Cultura Transversal

El expediente Simancas, paradigma de una conspiración decimonónica

Posted in Autores, Diego Valor Bravo, Historia by paginatransversal on 3 febrero, 2015

EUGENIO DE AVINARETApor Diego Valor Bravo* – Resumen: Bajo este nombre se oculta una serie de documentos, confeccionados por Aviraneta como agente al servicio de la regente María Cristina, y que acabaron en manos del pretendiente al trono don Carlos en mayo de 1839 con el propósito de sembrar la discordia en su bando. De su análisis se obtenía la conclusión de que el jefe del ejército carlista, el general Maroto, estaba a las órdenes de esa logia.

Palabras clave: Aviraneta, Espartero, Maroto, Carlismo, Masonería, Sociedad General de Jovellanos, Conspiración.

La figura de Eugenio de Aviraneta ha pasado a la historia como verdadero paradigma de la conspiración, y así ha sido puesto de manifiesto desde los tiempos de sus propios coetáneos [1]. En este sentido, sobre su figura poco podemos aportar en este trabajo, aunque, en un intento de poner de manifiesto los perfiles de ella más interesantes para el mismo, este deseo se aclara mejor con la cita con la que la estudiosa del personaje, la catedrática García Rovira, comienza el capítulo que le dedicó, y que supone una buena aproximación a su vida que cataloga como de paroxismo de la conspiración [2]. Trabajo que versa sobre un Aviraneta presa de un narcisismo desbordante, en paralelo a una vida de frustraciones, y comienza con la cita que hizo el novelista Pérez Galdós en su obra sobre él, al que uno de sus personajes califica de monstruoso talento, el más sutil y agudo para la intriga… os digo que le dejéis solo en la febril inquietud de su conspirar instintivo, genial, por amor al arte, por ley de naturaleza. Apunte psicológico que tendremos ocasión de comprobar hasta qué punto se corresponde realmente con el propio Aviraneta, para lo cual tenemos la ocasión de presentar uno de los puntos culminantes de su azarosa vida [3].

Me refiero al conocido como Expediente Simancas, documento que se encuentra entre los fondos del Archivo General del Palacio Real de Madrid, y que aparece dentro de la antigua Colección Fáctica de la que fuera regente la reina María Cristina, lo cual tiene su sentido, y que en la actualidad se encuentra en el mencionado archivo, exactamente en la Sección Reinados Fernando VII [4]. Este documento es el que tenemos el placer de presentar y poner a disposición de los investigadores, y que se enmarcaba dentro de las acciones de Aviraneta llamadas a provocar la defección en el bando carlista [5]. Situación que ya podemos imaginar que era la típica de las actividades de nuestro personaje teniendo en cuenta su trayectoria personal. Biografía de la que tenemos que destacar para centrar el asunto que Aviraneta, tras varias andanzas y participaciones conspiracionistas de todo tipo tanto en América como en España, se había ganado la antipatía de los progresistas dirigidos por Mendizábal. Momento en que se puso al servicio de la regente María Cristina, a la que el mismo designaba con el cariñoso apelativo de ama, y del poderoso ministro Pita Pizarro en 1837. Servicio que acabaría con su viaje a Bayona en enero de 1839, circunstancia que permite entender las razones de la aparición del Simancas perdido entre los papeles personales de la regente [6].

Durante esa estancia como agente de la reina, entre otras muchas acciones Aviraneta ideó un plan sorprendente para descomponer el bando carlista, que por otra parte estaba ya siendo presa de defecciones y rivalidades. Se trató de hacer llegar al entorno del propio don Carlos unos documentos, que el autor luego designaría bajo el epígrafe de Expediente Simancas, cuyo examen pormenorizado implicaba el reconocimiento de que el general Maroto era el líder de una supuesta facción masónica introducida en el ejército carlista, uno de cuyos éxitos más sonados fue el fusilamiento en Estella siguiendo las órdenes de este general al servicio de la conspiración de otros cuatro generales carlistas [7]. Sociedad cuyo nombre de Sociedad General de Jovellanos acabaría trascendiendo y cobrando vida propia, hasta el punto de que su efectiva existencia se ha discutido mucho por la historiografía, y de cuya exacta naturaleza hoy todavía no podemos efectivamente negar su verdadera entidad como veremos más adelante, aunque todo apunta a que nunca llegara a ser una estricta y regular organización masónica. Precisamente en su Memoria dirigida al Gobierno Español en 1841 el autor habla de este documento en estos términos:

A Maroto y a aquellos gefes que pertenecían a su cuerda, los representaba como corifeos de dicha sociedad, siendo el primero el presidente del triángulo mayor del Norte de España, pues que se suponían muchos triángulos organizados en los batallones disidentes y entre los principales habitantes del país. Compuse un cuadro sinóptico, una esfera para descifrar los signos y geroglíficos. Y la correspondencia civil, escrita en papel de fábrica español, con membretes impresos y adornada con dos magníficos sellos; en fin, con todos los atributos necesarios para no dejar la menor duda acerca de la existencia cierta de tal asociación [8].

Sobre esta descripción de su autor, al menos podemos decir que el documento referenciado es el original, ya que se ajusta a la perfección a lo citado. Lo que nos va a permitir tener una magnífica oportunidad de saber algo acerca de lo que podríamos denominar como arquetipo de una conspiración, entendiendo esta idea concediendo desde el principio el especial valor que se le daba en esa época a esas operaciones realizadas en la sombra al margen de los cauces legítimos. Circunstancia general que sucedía en un momento en el que los medios de participación política todavía eran muy reducidos para un estado cuyas instituciones, que podían haber dado cauce a ella, estaban todavía en formación, con lo que la actividad conspirativa tenía cierto sentido. Forma de participación en la política que al margen de su naturaleza era reconocida como algo que formaba parte de la actividad social, con lo que un breve análisis de un ejemplo de esa participación como fue el Simancas, nos puede permite saber algo acerca de las ideas más o menos convencionales que estaban en circulación en la España del momento. Con este propósito, si tenemos en cuenta los objetivos del autor del complot, conocer de primera mano los instrumentos que puso en interesada circulación concede el saber el uso de las ideas que se transmite en el texto, al menos el valor que se les daba convencionalmente a ellas. Con esto tenemos un instrumento muy singular a nuestro alcance para comprender los mecanismos políticos ideológicos que estaban en circulación en una España en una rápida transformación hacia un futuro constitucional, cuyo definitivo triunfo final se presentaba como incierto.

Uno de ellos, que otorga esa especial consideración al documento, es, sobre todo, el papel que jugaban en aquellos tiempos las conocidas sociedades secretas masónicas [9]. Tema, el de la estricta valoración de la masonería, que excede de las pretensiones de este trabajo, que sólo intenta hacer una breve aproximación al valor que se le concedía a esas sociedades secretas, al menos en su operatividad y funcionamiento exterior y no en su dinámica cultual interna. Con todo, sí podemos afirmar que en aquellos años, como tendremos ocasión de ir comprobando, el papel que jugaba la masonería era bastante grande, estando muy desarrollada su estructura, hasta el punto de que los coetáneos próximos y allegados al mismísimo don Carlos no dudaron nunca, ni por asomo, de que estaba la masonería jugando sus cartas en la guerra civil. Masonería cuya presencia era tan sentida y tenida en cuenta que no se dudaba de su participación, lo que demuestra que al menos se prestara cierta atención al Simancas. Idea fundamental que parece contradecir la idea general de los concienzudos estudios de Ferrer Benimeli y su equipo, para quienes la existencia de una masonería organizada anterior a 1868 se reduce a breves manifestaciones durante la Guerra de Independencia y el Trienio Liberal [10].

Sin querer avanzar más en el sentido de lo expuesto, y centrándonos en el documento que examinamos, lo que llama la atención tras una primera lectura es que, las ideas que podemos denominar como “populares” en torno a la masonería, ya estaban en circulación en esas fechas. Convencionalismo ideológico que llegaría hasta nuestras fechas en torno a esas sociedades secretas a las que, en general, se les concedía como se concede hoy en día por la opinión pública unas posibilidades de acción muy fuera de lo común. Idea la de esa instrumentalización, para nuestro caso, que sería denunciada por la propia historiografía especializada en la masonería, que en general consideraba la obra de Aviraneta como un verdadero despropósito desde el punto de vista formal, al menos a efectos de la forma ordinaria de funcionamiento de esas sociedades secretas, lo que también le sirvió de feroz crítica atribuyéndole, en general, un desmedido afán de protagonismo [11].

Exceso de protagonismo que, por otra parte, y en un sentido muy parecido al de la situación del Simancas, ya había tenido Aviraneta ocasión de demostrar. Como así hizo con la creación en 1833 de otra sociedad secreta masónica a la que llamó Confederación General de los Guardadores de la Inocencia o Isabelinos más conocida como La Isabelina. Sociedad bajo la que quedarían englobados conocidos liberales como el general Palafox, Espronceda u Olavarría. Junto a líderes masónicos de primer orden como el mítico Juan Van Halen; u otros como Romero Alpuente, Calvo y Mateo, Calvo de Rozas y Flórez Estrada. Sociedad destinada a conspirar contra el gobierno de Cea Bermúdez, y el posterior del conde de Toreno, y a la que Aviraneta no duda en conceder el protagonismo de haber sido la que dirigiría la revolución de 1835 bajo su mando directo personal, en lo que parece otra muestra más de una personalidad que parece rayar en un desproporcionado narcisismo [12].

Y es que hacer una valoración de la acción de Aviraneta, y del resultado de la misma, ha dado lugar a interpretaciones de mucho tipo. Desde las ya indicadas, concediéndole escaso valor a su acción, hasta otras que llegan al extremo de situar la misma dentro de una conspiración demasiado exuberante [13]. Y es que el hecho de situar el Simancas dentro de una hipotética conspiración de otra hipotética sociedad masónica no ayuda demasiado a comprender el valor de la acción de Aviraneta. Especulaciones sobre el papel general de la masonería dentro del carlismo, que llegarían al extremo de que autores modernos como el marqués de Valdelomar, Jorge Plantada y Aznar, no dudaran en calificar el carlismo en su totalidad como fruto de una gigantesca conspiración masónica dirigida a dividir a los adictos al Trono y el Altar [14].

