Cultura Transversal

El mundo bajo los párpados

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 13 octubre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Era muy jovencito cuando empecé a llevar un diario donde anoto cada sueño por el que deambulo. El interés por los paisajes oníricos nunca me ha abandonado y, de hecho, hubo autores (Graham Greene, Eliade, Jünger…) cuya obra sólo me decidí a leer tras saber que también ellos habían sido, si no escrupulosos cultores de la vida durmiente, al menos sí aficionados a tener en cuenta y transcribir sus visiones nocturnas.

Soy consciente de la razón que asistía a René Guénon cuando expresó a un amigo su parecer de que eso de los sueños era un lío… pero también de la enseñanza de Muhammad en el sentido de que “el buen soñar es la cuadragésima sexta parte del mensaje profético”. Y me convencen a pies juntillas las enseñanzas al respecto de espirituales hindúes como Ramana Maharshi. Así que comprenderán que haya leído de un tirón –literalmente, devorado- el ensayo dedicado por Jacobo Siruela a los sueños y su incubación: El mundo bajo los párpados (Atalanta).

Me gustaría resaltar la actitud que ha estimulado al autor a escribirlo, insólita en el Occidente contemporáneo, pues le mueve no otro propósito principal que cuestionar la cortedad de miras, la autoridad y, en el fondo, el parco alcance del cientifismo reinante y su afán por poner puertas al campo. Algo, se convendrá, tan loable como poco usual.

Sus reflexiones se centran sobre todo en Occidente, acudiendo a las fuentes clásicas para recrear los rituales de incubación de sueños celebrados en la antigua Grecia, donde, por tratarse de una civilización tradicional, existía la evidencia y la conciencia de una orografía onírica muy bien cartografiada y emplazada desde el punto de vista ontológico. Como subraya Siruela, los griegos “aceptaban lo sagrado sin ningún tipo de reticencia o conflicto con su racionalidad”, alzándose como guardián de tal estado de cosas la figura de Asclepio. Hijo de Apolo, fue discípulo de Quirón el centauro, en cuya naturaleza dual se percibe su rango de sabio en las ciencias del mundo intermedio y cuyo parentesco con el Rey del Grial es, como subraya Siruela, notable. Las páginas dedicadas en el libro a la descripción –hasta donde nos es posible- de aquellos procesos de purificación conducentes a la sanación y practicados en el santuario de Epidauro, principal entre los consagrados a Asclepio y cuyos graderíos galvanizaría siglos más tarde la maravillosa voz de María Callas, son sencillamente apasionantes. Las innumerables curaciones allí obtenidas gracias a sueños de advertencia o de diagnóstico no pueden sino dar la razón al escéptico Montaigne, también recordado en estas páginas y para quien el espíritu y el cuerpo “comunican entre sí sus destinos”.

En ese sentido, se puede hablar de un elocuente paralelismo con la tradición hindú, muy explícita en cuanto se refiere al estado de sueño lúcido (léase, por ejemplo, el tratado La falsa atribución, de Shankara), al que se encuentran también alusiones precisas en obras musulmanas, resultando obvio que hinduismo y gnosticismo islámico se encuentran, en ese punto y muchos otros, mucho más cerca de los antiguos helenos que quienes se proclaman orgullosos herederos de su civilización.

Y es que las tentativas de onironautas de talante ya moderno como el Marqués d´Hervey, estajanovista del sueño al que, junto a otros de su cuerda, dedica Siruela un merecido recuerdo, no dejan de ser esforzados cabezazos que llegan hasta donde llegan, pues sus protagonistas carecían de criterio interpretativo para calificar con acierto la naturaleza de fenómenos emplazados en planos de la realidad distintos del material. El propio Jung no se apoya ya sobre las enseñanzas de una tradición: se refiere, sí, a la alquimia y a símbolos cristianos e hindúes, pero como si se tratara de tradiciones del pasado remoto y completamente extinguidas. La razón de tal carencia es que, en Occidente, el cristianismo –si bien conservó y adaptó parte de aquella ciencia onironauta- arrampló también con bastante de ella, terminando la Ilustración por dar la puntilla a un toro que, con su embestida, venía a negar el dogma de que el hombre es una simple máquina. Y, como Siruela subraya, la revelación coagulada en una epifanía religiosa, la comunicación simbólica con lo divino, “solamente puede ser experimentada y mantenerse viva a través de la practica ritual”, que fue perseguida hasta su total desaparición.

No puedo callar que considero la prohibición por Constantino, en 324 d. C., del culto a Asclepio como una de las mayores canalladas perpetradas por individuo alguno en el curso de la Historia. Que Dios le haya perdonado.

Foto: José Luis Chaín

 

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