Cultura Transversal

Más vale morir con “Osram”…

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Literatura, Publicaciones by paginatransversal on 6 enero, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Creo que fue José Calvo Sotelo quien en el Parlamento, tras ser amenazado de muerte por La Pasionaria, tuvo aquella excelente salida de:

-¡Más vale morir con honra, que vivir con vilipendio!

No sé si la frase sería original o la tomaría de un patricio romano o algún otro personaje aún más añejo, pero hizo fortuna y ha conocido muchas versiones, la más célebre de las cuales quizá sea la del Ché, aquello de que más vale morir de pie que vivir arrodillado. De cualquier modo, la mejor variante la leí el otro día en Big Time: la gran vida de Perico Vidal (Libros del Asteroide), donde Marcos Ordóñez ha recogido los recuerdos de la vida de juergas de quien fuera ayudante de David Lean y Orson Welles. Perico Vidal la atribuye a un señor de Barcelona, propietario de la fábrica de bombillas Osram, quien, muy perjudicado por la fuerte competencia de la casa Phillips, se vio ante la tesitura de aceptar incorporar su empresa a la enemiga o verse abocado a la ruina. Y entonces, aquel hombre, tras escuchar la propuesta de fusión, replicó con enorme dignidad:

-¡Más vale morir con Osram que vivir con Phillipendio!

La frase no sirve para todo el mundo, claro, y ello con independencia de los escrúpulos morales que albergue cada cual. A un vampiro, por ejemplo, escucharla le dejaría bastante desconcertado, pues el chupador de sangre no puede alcanzar la muerte con Osram, sino únicamente gracias a un certero estacazo en el corazón. Un golpe de luz del astro rey puede acabar con él, pero nunca el emanado de una simple bombilla. Por otra parte, para vivir con vampiros por fuerza se ha de ser uno de ellos, y jamás se ha escuchado hablar de ninguno llamado Phillipendio.

En 2012 se cumplió el centenario de la muerte de Bram Stoker, que acaso hubiera podido arrojar alguna luz –no solar, desde luego- sobre este enigma. Y en 2014 hemos celebrado el de la publicación por primera vez de una compilación de cuentos suyos preparada por su viuda –a quien Wilde en tiempos pretendiera- y que ahora Ediciones del Viento ha recuperado: El invitado de Drácula. El relato que da título al volumen es el primer capítulo original de su más famosa novela, finalmente descartado por –al parecer- ser demasiado largo. La razón resulta llamativa, pues por lo que mucha gente que vive de noche se siente incordiada es por la cortedad: en concreto, por la cortedad cuando del disfrute de chicas y whisky se trata. En ese sentido, además de porque –incluso en días de rodaje- apenas solían dormir más de tres horas, tanto Perico Vidal como su íntimo Frank Sinatra, eran un poco vampiros (y es que probablemente no sea casual la convergencia fónica de Drácula con “crápula”).

Pero lo más curioso del capítulo es que todos sabemos que la posada desde la que Jonathan Harker parte hacia el castillo del colmilludo aristócrata abre sus puertas en un pueblecito de Transilvania perteneciente a los dominios del Conde. Lo hemos visto, además, mil veces en las películas de la Universal y de la Hammer. Sin embargo, aquí, la posada cuyo dueño despide temeroso a Harker, pues es la Noche de Walpurgis y es de suponer que los no-muertos salgan de sus ataúdes en cuanto la noche caiga, está… ¡en Munich! Y sólo pocas horas después, ya el sol en su ocaso, sufre Harker sus primeras penalidades draculescas.

Es decir, que si el capítulo fue excluido en la versión definitiva tal vez no fuera debido a su excesiva longitud en cuanto a páginas. Porque lo que de verdad cae lejos de Transilvania es Munich: según un mapa de Google, exactamente 1.469 kilómetros, harto difíciles de devorar en sólo unas horas, en diligencia y con el estado de los caminos de la época. Los tiempos en que Perico Vidal podía enviar a Sinatra por avión, desde Nueva York hasta Madrid, una tarta de queso y esta llegaba fresca, quedaban aún muy lejos.

Mas este lapsus geográfico no es óbice para que El invitado de Drácula constituya una pieza en absoluto menor y –para nuestro gusto- una pequeña joya de la literatura de suspense. En cuanto al resto de los cuentos, nos encontramos por ejemplo con La squaw, cuyos protagonistas –un instrumento de ejecución medieval llamado La Viuda de Hierro y una gata negra- vienen un poco a compendiarnos, si bien por mano de Stoker, el universo de Poe, lo mismo que parece haber influencias de Wilde –de El retrato de Dorian Grey– en el titulado La casa del juez.

Claro que a lo mejor no se trata de influencias literarias –no sabemos quién publicó primero ni vamos a ponernos a la tarea de averiguarlo- sino de motivos culturales comunes o predominantes en la época. Lo mismo que, a tenor de estos cuentos cuyo final trágico se troca a veces en humorístico, los británicos de entonces eran muy aficionados a hacerse predecir el futuro por los gitanos, uno deduciría de su lectura que entre las mujeres de la Gran Bretaña victoriana era frecuente desmayarse de continuo, habiendo de recurrirse al brandy o al éter para reanimarlas. ¡Eso eran hembras con educación y estilo, dignas de ser llevadas al altar! Y quizá fuera también cosa normal el intentar matar o espantar fantasmas lanzando contra ellos tratados de termodinámica y otros tochos semejantes. Parece que también a Sinatra –de creer a Vidal- le daba, cuando se embriagaba, por arrojar sillas contra retratos de Franco, en unos prontos de británica furia que su origen italiano no inducía a prever.

El gran pianista Tete Montoliú comentaba a menudo que, cuando tocaba, sentía como si fuera negro, a lo que Perico Vidal respondía:

-No eres negro, Tete.

Y Tete, que era ciego, objetaba:

-Pues, cuando me miro al espejo, yo me veo negro.

Otro punto de conexión, pues, y ciertamente interesante, del mundo de Perico Vidal –cine, jazz, flamenco, mulatas de rompe y rasga- con el de los vampiros, pues verse negro al mirarse al espejo no deja de ser un modo de no reflejarse en él, característica de solera y ampliamente detectada entre los no-muertos transilvanos.

Ustedes, lean los libros. Nosotros, entretanto, seguiremos investigando.

Foto: José Luis Chaín

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