Otro asunto de especial importancia en el documento es el de las relaciones de la masonería con la corona en un ambiente general de supuesta concordia mutua y entendimiento, habida cuenta de que el texto transmite la idea de que las actividades de los jovellanistas eran en cierta medida conocidas por la monarquía. Esta idea podría parecer estar fuera de la realidad, y así percibirse en un primer análisis, aunque tenemos que tener en cuenta que las relaciones entre esas dos instituciones, afectadas como eran ambas y participantes en el ámbito de la soberanía política, en algún momento tuvieron que encontrarse. Precisamente sobre el tema de ese posible entendimiento entre masonería y corona tenemos un documento muy significativo en el Archivo General de Palacio, que puede servirnos además para conocer el estado general de la masonería en esos años. Se trata de un cuidadoso y concienzudo informe redactado por la policía secreta de Fernando VII, que aparece junto con otros muchos redactados por los agentes fernandinos [15]. Entre ellos destacan los de la conspiración de Juan Van Halen, u otras importantes referencias a otras de ellas incluyendo abultados listados de miembros, como en los casos de las conspiraciones de Barcelona y del Puerto de Santa María [16].

En el que nos interesa destacar, que se incluye en los folios 208 a 214, y que desgraciadamente no tiene firma ni fecha, aunque por otros de dicho libro podemos suponer redactado en torno a 1825-1827, se cita una breve historia de la masonería española. Según este documento informa, tras la entrada de las tropas napoleónicas, la entonces emergente masonería española resulto dividida en dos bandos irreconciliables. Uno de ellos refugiado en Cádiz, promotor de la resistencia al invasor y de la constitución gaditana, que tras la guerra y el fin de la Constitución continuará con su dirección reorganizada en Granada en 1814, de donde pasaría en un momento dado a Madrid. Instalada esa masonería en la corte recibiría el nombre general de moderna o el más popular de gorros colorados, fundando un Gran Oriente propio, y siendo el órgano de difusión de las ideas del bando constitucionalista, facción masónica que luego quedaría englobada dentro del movimiento de los comuneros y carbonarios en una, por otra parte, situación de división interna bastante confusa. Mientras tanto la masonería afrancesada, cuya dirección permaneció en Madrid bajo el amparo y protección de José I, continuaría su existencia tras la guerra en la capital bajo la denominación general de antigua. La unión de esos dos bandos resultaría imposible, siendo la citada masonería moderna más “exaltada” y próxima a un ideal republicano, mientras la antigua defendía opciones políticas más moderadas. Situación de división que continuaría durante los siguientes años, con un mayor enconamiento en sus posiciones ideológicas que se exacerbarían con el fin del Trienio Liberal, llegando en esa dinámica al menos hasta el momento del que nos cabe hablar.

Lo curioso e interesante de este documento, recordemos redactado por la implacable policía de Fernando VII, para nuestros intentos de analizar las relaciones entre la masonería y la corona, es que en el mismo se pone en gran valor a esa masonería antigua moderada, cuyo estímulo se justificaba como forma de servir de contrapeso a los arrebatos de la exaltación. Comentario que viene a significar que, incluso dentro de los círculos más reaccionarios, se veía a parte de la masonería como eficaz instrumento político. Idea que llevaría a la determinación de ofrecer su dirección al mismísimo infante don Carlos, el mismo que luego encabezaría el bando de su nombre, bajo los mismos principios que habían determinado que, en otras monarquías europeas, algunos de sus miembros ostentasen ese singular título. Forma según este curioso informe de que se pudiera usar de la masonería moderada como forma de combatir a las ideas revolucionarias, que en ese momento estaban siendo promovidas por los carbonarios y comuneros, herederas ambas facciones de la masonería gaditana. No conocemos el resultado de esa determinación ni podemos saber, por el momento a salvo de la posible aparición de alguna referencia documental en el futuro, si el citado don Carlos fue Gran Maestre del antiguo Gran Oriente, lo que se comprende teniendo en cuenta el carácter secreto interno de esas asociaciones. Pero sí sabemos, o al menos es reconocido por toda la historiografía, que su hermano el infante don Francisco Pascual sí que ostentaría esa suprema dirección al menos desde la muerte de su hermano Fernando VII. Hecho que en cualquier caso viene a servirnos para comprender las relaciones de cierta parte de la masonería, tenida por más próxima y moderada, con el trono español [17].

En cuanto a la caracterización general de la masonería, este curioso informe acaba con el explícito comentario de que las asociaciones secretas son una enfermedad del siglo. Comentario que se comprende teniendo en cuenta que su difusión por la España de la época era espectacular, con lo que se remarcaba que el gobierno debía contar con ellas, estableciendo cauces oportunos de colaboración, como forma de conseguir el establecimiento del orden público y la consolidación de las instituciones. A tanto parecía llegar entonces la capacidad de estas singulares hermandades. En todo caso este comentario, junto con lo ya citado arriba, hay que contextualizarlo debidamente, para intentar evitar caer en tesis excesivamente conspiracionistas. Y es que hay que tener siempre en cuenta para intentar evaluar la capacidad de acción de esas sociedades, los escasos ámbitos y cauces de expresión política de la época. Pensemos que, en una sociedad como la de entonces, muy atrasada y con escasos medios de comunicación pública, el desarrollo de la actividad política, tanto práctica como ideológica, en muchos supuestos, tenía que hacerse mediante el asociacionismo y las reuniones privadas en clubes, cafés, tertulias y asociaciones de todo tipo. Era la pertenencia a la masonería, por lo tanto y en muchos casos, la única forma de poder participar en un cauce abierto de manifestación de las ideas políticas, lo que, sin duda, contribuyó a su enorme éxito entre las elites ilustradas.

Por último debemos poner de relieve, en cuanto al Simancas en sí mismo con lo que empezamos a analizar sus elementos formales, que su pertenencia a una supuesta logia masónica se haría explícita acudiendo a los tópicos sobre la supuesta forma general de funcionamiento de una hermandad masónica. Caracterización general para la que Aviraneta haría uso de la imagen convencional que tenía la sociedad del momento sobre la masonería, con lo que necesariamente aparecerán todos los tópicos acerca del funcionamiento de esta particular institución. Me refiero al uso de la supuesta simbología que necesariamente tendría que aparecer en cualquiera de sus documentos, acudiendo al convencionalismo entonces extendido que decía que esas sociedades usaban de unos símbolos e imágenes muy determinados. Para lo cual podemos empezar por el cuadro sinóptico al que hacía referencia Aviraneta en sus memorias. Se trata de un esquema bastante rudimentario de la supuesta sociedad, siguiendo una distribución piramidal desde la Dirección General que la presidía hasta el último de sus miembros en la base. Estructura que se suponía se iba ampliando, estando siempre dos personas bajo la dirección de un superior, de forma que, siguiendo un dibujo de triángulos, seguramente confeccionado bajo el supuesto valor de este símbolo geométrico para los masones, se llegaba hasta la base del mismo. Esquema que tomaba la forma de un abanico donde aparecen los supuestos integrantes señalados con un número desde el 1 hasta el 127, número que sería el de los miembros de la sociedad. Abanico en cuyos bordes aparecen los términos civiles y militares, bajo cuya denominación se supone que existían miembros de esos colectivos.

Papel en el que aparecen, como también lo hacen en el resto de los documentos siguiendo la idea comentada de que respondiera al tópico general sobre la masonería, unos curiosos sellos estampados y lacrados, con los que se intentaba dotar al documento de cierto carácter fáctico real. El símbolo de estos sellos, que es el de la Sociedad y tal y como dijo Aviraneta, es un triángulo sobre cuyo vértice superior se coloca una gran corona real. Triángulo en cuyo interior aparece la imagen rotunda de dos cetros cruzados, símbolo de la pretendida unión de los dos bandos en contienda, objetivo último de esa Sociedad. Junto a este sello, que luego aparece en todas las cartas, la firma del secretario de la Sociedad, y en el centro del abanico una serie de símbolos geométricos y números formando una supuesta clave. Formalidades con las que se cubría la apariencia formal de este documento, y que al menos nos informan de que ya entonces las ideas generales acerca de la simbología usada por la masonería ya estaban en vigor.

Siguiendo con esta última idea citada, el interés de entender que los que recibieron el Simancas no dudasen de su veracidad, en cuanto a su supuesta procedencia masónica, tenemos que hablar de la naturaleza formal del tenor literal del documento, donde tenemos que destacar dos ideas fundamentales en cuanto al aspecto puramente material del mismo. Lo primero es que todo el texto aparece redactado con la misma letra, la misma tinta, y la misma pluma o estilete caligráfico, lo que debería haber despertado algunas sospechas. Un simple vistazo al documento en conjunto hace llegar a la conclusión de que parece redactado de un tirón, lo que parece, a la vista de su exitoso resultado, que no despertó sospechas. Sentimiento seguramente ayudado por las rivalidades en el bando carlista, en cuyo seno algunos miembros estaban entonces intentando por todos los medios acabar con la figura de Maroto, para lo cual no dudarían de hacer uso de cualquier instrumento que llegara a su alcance.

Pero también podemos hablar del estilo de las cartas del documento que, por otra parte, se realizan con un lenguaje muy directo cuando no bastante grosero [18]. Misma idea que parece presidir la del ingreso de los miembros, que parece hacerse fuera del ritual lógico, si tenemos en cuenta que el ingreso se realiza de forma directa, inscribiéndose los miembros por el supuesto agente sin la necesaria función de la iniciación que es requisito indispensable para ingresar en la masonería, todo ello excusable con la expedición de un simple diploma acreditativo [19]. Circunstancias que debería haber hecho sospechar de su veracidad, si tenemos en cuenta que el lenguaje usado por la masonería era profundamente filosófico, sin atenerse a exposiciones tan gruesas como las que se manifiestan en las cartas [20]. En cualquier caso el tenor con el que están redactadas dice mucho de esa leyenda popular que ya circulaba entonces en torno a las sociedades secretas. Apreciación popular que viene ejemplificada con el uso en todos los documentos de la expresión de salud, moderación y esperanza, que parecía ser el saludo general de la Sociedad, que se entiende como una forma explícita de situarla dentro de la citada opción política del moderantismo. Idea la de esa conexión entre esos dos mundos ideológicos que es una constante en todos los textos del documento hasta cierto punto reiterativa, lo que parece un truco para conformar el complot a la imagen popular de las actividades masónicas. A lo que se añade la profusión, demasiado directa y hasta un tanto naïf, de una simbología que se interpretaría como masónica por cualquiera que la viese. Símbolos geométricos y claves numéricas que se podían interpretar usando de una supuesta esfera de la luz artilugio que no se describe y que Aviraneta también hizo llegar a don Carlos. Artefacto que permitía poder interpretar esas claves numéricas y simbólicas que aparecen en el texto, y que sin duda proporcionaban más nombres de supuestos traidores. Desgraciadamente, al no contar con este aparato no nos cabe poder determinar los nombres a los que se harían referencias explícitas. Ideas las comentadas que parecen ir en contra del autor del Simancas, del que siempre se ha manifestado su correcta pertenencia a la masonería regular. De ser esto cierto debería conocer con exactitud su lenguaje y métodos, cosa que el texto del Simancas parece desmentir. Claro que también podemos pensar que quiso presentar unos papeles que se conformasen a la idea convencional que se tenía sobre la masonería, intentando que se ajustasen tanto a esa idea popular que el documento final resultase, a ojos de un examinador juicioso, un verdadero despropósito. Este es otro de los aparentes misterios de este singular documento cuya resolución parece estar en la particular intimidad de un Aviraneta consagrado a la conspiración.

Vistos los elementos formales a la hora del supuesto origen masónico del Simancas, dentro de su texto aparecen engarzadas una serie de ideas que nos pueden servir para comprender algo de la situación política de aquellos convulsos años. Para ello tendríamos que hacer la misma operación que realizarían don Carlos y sus allegados cuando recibieran el documento. Se trata de analizar el documento intentando describir los razonamientos y silogismos que les hubieran llevado a admitir la posibilidad de lo que describe el texto. Recorrido fáctico que sabemos que era falso, pero que en cualquier caso describe una serie de ideas que la maquiavélica mente de Aviraneta engarzó con el propósito de que se descubriese una supuesta conspiración y que en cierta medida revelan muchos aspectos que entonces estaban en circulación sobre la situación política de la España de 1839.

Con todas las precauciones citadas ahora podemos pasar a analizar el documento, empezando en primer lugar por el citado Reglamento, que de paso nos sirve para contextualizar el texto en dos aspectos singulares: el estrictamente temporal en cuanto al supuesto inicio de la sociedad, y el de los objetivos primeros que se manifestaron en su fundación. Sobre los tiempos de la supuesta fundación de la Sociedad de Jovellanos el Reglamento, en su articulado, nos informa de los objetivos de la sociedad como un intento de superar la dinámica de los dos bandos contendientes en la guerra. Así, se cita en el texto expresamente el intento de combatir a muerte el despotismo representado en la persona del Pretendiente y los fanáticos que le dirigen y rodean, y por otro el de combatir del mismo modo la anarquía representada por las sociedades secretas y los ministerios que estas engendran. Última aparente contradicción, exhibida por otra sociedad secreta que luchaba contra otras sociedades secretas, en la que parece ponerse de manifiesto de forma explícita, y en lo que parece una demostración de la particular inteligencia de Aviraneta a la hora de dar carácter fáctico a la conspiración, la división que existía en la masonería de la época entre dos facciones reconocibles, lo cual sería por otra parte de sobra conocido por los recipiendarios del Simancas. Una de ella la que personificaban los comuneros y carbonarios, de un corte más revolucionario y republicano, y otra de un tipo más conservador en términos políticos dentro de la cual se situarían los jovellanistas.

Por otra parte, esa cita expresa a la anarquía reinante se entiende si nos atenemos a las circunstancias del momento, en las que participaban los mayores interesados en esta operación, entre ellos principalmente una regente muy preocupada por el futuro de su hija, como también lo estaba el propio Aviraneta. Por este Reglamento sabemos que la mencionada sociedad se había supuestamente constituido el 20 de noviembre de 1837, es decir, pocos meses después de la promulgación de la Constitución de 1837. Medida que fue la piedra angular del partido progresista, de decidido propósito doceañista, cuya promulgación fue muy sentida dentro de los emergentes sectores del moderantismo. Y es que, para estos últimos, volver a la dinámica establecida en 1812 constituía un peligro, recordando la triste experiencia del Trienio Liberal. Y así, desde su puesta en vigor, intentarían por todos los medios volver a una situación más “moderada” como forma de superar la división ideológica española y ganarse el apoyo de las elites sociales y económicas [21]. Propósito general para el que se marca como objetivo fundamental el unir los dos bandos en un futuro concertado matrimonio entre un hijo de don Carlos y la entonces niña Isabel II, proyecto que sabemos que efectivamente se estuvo valorando, para así acabar con la división dentro de la estirpe real. Situación política que por otra parte coincidía con la evolución que había experimentado nuestro protagonista, que a partir de la promulgación de la Constitución de 1837 se había apartado de sus antiguos camaradas, en el sentido de conceder valor a esa Constitución y abandonar definitivamente opciones más revolucionarias. Valor que llegaría al extremo de que Aviraneta, siguiendo su ya tradicional forma de emplear terminología masónica, denominaría a la Constitución de 1837 nuestro Oriente, nuestro Directorio y nuestra Asamblea [22]. Momento en el que se acusaría a Aviraneta de intentar formar una suerte de tercer partido entre los progresistas y los moderados, en lo que constituye una acción que parece notarse en el texto del Simancas.

Es en este sentido como se entenderán muchas de las ideas que se expresan en el documento, sobre todo en las citadas cartas donde aparecen continuas referencias al caos del gobierno progresista. Situación de crisis que se intentaba subvertir intentando acabar con la guerra, pero de paso también con los sectores que apoyaban ese emergente progresismo, empezando por Espartero y siguiendo con Mendizábal, ambos enemigos personales de Aviraneta. Y es que Aviraneta, persiguiendo un ideal personal un tanto megalómano, se estaba empezando a ganar las antipatías de todos los partidos en liza. Pero también se nota en las continuas críticas al gobierno progresista del Simancas un intento de dar cierta verosimilitud al texto, siguiendo lo que parece era un guión muy pensado por Aviraneta con este ánimo. Lo que no parece más que confirmar el que en términos convencionales la sociedad atribuyera a la facción más conservadora de la masonería cierta connivencia con los sectores moderados. Idea que reforzaría el valor de los jovellanistas, al menos en el sentido de dar cabida a su presencia en el bando carlista dentro de un clima de entendimiento con el partido moderado, como así podría ser perfectamente entendido por los más acérrimos defensores de la causa tradicionalista. Estrategia que encaja a la perfección en la vida de un Aviraneta siempre llamado a intentar superar las rivalidades que pensaba podían precipitar el fracaso de la causa liberal, y que en todo caso configura el texto del Simancas más allá del interés en darle cierta apariencia de verosimilitud.

Con este propósito general de dar esa apariencia de veracidad al texto del Simancas, se entienden las feroces críticas que aparecen en su seno al comandante en jefe del ejército isabelino, que van a ser una constante más que recurrente en la correspondencia. Hecho que se describe con total y meridiana claridad, seguramente intentando con ello que los carlistas vieran en el triunfo moderado una solución intermedia que pudiera satisfacer algunas de sus pretensiones. Sentimiento que, por otra parte, ya se había extendido dentro del campo carlista, lo que sin duda ayudaba a dar mayor credibilidad al Simancas. Inteligente dinámica a la que podemos unir las espinosas relaciones del citado Espartero con Aviraneta. Enemigos irreconciliables hasta el punto de que el general, aunque no podemos acreditarlo, en algunas ocasiones ordenó su detención e incluso un frustrado intento de fusilamiento.

Pasando al núcleo del Simancas, una serie de cartas que aparecen supuestamente enviadas desde Madrid a Bayona, podemos hacer un análisis de ellas siguiendo la descripción de los hechos que cuentan. Con ello podemos hacer el mismo ejercicio que seguramente harían don Carlos y sus seguidores cuando viesen ese documento, para acabar concluyendo en la supuesta participación de Maroto en esa conspiración. Las cartas son un total de 22, fechada la primera el 5 de enero de 1839, y la última el 10 de mayo de 1839, poco antes de que llegara este documento al bando carlista. Están numeradas, siendo la primera la que tiene el número 67 y la última el 88, con lo que se supone que las anteriores serían las que se hubiesen expedido desde la fundación de la sociedad a fines de 1837. En ellas se empieza por poner de relieve el éxito que estaba teniendo el receptor de las mismas, consiguiendo que la sociedad se estuviese esparciendo por el territorio de las cuatro provincias bascongadas bajo control carlista. Prosélitos entre los que aparece uno con las siglas P. C. A., que seguramente era conocido de los carlistas, y que se estaban configurando dentro de los triángulos. Expresión que empezamos a encontrar con mayor profusión, estando todos los miembros concernidos en las cartas alistados en dos triángulos. El primero con la denominación de Triángulo del Ejército del Norte es el que estaba introducido en el bando isabelino. El segundo al que se denomina Triángulo del otro campo es el del bando carlista. Triángulos a los cuales pertenecían los miembros de la Sociedad, que aparecen denominados de forma genérica como los amigos.

