Cultura Transversal

Houdini, Conan Doyle y el espiritismo

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Sabiduría Universal by paginatransversal on 30 enero, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín  – La Hermandad Hermética de Luxor, una fraternidad de magos cuyos coletazos postreros conoció muy bien René Guénon, aseguraba haber sido la responsable de la explosión del espiritismo, corriente de creencias que –aunque no guste recordarlo- alumbró a su vez varios hijos, alguno de ellos tan poco agraciado como la ideología feminista (las primeras representantes de la cual, en efecto, propugnaban el reemplazo del cristianismo por las evocaciones necrománticas y el adiestramiento de los niños en el trato con íncubos y súcubos). De acuerdo con los escritos de la Hermandad, habrían sido sus dirigentes, echando mano de la telepatía, la magia a distancia y otras artes de parecido cuño, los auténticos provocadores en la sombra de los extraños fenómenos detectados en 1847 en la casa de las hermanas Fox en Hydesville (Nueva York), no habiendo pretendido –por la vía de llamar la atención sobre la existencia de un mundo más allá del sensible- sino contrarrestar la pujanza de un materialismo cada vez más extendido. Luego, el tiro les salió por la culata, pues el resultado fue el nacimiento por inseminación artificial y la posterior propagación de una pseudorreligión consistente en no otra cosa que la traslación de la mentalidad materialista y cientifista al universo de los supuestos “espíritus”.

Todo esto lo explica muy bien Guénon en El error espiritista (Sanz y Torres), recordando entre otras cosas que los fenómenos poltergeist se han producido siempre, pues existen testimonios al respecto desde la más remota antigüedad, residiendo la única novedad aportada por Allan Kardec y demás fundadores doctrinarios del tinglado en que, con anterioridad a ellos, nadie atribuía la autoría de tales perturbaciones al intento de los “espíritus” de los muertos de comunicarse con los vivos. Se entendía, y con razón, que se trataba de manifestaciones ocasionadas al “descomponerse” los residuos psíquicos dejados atrás al fallecer, al igual que los físicos, por el individuo.

Lógicamente, la superstición espiritista generó no sólo la proliferación de experiencias mediúmnicas, sino también la incorporación de las mismas –las auténticas, las simuladas y las fraudulentas- al mundo de los espectáculos de variedades, de modo que, en los días de la I Guerra Mundial, ya era muy abundante el número de personajes públicos involucrado de un modo u otro en ese mundo entre circense y perturbador propio de las soirées, de tan suntuario modo recogido en la película El ilusionista, de Neil Burger.

En la lucha contra los médiums impostores se distinguió el célebre escapista Henry Houdini, que ganó mucha fama y dinero con el espectáculo teatral en que ponía a aquellos en evidencia, posicionándose así contra su amigo Arthur Conan Doyle, que era uno de los paladines más entusiastas del bando opuesto. Buena parte de la iconografía ambigua –encantadora a la par que siniestra- que envolvía aquellas polémicas ha sido devuelta al presente en el libro Sherlock Holmes contra Houdini (La Felguera), donde, tras una introducción de Charles Taylor, son recuperados escritos de ambos contendientes, así como una inquietante galería formada por carteles de los espectáculos del mago húngaro, imágenes de médiums y fotografías de la época en las que los burgueses gustaban de ser inmortalizados por la cámara junto a supuestos ectoplasmas (o fantasmas que se materializaban en las sesiones).

Entre ellas las hay tan inocentes y ridículas como las del famoso caso de las “hadas”, fabricadas con recortables para niños y en defensa de cuya autenticidad Conan Doyle porfió hasta el final. En algunas aparece no ya el propio Conan Doyle posando junto a más de un “espíritu sin identificar” (sic), sino que es un humano vivo y no identificado quien toma asiento junto a un “espíritu” conocido de todos: el del escritor ya fallecido. Lo grotesco de esos posados induce, claro, a preguntarse cuándo estaba Conan Doyle de coña: al prestarse a tan lúgubres pasatiempos o al escribir sus pomposas reflexiones sobre el Más Allá.

Gracias a otras fotos, podemos ver a Houdini charlando con el “espíritu” de Lincoln, al médium Francesco Carrancini levitando en 1912 ante la acojonada concurrencia, a los “espíritus” de los caídos en combate participando en el desfile de sus camaradas supervivientes, al ilusionista Henri Robin atacado en 1863, durante uno de sus shows, por un esqueleto envuelto en un sudario… En otra, a Eusapia Palladino rodeada de sus clientes –o cómplices- en medio de una soirée celebrada en su gabinete…

Lo raro es que, con la de medios con que ya contamos, todavía no haya podido ser filmado un ectoplasma, toda vez que la histeria espiritista, lejos de haber amainado, conoce momentos de verdadera gloria. De hecho, la atmósfera “especial” y el único atrezzo necesarios hoy para que los “espíritus” hagan en masa acto de presencia se reducen a los propios de un plató televisivo. No pueden considerarse gratuitas las reflexiones que, en mi libro De Viena al Vaticano, dedico a Anne Germaine, si recordamos que los semiextáticos arrebatos de veneración y los rendibúes que durante meses prodigaron a esta médium los ateísimos y anticlericalísimos contertulios de Tele 5 eran para emborracharse con matarratas.

Feliz lectura y buena resaca, amigos de la mesa de tres patas.

Foto: José Luis Chaín

 

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