Cultura Transversal

El asesinato del amor

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 24 noviembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Iba en un cercanías traqueteante camino de Valencia cuando abrí La Vanguardia y leí el artículo sobre el matrimonio masacrado a palazos por la turba en una aldea de Pakistán. Parece ser que los cónyuges fueron señalados como blasfemos en el marco de un ajuste de cuentas puramente pecuniario y que marido y mujer –quizá, aún vivos- fueron luego introducidos en un horno. Por desgracia y mal que pese a quienes han querido aprovechar el infame suceso para avivar el fuego del anti-islamismo, la gente se transmuta en gentuza con pasmosa facilidad, y hechos como el referido, aparte de acaecer en infinidad de lugares y contextos, no hacen sino ejemplificar lo mucho que algunos frustrados y envidiosos disfrutan subiendo a las tablas una obra cuyo tema no es otro que el asesinato del amor.

Naturalmente que no siempre hace falta una plebe con ganas de linchamiento para condenar a los enamorados al horno crematorio. Ni siquiera la misma plebe es imprescindible, pues tales canalladas se dan –y en el seno de la propia familia- en las más linajudas prosapias, en los hogares más lujosamente alfombrados… y en las mejores novelas.

Nunca había leído ninguna de Dominick Dunne, y lo primero que me sorprendió cuando empecé Las dos señoras Grenville, que ha lanzado Libros del Asteroide, fue la viveza de sus descripciones y lo fluido de su son narrativo. Mientras leía, me parecía estar escuchando la voz en off de William Holden en El crepúsculo de los dioses y diálogos cruzados entre Robert Taylor, Ginger Rogers, Lauren Bacall o Robert Mitchum. Después, me entero de que Dunne fue cronista de sociedad de Vanity Fair, productor de cine y asiduo de los ambientes de Hollywood, y la cosa se comprende.

La protagonista es Ann Arden, una mujer sin orígenes a quien toca la lotería de matrimoniar con un cachorro de los círculos sociales más elitistas de Manhattan. La pareja, cimentada por lo que a ella respecta sobre el sexo y el dinero, inicia pronto la carrera hacia el escopetazo. Y es que, a veces, el enemigo está dentro. Puede agazaparse en una esquina en sombras del dormitorio conyugal, bajo la forma de la parentela política. O bajo la de los amigos que no lo son y, aburridos y con las miras de poblar de acontecimientos sus existencias mediocres, explotan bajo el disfraz del paño de lágrimas las tensiones entre los esposos. Y lo está, sobre todo, cuando ya durante el cortejo uno de los tortolitos se olvida de que la verdad nada más tiene un camino.

La novela la escribió, decíamos, Dominick Dunne, pero bien podría haber salido de la pluma del guionista de un proyecto para Wilder o Mankiewicz. Caminan, aman, sufren, temen, pierden los nervios y copulan por sus páginas personajes fuertes, altivos y, aunque a menudo equivocados, con rasgos temperamentales y físicos muy marcados… y de los que, a menudo, se puede y debe uno fiar tan poco como los infelices asesinados en Pakistán de sus vecinos.

-No he encontrado en toda esta investigación nada que indicara que la muerte de William Grenville fuera otra cosa que puramente accidental.

Esto suelta el inspector a la prensa en uno de los momentos más crudos de la novela. Lo malo es que la cosa tiene mucha más tela de la que el representante de la ley afirma. Y, lo que es peor, oficia como portavoz de la familia de la víctima (¿qué les decíamos?). Sin duda Dunne, buen autor de ficción pero también maestro de la crónica negra, sabía de lo que hablaba cuando escribió Las dos señoras Grenville: no podía escapársele que, cuando se desatan los instintos asesinos de los humanos, el blanco más codiciado por ellos es siempre esa rara especie -tan poco protegida- que llamamos amor.

Foto: José Luis Chaín
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