Siguiendo su supuesto hilo argumental, comprobada la extensión y buen funcionamiento de la Sociedad ya introducida en el bando carlista, el 15 de enero se empieza a hablar de la preparación de un golpe de terror, para lo cual se dice desde la Dirección General que los amigos podían contar con todos los fondos que se necesiten para la empresa, así como, en este sentido, que no preocupasen por el resultado de la misma porque si se viesen obligados a emigrar… se les suministrará lo necesario para que se mantengan con el decoro a que son acreedores. Con esta idea empezamos a ver aparecer en las cartas referencias muy explícitas a ciertos tópicos de la masonería. Entre ellos las grandes cantidades de dinero que movían estas hermandades y la facilidad de su obtención. Así, la primera alusión que se hace a una remesa de dinero es del 25 de enero, cuando se cita que se habían enviado quince mil duros, lo que dice mucho de las posibilidades económicas de los jovellanistas. O como cuando, tras los sucesos de Estella, se envían cinco mil francos a los amigos que han promovido ese hecho según consta en carta de 10 de marzo. Movimiento de dinero que se realizaba con mucha facilidad porque la sociedad estaba instalada dentro de una poderosa red europea, como denota la referencia bajo las siglas de la casa de R. S. de unos amigos que podían proveer todo lo necesario, alusión directa al banco Rothschild & Sons, que entregaría al agente receptor de las misivas seis mil francos. Alusiones a esa red internacional que son continuas, bajo el supuesto interés de los magnates europeos por que triunfase el moderantismo en España.

Más interesantes resultan las citadas alusiones a Espartero, al que la Sociedad deseaba quitar de en medio como líder que era de la facción progresista, y en lo que parece quizá verse demasiado la animadversión que sentía Aviraneta por él. En este sentido el 20 de enero ya se indica que la sociedad estaba tomando las precauciones necesarias que inhabiliten y adormezcan a Espartero. O como en la de 29 de enero, en la que se indica que no se celebre ninguna clase de avenimiento ni transacción con Espartero, a quien se está anulando por los Triángulos del Ejército y los periódicos. Control del general que se insistía era total, tal y como denota el que en la carta del 17 de abril se diga taxativamente que Espartero no atacaría al bando carlista tras los sucesos de Estella, o la de 20 de enero donde se indica que la deserción en las filas de nuestro ejército marcha en progresión. Mismo control que también se decía llegaba al ejército carlista, que también era total según el Simancas. Con alusiones directas a que desde la Sociedad se había conseguido situar a miembros al mando de los Batallones Castellanos de ese bando. Batallones que ciertamente habían empezado a desertar de la causa carlista, si bien motivada su defección por los reproches y agravios que se ofrecían a las castigadísimas tropas castellanas por sus correligionarios vascos y navarros. En este sentido es interesante observar como ya entonces estaba empezando a operar en el entorno vasco ciertos sentimientos de exclusión que, conforme los carlistas fueran perdiendo las sucesivas guerras, se irían exacerbando.

Precisamente a tenor de lo comentado, otra idea que preside el texto, y que resulta muy significativa, es la de los planes que estaba urdiendo la Sociedad en connivencia con las elites vasco-navarras, los llamados en las cartas amigos del interior. En referencia explícita a lo que parece estaba siendo en mayo-junio de 1839 las conversaciones que acabarían en el Convenio de Oñate firmado el 29 de agosto, antesala del Abrazo de Vergara, se cita en la carta de 29 de enero unas interesantes ideas. Hecho que vendría a demostrar que ya entonces se estaba urdiendo el plan de llegar a un acuerdo con el bando carlista, lo que sería una importante victoria para los jovellanistas. En esa carta se dice que los amigos en sus conversaciones con los paisanos del territorio carlista no alteren en lo más mínimo el actual orden de cosas esistente en las Provincias Bascongadas. Alusión directa a la decisión e que se respete el derecho foral vasco-navarro para contentar a los provincianos, y particularmente a los interesados en los privilegios, pues la ayuda y cooperación de la nobleza nos serán del mayor apoyo en el segundo tránsito de la contrarrevolución. Si esta idea expresada era la común entre el bando isabelino, la verdad es que deja en muy mal lugar si no el papel de las elites vasco-navarras, sí al menos el que se les atribuía a efectos de opinión. O así al menos tenemos que decir para Aviraneta, descendiente al fin y al cabo de linajes vascos, que, si son sus propias opiniones las que aparecen en el texto, no demostraba tener mucha simpatía por sus paisanos, a los que en general en sus obras catalogaba de fanáticos reaccionarios salvo honrosas excepciones.

En este sentido, el de las circunstancias ideológicas en los que se movía la Sociedad de Jovellanos, hemos destacado su papel de dirección del moderantismo. Idea que se remarca continuamente como cuando se dice el 29 de enero que había que deshacerse de los furibundos de ambos partidos. Acción en la que se contaba con el apoyo de la Europa moderada, y para la que la sociedad según la carta de 5 de febrero tenía un poderoso influjo por la mayoría que tiene en las Cortes como forma de mediatizar al gobierno del entonces presidente Pérez de Castro, ya fuera en ese órgano o desde sus periódicos. Capacidad de acción que se remarca en esa misma carta, cuando se expresa que la administración del Gobierno volverá de nuevo a manos de la Socieda tras derrocar al mencionado presidente. Ideas que parecen venir enmarcadas dentro de ese fantástico proyecto de crear una suerte de tercera vía que intentaba un Aviraneta cuya megalomanía estaba empezando a situarle fuera de la realidad.

Mucho más se puede escribir sobre las ideas comentadas acerca de las capacidades e influencia de los jovellanistas, verdadero paradigma de una sociedad secreta dedicada a la conspiración, pero ahora debemos centrarnos en el asunto del general Maroto y la preparación de los fusilamientos de Estella, objetivo último del documento en su interés en demostrar la pertenencia del citado a la Sociedad. Y es que, como sabemos, Maroto el 18 de febrero de 1839 ordenó el fusilamiento de los generales Guergué, García y Sanz Baeza, y el intendente Úriz. Suceso que marcó la definitiva descomposición del bando carlista y que fue realizado conforme a los preparativos que exponemos a continuación.

Ya en la carta del 15 de enero se habla de la necesidad de dar un golpe de terror, aunque se exige guardar el mayor sigilo para que no se trasluzca la intervención de la Sociedad en cualquiera acto sangriento que ejecuten los amigos. Plan que en la tenida del 24 de enero se había ordenado ejecutar, mientras que en la carta de 9 de febrero se indicaba a los amigos que no se preocupasen por llevarlo a cabo, pues sean cuales fueren los sucesos que ocurran en el otro campo, el ejército de la Reina se mantendrá a la expectativa sin emprender ninguna operación. Cosa que de hecho ocurrió, como sabemos, lo que provocó cierto estupor en la opinión pública. Y así queda todo preparado, hasta que en la carta del 14 de febrero, cuatro días antes de los fusilamientos, se dice que el Director General manifestaba que sabía que se acerca la tormenta, y que se estaban adoptando las medidas para que el triunfo sea el más completo.

Es a partir de entonces cuando las alusiones a Maroto empiezan a ser directas. De ellas destaca la que aparece en la carta de 22 de febrero, donde se dice que este supuesto presidente de la facción carlista había llegado a Tolosa en compañía de los amigos, desde donde había salido a Vergara dentro del Ejército Real, movimiento que se califica como de precursor del grande acontecimiento. Pero la más explícita es la de la carta de 26 de febrero, ocho días después de los fusilamientos, donde se dice que se ha recibido la carta del presidente del Triángulo del Ejército del Norte asegurando que el presidente del Triángulo del otro campo fusiló el 18 de este mes en Estella a los cuatro jaques mayores. Alusión explícita de Maroto, al que se le llama también amigo mayor y al que se le dedican todo tipo de alabanzas. Hecho singular que sirve de oportunidad de imponer la ley a los charlatanes y fanáticos de ambos partidos, y que así la sociedad pueda contribuir decididamente a su propósito fundamental de establecer de hecho el sistema moderado. Alusión directísima a todo lo que hasta ahora hemos comentado sobre las circunstancias políticas del momento y de esa supuesta Sociedad. Mismo reconocimiento de la presidencia de Maroto de su Triángulo que se hace en la carta de 28 de febrero, cuando se dice que se ha recibido la proclama que hizo el amigo mayor al pueblo y las tropas en Estella el 18 de este mes, y su carta del 20 a don Carlos. Carta que se dice que fue preparada por el secretario de la Sociedad cuyo nombre desgraciadamente se cita en clave, y al que se le pronostica un buen futuro en la magistratura.

Tras los sucesos citados, como hemos indicado, la defección en el bando carlista empieza a ser total. Así, en la carta de 15 de marzo, se empieza a hablar de los que están emigrando a Francia, y de las deserciones en el seno de los Batallones 5º de Guipúzcoa y 5º de Navarra, mientras que el Director General se queja de que Maroto no hubiese fusilado también a los generales Ibero e Iturriza. Mientras tanto la Sociedad estaba empezando a crecer tras los fusilamientos, según se reconoce en la carta de 25 de marzo, como se vuelve a reafirmar en la de 20 de abril. Referencias explícitas de Maroto a la que se acompaña otra más indirecta, cuando la carta de 12 de abril habla de que en el artículo de Diego Miguel García firmado como El Faro del día 2 de ese mes, se habla mal del amigo mayor. Ese artículo efectivamente fue publicado en El Eco del Comercio, órgano de expresión “oficial” del liberalismo exaltado, y en él se habla de los sucesos comentados y del general Maroto. Con esto no cabía ofrecer más pistas para que todo pareciese encajar, al menos con el propósito general del Expediente Simancas.

Pero la conspiración no quedaba en estos hechos, y todo parecía indicar que se estaba preparando otra decidida acción antes de que el Simancas cayera en manos de don Carlos. De hecho en la carta del 17 de abril se dice que se averiguase por parte del agente que efecto causaría en las tropas y en el pueblo la desaparición de don Carlos por medio de otro golpe como el de Estella. Desaparición sobre la que se vuelve a insistir en la carta del 20 de abril, cuando se ordena por la Dirección General la desaparición de don Carlos con otro golpe como el de Estella. Acción para cuya consecución se informa de que se librarían las cantidades que fuesen necesarias por crecidas que sean. Interés en remarcar este hecho con el que el inteligente Aviraneta seguramente buscaba el que don Carlos realizase alguna expeditiva respuesta.

