Cultura Transversal

El Informe Müller

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Literatura by paginatransversal on 6 diciembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – Los viejos villanos nunca mueren. Todavía este año, un escultor gallego afincado en Venezuela declaraba que Hitler se fue a vivir a un convento de la provincia de Lugo. Y un libro muy reciente continúa sosteniendo, no sé con qué grado de convicción real por parte de su autor, que el citado, tras tomar la precaución de afeitarse el bigote, habría muerto en Argentina en la década de 1960.

Lo cierto es que ya en octubre de 1942 publicó The Philadephia Inquirer que el avión en que Hitler viajaba había sido abatido sobre el Canal de la Mancha por un caza de la R.A.F. y que un destructor de la Marina de Su Majestad había recuperado después el cadáver del dirigente nazi. Más o menos al mismo tiempo, Daily Express difundía que, encontrándose en el bar de la Ópera de Berlín, el mariscal Goering había acabado a tiros con la vida de Hitler y, a continuación, con la suya propia. Dos años y pico después, con Hitler ya muerto de verdad, fueron los servicios secretos soviéticos los que, en la batalla de la desinformación, se colocaron a la cabeza: el mismo día del suicidio de Hitler en el bunker, la radio soviética aventaba que éste podría haberse sometido a una operación de cirugía facial antes de desaparecer. A partir de entonces, se “localiza” a Hitler en tal isla del Pacífico, en Japón, dirigiendo el movimiento nazi en la clandestinidad, en Suecia o en la Patagonia.

En Argentina o Brasil fue también “detectado” durante años su lugarteniente Bormann (confundido a menudo por la prensa con su hijo, misionero católico dado a moverse por parajes recónditos). Las especulaciones sobre si Bormann no habría sido un topo de Moscú incrustado en la cúpula del Reich jamás cesaron. Súmese a ello que recientes análisis autorizados por los soviéticos al fragmento por ellos conservado del cráneo de Hitler arrojaron el inquietante resultado de que este perteneció a una mujer, asunto sobre el que un tupido velo fue de inmediato corrido.

Teniendo en cuenta la existencia de tan amplio margen de incertidumbre informativa, así como que el mismo Estado alemán no dio oficialmente por muerto a Hitler –“por presunción de fallecimiento”– hasta 1956, no puede extrañar que existiera en realidad un historiador llamado Hugh Trevor-Roper encargado ya en 1945 por la inteligencia británica de recolectar los materiales precisos para escribir Los últimos días de Hitler (Alba Editorial), todo un clásico que fue siendo revisado y actualizado por su autor hasta 1995. Y menos puede sorprender que Trevor-Roper haya terminado protagonizando una novela.

El Informe Müller (Umbriel), debut novelístico de Antonio Manzanera, a cuya segunda obra –La suave superficie de la culata– ya dedicamos un comentario, parte de las licencias literarias y las piruetas imaginativas permitidas y propiciadas por esas no pocas zonas que, en el mapa del derrumbe de la Alemania nazi, quedan fuera del ángulo de visión de la cámara de la Historia. En El Informe Müller repara uno en más de una situación inverosímil, parpadea levemente al encarar decisiones tomadas y pasos dados por los personajes que, a su juicio, ningún agente de inteligencia con dos dedos de frente ni remotamente se plantearía abordar o andar. Pero la trama está tan bien elaborada, y tan bien contados los pasos de la pareja de investigadores, que el lector tarda apenas un segundo en pasar por alto tales defectos –en un espía, no en un escritor- de procedimiento operativo. Además, en medio de un mapa con tantos espacios en blanco como el de los últimos días del Reich de los Mil Años, y envuelto por la sorpresa y el nerviosismo de toparse cara con Heinrich Müller, jefe de la Gestapo, único as de los criminales de guerra alemanes sobre cuyo destino final ha sido jamás hallada ninguna prueba… ¿qué lector, camino de una entrevista con el guardaespaldas de Hitler recién repatriado por los soviéticos o de una cita con Reinhardt Gehlen o con un espía doble en un café de Berlín, al lado del zoo, se dejaría distraer por tales menudencias?

De ponernos en ese plan, no se habrían rodado Odessa ni Conspiración en Berlín, ni habría sido capturado Eichmann. Y la oficina del cazanazis Wiesenthal en Viena se hubiera visto pronto inundada por las telarañas. Tampoco, por supuesto, habría podido Manzanera escribir este vibrante y apretado relato de intriga que –aprovechando que el frío que empieza a correr invita a resguardarse junto a la chimenea- nos permitimos recomendarle adquirir y, claro está, leer.

Foto: José Luis Chaín

Anuncios

Una respuesta

Subscribe to comments with RSS.

  1. Paloma Lozano Rubiales said, on 8 junio, 2015 at 10:39 pm

    Hitler querido amigo era en realidad un tío carnal de Messi por esto cuando acabó la guerra se disfrazó de futbolista y burló la vigilancia aliada haciendo juegos malabares con un balón. Se enroló de grumete en un barco que salió de Hamburgo con destino a Buenos Aires.Luego allí tras un tiempo de penalidades se ganó la vida cantando tangos bajo el nombre supuesto de Carlos Hitgardel. El éxito le llego a destiempo y murió de asco en un tugurio de Rosario proclamando su verdadera identidad. Las burlas de sus vecinos acabó con su hombría y se quitó la vida comiéndose su indecente bigote que era veneno puro. Esta es la verdad y no me vengan con historias con tan poca imaginación.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: