Cultura Transversal

De pichafloja, nada.

Posted in Arte Taurino, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 12 noviembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – De las memorias de Enrique Meneses, tituladas Hasta aquí hemos llegado, como la más reciente gira de Los Chichos, y que ha publicado Ediciones del Viento, lo que más me ha sorprendido no han sido sus vivencias junto al Ché, Fidel Castro, la Begum o el Dalai Lama, al fin y al cabo lógicas en quien se desempeña durante tres décadas como reportero gráfico o corresponsal de guerra. Lo que más nos ha impactado ha sido su tirón para con el bello sexo, pues, de dar crédito a su testimonio, y suponiendo que Meneses –nacido en 1929 y fallecido hace más o menos un año- se iniciara en los asuntos de Venus en torno a los dieciocho abriles, habría pasado la friolera de sesenta y tres afrontando como un macho y sin gatillazo alguno en su haber el húmedo acoso de toda clase de féminas: de alta y baja cuna, casadas y solteras, paisanas y foráneas, perdidas y decentes, madres e hijas, tías y sobrinas, de derechas y de izquierdas, profesionales y aficionadas, y no siempre de una en una, sino también de dos en dos y hasta de tres en tres (mención especial merecen la mujer del Alto Comisario Británico en El Cairo de Nasser –“un volcán en la cama”- y dos prietas resistentes contra la dictadura de Batista).

En fin, que, aparte de darnos cuenta de que aquello de la represión sexual bajo el franquismo era, en la práctica, una mentira, nos parece increíble que este hombre, que afirmaba que whisky y tinta corrían por sus venas, haya durado tanto gozando de buena salud y manteniendo una forma física normal.

Gracias a él, no sólo tomamos nota de lo que procede hacer para resistir con éxito una sesión de tortura en el Tercer Mundo. Asimismo nos enteramos de que, allá por 1950, los burdeles de Salamanca funcionaban también como librerías de lance, pues los estudiantes de Derecho o Arquitectura, cuando andaban sin blanca, solían dejar a la madama, como garantía de que regresarían a abonar el desahogo, sus libros de asignaturas ya aprobadas. Como no se les volvía a ver el pelo, las mancebías adquirieron fama de buen sitio donde adquirir libros de texto a bajo precio. Lástima que el dato ya no sea útil a los universitarios charros de hoy, pues, además de que esas casas de mala nota ya no existirán, dudosamente los tochos en cuestión, de aparecer, les resultaran ya útiles en sus estudios.

¿Cómo nació su vocación de reportero (y de reportero de primera fila, cuyas fotos llenarían muchas portadas de Paris-Match)? Antecedentes familiares aparte, Meneses lo explica muy bien: “El sobeo de las tetas de tía Lola antes de pasar a las de la sobrina, Carmen, me dejaba vacío… Necesitaba aire, ir a cualquier parte que no fueran aquellos bares de tapas de 1953… Aquella España cutre, tan apijada, me empujó a marcharme del país”. Así que dióse el piro a la capital francesa y, de allí, a El Cairo.

Mascarón de proa del un día célebre programa Los Reporteros de TVE y director -como sus dotes de seductor presagiaban- de Lui, primera revista de desnudos de la Transición, las de Meneses son unas memorias al estilo de las de un González Ruano que hubiera contado sus lances de alcoba e incluido la identidad de sus parejas, y una crónica del Madrid señoritil y golfo de los años 40 en adelante, así como del comportamiento de sus integrantes en situaciones difíciles en otros lugares del mundo, y ha de admitirse que la soltura, espontaneidad e intrepidez de aquellos niños de papá se han perdido mucho entre sus herederos, que se ahogan en un vaso de agua en lugar de resolverlo todo por el sencillo método de acostarse con tres princesas zulúes.

El evocado en este libro, merecido Premio Miguel Gil Moreno de Periodismo, era un Madrid donde San Feliú hacía la competencia a Perico Chicote desde su barra del bar del Palace, un Madrid de carestías en el que los aficionados al ping-pong sólo podían obtener pelotas recurriendo al embajador de Taiwan –que las traía en valija diplomática- y en el que el banderillero Mella, habitual en las cuadrillas de grandes figuras, organizaba timbas clandestinas en un chalet de El Viso.

Nada de aquello ya colea, pero… ¡Qué memorias! No se puede poner más carne en el asador. Son entretenidísimas, te enteras de muchas cosas –por ejemplo, de que los ganaderos vascos de Idaho capan a los corderos con los dientes, o de que Mutesa II, rey de Buganda, murió de cirrosis en Londres mientras trabajaba como maletero en una estación- y, sobre todo, dejan bien claro que, en cuanto se refiere al noble arte de la cópula, su autor dio muchísimo más que la talla. Con estas memorias en el mercado, a ver qué guapo se atreve a escribir otras sin quedar como un insípido asexuado. ¡Meneses fue mucho Meneses!

Foto: José Luis Chaín

 

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