Sobre el resultado de la acción de Aviraneta nos vemos enfrentados entre los comentarios de su autor, que siempre defendió que el Simancas fue decisivo, y el resto de los interesados que negaron que su autor hubiese nunca tenido éxito en sus labores de agente y espía. De hecho Aviraneta nuca pudo evaluar el resultado de la obra cuando fue sacado precipitadamente de Bayona los días previos a la confirmación del Convenio de Oñate, antesala del Abrazo de Vergara, lo que no es de extrañar teniendo en cuenta que tanto Espartero como seguramente Maroto por razones obvias eran declarados enemigos suyos o al menos podían ver con cierto reparo su presencia cercana [23]. Hecho que le provocaría un enfado monumental, en proporción seguramente a la frustración que le atenazaría [24]. Situación que no nos permite saber las exactas consecuencias que toda esta aventura del Simancas pudo tener, y así valorar el definitivo resultado de ella, cosa que el propio Aviraneta afirmaría siempre que fue eficacísima y determinante. Hecho, el de ese brusco quitarle de en medio, que dio lugar a la queja expresada por Aviraneta en su citada Memoria, en la que por otra parte, pese a reconocer lo falso del citado expediente, nunca citó expresamente el nombre de la Sociedad. Circunstancia que nos permite saber que Aviraneta, que de algún modo se había encargado de divulgar en los círculos políticos la existencia de la Sociedad de Jovellanos, seguiría dando publicidad a la misma que quedaría convertida en una singular herramienta para sus enredos futuros, toda vez que había puesto en marcha una invención a la que se podía atribuir la autoría de los más extraños sucesos [25].

Pero lo más interesante es que aparecen otros interesados en promover la supuesta existencia de esa Sociedad, hasta el punto de que su existencia pasaría a formar parte de la leyenda política de la época. De hecho las alusiones a los jovellanistas van a ser una constante en esa época, como demuestra el sorprendente hecho de su cita por el propio Espartero en su autobiografía publicada en 1846 donde se habla de la Sociedad Jovellanos en estos términos: a los moderados se les llamaba sarcásticamente Los de la suprema inteligencia… Fácil es calcular hasta dónde hubiesen llegado las pretensiones, y hasta dónde los efectos del vasto plan que hace mucho tiempo se fraguan, según la voz publica en la tenebrosa Sociedad, que la misma señala con el nombre de Jovellanos [26]. Hecho singular que resulta muy extraño, si tenemos en cuenta que Espartero debió conocer la intervención de Aviraneta en el asunto del Simancas, con lo que se demuestra que seguramente el general hacía uso de la pretendida existencia de esta Sociedad como un pretexto para sus planes políticos personales. Verdadera prefiguración de la futura Mano Negra, como así también demostraría la citada alusión de Espartero a esta Sociedad.

Situación que parece que de algún modo compartía el otro interesado en la cuestión, como fue el damnificado general Maroto. Precisamente en su conocida Vindicación que publicaría en 1846, y con la intentaría justificar su biografía vital, dedica algunas reflexiones a nuestro Aviraneta, al que califica como un egocéntrico movido por intereses de vanagloria y fama [27]. Varias referencias aparecen sobre él, empezando por una crítica feroz a sus citadas Memorias, a las que dedica nada menos que todo un capítulo de esta obra en el que hace una pormenorizada catalogación de todos los agravios provocados por Aviraneta, junto a otros personajes como Michell, en medio de las conversaciones que llevarían al Convenio de Vergara [28]. Pero lo que puede llamar la atención son dos especiales circunstancias que demuestra esta obra citada. La primera es que para Maroto Aviraneta, desde los comienzos, estaba enmarcado dentro de los planes políticos del Gobierno de Madrid y los propios del bando de Espartero, que se habían puesto de acuerdo en enviar a Aviraneta como agente de ambos, lo que parece contradecir lo que hemos indicado. Pero lo segundo es todavía más curioso, y es que Maroto, en medio de la crítica feroz a Aviraneta, no hace la más mínima referencia a los papeles del Simancas.

Con todo esto tenemos la paradoja que puede convertirse en conclusión final de este trabajo. Y es que los tres interesados directos en el asunto del Simancas coinciden en un punto fundamental teniendo en cuenta que los tres conocieron la falsedad del complot. Empezando por un Espartero que siguió usando el nombre de los supuestos jovellanistas y que nunca hizo explícita la falsedad de su existencia. Un Maroto que tampoco nunca reconoció el artificio del Simancas. Y por último un Aviraneta que reconoció la falsedad del mismo pero nunca citó a los jovellanistas. Todos parecieron estar muy interesados en que nunca se supiera la verdad del asunto, quizá porque pudieron haber compartido algún propósito común. Circunstancias todas estas que nos permiten aventurar una hipótesis, concediendo al lector el valorarla adecuadamente al menos a la espera de que futuras investigaciones nos permitan fundamentarla con más valor. Y es que podemos imaginar que la historia general del Simancas, la existencia al fin y al cabo de una conspiración masónica introducida en el bando carlista fuera real.

En cualquier caso Aviraneta lo que hizo fue poner negro sobre blanco lo que por otra parte era un rumor muy extendido, como fue el de las conversaciones entre Espartero y Maroto buscando el final de la guerra. El objetivo que quizá buscaba no sería, en este caso, tanto sembrar el desconcierto en el bando carlista, ya en verdadera descomposición en esos meses, como intentar sustraer a Espartero su más que anunciada victoria que se escenificaría en Vergara [29]. Con esto se pone de manifiesto el visceral odio que parecía sentir Aviraneta por Espartero, que llegaría al extremo de preparar un complot sin importarle que lo estrictamente masónico del mismo adquiriese unos matices absurdos conforme a su intención de que la conspiración respondiese a unas ideas convencionales. La estrategia parece responder al carácter de Aviraneta y desde luego a aquellos convulsos años, entre uno de cuyos agentes más activos eran las logias masónicas [30]. Arma inteligente, típica de aquellos tiempos, cuando un hombre como el gran conspirador Aviraneta, en la más absoluta soledad, podía alterar el curso de la Historia, o al menos intentarlo [31].

BIBLIOGRAFÍA

ÁLVAREZ LÁZARO, P. F.:

La masonería, escuela de formación del ciudadano. Ed. Universidad Pontificia Comillas, Colección del Instituto de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería, 13, Madrid (2005).

AVIRANETA, E. de

-Contestación de Aviraneta a los autores de la. vida política y militar del general Espartero, duque de la Victoria”, Madrid (1864)

-Memoria dirigida al gobierno español sobre los planes y operaciones puestos en ejecución, para aniquilar la rebelión en las provincias del norte de España”. Ed. Imprenta de don Narciso Sánchiz, Madrid (1844).

-Vindicación de don Eugenio de Aviraneta de los calumniosos cargos que se le hicieron por la Prensa con motivo de su viaje a Francia en comisión de gobierno; Y observaciones sobre la guerra civil en España y otros sucesos contemporáneos”. Ed. N. Sanchiz, Madrid (1838).

Apéndice a la vindicación publicada por Don Eugenio de Aviraneta en 1838”, Ed. Lamaignere, Bayona (1838).

BAROJA, P.:

-Memorias de un hombre de acción. Ed. Círculo de Lectores, Barcelona (1997) 3 vols.

-Aviraneta o la vida de un conspirador. Ed. Espasa Calpe, Madrid (1978).

BUSQUETS, J.:

Las sociedades secretas militares en la primera transición española: La Isabelina (1833-1836). Publicado en Masonería, revolución y reacción, vol. 1, coord. Ferrer Benimeli, Madrid (1990).

CASTILLO PUCHE, J. L.:

Memorias íntimas de Aviraneta o manual del conspirador. Ed. Biblioteca Nueva, Madrid (1952).

DE DIEGO GARCÍA, E.:

Aproximación al estudio de los posibles masones en 1823. En La masonería en España en el siglo XIX, vol. 2 1987 pp. 451-466. Coord. Ferrer Benimeli, J. A. Actas del Simposium de Metodología Aplicada a la Historia de la Masonería Española, Salamanca (1985).

FERRER BENIMELI, J. A.:

Implantación de logias y distribución geográfico-histórica de la masonería española” p. 58. Publicado en La masonería en la España del siglo XIX”, Actas del Simposium de Metodología Aplicada a la Historia de la Masonería Española, 2 (1985) Salamanca pp. 57-216.

DE LA FUENTE, V.:

Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España y especialmente de la Francmasonería. Imprenta a cargo de D.R.P. Infante, Madrid (1874-1882).

ESPARTERO, B.:

-Páginas contemporáneas, escritas por él mismo, y precididas de un prólogo por Eduardo Chao”. Ed. Imp. de Julián Saavedra y Compañía, Madrid (1846).

-Epistolario de la primera guerra civil española: campañas del General Espartero. Recopilado por el Marqués de Morella. Ed. Familiar, Madrid (1951-1952).

GARCÍA ROVIRA, A. M.:

Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen (1792-1872). El paroxismo de la conspiración”. Publicado en Liberales, agitadores y conspiradores: biografías heterodoxas del siglo XIX coord. por Isabel Burdiel Bueno, Manuel Pérez Ledesma, Ed. Espasa Calpe, Madrid (2000).

LAFUENTE, M.: “Historia General de España. Desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII. Continuada desde dicha época hasta nuestros días por Juan Valera, con la colaboración de Andrés Borrego y Antonio Pilara”. Barcelona, Ed. Montaner y Simón (1877-1882).

MAROTO, R.:

Vindicación del general Maroto, y manifiesto razonado de las causas del Convenio de Vergara y demás sucesos notables que les precedieron, justificados con cincuenta documentos, inéditos los más”. Ed. Imprenta del Colegio de Sordomudos, Madrid (1846).

MORAL RONCAL, A. M.:

El Infante don Francisco de Paula Borbón: masonería y liberalismo a la sombra del trono. Publicado en “Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea” nº 20 (2000).

ORTIZ-ARMENGOL, P:

Aviraneta o la intriga. Ed. Espasa Calpe, Madrid (1994).

PIRALA, A:

-Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista”. Madrid (1868-1869) Imprenta señores P. Mellado, vol. V.

PLANTADA Y AZNAR, J.:

-Carlismo y Masonería: tácticas alucinantes”. Ed. Prensa Española, Madrid (1972).

-Liberalismo y Masonería: fraudes intelectuales”. Ed. Prensa Española, Madrid (1973).

