Cultura Transversal

Los viejos vikingos nunca dejan de remar

Posted in Autores, Historia, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones by paginatransversal on 5 febrero, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina
por Joaquín Albaicín – Así veo, a grandes rasgos, mi lejano retiro. O escribiendo guiones para alguna actriz de Bollywood con ojos de gata, que esté muy buena y pague muy bien, o como Lou: por el día echando la primitiva y, de noche, admirando por la ventana cómo se desnuda Susan Sarandon. Una vejez dorada, se mire por donde se mire. Resulta evidente que, además, en Atlantic City de Louis Malle, Lou (Burt Lancaster) nos legó un catón, un vademécum, un ejemplo insuperable acerca de cómo saber estar y beber con empaque en la barra de un puticlub. El puticlub en uno de cuyos taburetes toma asiento Lou se transmuta, ipso facto, en el salón de té de la Emperatriz Sissi de Austria. ¡No todo el mundo puede ufanarse de tal don!

Otros actores se han ocupado de cubrir frentes distintos. Por ejemplo, en El invitado, Ryan Reynolds mata durante doce meses las horas muertas en el piso franco de la CIA del que es responsable en Johannesburgo sentado en el suelo, lanzando a la pared opuesta, una y otra vez, una pelota de tenis. Lo mismo hacía en La gran evasión Steve McQueen cada vez que, tras fugarse del campo de concentración alemán, era capturado y confinado en la celda de aislamiento. ¿Única diferencia? Que la pelota de Steve era de béisbol (los nazis le dejaban llevarse el guante al calabozo).

El mensaje de conjunto es que las circunstancias pueden, a lo largo de la vida, mudar para mal, pero… “Antes roto que doblarme”, que cantaba Camarón. Mantener el tipo, por encima todo. “Cuido mi aspecto”, dice Lou.

Claro que, en ese sentido, las cosas –por mejor comprendidas- se presentaban más fáciles en épocas y sociedades pasadas, en especial en aquellos microcosmos poblados por guerreros, brujas, madrastras sobrenaturales, trolls, enanos duchos en el manejo del arco y la flecha… Aquellos mundos, en fin, cantados por el Snorri tan citado por Borges y reformateados después por Tolkien. Leemos La saga de Fridthjof el Valiente y otras sagas islandesas (Miraguano) y nos enteramos, por ejemplo, de que la guerra era declarada colgando un escudo rojo en el mástil del barco y, la paz, reemplazándolo por uno blanco. O somos aleccionados en costumbres similares al compadrazgo: el jefe de una tribu adoptaba al hijo del caudillo de un clan rival y, así, la convivencia pacífica quedaba garantizada.

Así que Lou, el Lou de Malle a quien da vida Burt Lancaster, es, por supuesto, un dechado de formas, de aguante, de paciencia, de amoldamiento a las adversidades. Pero, más moral de verdad que el Alcoyano, los vikingos. Lees La saga de Fridthjof el Valiente y te quedas pasmado. Hace falta tenerla muy alta para, mientras una galerna desatada por nigromantes azota tu barco amenazando con desvencijarlo, ponerte a hablar en verso (aunque parece que eso mismo, siglos después, hacía Shackleton con el capitán de uno de los barcos en que se enroló). Los vikingos, mientras achicaban el agua del drakkar en trance de irse a pique, veían a dos tripulantes caer por la borda y, en vez de gritar: “¡Hombre al agua!”, comentaban entre sí el suceso en octosílabos. Lo mismo, si un rayo partía en dos la roda de la nave.

Cuando el pardillo al que está contando que Atlantic City fue un día “una maravilla; chanchullos, putas, armas”… le confiesa que es la primera vez que ve el Atlántico, Lou redondea su lección de hombre duro, pero benevolente, diciéndole que tenía que haber visto esas aguas: “Cuando el Océano Atlántico era otra cosa, tenías que haberlo visto en aquellos tiempos”, y casi parece que cuando Erik El Rojo arribó a América él estaba allí, en la playa, tomando el sol y saboreando un daiquiri. Lo que voy a decir lo sabrá mejor Santiago Ibáñez Lluch, autor de la separata con contenidos históricos que acompaña a esta edición de La saga de Fridhjof el Valiente, pero pienso yo que, para mar con ambientazo, el Atlántico –y otros- de los días de los vikingos, cuando bajo sus aguas nadaban dragones de toda laya y sobre ellas había otro afán, otra alegría, y se bogaba con esa solera y ese apetito que entra con el manejo del remo. Y no digamos el atractivo que suponía, para los océanos de antaño, el contar con un borde asomado a unos abismos en el que se acababa el mundo.

No importaba. Seguían remando y escandiendo versos. El valor era cosa que, a los vikingos, se les presuponía. Y, de todos modos, ya se ocupa el viejo Lou, en una calle desierta de Atlantic City, de dejarnos a todos pero que bien claro que tampoco es nada difícil eso de ser valiente.

¡Pum! ¡Pum!

No lo dice en verso, pero sirve.

Foto: José Luis Chaín

 

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