Cultura Transversal

El circo

Posted in Autores, Joaquín Albaicín, Libros, Publicaciones, Teatro y Artes Escénicas by paginatransversal on 11 febrero, 2015

JOAQUÍN ALBAICÍN - Foto José Luis Chaín-Soria Taurina

por Joaquín Albaicín – En la madrileña Plaza del Rey, donde se alza hoy el Ministerio de Cultura, tuvo durante años su sede el Circo Price. De hecho, en ella sobrevive aún un establecimiento de comidas y bebidas con ese nombre –El Circo- en recuerdo del que en el pasado, cuando el mobiliario y los dueños eran otros, frecuentaran faquires, funambulistas, domadores, clowns y empresarios circenses, que paraban por allí a dejarse ver de igual modo en que banderilleros y picadores se buscaban el porvenir en los cafés de las calles de Sevilla o de los Peligros ya desde los tiempos de Fornos y antes.

No sé si sería sobre una mesa de ese bar donde Jaime de Armiñán escribió Biografía del circo, publicado en 1958 y recuperado ahora por Pepitas de Calabaza. Desde luego, es una obra inevitablemente deudora de El circo de Gómez de la Serna, aunque –y resulta un punto sorprendente- su autor no mencione este título ni siquiera en la bibliografía. El de Armiñán es libro menos denso que aquel, no tan salpicado de onirismo y también con menos greguerías -aunque no faltan- dando sabor al hilo narrativo, pero desde luego que hijo suyo: lo que se llama, en fin, un vástago no reconocido. Aunque no viene a cuento entrar en dimes y diretes, y también pudiera ser que Armiñán no hubiera leído lo de Ramón. Tampoco era ni es obligatorio, la verdad.

A quien sí cita Armiñán es a Alfredo Marqueríe por su Un mes con el circo, de donde extrae parte de los nombres ya algo olvidados –muy injustamente, sin duda- de los artistas que, en la primera mitad del siglo XX, entrenaban en el Retiro madrileño: los Pitters, Los Vallecas, Seis Duros, Casanova, Pepe El Gordo, Pescadilla… Y, claro, Pinito del Oro, a cuyos pies el Papa Negro arrojaba el sombrero y que, a su juicio, fue en el circo el paralelo de lo que Belmonte en el toreo.

Anécdotas, muchas. En rigor, Biografía del circo es una acompasada recopilación de ellas, ordenadas por el autor a modo de corcheas, fusas y semifusas sobre el pentagrama de su memoria. Se acuerda del payaso Little Wheal, que a sus cincuenta años dio en 1872 cien saltos mortales para celebrar la mayoría de edad de su sobrina. O del poeta Swinburne –hombre, sin duda, muy juicioso y realista- diciendo a la famosa amazona Adah Isaacs Menken:

-No debe preocuparse por la poesía, mientras tenga dos piernas como las que usted tiene.

Biografía del circo es también una lista de caídos por la causa: valga de ejemplo el detallado martirologio de los fallecidos en la tentativa de conseguir el triple salto mortal, inventado en 1842 por el payaso Gayton, que se dejó la vida en el intento pero dejó abierto el camino para que –al parecer- en 1860 Dutton lo lograra, por primera vez, en un circo de Illinois y tras una larga estela de muertos. Armiñán también sienta constancia de las glorias de Enrico Rastelli, rey de los malabaristas nacido en 1896 en Rusia y muerto de viruela en 1932. O del gran Béla Kremo, extraordinario cuando de números con sombreros y cigarros puros se trataba. Y, echando mano de símiles taurinos, repasa concienzudamente la nómina de artistas en activo en la España de los 50, pero también antes. Porque en la pista, como en cualquier otro arte, la personalidad y el genio innovador resultan clave para el éxito, pero a nada se puede aspirar sin el conocimiento de la herencia de los predecesores.

No es de extrañar que el circo se haya convertido en una reliquia, en un arte pasado de moda, superviviente a trancas y barrancas. Aparte de que el otro día leí sobre la existencia de una asociación animalista que protesta por la escasa participación democrática concedida a los animales en las compañías circenses, vivimos en una sociedad que ha sacralizado el eufemismo. ¿Cómo van a caer bien un equilibrista o un domador, que caminan de verdad –y sin red debajo- por un cable o se encierran con leones de carne y hueso en una jaula, a unos señores que votan cada cuatro años a unos falsarios de cuya impostura son perfectamente conscientes, pues no ignoran que ni ellos escriben los torpes discursos con que dan la murga, ni obedecen a más ideal que el incremento salvaje de los beneficios de sus patrones plutócratas ni que, mientras pretenden dar lecciones de ética, se lee en sus ojos que son unos viciosos depravados, enemigos de todo lo bello, bueno y excelso?

Gran parte de la velada circense transcurre en las alturas… Y vivimos tiempos bajos, de chusma encumbrada. Encerrarse con un tigre es de valientes, y la de hoy es la hora de los cobardes. ¿Queda sitio para el circo en un mundo donde todo –la política, la economía, el crimen- se rige por criterios de pornógrafo?

Cada vez que escucho el rugido del león o el chasquido del látigo, quiero creer que sí.

Foto: José Luis Chaín

 

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