-Fernando VII y la Masonería: españoles, unión y alerta”. Ed. Prensa Española, Madrid (1973).

SIMÓN PALMER, Mª del C.:

El espionaje liberal en la última etapa de la Primera Guerra Carlista, nuevas cartas de Avinareta y de F. de Gamboa”. En Cuadernos de Historia, tomo IV. Madrid, Instituto Jerónimo Zurita, 1973, p. 289-380.

URQUIJO GOITIA, J. R.:

-Los servicios de información en la Primera Guerra Carlista. Publicado en el volumen Los servicios de información modernos y contemporáneos de la Revista de Historia Militar. Ed. Instituto de Historia y Cultura Militar, año XLIX (2005)

VARELA SUANZES-CARPEGNA, J.:

-La construcción del Estado en la España del siglo XIX. Una perspectiva constitucional. Bulletin d’ Histoire Contemporaine de l’ Espagne. Des Lumières au libéralisme… núm. 37-47 (juin 2004-décembre 2006).

1 Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen, de origen vasco, nació en Madrid en noviembre de 1792. Sus ideales políticos se acrisolaron en la Guerra de Independencia cuando, tras pertenecer a la guerrilla del cura Merino, pasó a formar parte de la del Empecinado, más próximo a sus ideas progresistas. Tras formar parte de todo tipo de conspiraciones de distinto signo acabaría prestando sus servicios como agente en el fracaso del movimiento carlista. Sobre su biografía tenemos autores que reconocen la fascinación que les supuso, como Castillo Puche, J. L.: Memorias íntimas de Aviraneta o manual del conspirador, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid (1952). Fascinación que ya compartió el propio Pío Baroja siendo para él toda una fuente de inspiración. Biografía que quedaría plasmada en una colección de 22 títulos bajo el general de Memorias de un hombre de acción. La peripecia del Simancas está especialmente señalada en el volumen llamado Las figuras de cera. Más crítico con su figura fue Ortiz-Armengol, P: Aviraneta o la intriga, Ed. Espasa Calpe, Madrid (1994).

2 García Rovira, A. M.: Eugenio de Aviraneta e Ibargoyen (1792-1872). El paroxismo de la conspiración. Publicado en Liberales, agitadores y conspiradores: biografías heterodoxas del siglo XIX, coord. por Isabel Burdiel Bueno, Manuel Pérez Ledesma, Ed. Espasa Calpe, Madrid (2000), pp. 127-154. La cita de Pérez Galdós está en Mendizábal, ed. Hernando, Madrid (1972), pp. 67 y 68. Sobre la psicología del personaje la autora la describe como la de un “conspirador cuya labor requiere en principio el secreto y la más exquisita discreción, pero que al mismo tiempo precisa perentoriamente el reconocimiento público al sacrificio de su vida. Un tipo de conspirador que airea a la más mínima oportunidad los secretos de las tramas societarias o las misiones de espionaje y de desestabilización del enemigo en las que ha participado. De ahí también que la megalomanía, la paranoia persecutoria, el narcisismo o la obsesión neurótica, provocados por la frustración de esas expectativas de reconocimiento, no sean tampoco patrimonio individual de don Eugenio”. Ob. cit. p. 130.

3 Por otra parte el propio Aviraneta no duda en considerarse asimismo un conspirador, en lo que demuestra el concepto beneficioso que él atribuía a esa “profesión”. Así consta en su Contestación de

Aviraneta a los autores de la vida política y militar del general Espartero, duque de la Victoria, Madrid (1864) donde dice de sí mismo y de su entonces jefe el ministro Pita: “Si Pita y yo fuimos conspiradores a favor de la libertad y del trono constitucional ¿qué español liberal dejó de ser conspirador en mayor o menor grado? ¿A quién debe España lo que es en el día y lo que dejó de ser, y lo que era entonces (1)? A los conspiradores, que antes de la muerte del rey don Fernando VII, conspiraron contra el absolutismo y a favor de la libertad. Díganlo los manes de los ilustres mártires de la libertad español; Porlier, Lacy, Vidal, Richard, Beltrán de Lis, Aviñó, y otros muchos que murieron en los patíbulos por “conspiradores”; y cuyos nombres se ostentan con gloria en las lápidas de mármol de las Cortes, para eterna memoria de las generaciones venideras. Ponga su mano en el pecho el historiador del duque de la Victoria, don José Segundo Florez, y diga francamente si fue ó no conspirador á favor de la libertad; si ha debido ó no la facultad de poder escribir libremente y el no volver á ser encerrado (2), al haber sido conspirador”. De esta frase lapidaria y encendida contra el historiador oficial de su enemigo Espartero podemos destacar para intentar conocer al personaje las dos notas que añadió y que hemos señalado. La (1) es una definición del término conspirar, con una idea que quiso remarcar: “unirse algunos contra su superior ó soberano”. Más polémica es la nota (2) que supone una crítica mordaz contra Segundo Florez al indicar con cierta mala idea que según sus “noticias, el señor Florez, es un fraile exclaustrado”. Ob. cit. pp. 4-5.

4 El documento aparece exactamente en dos referencias, la primera es AGP Sección Reinados Fernando VII caja 28/29 nº 2, siendo una copia del reglamento y del cuadro sinóptico originales. La segunda referencia y más importante es la de AGP Sección Reinados Fernando VII caja 33 nº 2, correspondiendo al Expediente Simancas original. Lo curioso es que este expediente aparece en esa caja 33 donde se encuentran todas las cartas dirigidas por y a este personaje, con lo que llama la atención que este documento haya pasado hasta ahora completamente inadvertido.

5 Aviraneta realmente fue el arquetipo del espía de la época como así indica la obra de Simón Palmer, Mª del C.: El espionaje liberal en la última etapa de la Primera Guerra Carlista, nuevas cartas de Avinareta y de F. de Gamboa. Publicado en Cuadernos de Historia, tomo IV. Madrid, Instituto Jerónimo Zurita, 1973, p. 289-380.

6 Así aparece en una curiosa carta que él le remitió. AGP Sección Reinados Fernando VII caja 15 exp. 1. Por su parte la regente hace unos curiosos comentarios de admiración sobre su figura en una carta que remite al marqués de Miraflores y que está en la referencia AGP Sección Reinados Fernando VII caja 15 exp. 6.

7 La aventura de Aviraneta llegó a tener tanta estima para sus coetáneos que el gran historiador de las Guerras Carlistas, Antonio Pirala, a la sazón amigo personal de Aviraneta, llegó a considerarla digna de especial mención dedicándole en exclusiva un capítulo. Pirala, A: Historia de la guerra civil y de los partidos liberal y carlista, Madrid (1868-1869) Imprenta señores P. Mellado, vol. V pp. 428-433. Entre los comentarios del historiador está el final, que creo que describe la opinión general que se tenía del suceso en sus cercanos años: “Pocos habrían ejecutado la difícil comisión de Aviraneta con más acierto y desinterés; pues en vez de lucrarse en lo más mínimo, fue exiguo el gasto que hizo, y devolvió el dinero que le sobró, aunque se le cedía. El desinterés y la honradez han sido patrimonio siempre de Aviraneta, uno de los hombres que más servicios han prestado a la causa liberal y a España. su notable historia merece ser conocida”. Ob. cit. p. 433 n. 1.

8 Esta referencia y otras las he sacado de la edición del título Memoria dirigida al gobierno español sobre los planes y operaciones puestos en ejecución, para aniquilar la rebelión en las provincias del norte de España, Imprenta de don Narciso Sánchiz, Madrid (1844).

9 La mejor exposición de esas ideas generales las realiza el propio Aviraneta, supuesto masón, cuando escribe la carta que los delatores hacen llegar a don Carlos junto con el Expediente Simancas: “En mi primera nota de hace dos meses espliqué la clase de papeles que había dejado en su posada el agente de una sociedad secreta que procedente de Madrid vivía en una quinta, correspondiente con Maroto y sus cómplices, y que hace dos meses se trasladó al ejército de Espartero, dejando en su cuarto el cofre y en él los papeles pertenecientes a la sociedad. La familia legitimista en cuyo poder dejó el baúl y los papeles el comisionado de la sociedad secreta y que me hizo la confianza de consultarme y entregármelos para su ecsamen, quiso así como yo hacer un señalado servicio a S. M. el rey don Carlos. se buscó persona segura que marchase al campo del rey con la citada nota a fin de que se proporcionase medio de que llegasen dichos papeles al alto conocimiento de S. M., y de este modo evitase los efectos de una pérfida traición… Con la simple lectura de esta larga y secreta correspondencia, verán S. M. y su consejo el origen de los horrendos asesinatos perpetrados por Maroto en Estella en las personas de los cuatro generales más valientes y fieles que tenían el Trono y la Religión; aquella pérfida trama urdida por los tenebrosos manejos de los infames fracmasones que han conseguido minar una parte del ejército real y el campo de la lealtad. S. M. se penetrará así mismo de que los sectarios de esa secta impía, han sido los verdaderos autores de la proscripción que sufren el virtuoso y leal obispo de León y sus compañeros de infortunio; de estos realistas los más puros que servían y eran el verdadero y más firme apoyo del Trono, viéndose en el día errantes de su patria; a la vez que todos los que estaban presos y procesados por sospechosos y desleales, mandan hoy y tienen cautivo al monarca. Esa ha sido la obra diabólica de los revolucionarios. Mi ignorancia en esta clase de cosas no me ha permitido descifrar los muchos geroglíficos que tiene la correspondencia y el cuadro sinóptico, ni he querido fiarme de personas que acaso hubieran podido traducirlo, pero el gobierno de S. M. encontrará tal vez en ese campo algún inteligente que por medio de la esfera de la luz que va en la caja de cartón, descifre los misterios y secretos de la mayor importancia. La traición es evidente, y el riesgo de S. M. muy inminente. Bayona 30 de julio de 1839”. Ibíd. pp. 141-143.

