Cultura Transversal

Medianoches, rapsodias, bosques

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 25 octubre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – A la hora de la verdad y en el orden práctico, sobrevivir a una tragedia infantil, ser el hermano o amiguito que se salvó por los pelos y pudo seguir montado en la vagoneta de la vida de la que el otro fue forzado a saltar es algo que a menudo pesa hasta el punto de incapacitar en alto grado para la toma a tiempo, con cabeza y lógica, de esas decisiones –el amor, el matrimonio, la paternidad…- esenciales en la existencia. Este es un argumento subyacente en todas las novelas de Arnaldur Indridason por mí leídas, y también en El silencio del bosque (RBA) de Tana French. ¡Buena prueba de que las mentes heridas en la infancia se curan igual de mal en Reykjavik que en Dublín! En ambos universos –el de Indridason y el puesto en pie por esta trama de French- hay gente que, de algún modo, sigue adelante con su día a día sin notar ya al lado la presencia de un compañero de juegos del que era inseparable y nunca volvió a saberse. En el caso del detective Adam Ryan de French, a quien hasta ahora no tenía el gusto, eso de que siempre se vuelve al lugar del delito se cumple tan escrupulosamente que no sólo es él mismo la víctima superviviente del crimen anterior, sino también el sabueso a cargo de la resolución de otro perpetrado al cabo de muchos años en el mismo lugar y en el que el cadáver aparece rodeado de pruebas… relacionadas con el de antaño.

Esas sajaduras tempranas en la psique, tan parecidas a un salto en el tiempo, no son menos corrientes en Nueva York, donde funciona el psiquiátrico donde va a parar una señora de clase alta por culpa de los tejemanejes que dos vivos se traen con ella, los tres metidos en una furgoneta con la música muy alta, en Rapsodia en Nueva York (Siruela), la segunda trama policíaca que he leído de Charlotte Carter, una escritora que ha logrado engancharme no sólo por las cosas que le pasan a Nanette, su protagonista, sino por lo útil que, de cara a la práctica del inglés coloquial y callejero, resulta la costumbre de Siruela de respetar en cada capítulo el título americano puesto por Carter. Leyendo las intrigas de Carter no sólo sabrás a qué atenerte en lo tocante a lo demasiado entretenidas que pueden llegar a ser las muñecas de vudú, sino que, apuntando algunas de estas expresiones, te sentirás menos perdido al llegar a Nueva York.

Hay, sin embargo y coloquialismos aparte, quien logra dejar atrás la niñez sin muchos sobresaltos y hasta es adoptado por un arqueólogo y ex cónsul británico y su esposa, pero sólo para terminar desfigurado y destripado apenas ha salido de la adolescencia al lado de la inquietante Torre del Zorro de Pekín. Fue el caso de Pamela Werner, cuyo cuerpo irreconocible apareció el 8 de enero de 1937, cuando la abundante colonia de exiliados rusos acababa de celebrar la Navidad, a poca distancia de su casa, en un barrio donde todas las puertas de entrada a las viviendas tenían escalón a fin de evitar el acceso a ellas de los malos espíritus.

Su asesinato, cuya investigación entorpecieron deliberadamente las autoridades británicas, sólo ahora ha podido ser esclarecido gracias al legajo de cartas enviadas durante años por el padre de la víctima al Foreign Office, y que Paul French –hoy, dedico el artículo a todos los French del mundo- encontró en el Archivo Nacional Británico. De su estudio y el posterior rastreo de los informes elaborados en su día por Scotland Yard y la policía china ha nacido Medianoche en Pekín (Plataforma), un relato que, apenas empiezas su lectura, ya no puedes abandonar y que te induce incluso a dudar de si te enfrentas a los resultados de una investigación o una urdimbre de ficción fabulada de pé a pá –incluida la propia instrucción del caso- por French. ¡Tan reales –desde el punto de vista literario- nos resultan los rusos blancos que, en sus páginas, hormiguean por los lupanares, los camellos de heroína fusilados sin contemplaciones en la calle al lado de la mercancía incautada, el gusto por la “disciplina” de los internados victorianos, los rumores sobre los sacrificios humanos supuestamente practicados por las tríadas o las noticias sobre los avances de las tropas de Chiang Kai Shek, comunistas o japonesas!

La despiadada eliminación de Pamela Werner habría sido un enigma que ni cortado a medida para una cazadora de criminales con la perseverancia y arrojo por que se distingue la Nanette de Rapsodia en Nueva York, porque el inspector Richard Dennis y el coronel Han, investigadores en su día del desaguisado pekinés, eran funcionarios que no podían saltarse las normas, como sí podría y, sin duda, hubiera hecho ella.

También, sí, se las salta Adam Ryan ocultando a sus superiores los inquietantes y siniestros lazos que parecen vincularle de modo directo al sangriento intríngulis desplegado ante su mesa de despacho. Pero Nanette las vulnera mejor. O será que está muy buena, o eso se deduce de las descripciones de Carter, no lo sé. Seguiremos, pues, monitorizando sus paseos, ya nos lleven a Irlanda, al Celeste Imperio o a la Gran Manzana. Siempre habrá en el curso de los mismos algo jugoso que morder.

Foto: José Luis Chaín

 

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