Cultura Transversal

Hombres que se esfuman

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 25 septiembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

Joaquín Albaicín – Años 60, Suecia y el inspector Martin Beck. De ahí, salto a la Hungría comunista, donde las mujeres se cuelan en los hoteles y se quitan sin prolegómenos la ropa nada más pisar la moqueta de la habitación del turista occidental. Una ninfómana (porque las hay). Una pelea de noche, en un puente y junto a unas escaleras de piedra. Mucha borrachera pastosa. Un motivo de alarma: alguien vuelve de la playa con el bañador completamente seco. Y la verdad -a menudo, puesta en cuarentena- de que un hombre no es su pasaporte. Y es que todo gira en torno a eso, a un hombre que se va y, como reza en el título, se esfuma de tan completo modo que hasta se pregunta el lector si se habrá ido de verdad o no estará al lado suyo, escondido bajo el sillón.

Por eso Sjöwall y Wahlöö, los pioneros de la novela negra sueca, titularon así su historia: El hombre que se esfumó (RBA). Pero, ¿es lo mismo irse que desaparecer? Hay gente que se va, pero no. Que, por muchos kilómetros que se desplace, no se va del todo. Les pasa a los exiliados, por ejemplo. Pienso en Eduardo Zamacois, inventor de la novela de quiosco, escritor de relatos tenebristas a quien Carrére o Ruano tuvieron como maestro y que tras la guerra civil se las piró a Argentina pero, durante años, estuvo carteándose con Federico Carlos Sáinz de Robles y Luis Ponce de León. Esas epístolas han sido incluidas en el popurrí de escritos suyos Cortesanas, bohemios, asesinos y fantasmas, que incorpora, precisamente, un capítulo de su libro Un hombre que se va, y su contenido –el de las misivas- puede resumirse en: que si volvía, que si no, que si para cuánto tiempo, que si el qué dirán… De creer a Umbral, por entonces a Ruano se le había amustiado la admiración por él e iba diciendo que Zamacois olía a cretona –oséase, que se le había pasado el arroz- y es de suponer que eso no animaba mucho a regresar al expatriado.

Y hablando de eso, del qué dirán, les diré que fui a la presentación del libro de Zamacois en la sede madrileña de la casa editora, la Fundación Banco de Santander, encontrándome a mi llegada con el paso al auditorio obstruido por decenas de personas a quienes el lleno del aforo impedía el acceso al interior. Teniendo en cuenta que hablamos de un señor ido –eso sí: perfectamente en sus cabales- hace más de setenta años y sin ninguna musculatura mediática, hay que volver sobre lo que apuntaba: que no olerá Zamacois tanto a cretona, que una retirada a tiempo es una victoria y que uno puede irse sin esfumarse, o esfumarse y no sólo no irse, sino hasta formar el taco con apretujones el día de la presentación o, si hablamos del esfumado de Sjöwall y Wahlöö, con ocho ediciones de la novela ya vendidas.

El caso es que pululaba por allí una señorita de la editorial que, lejos de hacerse la sueca, muy azorada y supongo yo que también por lo apuntado del qué dirán, nos compensó a todos los excluidos con un ejemplar del libro. Así que ya saben: si quieren hacerse con un ejemplar gratis de alguno de los próximos títulos de la colección Obra Fundamental de la Fundación, a buen seguro tan interesantes y jugosos como los ya publicados (de González Ruano, Foxá, Pérez de Ayala, Guillermo de Torre…), estén atentos a la fecha de la rueda de prensa y asegúrense de llegar con el tiempo más bien justo.

Comentado esto, lo que les contaba, que el que en esta novela de Sjöwall y Wahlöö se esfuma no lo hace impulsado a ello por el hablar de la gente, y tampoco termina uno de explicarse la preocupación por esa nimiedad –el qué dirán- de Zamacois, que, si algo hacía, era decir muy bien. Se lo digo yo y lo corroboran, además, el fino hilado y el recamado sutil de sus narraciones. Como también les digo que, a la luz de estas lecturas, transparece que el asesino sueco de los 60 y el madrileño o manchego de los 20 nada tienen, en cuanto a sangre fría y mezquindad de espíritu, que envidiarse entre sí. Lo que sí estaban el Estocolmo y el Budapest de entonces era harto faltos de espectros –que no de cortesanas- en comparación con los Madriles, y no podía resultar de otro modo si se recuerda que Sjöwall y Wahlöö eran nórdicos comunistas, no de los que, como Indridason, ya caído el Muro y liberados de las directrices del Partido, hacen hoy concesiones de burguesa índole al espiritismo y la oniromancia y, prácticamente, expenden patente de corso a la premonición y la autohipnosis regresiva. Eso sí: pasando olímpicamente de comidillas y chismorreos, lo cual me parece muy digno de respeto en el gigantesco patio de vecinos cotillas en que las nuevas tecnologías han transmutado el planeta.

¡Si Zamacois levantara la cabeza! Esto está para hacer lo que el buen señor de la novela de Sjöwall y Wahlöö: esfumarse.

Foto: José Luis Chaín
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