Cultura Transversal

Los duendes, del XVIII a hoy

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 1 octubre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín AlbaicínA la luz de los prodigios. Almas, demonios y seres evanescentes, mitos y mundos en el Siglo de Oro (Miraguano), reza el título del libro que empezamos a leer. Resulta, en verdad, de lo más notable que, a estas alturas y con tanto llovido, alguien se apreste a la labor de investigar la oleada de apariciones supuestamente demoníacas que, durante veinte o treinta años, sacudieron en el siglo XVII el pueblo andaluz de Arjona. Pues Gonzalo Gil González lo ha hecho, y aplicando a la empresa herramientas y criterios de investigación propios del XXI. Claro que, para resolver del todo el caso, la impedimenta y deducciones a emplear habrían de ser –como mínimo- del siglo I, pero bueno… Vayamos a lo concreto. Lejos de limitarse a aquel un día famoso enigma, Gil González se detiene además en una copiosa casuística de santas compañas, esferas luminosas, ejércitos espectrales batallando en los cielos, almas en pena, duendes caseros, brujas voladoras… Y es que: “En el siglo XVII”, nos explica, “los duendes no son visitantes esporádicos, sino una gran familia espectral muy diversificada que vive sin peligro de extinción”.

Que estas entidades campaban por entonces a sus anchas y se manifestaban de continuo en medio del conocimiento general lo prueba el hecho de que se hicieran notar en el mismísimo Palacio Real o que todo el mundo en Madrid supiera que la casa de la Marquesa de Cañete estaba hasta arriba de duendes. Es cierto que, como apunta Gil González, el dominio de la Iglesia contribuía a que se viesen “duendes” por todas partes. Pero también lo es, nos parece, que, hoy, la absoluta laicización de la enseñanza (incluida, en gran medida, la católica) contribuye a que no sea percibida la actividad de los demonios allá donde, evidentemente, esta se da. Algo similar sucede –como resalta Jacobo Siruela en El mundo bajo los párpados (Atalanta)- con la nula significación que, en contraste con épocas pretéritas, atribuye hoy la mayoría de la gente a la sustancia de sus sueños.

Citábamos específicamente a los demonios porque, si bien los seres del mundo intermedio nunca –pues no pueden- han dejado de hacer de las suyas, son los de esta última clase los más activos y aquellos cuya contigüidad con el ser humano resulta, en la actualidad, más perceptible. Nos parece muy lúcida la reflexión de Patrick Harpur al identificarlos en un libro por nosotros comentado en su momento –El fuego de los filósofos (Atalanta)- como los pobladores de la televisión e internet (y, por tanto, hasta de nuestros teléfonos móviles) y señalando la adicción que provocan. La palabra “duende”, recuerda Gil González, procede de la expresión “duen de casa” (“dueño de la casa”), de donde se deduce que los djinns –como son conocidos por el Islam- están ahí, en casa, todo el tiempo. Son apreciaciones que deben hermanarse con, por ejemplo, las apreciaciones de Charles Upton sobre la extraordinaria similitud detectable entre el proceder de los antiguos demonios y los “extraterrestres” que llevan todo el siglo XX y lo que va de XXI “abduciendo” homínidos. Resulta, la verdad, difícil no reconocer un conciliábulo de diablos viciosos, viscosos y malignos en casi cada tertulia televisiva con éxito de audiencia.

Por cierto que, hablando de “extraterrestres”, vengo a reparar en que uno de mis anaqueles da acogida a un ejemplar comprado tiempo atrás a un librero de lance de Secuestrados por los extraterrestres, de Antonio Ribera. Unas líneas manuscritas dan fe de que su anterior propietario fue otro ufólogo: “A mi querido tocayo Antonio José Alés, con el afecto de siempre”. Fechada en San Feliú de Guixols el 3 de febrero de 1984, la dedicatoria acaba con una advertencia: “Libro dejado, libro secuestrado. ¡No los dejes!” Curioso, haber reparado en él justo a la hora de escribir estas líneas sobre la investigación de Gil González.

Volviendo a esta, procede subrayar que el cristianismo no quiso tomar en consideración la existencia de los seres del mundo intermedio de naturaleza no angélica y, en determinado momento y como lo cierto es que existir, existen, tapó el hueco catalogando a todos como demonios. Y, si bien es cierto que los pobladores del intermundo –los elementales de Paracelso- no participan de la naturaleza material o corpórea del hombre ni de la puramente espiritual, ni mucho menos todos ellos son demonios, como no necesariamente lo eran los dibbuks con que con recurrencia soñara Isaac Bashevis Singer en su adolescencia y contra cuyos abusos expansionistas nos previno Cortázar –pese a ser un gentil- en Casa tomada.

Y luego está el Duende con mayúsculas, deidad que se manifiesta en los altares del toreo, la música y las artes en general y cuya aparición antes, lejos de desagradar, inducía al éxtasis pero que hoy, y saquen ustedes sus propias conclusiones, cada día parece molestar a más gente. Seguro que eso no sucedía en el Siglo de Oro. Pero hoy vivimos bajo un clima que recuerda bastante al que dio la puntilla a los últimos oráculos de la Antigüedad. Por eso los duendes pasan desapercibidos y el Duende, por lo general… ni se digna aparecer, como reservándose para tiempos más dignos de su magna prestancia.

¡Por algo será!

Foto: José Luis Chaín

 

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