Volnay, además, le persigue su pasado: en su juventud fue miembro de la Hermandad de la Serpiente, una sociedad secreta fundada en Caldea, que no se anda con chiquitas y persigue -en competencia con la masonería y en una pugna en la que Madame Pompadour y el Conde de Saint-Germain ejercen algo así como la función suarista o centrista- el desprestigio y la caída de la Corona de Francia. Y claro, ese pasado puede ser en cualquier momento dejado caer sobre su cuello como una espada de Damocles (pues, aparte de no conocerse las huellas dactilares, tampoco ha sido inventada aún la guillotina).

Si siguiendo las andanzas del Caballero de Volnay apreciamos que las teorías de la conspiración ya estaban en boga mucho antes de que, en una novela de Vázquez Montalbán, un betunero confidenciara a Carvalho que si los españoles habían aguantado a Franco tantos años era porque el gobierno, solapadamente, aderezaba con bromuro el agua y los alimentos de primera necesidad, no puede sorprendernos que también a Bernie Gunther, en El hombre sin aliento (RBA), de Philip Kerr, le pise siempre los talones su pasado: haber sido socialdemócrata no es la mejor credencial o galón a exhibir en el nuevo orden nazi. Ese borrón en su historial sigue sus pasos con insinuaciones incluso cuando –a pocos metros de las fosas comunes abarrotadas de civiles judíos asesinados- investiga en Katyn la matanza por el NKVD soviético de prácticamente toda la oficialidad y la intelectualidad polacas. En aquel terreno de los hechos estuvo también Manuel Góngora, un señor con pesadas bolsas bajo los ojos, luego corresponsal de ABC en Argentina, de quien tengo por ahí una foto con mi abuelo, en un cóctel en la casa bonaerense de Imperio Argentina. En esta novela, Bernie maniobra, como siempre, rodeado de aristócratas conspiradores contra Hitler, ex policías de pasado tan cuestionable como el suyo, beldades cuyas caricias no son definitivas… Circundado, en fin, por sólo dos tipos de personas: o gente que no tiene nada que perder, o gente que lo puede perder todo en una sola jugada.

Al inspector Emmanuel Cooper, protagonista de las novelas de Malla Nunn, no le persigue demasiado su pasado (salvo en sus sueños pesadillescos, frecuentes en quienes han luchado en las trincheras de una guerra mundial). Pero, en Benditos sean los muertos (Siruela), su campo de operaciones sigue siendo la Sudáfrica del apartheid, donde las leyes prohíben, por ejemplo, que su ayudante, el agente Shabalala, que es zulú, conduzca un automóvil o interrogue a un blanco. Para entendernos: Sidney Poitier lo tenía más sencillo en En el calor de la noche. Por lo menos, a Cooper y Shabalala les ayudan siempre las almas de los asesinados, así como los rituales zulúes.

En cambio, en auxilio de Giacomo Casanova -movido por sus propias razones, distintas de las del Caballero de Volnay, para averiguar la identidad del asesino de la mujer sin rostro- no acuden los hechizos del África profunda. Conoce, sí, los remedios alquímicos, pero en su época estos han quedado reducidos a un uso cosmético. Así que quienes le echan un capote en sus pesquisas son las mujeres, naturalmente que cobrándole las confidencias en especie.

La verdad, es el investigador por el que menos sufro. Es de los que vuelve bravas a las reses mansas. Ante ganaderías duras o de lujo, corta siempre las orejas. No, no es de los que hacen sufrir, Casanova.

Foto: José Luis Chaín

 

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