Cultura Transversal

Manuel Molina, “Barullo”… ¡La noche es joven!

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Libros, Música, Publicaciones by paginatransversal on 9 noviembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – La otra tarde, pronuncié una conferencia en Castellón y fui a iniciarla refiriéndome al protagonista de una novela de Eduardo Halfon, un pianista romaní de Serbia llamado Milan que, en La pirueta (Pre-Textos), explica a otro de los personajes de la trama que a los gitanos se nos dan bien, mayormente, tres asuntos: la música, contar historias… y una tercera cosa que –precisa- es un secreto. Por lo menos en lo que a Manuel Molina se refiere, acierta de pleno. Aparte de que -pues esa tercera habilidad nuestra es presentada como un enigma- habrá que concederle como mínimo el beneficio de la duda, nadie discutirá su condición de músico brillante ni tampoco la de escritor de rango, pues no canta sino lo que escribe y lleva más de treinta años enriqueciendo el patrimonio flamenco con coplas que constituyen, más que sentencias, verdaderos microrrelatos (“¡Vaya castigo!/ ¡Que duermes con ese/ y sueñas conmigo!”).

Antes de pasar a disfrutar de su flamenquísimo carisma, nos da tiempo a degustar en la barra y a medio metro del primo Toni El Pelao –bailaor puro donde los haya- esos huevos rotos a los que, en Casa Patas, el pimentón de la Vera con que son espolvoreados confiere un sabor punto y aparte. Con ellos entre pecho y espalda subimos a la Sala García Lorca, donde ha tomado ya posiciones gente del toro (Ángel Amos, Miguel Luque) y del cine (Pedro Almodóvar) y Yago Santos, joven concertista de guitarra destetado con los aires de Riqueni, va ambientando a un auditorio que aguarda ilusionado la comparecencia del trovador.

Y al fin, Manuel. Los brazos, abiertos en cruz y figurando el infinito. La bulería, musitada y mecida como pepita de oro fugazmente atisbada en el lecho del torrente… Su guitarra minimalista y crepitante, así como sus hirientes susurros o, si se quiere, esos dolientes alaridos transmutados por la ironía y la caricia en fina hebra de oro… Esos melismas, en fin, que conforman su sello de artista me han emocionado ya desde que de niño, cuando todo era de color, escuchaba sus discos con Lole. Y sí, el tiempo pasa, pero resulta obvio que no lo hace al mismo compás para todo el mundo. Además de que en los últimos tiempos ha firmado más de un episodio flamenco para la Historia –con Manuela Carrasco o Farruquito, por ejemplo- al menos a mí Manuel me sigue pareciendo el mismo que cuando, hace unos lustros, nos conocimos en una casa donde celebramos a la vez la Nochevieja y el bautizo de su hijo, y a ello sin duda contribuye su condición de artista exquisitamente personal, artífice de un estilo que después nadie ha sabido o podido emular. ¡Qué importante y qué bonito es saber reconocer el sitio que a uno le otorga el destino y, de una vez y para siempre, convertirlo en propio!

Garganta rota, terno blanco y barba patriarcal, sus sones y flamencos decires –y esto es siempre previsible cuando de Manuel Molina se trata- supieron a mucho y, a la vez, a poco, pues –hombre con luces y enemigo del destajismo- cultiva la sana costumbre de dejar a quienes le escuchamos un poco con la miel en los labios, que es el mejor modo de mantener y preservar alto el cartel. ¡Faena de torero inteligente y de arte!

Y luego, lo que tiene Casa Patas, que es más un planeta que un tablao y tras cada puerta que abres salta un conejo de la chistera. No llegamos a tiempo de ver bailar en la sala de abajo a Paloma Fantova, sobre quien pronto habremos de escribir algo, pues es una de las bailaoras más solicitadas, y por algo será. Pero sí de presenciar un contundente, elegante y enduendado baile por taranto de Barullo, que –inspirado por las voces de Zambullo y Fabi– hizo honor a la casta de su abuelo Farruco marcando con gitanísima impronta y derrochando en los remates fuego y clase. ¡Otro puntal importante de una dinastía de por sí estelar, este Barullo!

¿Noche grande? Pues sí, pero aún no había acabado. Faltaban, ya concluido el espectáculo y cerradas al público las puertas del local y mientras Pana escanciaba la postrera ronda, cuatro fandangos de lujo que, a la familia y los amigos, quiso regalarnos un grande: Antonio El Rubio. Un hombre de ochenta y siete años, impartiéndonos con el alma la lección de que la noche… siempre es joven.

Por lo menos, ya les digo, la de los flamencos.

Foto: José Luis Chaín

 

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