Cultura Transversal

Stravinski: la voz de la experiencia

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Música by paginatransversal on 19 septiembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Entre creadores, en el mundo artístico donde siempre he vivido, el cruce de felicitaciones es cosa a la orden del día, por no decir que rito de estricta observancia. Festejas con unos canapés la aparición de tu nuevo libro, y enseguida se acercan otros escritores asistentes al evento –si es que alguno va- para estrujarte esos cinco y felicitarte por lo bueno que es. Un pintor inaugura una exposición, y el colega le abraza, palmoteándole estentóreamente los omóplatos, proclamando el gran momento en que se encuentra. Debuta un bailaor con un nuevo show, y a los camerinos se llegan ocho o diez flamencos a asegurarle lo mucho que les ha gustado. El artista ha de caer muy mal a todo el mundo o vivir en el ostracismo social más extremo para que esto no suceda.

Pero no siempre fue así. Por ejemplo, cuando el gran Igor Stravinski, llamado a erigirse en una referencia fundamental en el parnaso de la música, estrenó en París El pájaro de fuego y, poco después, preguntó su opinión a Debussy, a quien acababa de ser presentado, éste respondió:

-¿Qué quiere que le diga? ¡Con algo hay que empezar!

No estuvo muy caluroso, la verdad.

Esta es sólo una de las muchas jugosas anécdotas evocadas en Memorias y comentarios, una serie de entrevistas con el propio Stravinski recogidas e hiladas por Robert Craft y publicadas por Acantilado y que, lejos de configurar un libro inteligible sólo por musicólogos o apto nada más que para devotos del gran compositor, constituye un agudísimo, ameno y diría uno que imprescindible repaso a un número importante de quienes fueron figuras decisivas en el panorama intelectual y artístico del siglo XX: Sarah Bernhardt, Paul Morand, Cocteau, Pavlova, Picasso, Disney, D´Annunzio, E. G. Robinson (que firmó como padrino en su boda), Dylan Thomas, Huxley, Scriabin, Proust, Rajmaninov (“Era el único pianista que he conocido que no hacía muecas cuando tocaba. Eso dice mucho de él”)… Y hasta del XIX, pues su padre fue amigo de Dostoievski y él mismo tomó clases de composición con Rimski-Korsakov.

Aparte de servirnos para conocer detalles relacionados con el regreso a la URSS de Prokofiev o la visita de Maiakovski a París, gracias al testimonio de Stravinski se entera uno, por ejemplo, de algo tan inesperado como de que el gran Nijinski solía bailar fuera de compás (“Nunca comprendió la métrica musical y tampoco tenía una idea muy clara del tempo), y ello no sólo porque necesitaba ir, mientras danzaba, contando mentalmente los tiempos, sino porque pronunciaba en silencio –uno, dos, tres…- los números, que a partir del diez –diecisiete, dieciocho, diecinueve…- tienen más de una sílaba. Ello le hacía perder inevitablemente el paso y -puesto que los demás bailarines le seguían a él- convertir el escenario en un caos desde el punto de vista rítmico…

Una buena anécdota es la del fin de Granados, que no sobrevivió al naufragio del vapor en que viajaba por llevar a la cintura una riñonera llena de oro. O el recuerdo de que Monet pintó sus mejores cuadros cuando estaba ya prácticamente ciego. O la del viaje en tren de Stravinski desde Petersburgo hasta Smolensk, donde había quedado con Nikolai Roerich para hablar de La consagración de la primavera. Al darse cuenta de que a mitad de camino debería pasar dos días en una estación perdida, a espera del tren de enlace, el compositor decidió subir a un vagón de un convoy de ganado y hacer el trayecto de una tacada… en compañía de un toro. No se me ocurre el nombre de ningún artista de hoy que consintiera –y menos, por iniciativa propia- pasar por semejante experiencia…

Diaghilev, el genial creador de los Ballets Rusos, sin ser un ortodoxo practicante –como Stravinski, quien siempre reclamó para su música un origen religioso en uno u otro sentido-, era muy supersticioso. Ello le llevó, cuando embarcó hacia América, a contratar a un criado al que asignó la única misión de permanecer todo el viaje arrodillado ante los iconos y orando por la feliz llegada a puerto de la nave. ¡Nada raro! En sus memorias –El eterno masculino, que estoy leyendo para ver si puedo corregir los fallos que me encuentre- explica Omar Shariff, que siempre se ha declarado ateo, como cada vez que, mientras jugaba a las cartas, detectó que estaba mirándole alguien con ojos verdes, supo que iba a perder hasta la camisa, o que nunca se olvidó de introducir en sus contratos cinematográficos una cláusula que –a fin de evitar desastres- prohibía la presencia en el plató de cualquier objeto de tonalidad morada.

Estarán de acuerdo conmigo en que no andan las cosas como para que los maniáticos, que cada día somos más, nos privemos de buenos consejos. Así que lean el libro de Stravinski. No lo lamentarán. ¡Es la voz de la experiencia!

Foto: José Luis Chaín

 

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