Cultura Transversal

Pederastas al acecho

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 18 diciembre, 2014

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Habitamos urbes en las que las más salvajes psicopatías soterradas campan a sus anchas a espera del momento legal favorable para salir a la luz con su repertorio de cuchillas y lociones de estraperlo. Es por ello que desde hace tiempo albergo la sospecha, y es tema sobre el que me extiendo en mi libro De Viena al Vaticano (Ediciones Barbarroja), que tal vez se halle ya a la venta cuando aparezcan estas líneas, de que, enquistado en el Estado Mayor de la clase política de Occidente, acecha un alto número de individuos más que interesados en la legalización, en un futuro no lejano, de la pederastia (y persuadidos de la viabilidad de ese revolcón de vaca vieja y toreada al ordenamiento jurídico). A lo mejor me equivoco, claro, pero la sospecha, ya digo, la albergo. Y uno de los signos de los tiempos que me inclinan a no abandonarla es esa persistencia en los últimos años, por parte de escritores de misterio y guionistas de cine y televisión, en inspirarse en el tema de la pedofilia para urdir los argumentos de sus novelas y películas (revísense entre las segundas, por ejemplo, La duda o El caso Wells).

Pocos relatos detectivescos recrean con tanta implacabilidad -y hasta diríamos fiereza- y de tan descarnado modo el mundo enfermizo de esos asesinos morbosos como El tratamiento, de Mo Hayder, publicada por Siruela. Sin concesiones a lo políticamente correcto, sus descripciones de esas atmósferas turbias, crueles y con olor a orina y sobaco contribuirán en algo –esperamos- a retrasar un poco las ilusiones de rehabilitación, honorabilidad y prestigio públicos incubadas por el cerebro pútrido de esa gentuza depredadora de carne inocente.

La trama de Hayder guiña a menudo el ojo a lo sobrenatural -los niños saben que un troll merodea por el barrio- y combina los recursos de la intriga policíaca con los de la novela de terror. Rubia del 62, natural de Essex, ex camarera y ex guardia de seguridad con buenos contactos policiales, Hayder sabe lo que se escribe y, aunque con todas las reservas y los diplomáticos modos requeridos por el formato novelístico, reparte leña sin pelos en la lengua ni en la tecla sobre las cargadas espaldas de quienes, por tantos prohombres de los Derechos Humanos, son considerados como los heraldos –hoy, en las catacumbas- del ciudadano modelo que viene.

En esta vida, todo es susceptible de ser racionalizado. ¿Qué es, a la postre, una ideología sino un conjunto de ocurrencias sistematizadas y dotadas de una vestidura de racionalidad? No es, pues, de extrañar que el pedófilo londinense protagonista de esta novela pretenda convencernos por escrito de que, sembrando la humillación y la muerte en estudiadas dosis no está sino aplicándose un tratamiento terapéutico (menos eficaz, a nuestro juicio, que la somanta que le propina el detective Jack Caffery).

Así que no hay que bajar nunca la guardia. Nunca se sabe quién o qué puede andar recechando en los desvanes y madrigueras de la mente de algún que otro vecino. Y las pruebas de ADN no son tan rápidas, no siempre llegan a tiempo de impedir la siguiente depredación que el violador y asesino se ha autorrecetado.

Y nadie está a salvo, por cuanto todos somos niños. ¿O no lo es todo aquel en quien persista un rastro de inocencia? Cada golpe propinado por la maldad no es sino un zarpazo al niño que un día fuimos y que nunca dejamos atrás, pese a quien pese. También pesa esta novela, porque es gorda, pero es carga que se porta con agrado y cuya lectura, como todo aquello que no te destruye, te hace más fuerte.

Foto: José Luis Chaín

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