10 Pero dado el estado actual de elaboración de las correspondientes historias masónicas regionales y, sobre todo, las dificultades de conocer exactamente la situación puntual y concreta de las logias en cada momento, ha hecho que el presente trabajo se oriente –como posible ayuda metodológica- a reseñar la implantación de las logias en España más que en fechas concretas, en periodos definidos por la propia documentación que nos ha sido conservada. Periodos que vienen delimitados por una fecha clave: 1868, que sirve de pauta y división. En este sentido, entre 1800 y 1868 he establecido dos grandes bloques. El primero, el llamado de la masonería bonapartista, hasta 1814, y del que existe suficiente –aunque no abundante- documentación para que podamos hacer una primera aproximación. Y el segundo, que va desde 1814 hasta 1868; es decir, los reinados de Fernando VII e Isabel II, y que coincide con un largo periodo de represión, persecución e ilegalidad de la masonería, todavía no demasiado conocido, sobre todo por la escasez de la documentación que ha llegado hasta nosotros”. Ferrer Benimeli, J. A.: Implantación de logias y distribución geográfico-histórica de la masonería española” p. 58. Publicado en La masonería en la España del siglo XIX, Actas del Simposium de Metodología Aplicada a la Historia de la Masonería Española, 2 (1985) Salamanca pp. 57-216.

11 Así fue señalado el extraño carácter de la intervención de Aviraneta como muy fuera de lo corriente, y con esta idea quedaría para el futuro, atribuyéndolo en general más a su extrovertido carácter que al de un verdadero profesional del asunto del espionaje. De la Fuente, V.: Historia de las sociedades secretas antiguas y modernas en España y especialmente de la Francmasonería Tomo II p. 81-86. Imprenta a cargo de D.R.P. Infante, Madrid (1874-1882): Líbreme Dios de calificar de tal á D. Eugenio Aviraneia, que no me gusta usar de semejantes calificaciones; pero es lo cierto que los progresistas le han negado toda importancia, (que los moderados la rebajan mucho, y los carlistas, admirados de ver cuán sobornable era su gente, cuan tontos sus jefes, y cuanto pícaro sin Dios ni religión había entre los defensores del Aliar y el Trono, tampoco se han mostrado dispuestos á creer las revelaciones de Aviraneta”. Ob. cit. p. 82. Otras manifestaciones sobre Aviraneta aparecen en la p. 24: “Concluiremos estas observaciones admirando la modestia del director presunto Aviraneta, que trabajaba en su oficio de conspirador, sin dinero y sin caballo, y solo por amor del arte. Preguntando yo á un ministro moderado, que tuvo algunas relaciones con Aviraneta para los sucesos de Vergara, acerca de la importancia de sus gestiones y de la exactitud de sus revelaciones, me contestó: Aviraneta en todas sus relaciones exagera la importancia de su persona y de sus cosas; calla lo que debía decir y dice lo que debía callar. Y en efecto, sin negarle el mérito de gran conspirador, hay que tener en cuenta que era instrumento y pie más que cabeza; pero, en su presunción, cambiaba algunas veces el papel de testaferro por el de director”.

12 Sobre esta sociedad Busquets, J.: Las sociedades secretas militares en la primera transición española: La Isabelina (1833-1836). Publicado en Masonería, revolución y reacción, vol. 1, coord. Ferrer Benimeli, Madrid (1990) pp. 79-90. Más datos en García Rovira, M. A., ob. cit. 2 pp. 139-144.

13 La visión más positiva de Aviraneta, al margen del citado Pirala, la tenemos en Lafuente, M.: Historia General de España. Desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII. Continuada desde dicha época hasta nuestros días por Juan Valera, con la colaboración de Andrés Borrego y Antonio Pilara. Barcelona, Ed. Montaner y Simón (1877-1882) vol. VI pp. 292-293: “Consecuencia de esta doble situación de descrédito en Aviraneta y de reparo en abandonarlo por parte de los que lo empleaban, resultó que al ser enviado por la Reina y por Pita para entablar sus trabajos de zapa contra el carlismo (esta es una buena definición de la misión de Aviraneta), sujetaron a su hombre de confianza a una dependencia y fiscalización del cónsul de Bayona, que hasta cierto punto coartaba la libertad de acción de Aviraneta y perjudicaba al éxito de sus trabajos. Espartero y sus generales, igualmente prevenidos contra el agente secreto, desautorizaban y estorbaban de mil maneras la espontaneidad de sus movimientos; circunstancias todas estas que dan mayor valor a los servicios de Aviraneta, los que, como se verá, no fueron estériles y antes al contrario contribuyeron a la venturosa catástrofe que lanzó a don Carlos del territorio español, sin que deba dejarse de tener en cuenta que los amigos de Aviraneta le atribuyen en el éxito de los trabajos que condujeron al tratado de Vergara, una participación que fue en gran parte obra y efecto de hechos ajenos a la inmediata y directa acción del agente secreto”.

14 En su obra Carlismo y Masonería: tácticas alucinantes, Ed. Prensa Española, Madrid (1972) pp. 139-140 afirma que: “Históricamente, el partido carlista nace del anhelo de la Francmasonería de crear un partido de oposición a la Corona en 1823, con el fin de restaurar el caído sistema liberal. tal anhelo figura en los extensos y detallados planes subversivos de la secta de los años 1823 y 1824, que puestos por obra, dan origen al partido agraviado-carlista de oposición a la Corona entre 1825 y 1828, que con la Guerra dels Malcontents, pretendía destronar a Fernando VII a favor de su hermano “Carlos V”, motivo por el cual se llamó “carlista” a partir de 1828; aunque en realidad aquella guerra era una cuña sectaria para repetir la revolución de 1820 restaurando nuevamente el sistema liberal”. Objetivo que se consiguió mediante el empleo por la masonería de lo que este autor denominaba técnicas alucinantes, y dentro de ellas la que llama indirecta o masónica que “consiste en dar realidad efectiva a un entramado de supercherías y verdades palmarias, con ánimo perverso de obtener una aparente evidencia de verdad de tal magnitud que mueve al individuo, personal o colectivamente, en determinada dirección preconcebida por el agente, partiendo del conocimiento psicológico del sujeto”. Técnica que se opone a la que este autor llama directa o comunista constituida formalmente por el empleo de ¡drogas psicodélicas! Ob. cit. pp. 37-38. La misma idea está expuesta en Liberalismo y Masonería: fraudes intelectuales, Ed. Prensa Española, Madrid (1973) p. 23: “cuando allá por el año de 1834 la Masonería aguzaba el ingenio para colarnos por tercera vez el sistema liberal, constitucional y democrático, es decir la utopía del gobierno del pueblo”. O en Fernando VII y la Masonería: españoles, unión y alerta, Ed. Prensa Española, Madrid (1973) pp. 202-204 nota 43: “el carlismo fue el más noble instrumento del que se sirvió la Masonería en el siglo XIX para hostilizar y combatir a la Institución Monárquica… la misión asignada al carlismo desde su origen, mantenida y estimulada convenientemente, impidiendo cualquiera de los arreglos que se intentaron para terminar con la división y enfrentamiento de las dos ramas, se consumó plenamente en detrimento de las dos, y, como consecuencia, en detrimento de España… La Masonería es maestra en saber explotar los sentimientos humanos, desde el más sublime hasta el más bajo. Quien no comprenda esto nunca sabrá lo que es la Masonería”.

15 AGP Papeles Reservados Fernando VII T. 67 pp. 208-214.

16 Un análisis detallado de ese documento y de las conspiraciones masónicas investigadas lo tenemos en el artículo de De Diego García, E.: Aproximación al estudio de los posibles masones en 1823. Publicado en La masonería en España en el siglo XIX, vol. 2 1987 pp. 451-466. Coord. Ferrer Benimeli, J. A. Actas del Simposium de Metodología Aplicada a la Historia de la Masonería Española, Salamanca (1985).

17 Sobre la pertenencia del infante don Francisco de Paula a la masonería tenemos la obra de Moral Roncal, A. M.: El Infante don Francisco de Paula Borbón: masonería y liberalismo a la sombra del trono. Publicado en Investigaciones históricas: Época moderna y contemporánea nº 20 (2000) pp. 149-168.

18 De un análisis muy rápido podemos extraer suficientes conclusiones sobre el extraño carácter formal del Simancas, al menos desde el uso del lenguaje que se realiza en el documento, lo que añade ideas a lo citado. Por ejemplo en el Simancas se hace referencia a un cuadro sinóptico, cuando el término corriente en el argot masónico es cuadro lógico, que es como se denomina al conjunto de hermanos de una logia. El jefe de la sociedad era un Director General, término muy lejano al corriente dentro de las logias de Gran Maestro. O el llamar a los miembros de la sociedad amigos, en vez del común de hermanos. Toda la terminología masónica, de interés para comparar el texto, la tenemos en Álvarez Lázaro, P. F.: La masonería, escuela de formación del ciudadano, Ed. Universidad Pontificia Comillas, Colección del Instituto de Investigación sobre Liberalismo, Krausismo y Masonería, 13 (2005) Madrid pp. 17-26.

19 El ingreso en la masonería se realizaba conforme a un complejo ritual, que se realizaba necesariamente en el Templo de cada logia. En este sentido es inconcebible un procedimiento como el descrito en las cartas del Simancas. Para estudiar el ritual de ingreso tenemos un detallado estudio en la obra citada en la nota anterior pp. 189-284.

20 Pero últimamente el Sr. Pirala ha publicado hasta el reglamento de los Jovellanistas, documento vulgar, calcado sobre los de sociedades análogas, como la del triángulo y otras. El preámbulo, que cree inédito, valiera mas no haberlo publicado, pues está escrito en tonto y se conoce la mano de un falsario adocenado. Y en verdad que á los moderados y á los jesuitas se les han imputado graves crímenes; pero nadie los ha llamado tontos, y el documento presentado como de los Jovellanistas es tal, que nadie lo creerá escrito por los jefes del partido moderado, que, en general, eran excelentes literatos, y entre los cuales el mismo supone á Martínez de la Rosa y a los hombres más importantes de la misma comunión.” Ob. cit. 11 p. 80.

