Cultura Transversal

El sueño de Don Ramón Montoya

Posted in Autores, Flamenco, Flamenco en Crónicas, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Música, Publicaciones by paginatransversal on 28 noviembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Encontrar el Silencio de David Lynch no es difícil. Una web especifica la dirección parisina del poco concurrido club. Pero, como bien saben quienes recorren las páginas de El cromosoma Calcuta de Amitav Ghosh, acceder al Silencio con mayúsculas, al Silencio como categoría metafísica, requiere un ejercicio de constancia y devoción parejos a los precisos para robar el Koh-i-Noor de la cámara acorazada donde es custodiado por las noches. El Silencio retumba y rasguea y refulge como un diamante bien tallado, al modo de la guitarra ya silente pero aún viva del gran Ramón Montoya, emperador a cuya sonanta llamaban La Leona.

Villa Rosa, Los Gabrieles… Toda la Plaza de Santa Ana es, de algún modo, una fundación de Ramón Montoya y un enclave cuyos cimientos fueron apuntalados por sus falsetas y floreos. Es la hora del aperitivo y nos encontramos con su nieta Rosa, que debutara como bailaora adolescente en el legendario cuadro de Zambra, el Zambra de Rosita Durán, Manolo Vargas y Chaqueta. Pareja de Ciro durante quince años en las giras estadounidenses, Rosita Montoya desempolvó un día los archivos de su abuelo y, a fin de que obtuviera de ellos material para un libro, se los cedió a Agustín Carbonell El Bola, las cuerdas de cuyo instrumento acababan de rendir en los Jardines de Sabatini sentido y brillante homenaje al genio.

El Bola había soñado con su abuelo –compadre del suyo- y el libro resultante –El sueño de don Ramón Montoya– es presentado hoy en sociedad en Casa Patas, en su primera planta, la situada entre la Sala García Lorca –donde se celebran las veladas de cante- y el restaurante cuya puerta conduce al tablao, una planta entre plantas por cuyo patio al aire libre a buen seguro aún flotan remanentes incorpóreos de las ilusiones vividas en la pensión y la notaría que antaño la ocuparan. Por la puesta de largo del libro se asoma y toma asiento -y también la sabia palabra- Pepe Habichuela, una de las estrellas de Flamenco Puro, el espectáculo que triunfó en Nueva York en el 86, donde también formaba filas un jovencísimo Bola y cuyos bastidores visitaba a diario Sabicas, quien, cuando se le preguntaba por Ramón Montoya, respondía –orfebre del Silencio- con dos lágrimas fluyendo tras sus gafas negras.

Por los ventanales del patio andaluz, como para alumbrar el parto del libro por un Bola no menos elocuente en su verbo que con la guitarra a la hora de explicitar sus razones, entra la luz del sol recuperado a los fríos. Estamos en el barrio donde mayormente vivió Montoya, primer concertista flamenco de la historia y quizá, como subraya Agustín, también el que más grabaciones registró acompañando al cante. Porque decir Montoya es tomar asiento al lado de La Niña de los Peines, Chacón, La Macarrona, Manuel Torre, Marchena, Curro de la Jeroma, Carmen Amaya… Mi tío Miguel, hermano de mi abuelo, coincidía a menudo con él desayunando en una terraza de la Plaza de Canalejas, a dos pasos de Lhardy. Aquellos tiempos se ven reactualizados en las páginas que hojeamos, que incluyen testimonios de otros tañedores y una selección de reseñas, así como de interviús concedidas en su día por el gran músico a Le Figaro, Dígame, el bonaerense La Nación

El disco de Bola que acompaña al libro, a fuer de una bulería propia con que homenajea al venerado santón, incluye una farruca inédita y recupera dos piezas grabadas por Montoya para el cine -con la voz de Pepe Marchena– en 1935. La taranta por él rescatada de la Filmoteca es una auténtica rareza, por cuanto es la única pieza con arreglos que se conoce de Montoya, y su escucha despierta la emoción de quien asistiese ahora, en directo, a una gala de la orquesta de Xavier Cugat, y suena con ese encanto acascabelado del orientalismo hollywoodense. Uno imagina bailándola en tiempo de danza del vientre a una troupe de mujeres guapas sobre el escenario del Antojito –por volver a los paisajes más recientemente cartografiados del Madrid cultor del Silencio- y comprende que don Ramón era todavía más peso pesado de lo que ya le reconocíamos.

De ahí, me voy a la Cervecería Alemana a tomar café y –aprovechando que allí también pervive su aura- probar a que me salgan unas líneas. Tras los garabatos, salgo a la calle y me encuentro a la puerta con un famoso pintor con una carpeta bajo el brazo, apostado a modo de guardián de la Plaza de Santa Ana. Gira la vista hacia mí y me advierte:

-Toda la ciudad se ha envilecido. Hay que tener cuidado, su primo. Todo esto es muy peligroso.

Lo mismo podría haberme dicho:

-Todos somos Laura Palmer.

O:

-Está sonando por siguiriyas La Leona de Montoya. ¿No la oyes?

Asiento y –sin palabras, pues no las necesitamos- me despido y, con el libro y el disco del Bola en el bolsillo, prosigo mi callada ruta en pos de esa Ese mayúscula que, entre macizos de soles, ramos de lluvia y gris adoquinado, me encamina de aquí para allá, cada día con rumbo renovado.

Foto: José Luis Chaín

 

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