Cultura Transversal

El nombre del infinito

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 30 noviembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – A principios del siglo XX, tres prominentes matemáticos rusos –Florenski, Egorov y Luzin- aportaron a la teoría de conjuntos una concepción del infinito coincidente con la que, en la misma época, algunos colegas franceses estaban elaborando en el otro confín de Europa. ¡Definir el infinito, ahí es nada! Lo llamativo es que dichos hombres de ciencia rusos llegaron a sus conclusiones aparentemente influidos por la “herejía” religiosa de la que eran devotos: la Adoración del Nombre.

En su libro sobre esta fascinante historia (El nombre del infinito), Loren Graham y Jean-Michel Kantor, interesados más en la trigonometría que en la fe, no ofrecen demasiados datos acerca de esa práctica, que parece haberse tratado de una variante chirriante para las autoridades eclesiásticas del llamado “yoga cristiano”, el hesicasmo: unos ejercicios mediante los que se busca alcanzar la comunicación consciente con Dios gracias a la repetición ritmada, sincronizada con la respiración y el latido cardíaco, de lo que los hindúes llamarían un mantra y la Iglesia Ortodoxa conoce como Oración del Corazón: “Señor Jesucristo, hijo de Dios, ten piedad de mí, pobre pecador”. En palabras de Graham y Kantor, aquellos devotos “creían que hacían real a Dios venerando Su nombre, y los matemáticos que había entre ellos pensaban que hacían reales los infinitos concentrándose del mismo modo en sus nombres”.

No conocemos los exactos motivos que, en 1913, indujeron al Patriarca a pedir al Zar el envío de un buque de guerra al Monte Athos para detener a los monjes del monasterio de San Pantaleón comprometidos con esta corriente devocional, y esas lagunas no hacen sino incrementar nuestra curiosidad por la apasionante peripecia de estos matemáticos, narrada en este ensayo incluido en su catálogo por Acantilado. Y no sólo por su insigne estela intelectual, sino por su mismo recorrido biográfico, tan accidentado y aciago como era de suponer a un trío de sabios engullido de frente por el tsunami de la revolución soviética.

Para quien, como es mi caso, carece de una formación científica sólida, resulta difícil explicar en tan breve espacio como el de un artículo el concepto matemático de discontinuidad, reivindicado por Florenski, Egorov y Luzin. Pero su consecuencia directa es el desenmascaramiento del evolucionismo o el determinismo como falacias, lo que, unido a las creencias religiosas de los citados y a la resolución leninista de llevar a cabo el exterminio de toda la intelectualidad prerrevolucionaria, condujo a colegas suyos, fundamentalistas del marxismo y envidiosos compulsivos a partes iguales, como Ernst Kolman, a perseguirlos con inquisitorial encono y funestas consecuencias, sólo más leves –si se puede llamar leve cosa a vivir bajo el terror- en el caso de Luzin.

No vamos a desvelar aquí sus trayectorias vitales, ni las suyas ni las del resto de los miembros de Lusitania, la sociedad matemática por ellos fundada en la Universidad de Moscú, existencias tan trágicas como subyugantes, a las que no son ajenos los suicidios de los insignes matemáticos Nina Bari y Shnirelman y en la que se entrecruza tan enigmático personaje como Peter Kapitsa, célebre Nobel de Física, un hombre que, secuestrado en Inglaterra por agentes soviéticos, pasó el resto de su vida confinado en la URSS y escribiendo a Stalin, a Khruschev, a Molotov… cartas a cuyas indicaciones los citados solían prestar atención y por las que –misterio- jamás sufrió castigo alguno.

Tanto Florenski como Egorov y Luzin fueron discípulos de Bugaev, padre a su vez del inmortal poeta y luminaria del simbolismo ruso, Andrei Bely, que estudió con ellos. El Padre Florenski descendía de sacerdotes ortodoxos y nobles armenios. Por influencia suya y de las obras de Plotino se convirtió Luzin a la Adoración del Nombre. Egorov se casó con la hija de un gran violinista, aunque se rumoreaba que el verdadero padre de ella era Franz Listz. La historia de estos talentosos hombres es la de toda una generación forzada a respirar, escribir y caminar con plena conciencia de que la seguridad de sus cabezas y las de los suyos dependía del caprichoso humor con el que cada día despertaran los gestores de una utopía siniestra. Merece la pena leer este libro y saber de ellos, porque fueron temperamentos y corazones inolvidables.

Y esa es ya una gran razón.

Foto: José Luis Chaín

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