Cultura Transversal

Discípulos satánicos

Posted in Aquilino Duque, Autores, Historia, Sabiduría Universal by paginatransversal on 11 noviembre, 2014

por Aquilino Duque – En la época de entreguerras y con referencia a una de las innumerables conferencias de desarme que se organizaron en Ginebra, dijo un enterado, creo recordar que el inefable Madariaga, que hacer participar en esa conferencia a militares era como encomendar a un cónclave de ateos la proclamación de un dogma. El tiempo todo lo hace posible, y así se ha llegado a una situación pintoresca en que quienes con más énfasis dogmático nos hablan de mística son señores que han perdido la fe o que nunca la tuvieron. La víctima lo mismo puede ser ahora San Juan de la Cruz como en otra sazón lo fuera Santa Teresa. La mística sin fe es como la teología sin Dios: un pastel de liebre sin liebre. No faltarán pasteleros que digan que la mística no tiene nada que ver con la fe, es decir, con la fe que profesaron Juan de Yepes y Teresa de Ahumada. Nada que ver con esa fe tienen en efecto el tantrismo hindú ni los éxtasis alucinógenos de tantas culturas primitivas. Esas místicas ajenas a la tradición judeo-cristiana hacen depender las visiones de una excitación de los sentidos y Mario Praz las llamó “místicas abdominales” mucho antes de que la sociedad de consumo implantara en Occidente la cultura del sexo y de la droga. Algo más próxima a la mística de tradición judeo-cristiana está la mística sufí, y es que conviene no olvidar que musulmanes y cristianos comparten la creencia en el mismo Dios y son hijos del mismo Libro. Arabistas eminentes, en la estela de Asín Palacios, nos han mostrado el estrecho parentesco entre místicos españoles judíos, cristianos y musulmanes. Sin embargo, ese parentesco evidente, cuya clave principal está en la Biblia, no hace automáticamente morisco o marrano a ningún místico cristiano, pese a los esfuerzos frenéticos de sacristanes de don Américo y eruditos a la adormidera.

Cada época y cada exégeta interpreta al personaje de turno a su imagen y semejanza, y tanto derecho tienen a opinar los que, en estos tiempos de hedonismo salvaje, van de moriscos o marranos por la vida, como los que, en los ascéticos años de nuestra inmediata trasguerra, ponían en lo espiritual los anhelos que la parva materia de los tiempos a duras penas habría logrado satisfacer. Ahora bien, ese derecho se puede ejercer en tanto en cuanto se hable claro y no se nos dé gato por liebre en la confección del pastel. Me temo que al opinar así incurro en hábitos inquisitoriales, pero es que la Inquisición se introdujo en España precisamente para descubrir el doble juego y deshacer comportamientos hipócritas. Unos personajes que el Santo Oficio perseguía con especial encono eran aquellos clérigos que se aprovechaban de sus hábitos y de su ministerio para hacer estragos en los conventos de monjas, por no hablar de los que practicaban costumbres que entonces eran oprobiosas por más que hoy sean motivo de orgullo.

Hay muchas cosas en el cielo y en la tierra que no caben en nuestra filosofía, y una de estas cosas es la mística, cuya experiencia es vano y torpe racionalizar. La mística no sólo trasciende toda ciencia, sino todo lenguaje, de suerte que ante sus balbuceos, sus glosolalias y su visionaria imaginería sólo cabe el estupor y el anonadamiento. Esa y no otra fue la actitud ante San Juan de don Marcelino, de Dámaso o de Guillén, prueba este último de que no hay que ser creyente para respetar lo sagrado. Vivimos sin embargo tiempos de profanaciones, y una de esas profanaciones es la del lenguaje, profanación en la que descuellan poetas eruditos cuya locuacidad es incontenible desde que hicieran en poesía voto de silencio.

Nada de eso tiene sentido si no se tiene presente que obedece a una lógica de la destrucción de la religión, de la patria y de la familia. De la destrucción de la familia nada diré, pues el marxismo pasó a la historia y con él la licitud de los argumentos ad hominem. De la destrucción de la patria sí que se puede hablar, ya que la patria, o sea España, es para muchos una equivocación histórica que está durando demasiado, y en cuanto a la religión, no se le perdonará nunca a la Iglesia romana la ayuda prestada a esa equivocación en la Reconquista, en la Evangelización de América y en otras coyunturas más próximas, gracias a las cuales España ha llegado por lo menos al siglo XXI. Eso por no hablar de su más reciente victoria sobre la Bestia del Apocalipsis, encarnada en el marxismo-leninismo.

Es evidente que un poeta como San Juan de la Cruz se expresó en castellano y profesó en una orden monástica, o sea que, hasta nueva orden, fue poeta español y carmelita descalzo. Sus reformas y las de Santa Teresa salieron adelante gracias a que Felipe II los apoyó frente a la violenta hostilidad de los calzados, pero en ningún documento consta que estos reformadores pecaran de alumbrados o de quietistas. No me meto en dibujos de limpieza de sangre, pero me importa mucho más la limpieza de conducta que a estos reformadores nuestros los llevaría a los altares.

Mientras estén en los altares no están evidentemente a nuestra altura; a nuestra altura sólo está una España que hemos logrado convertir en el retablo esperpéntico de la avaricia, la lujuria y la muerte, y es en ese retablo donde queremos colocar a nuestros místicos, no en los altares en que los puso el Papa de Roma.

“El que no tiene maestro del espíritu – dice Ben Arabi de Murcia – es Satanás su maestro”.

Fuente: Análisis digital

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