21 Una buena exposición de estos hechos la tenemos en la obra de Varela Suanzes-Carpegna: “Cuando murió Fernando VII, en 1833, los liberales españoles, divididos ahora en «progresistas» y «moderados», eran en su mayoría partidarios de reconstruir el Estado español a partir de un modelo sustancialmente distinto al de 1812. Diferían, desde luego, en algunas relevantes cuestiones. Pero por encima de estas diferencias unos y otros estaban de acuerdo en construir una Monarquía al estilo de la existente entonces en la Gran Bretaña o en Francia, las dos grandes potencias europeas, a las que España se uniría, en 1834, junto a Portugal, para formar la Cuádruple Alianza. Por otro lado, sólo una Monarquía de esta naturaleza podría contar con el respaldo de la Corona -encarnada entonces en la persona de María Cristina-, y con el apoyo de una parte importante de la nobleza, del Ejército y de la Administración, a cuyo frente se hallaban muchos antiguos «afrancesados», cuyo odio por la Constitución de Cádiz era notorio. La mayoría del Clero, en cambio, se decantó por la causa carlista, lo que sin duda sirvió de pretexto para llevar a cabo, a partir de 1834 y sobre todo de 1837, la desamortización de sus cuantiosos bienes. El nuevo modelo constitucional, se plasmó primero en el Estatuto Real de 1834, aprobado por los «moderados», con la disconformidad de los «progresistas», y después en la muy importante Constitución de 1837, en la que se definió el modelo constitucional vigente en España hasta 1923, al menos en lo que concierne a la organización del Estado, no a los derechos fundamentales. La Constitución de 1837 fue, en realidad, una Constitución «transaccional», elaborada por los progresistas, pero con muchos principios moderados, y destinada a unir a las dos grandes familias liberales frente al enemigo común, el carlismo, que en el mismo año en que se aprobó la Constitución estuvo a punto de entrar en Madrid”. Varela Suanzes-Carpegna, J.: La construcción del Estado en la España del siglo XIX. Una perspectiva constitucional, publicado en Bulletin d’ Histoire Contemporaine de l’ Espagne. Des Lumières au libéralisme núm. 37-47 (juin 2004-décembre 2006), pp. 215-225.

22 Así aparece esta situación descrita en su “Vindicación de don Eugenio de Aviraneta de los calumniosos cargos que se le hicieron por la Prensa con motivo de su viaje a Francia en comisión de gobierno; Y observaciones sobre la guerra civil en España y otros sucesos contemporáneos”. Ed. N. Sanchiz, Madrid (1838). La cita indicada aparece en el Apéndice a la vindicación…, Ed. Lamaignere, Bayona (1838) p. 15.

23 Consecuencia de esta doble situación de descrédito en Aviraneta y de reparo en abandonarlo por parte de los que lo empleaban, resultó que al ser enviado por la Reina y por Pita para entablar sus trabajos de zapa contra el carlismo (esta es una buena definición de la misión de Aviraneta), sujetaron a su hombre de confianza a una dependencia y fiscalización del cónsul de Bayona, que hasta cierto punto coartaba la libertad de acción de Aviraneta y perjudicaba al éxito de sus trabajos. Espartero y sus generales, igualmente prevenidos contra el agente secreto, desautorizaban y estorbaban de mil maneras la espontaneidad de sus movimientos; circunstancias todas estas que dan mayor valor a los servicios de Aviraneta, los que, como se verá, no fueron estériles y antes al contrario contribuyeron a la venturosa catástrofe que lanzó a don Carlos del territorio español, sin que deba dejarse de tener en cuenta que los amigos de Aviraneta le atribuyen en el éxito de los trabajos que condujeron al tratado de Vergara, una participación que fue en gran parte obra y efecto de hechos ajenos a la inmediata y directa acción del agente secreto”. Ob. cit. 13 vol. VI pp. 292-293.

24 Estos terribles sentimientos se perciben en dos cartas que remitiría a la regente. En una de ellas reivindicando el papel determinante que había tenido él para llegar al Convenio y que aparece en la referencia AGP Sección Reinados Fernando VII caja 17 exp. 20. La otra es un exhaustivo memorial que recoge los hechos de su heroica misión, AGP Sección Reinados Fernando VII caja 33 exp. 1.

25 El propio día regresé a Bayona, y el agente secreto del cónsul que entró en Behobia en el mismo carruaje, me acompañó hasta aquella ciudad; y habiendo pasado yo, luego que me apeé de la diligencia, a comunicarle el resultado de la operación, lo encontré encerrado con Nenin, que se anticipó indudablemente a dar cuenta de la importante comisión que acababa de desempeñar contra mí. Precisamente cuando más indispensables eran toda mi lealtad, patriotismo y constancia para llevar a cabo el mayor de todos los servicios que en los seis años de guerra se han prestado a la causa de la Reina y de la patria, los delegados del gobierno de esta me hacían sufrir tanta humillación y amargura, que bien parecía deseaban obligarme a abandonar mi grande empresa”. Ob. Cit. 8 p. 55.

26 Espartero, páginas contemporáneas escritas por él mismo, y precedidas de un prólogo por Eduardo Chao, Imp. de Julián Saavedra y Compañía, Madrid (1846) p. 74.

27 Vindicación del general Maroto, y manifiesto razonado de las causas del Convenio de Vergara y demás sucesos notables que les precedieron, justificados con cincuenta documentos, inéditos los más. Ed. Imprenta del Colegio de Sordomudos, Madrid (1846).

28 En el citado Capítulo I de la Parte segunda dedicado a Aviraneta y a Michell podemos destacar los siguientes párrafos: “Bajo el título de planes y operaciones puestos en ejecución para aniquilar la rebelión carlista en las provincias del norte de España, publicó D. Eugenio de Aviraneta un folleto que patentiza los medios de que echó mano el gobierno de Madrid en aquella época, para combatir con la política una causa que tanto le daba que hacer con las armas. El señor de Aviraneta tiene por grande gloria el haber dirigido este asunto, pretende ser el autor del pensamiento de transacción ó de paz y aspira al lauro que de la pacificación de las provincias del Norte pueda caber á sus esfuerzos; no intento rebajarle en lo más mínimo sus persuasiones, pero si observaré en primer lugar que, el deseo de paz y transaccion tuvo su origen mucho tiempo antes que la comision de Aviraneta, que si bien es cierto contribuyó con sus manejos á precipitar los resultados, quizá sin aquellos hubiesen nacido otras combinaciones más ventajosas al servicio de la reina, y que la pacificacion ó el convenio ni fué obra de Aviraneta ni de otro alguno; pues segun y he dicho la influencia moral de los sucesos es la que manda á los hombres, y estos por mas hábiles directores que se crean, no son sino instrumentos que obran y proceden en todos sus actos bajo el dominio de aquellas… ¿qué hubieran producido los manejos de Aviraneta? Algunas víctimas ú odios parciales, pero al fin hubiesen sido descubiertos y estos aislados esfuerzos no hubieran llegado jamás á dividir totalmente á los carlistas”. Ibíd. p. 256. “Habla el autor de la memoria de dos cartas que me escribió y que puedo asegurar no llegaron á mis manos, así como ser incierto que hubiese sostenido comunicacion el Sr. De Aviraneta con jefe alguno del ejército carlista”. Ibíd. p. 257. “Ciertamente que el señor de Aviraneta con sus manejos (de los cuales solo manifiesto una corta parte) pudo influir de algún modo en los procederes de D. Cárlos, pero no en los mios que, repito no recibí sus maquiavélicos escritos, y que regularmente los hubiera adivinado, y calificado tales aunque hubieran llegado á mi poder, pues solo los personajes que creen en agüeros y vaticinios de monjas pueden dar crédito á papeles anónimos ó firmados por personas desconocidas; solo los que ven un traidor en cada servidor fiel pueden dar acogida á instigaciones que aumenten sus desconfianzas”. Ibíd. pp. 261-262.

29 El General Espartero pronto se quejaría de que muchos estuvieron intentando ganarse el mérito del Convenio de Vergara, “Aquellos sucesos felices, [que] fueron obra exclusivamente mía“, mérito personal que el propio Gobierno estaba intentando monopolizar, como también hizo gala el gobierno francés, que presumía de haber llegado a ese acuerdo por la intervención del mariscal Soult en nombre de la Cuádruple Alianza. Cita en Espartero, B.: Epistolario de la primera guerra civil española: campañas del General Espartero. Recopilado por el Marqués de Morella, Ed. Familiar, Madrid (1951-1952) Tomo II, págs. 52-54bis y 65.

30 Situación que se sumaba a la de la mala relación de Espartero con la regente: La relación entre ambos se empezó a torcer justo a partir de entonces debido a las cosas de la política. Espartero se opuso a la disolución de las Cámaras que ella sí respaldó, “pues creía que venían buenas las Cortes“, montó en cólera debido a los ascensos de Llauder y el barón del Solar, y explotó definitivamente al saber por su mujer, quien lo supo a su vez por Van Halen, que Aviraneta se atribuía los méritos del Convenio de Vergara en su memoria, cuando a juicio de ella, la única que se leyó el texto de los cuatro, era justo lo contrario, pues lo alababa mucho, lo ponía en las nubes. Ibíd. p. 476.

31 El carácter general de la intervención de Aviraneta y su Expediente Simancas siempre ha formado parte de una hipotética Historia de la Conspiración. Así ha llegado a nuestros días como se refleja en el artículo de Urquijo Goitia, J. R.: Los servicios de información en la Primera Guerra Carlista. Publicado en el volumen Los servicios de información modernos y contemporáneos de la Revista de Historia Militar. Ed. Instituto de Historia y Cultura Militar, año XLIX (2005) pp. 81-132. “En Las figuras de cera dedica una parte del texto a la descripción del dossier «Simancas», con el que supuestamente logró hacer estallar las rencillas en el campo carlista, hasta abocarlo a su descomposición59. Se empezó con la introducción de escritos falsos, que podían alentar la resistencia a la guerra, cuyo peso resultaba insoportable… Las páginas relativas al expediente «Simancas» son el culmen de la actuación del servicio de inteligencia: se crean una serie de documentos falsos con ánimo de sembrar la discordia; se impide la negociación de un empréstito, etc.” Ob. cit. pp. 96-97.

*Diego Valor Bravo es Doctor en Historia.

Publicado originalmente en la revista Trocadero nº 26 (2014)

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: