Cultura Transversal

Braguetazos y bragazos

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 11 septiembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – En tiempos de crisis económica suele arreciar la consiguiente epidemia de debacles sentimentales, propiciando una revitalización del mercado o lonja del braguetazo y de su equivalente femenino: el bragazo, cuya única diferencia con el anterior reside en la ausencia de cremallera a la altura de la ingle. No decimos que no medie cremallera en el asalto, no. Es sólo que, puesto que de faldas se trata, la cremallera suele quedar a un lado, en la cadera. Por lo demás, todo se ajusta y desajusta a tenor del procedimiento previsto y habitual.

En absoluto encaramos un fenómeno exclusivo de los días de vacas flacas. O, por lo menos, no de vacas flacas para todos, pues al menos el elegido como beneficiario del bragazo ha de ser necesariamente un caballero que, de lo único que exclusivamente sepa, sea de cómo ganar llevar siempre efectivo en la cartera. Lo que ocurre es que, en los tiempos de reses mejor cebadas, la gente se permite prestar más atención a eso del pudor y se comporta con, como mínimo, mayor dosis de discreción. Pero, respecto de que el dinero gusta demasiado y a demasiados y baja muchas más cremalleras que el amor o el deseo, las estadísticas de esta pandemia dejan pie a muy pocas dudas.

El último relato de Historias de Manhattan, un libro que, como todos los publicados por la Editorial Elba, permite la lectura con placidez y reposado paladeo y donde Louis Auchincloss enguirnalda a modo de eslabones varios retratos familiares inspirados por la clase alta de Nueva York durante todo el siglo XX, termina con una frase lapidaria: “El gusto es todo lo que nos queda”… Algo terrible, si se repara en que aquello que la señora que la pronuncia entiende por “gusto” es sólo una determinada pulcritud, un comportamiento con cierto arreglo a las normas convencionales de la vida, regida por poco más que lo adecuado o no adecuado del atrezzo de la casa.

Los conseguidos relatos de Auchincloss –en su día combatiente en la II Guerra Mundial, pero también director de la revista literaria de Yale, es decir, nacido en una familia lo bastante pija como para saber de lo que hablaba- fotografían un microcosmos cuyos habitantes viven con la conciencia –concepto puramente teórico y con el interruptor en off– permanentemente aparcada, como un coche de deslumbrante capó que se luce, pero nadie usa. Luego vienen las cuentas en Andorra, que diríase por estos predios, porque a la del bragazo hay que remunerarla y compensarla cada día más y mejor por su tierno sacrificio, no sea que vaya a coronar con dos leños la despejada frente del pagano. Un microcosmos, en fin, plagado de dudas sobre la importancia real de lo que se hace y sobre la auténtica solidez de ese calmo y flemático arribismo de hipocresía y envidia que lo alienta. Todo para, luego, lo mismo que antes del golpe de lencería, seguir sin saber qué hacer con el dinero que se gana a espuertas y seguir tirando, viviendo como por vivir y sin otro incentivo que el de haberse garantizado “el amor constante e inexpresivo de una doncella de Nueva Inglaterra de antigua estirpe que no tenía una sola gota de sangre romántica en todo su cuerpo”.

Viajes, en fin, a los que se parte un poco a ciegas y por descontado que sin alforjas. Eso sí, con cremallera.

Foto: José Luis Chaín

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